El vigilante nuevo del edificio me llamó al interfón
¡Hola, mis amores!
Antes que nada, perdón por desaparecer tanto tiempo. La vida adulta de oficina es aburridísima y no había tenido nada que valiera la pena contarles, hasta que cambiaron al vigilante de mi edificio. Y ahí, mis amores, todo se puso interesante.
Les pongo en contexto. Desde hace casi seis meses tengo un horario imposible. Salgo de casa antes de las siete de la mañana para esquivar el caos de Guadalajara, y por la noche hago tiempo en cualquier cafetería con tal de no manejar en la hora pico. Llego al departamento prácticamente para ver una serie y meterme a la cama.
Hasta hace poco, el vigilante del edificio era Mateo, un muchacho serio, casi hosco, que apenas devolvía el saludo. Me parecía atractivo, sí, pero esa actitud de perro guardián me cortaba cualquier intento de coqueteo. Una mañana mi auto se quedó tirado en el sótano y tuve que bajar a recepción a esperar el Uber. Cuando me preparaba para chocar con la cara de pocos amigos de Mateo, me encontré con un señor completamente distinto.
—¡Buen día, joven! —saludó con una sonrisa enorme.
Le devolví el saludo, sorprendido. Mientras esperaba el coche, me contó que era su primera semana en el edificio, que estaba aprendiéndose los horarios de cada inquilino y que quería caerle bien a todos. Le diré Don Salvador. Sesenta y cinco años, cabello cano, bajito, delgado, con esa amabilidad antigua que ya casi no se ve. Un señor totalmente normal en apariencia, pero con una calidez que me desarmó al instante.
Los días siguientes se volvieron una rutina deliciosa. Bajaba quince minutos antes de lo necesario solo para platicar con él en la recepción. Por la noche, llegaba directo a saludarlo, le preguntaba cómo había estado su día, le contaba alguna tontería de la oficina. Don Salvador se convirtió en la primera persona con la que hablaba en la mañana y la última en la noche. Nada raro, ¿verdad? Pues esperen.
Una noche regresé pasadas las once. El edificio estaba en silencio absoluto, pero al acercarme al mostrador escuché unos gemidos apagados saliendo de su teléfono. Apenas notó mis pasos, lo escondió bajo el escritorio con cara de niño culpable.
—¡Joven! No lo escuché llegar —dijo, rojo hasta las orejas.
—Tranquilo, Don Salvador. ¿Qué andaba viendo de tan interesante?
—Nada, nada. Cosas que los muchachos mandan al grupo de seguridad.
—Pues se oía bien sabroso. ¿No me comparte?
—Ay, joven, no me haga eso. Ya casi me toca cambio de turno.
Nos despedimos como siempre, pero yo subí en el elevador con la cabeza dándome vueltas. La idea de ese señor, tan correcto y tan tímido, viendo porno a escondidas, me prendió de una manera que no me esperaba. Me metí a la regadera tratando de calmarme y terminé tocándome contra los azulejos pensando en él. Sería tan fácil seducirlo, pensé. Solo necesito una excusa para acercarme.
Esa misma noche, dando vueltas en la cama, lo decidí. Por la mañana haría mi primer movimiento.
***
Bajé a recepción quince minutos más temprano de lo habitual, con un pretexto perfecto. La tarde anterior había pedido un paquete y le había rogado al repartidor que se lo dejara al vigilante. Debajo del pants me puse una tanga rosa diminuta, de esas que casi no se sienten, solo por si la conversación tomaba otro rumbo.
El edificio estaba más silencioso que de costumbre. Don Salvador estaba detrás del mostrador, otra vez con el teléfono pegado a la cara. Aunque trató de disimular en cuanto me vio, lo cacé en el reflejo del cristal. Eran fotos. Mujeres en lencería, traseros grandes, pechos enormes. Sonreí para mis adentros.
—¿Otra vez en la travesura, Don Salvador?
—¡Joven! No, le juro que son cosas que mandan al grupo. Ya sabe cómo son los muchachos.
—Pura cochinada, ¿verdad? Esos del personal solo andan picando ojos.
—Jaja, pues ¿qué le digo, joven? Uno se entretiene.
—¿Me llegó un paquete?
—Sí, ahí se lo dejaron anoche. Permítame.
Pasé del otro lado del mostrador con el pretexto de buscarlo entre las cajas que estaban en el piso. Me agaché frente a él, lo suficientemente cerca para que percibiera mi perfume, lo suficientemente abajo para que el pants se me bajara dos dedos y se asomara el encaje rosa de la tanga. Fingí no encontrar el paquete. Me tardé. Me incliné más. Cuando giré la cabeza para preguntarle, lo vi mirándome el trasero con la boca entreabierta. Tardó medio segundo en disimular.
—No lo encuentro, Don Salvador.
—Yo le ayudo, joven. Mire, aquí está.
Me lo entregó y, al recibirlo, le rocé la mano con la punta de los dedos. No la quitó.
—Es usted un encanto. Gracias —le dije, mirándolo a los ojos—. Y siga viendo a sus muchachas, pero con cuidado, ¿eh?
Sonrió, esta vez sin esconder nada. Subí al elevador con el corazón a mil por hora y la tanga ya humedecida. Esa noche iba a pasar.
***
Llegué al edificio cerca de la medianoche. La recepción estaba desierta excepto por él, como sabía que estaría.
—¿Cómo le fue, joven?
—Agotado. Con ganas de meterme a la cama, pero no precisamente a dormir —solté con la sonrisa más cínica que pude.
—Se entiende. Hoy me quedo doble turno, hasta las siete de la mañana.
—¿Y cómo va a pasar la noche, Don Salvador? ¿Viendo sus videitos cochinos?
—No queda de otra, joven.
—¿Y si quedara de otra?
Tardó en responder.
—No le entiendo.
—Pues si usted quiere, puedo darle unas mamaditas para que la noche se le haga corta. Le prometo que nadie tiene que enterarse.
Se quedó congelado. Por un instante pensé que iba a regañarme, que iba a hablar de las cámaras, del reglamento, de su trabajo. Tragó saliva.
—¡Nooo, joven! Hay cámaras por todos lados, ¡me corren si me ven!
—En el baño no hay. Piénselo. Yo subo a refrescarme. Si se anima, márqueme al interfón. No pasa nada si no, ¿eh? Yo me hago el desentendido y aquí no pasó.
Lo dejé con la pregunta clavada y subí contoneándome apenas lo necesario. Adentro, me di una ducha rápida, me unté crema, y debajo del pijama me puse un cachetero rojo de encaje. Me serví una copa de vino. Me senté en la sala. Esperé.
Por momentos pensé que no iba a llamar. Que se había acobardado, que la culpa había podido más. A las dos en punto sonó el interfón. Su voz, tímida, apenas audible.
—Está bien. Lo veo abajo.
Tomé un gloss para los labios, un sobre de lubricante y un par de condones. Bajé por las escaleras para no toparme con nadie del elevador. El edificio entero parecía contener la respiración.
***
Don Salvador me esperaba cerca del cuartito que usa el personal de seguridad para cambiarse y descansar entre turnos. Es un espacio pequeño, sin cámaras, con un par de colchonetas y cojines que ellos mismos han ido acomodando para hacer más llevaderas las noches largas.
—¿Cómo le hacemos, joven? —preguntó casi en susurro.
—Usted déjeme todo a mí, Don Salvador.
Cerré la puerta detrás de nosotros. Me arrodillé frente a él, abrí su cinturón despacio, sin dejar de mirarlo. Le bajé el pantalón hasta las rodillas. Me unté el gloss en los labios para que brillaran. Saqué su pene con cuidado y empecé a besarlo, primero la punta, luego todo el largo, sin prisa. Él soltó un suspiro largo, como si llevara meses guardándolo.
No sé si fue por mi temporada larga sin sexo o por la novedad, pero su pene delgado se sentía perfecto en mi boca. Entraba y salía a un ritmo que yo controlaba, dejándole rastros del gloss en la piel. Don Salvador me sostenía la cabeza apenas, casi sin atreverse, hasta que el deseo le ganó y empezó a apretarme con más fuerza, marcándome el ritmo. Sus gestos lo delataban. Apretaba los ojos, le temblaban las piernas, soltaba respiraciones entrecortadas que trataba de tragarse para no hacer ruido.
—¿Le enseño algo, Don Salvador? —le dije sacándomelo de la boca un momento.
Me puse de pie, me bajé el pijama lentamente y me di la vuelta para que me viera el trasero embutido en el cachetero rojo. Lo escuché soltar el aire de golpe.
—Está muy rico eso, joven —dijo antes de acercarse y arrimarme la verga por encima de la tela, pasándola entre mis nalgas con una lentitud deliciosa.
Le pasé el condón y el sobre de lubricante. Mientras se preparaba, yo me apoyé en la pared con las piernas abiertas. Me manoseó las nalgas como si llevara años deseando hacerlo, separándolas, recorriéndome con la yema del pulgar antes de hundirlo apenas. Cuando me la metió, lo hizo de un solo empujón, hasta el fondo. Un grito se me escapó antes de que pudiera contenerlo.
—¿Lo lastimé, joven?
—No —jadeé—. Tápeme la boca o voy a despertar al edificio entero.
Lo hizo. Su mano callosa me selló los labios y mis gemidos se ahogaron contra su palma. Con la otra mano me sujetó la cadera y empezó a moverse, primero despacio, después con una fuerza que no le calculaba a ese cuerpo flaco de sesenta y cinco años. Me cogía contra la pared, sin pausa, mientras yo trataba de no perder el equilibrio. Dolía. Dolía bonito. Y el hecho de no poder gritar me prendía más todavía. Yo también estaba completamente duro, marcando el cachetero rojo con una mancha que crecía.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Pudieron ser minutos o pudo ser una hora. Cuando terminó, lo hizo con un gemido grave que le salió desde el pecho, mordiéndome el hombro para callárselo. Mis piernas no respondieron. Me dejé caer de rodillas en el suelo, con las piernas todavía abiertas, mientras él me miraba desde arriba sudando, con una expresión que no le había visto nunca.
—Salgo yo primero, joven —dijo después de un rato, recuperándose—. Después usted.
Y así lo hicimos. Salí por el sótano, subí por las escaleras hasta mi piso, me metí a la cama con el cuerpo destrozado y la sonrisa boba de quien acaba de salirse con la suya.
Unas horas después, antes de que terminara su turno, bajé con un termo de café. Se lo dejé en el mostrador sin decir gran cosa, solo el saludo de siempre.
—Buenos días, Don Salvador.
—Buenos días, joven. Que tenga bonito día.
Hasta ahora, todo sigue normal. Cuando coincidimos, nos saludamos como antes, charlamos de tonterías, ninguno de los dos ha mencionado lo que pasó esa noche. Pero a veces, cuando me ve subir al elevador, me sonríe de una manera diferente. Y yo, mis amores, ya estoy pensando cuándo le toca otra vez doble turno.
Sin testigos, puro placer.
¡Hasta la próxima!
Besitos.
Yuli.