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Relatos Ardientes

El cantante cristiano me esperaba sin la cruz

Conocí a Damián en una entrega de premios donde ninguno de los dos quería estar.

Yo cantaba reguetón, él alababa al Señor. Nuestras tarimas eran mundos opuestos y la prensa nunca hubiera imaginado que pudiéramos cruzarnos. Pero esa noche, en el pasillo trasero del teatro, los dos buscábamos lo mismo: un cigarro y un rato sin que nadie nos pidiera fotos.

Me ofreció fuego sin decir una palabra. Tenía las manos largas, los dedos finos de quien aprende a tocar guitarra antes que a hablar. Cuando levantó la vista del encendedor, vi en sus ojos algo que reconocí de inmediato. La misma cosa que llevaba años escondiendo detrás de los letreros luminosos y las modelos que paseaba por las alfombras rojas.

—Te he escuchado —dijo, y la voz le salió ronca, como si llevara un rato sin usarla para hablar—. No me gusta lo que cantas, pero tu voz me gusta.

—Y a mí no me gusta tu Dios —contesté, porque me incomodaba que me mirara así—. Pero la forma en que cantas, eso sí.

Sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, casi avergonzada. Y supe, sin que tuviera que decir nada más, que iba a meterme en un lío del que no iba a saber salir.

***

Empezamos a vernos en hoteles fuera de la ciudad. Él reservaba a nombre de su mánager; yo entraba por la puerta de servicio con la capucha puesta. Las primeras veces no pasaba nada. Nos quedábamos hablando hasta el amanecer, sentados en el suelo con una botella de vino entre los dos, contándonos cosas que no le habíamos contado a nadie.

Damián me habló de su infancia en un pueblo donde su padre era pastor. De los catorce años, cuando un compañero de coro lo besó en la sacristía y él lloró durante una semana sin entender si era de culpa o de gratitud. De cómo había aprendido a domar su voz para que no le temblara cuando cantaba sobre el amor entre un hombre y una mujer.

Yo le hablé de los años que llevaba inventándome novias. De la modelo brasileña que cobraba por aparecer conmigo en los videos. Del miedo que tenía a que mi propia familia me dejara de hablar si se enteraban.

—Por eso me cuesta —me dijo una noche, con la cabeza apoyada en mi hombro—. Porque cuando estoy contigo dejo de mentir. Y yo llevo demasiado tiempo viviendo de mentiras como para saber qué hago con la verdad.

La primera vez que lo besé fue ahí, después de esa frase. Me incliné sin pensarlo y le rocé los labios con los míos, despacio, como si le estuviera preguntando algo. Él respondió abriendo la boca y aferrándose a mi nuca con una mano que temblaba un poco.

Esa noche todavía no nos acostamos. Nos quedamos besándonos hasta que se hizo de día, y cuando me fui me llevé el sabor de su boca pegado a la garganta como una promesa.

***

Lo que vino después no se parecía a nada que yo hubiera vivido.

Damián me enseñó a esperar. A dejar que el deseo subiera capa sobre capa antes de soltarlo. Pasábamos horas desvistiéndonos, deteniéndonos en cada botón, cada cremallera, cada centímetro de piel que aparecía. Él me lamía el cuello como si estuviera rezando, con la misma paciencia con que pronunciaba cada sílaba de sus canciones.

La primera vez que me hizo el amor fue en una habitación con vista al puerto. Era una noche sin luna —después entendí por qué solo me citaba en noches así— y la única luz venía de las luces rojas y verdes de los barcos a lo lejos. Me empujó suavemente sobre la cama y se quedó de rodillas entre mis piernas, mirándome como si quisiera memorizarme entero.

—Llevo veintiocho años conteniéndome —me dijo. Tenía la voz quebrada—. Si te pido perdón por adelantado por todo lo que voy a hacerte, ¿me lo das?

—Cállate —le respondí—. Cállate y hazlo.

Me bajó el pantalón con los dientes. Me lamió desde la rodilla hasta la cadera con una lentitud que me hizo arquear la espalda. Me tomó en la boca y se quedó ahí, sin moverse, simplemente sintiéndome. Cuando empezó a moverse, lo hizo con la misma cadencia con que cantaba: largo, sostenido, casi litúrgico. Me dejó al borde tres veces antes de dejarme acabar.

Después, cuando estaba de espaldas sobre las sábanas tratando de recuperar el aliento, él se subió encima de mí y me besó la frente, los ojos, los labios. Se hundió en mí como si entrara a un templo en el que nunca había sido bienvenido. Yo le clavé los dedos en la espalda y le mordí el hombro para no gritar. Cuando acabó, lloró un poco. Me secó las lágrimas que él mismo había dejado en mi cuello con la lengua, y se rio bajito.

—Tendría que confesarme —dijo.

—Tendrías que casarte conmigo —dije yo, y los dos nos reímos, pero ninguno se rio del todo en serio.

***

Lo de la luna llena lo entendí mucho después. Al principio creía que era una excentricidad suya, una superstición boba aprendida de la abuela. Cancelaba los conciertos al aire libre las noches en que el calendario marcaba luna llena. Si tenía que cantar, lo hacía en teatros cerrados, sin ventanas, sin terrazas. Nunca dormía conmigo esas noches. Decía que tenía que estar solo, que era cosa de oración, que no le preguntara.

Yo no le preguntaba. En esa relación había muchas cosas que no se preguntaban.

Fue Sergio Méndez quien empezó a preguntar.

Sergio escribía para una revista que vivía de destapar miserias. Me había hecho una entrevista hostil dos años antes y desde entonces lo evitaba. Pero un día apareció en la puerta de mi estudio de grabación con una sonrisa que no me gustó nada.

—Tengo unas fotos —dijo—. De ti y del cantante cristiano. En el ascensor del hotel Pórtico, hace tres semanas. Te aclaro que las tengo a buen recaudo.

Sentí que la sangre se me iba a los pies. No respondí. Esperé.

—Quiero hablar con los dos —siguió—. Esta noche. En su apartamento. Imagino que sabes la dirección.

***

Damián me abrió la puerta con la cara descompuesta. Sergio ya estaba sentado en el sofá, con su grabadora encendida sobre la mesa de cristal y una carpeta a su lado.

—Caballeros —empezó, con un tono de comedia barata—. No quiero arruinarles la vida. Quiero ser su amigo. Sus amigos cobran.

Nos pidió una cantidad absurda. Damián escuchó sin moverse, con las manos cruzadas sobre el regazo, los ojos fijos en un punto del suelo. Yo abrí la boca para discutir y él me cortó con un gesto.

—Necesito pensar —dijo—. Dame diez minutos. Sergio, ¿quieres beber algo?

Sergio sonrió, satisfecho. Pidió whisky. Damián fue a la cocina a servírselo. Cuando volvió, le entregó el vaso y caminó despacio hacia la ventana del salón. El cielo estaba despejado y la luna estaba alta, redonda, perfectamente blanca.

Antes de que pudiera entender qué hacía, descorrió las cortinas de un solo tirón.

La luz le cayó encima como una bofetada.

Lo que pasó después no sé contarlo entero. Sé que el cuerpo de Damián cambió de forma sin que pareciera dolerle. Sé que su ropa se rasgó porque ya no había hombre debajo. Sé que el sonido que salió de él no fue un aullido sino una pregunta. Y sé que Sergio gritó una sola vez antes de que el animal estuviera encima de él.

Yo no me moví. Me quedé quieto en el sofá, con las manos sobre las rodillas, viendo cómo el ser que era mi amante destrozaba al hombre que nos había venido a destruir. Cuando todo terminó, en el salón olía a sangre y a algo más antiguo, un olor a bosque que no debería haber estado en un apartamento de la ciudad.

El lobo me miró. Tenía los ojos de Damián.

Me acerqué despacio. Le puse la mano en el lomo, donde el pelo era más oscuro. Le hablé en voz baja, le dije que estaba ahí, que no se asustara, que iba a estar bien. Él inclinó la cabeza, apoyó el hocico contra mi pecho y se quedó así, respirando contra mí, hasta que la luna terminó de cruzar el cielo y empezó a transformarse de vuelta.

Cuando volvió a ser hombre estaba desnudo, manchado de cosas que no quiero nombrar, llorando como un niño. Lo abracé sin decir nada. Lo metí en la ducha. Lo lavé. Lo acosté en la cama y me acosté con él y le canté en voz baja, en una lengua que no era la suya y que él no entendía, hasta que se durmió.

***

Limpiamos juntos. No fue fácil. Tampoco fue tan difícil como debería haber sido.

Nadie buscó a Sergio. Vivía solo, no tenía familia cercana, y los pocos colegas que preguntaron por él se conformaron con la teoría de que se había ido a Brasil siguiendo una historia. Su grabadora la rompimos. Las fotos las quemamos. La carpeta también.

Damián y yo seguimos viéndonos. Las noches sin luna, sobre todo. A veces, las de luna llena, lo acompaño al refugio que tiene en el bosque, a dos horas de la ciudad. Lo dejo encerrado en una cabaña con la puerta reforzada. Me siento afuera con un termo de café y espero a que amanezca.

No le tengo miedo. Sé que él nunca me haría daño. Y aunque me lo hiciera —aunque una noche cualquiera la cosa que vive dentro suyo me eligiera a mí en lugar de a un extraño con grabadora—, ya no podría irme. Llevo demasiado dentro suyo. Y él lleva demasiado dentro mío.

A veces, cuando canta en la televisión, lo veo bajar la voz hacia el final de una canción y sé que ese matiz, esa caída suave de la última nota, es para mí. Es nuestro secreto dentro de otro secreto, escondido a la vista de todos. Y a mí, que aprendí a vivir de mentiras, esa verdad pequeña me alcanza para no mentirme nunca más.

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Comentarios (3)

Ramiro27

tremendo relato, no lo pude dejar de leer hasta el final!!!

SantiagoFe

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues...

LectorBA_22

El titulo ya me engancho desde el principio. Muy bien escrito, se nota que hay oficio ahi.

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