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Relatos Ardientes

El matrimonio que me reclutó afuera del club

Para mí siempre fue fácil sentirme deseado. Tengo un séquito de hombres que me escriben, y cuando me hace falta una noche puedo armar un plan en quince minutos. Pero esas últimas semanas algo no estaba funcionando. No sé si me había puesto demasiado exigente o si simplemente había agotado mi suerte, pero los mensajes no avanzaban y al final terminaba siempre con la mano y el celular en la cama.

Buenos Aires es una ciudad donde coger no debería ser una odisea. Hay pasivos suficientes para llenar tres estadios y, sin embargo, llevaba un mes sin tocar piel ajena. Esa semana decidí cortar la mala racha. Convencí a tres amigos para salir el sábado al Verdana y, si ahí no lograba levantarme a nadie, ya podía empezar a buscar pareja estable.

Me llamo Bruno. Tengo veinticuatro años, mido un metro setenta y cinco, pelo castaño y ojos verdes. Estoy bastante bueno: llevo dos años entrenando duro y los resultados se notan desde el primer vistazo. Por lo general me gusta hacer de activo, pero los culos que tenía a mano me aburrían. Quería algo nuevo, y eso era justamente lo que se me estaba escapando.

Me propuse llegar al sábado con todo cargado. No me toqué en toda la semana, me depilé entero y elegí la mejor ropa que tenía. Plan claro: previa en casa de Lautaro, después al Verdana, y terminar la noche en una cama que no fuera la mía.

En la previa se sumó más gente de la prevista. El alcohol me subió rápido y, mientras conversaba apoyado contra la mesada de la cocina, se acercó un italiano alto y de sonrisa torcida. Se llamaba Federico, me sacaba unos seis años y, durante dos horas largas, estuve seguro de que la noche se iba a definir con él. Hablamos pegados, me reía con cada cosa que decía y, cuando salimos rumbo al Verdana, ya me lo imaginaba en mi cuarto.

Llegamos al club pasada la una. Pedí un trago, me di vuelta para buscar a Federico y lo encontré con la lengua adentro de la boca de Lautaro. Mi propio amigo. Sentí la patada en la boca del estómago. No era la primera vez que algo así me pasaba con él, pero esa noche me pegó más fuerte de lo habitual.

Seguí tomando para tapar la frustración. Como a las cuatro me puse a charlar con el primer tipo que me dirigió la palabra. No era atractivo, pero a esa altura me daba igual: estaba dispuesto a llevármelo solo para cortar la racha. Justo cuando empezaba a tantear el terreno, apareció el novio del tipo gritando que qué estaba haciendo yo metiéndome con su pareja. Me alejé sin discutir. Que se arreglaran entre ellos.

A las cinco saqué bandera blanca. Crucé la puerta del Verdana y me planté contra la pared a fumar un último cigarrillo antes de pedir un taxi. Estaba apoyado ahí, mirando el celular, cuando una voz a mi izquierda me pidió fuego.

—Tomá —le tiré el encendedor sin levantar la vista.

El tipo encendió, me devolvió el encendedor y, contra todo pronóstico, se quedó al lado mío fumando. Tendría unos treinta y cinco años, no llegaba al metro sesenta, mullet, bigote espeso. No era mi tipo en absoluto.

—Mala noche —dijo, más como comentario que como pregunta.

—Pésima —admití.

Y de a poco me fui aflojando. Se llamaba Martín y, sin hacer nada particularmente memorable, me devolvió algo del humor que había perdido adentro. Hablamos quince minutos sobre cosas neutras: la música del Verdana, lo caros que se habían puesto los tragos, la mejor pizzería para resaca. Nada raro, ningún coqueteo evidente. Cuando se me terminó el segundo cigarro le dije que me iba.

—¿Me pasás tu teléfono? Así sé que llegaste bien —me dijo.

Era una excusa transparente, pero estaba lo suficientemente intoxicado como para no analizarla. Le tipié el número y me fui.

Media hora después, ya tirado en la cama, me llegó un mensaje desde un número desconocido. La foto de perfil mostraba a Martín y a otro hombre.

M: Hola lindo, ¿llegaste?

B: Sí, recién me meto en la cama.

M: Genial, me quedaba más tranquilo. Ibas hecho una pasa, jaja.

No le contesté. Me dormí con el celular en la cara.

A la mañana siguiente me desperté fresco. Releí los mensajes de Martín y, sobre todo, me detuve en la foto. El otro hombre de la imagen me sonaba de algún lado. Le mandé la captura a una amiga y, en menos de un minuto, me contestó: era un creador de contenido bastante conocido. Le busqué el perfil y descubrí que se había casado hacía unos meses. Con Martín. El tipo del mullet que me había acompañado a fumar.

Reconstruí la escena de la madrugada y caí de espaldas. Borracho o no, Martín claramente me había tirado los perros. Y lo había hecho con la complicidad implícita de su marido. La idea me empezó a calentar más de lo que esperaba. Justo en ese momento volvió a aparecer su nombre en el chat:

M: Buen día, lindo. ¿Resaca?

B: Cero. ¿Y vos?

M: Envidia. ¿Qué hacés mañana?

B: Nada fijo todavía.

M: ¿Te animás a venir a casa, tomamos algo, nos conocemos y vemos qué sale?

Me senté en la cama. El «vemos qué sale» era de manual de Grindr, pero el «venir a casa» claramente incluía al marido. Le seguí el juego.

B: Me suena perfecto.

M: Te paso dirección mañana. ¿Tenés ganas?

B: Muchas.

***

El domingo a las cinco y media salí de mi departamento con la dirección en el celular y el cuerpo limpio. Vivían a quince minutos caminando, en un edificio nuevo de Palermo. Toqué el portero, subí al sexto piso y, cuando se abrió la puerta, me encontré con Martín dándome un beso en la boca sin preámbulo.

—Pasá, lindo —me dijo.

El living era de revista. Esteban, el marido, estaba sentado en el sillón con una copa de vino. Le calculé treinta y cinco también, un metro ochenta, panza apenas marcada y una cara que sí me gustó: ojos oscuros, mandíbula firme. Le di dos besos y me senté en el otro extremo del sillón. Martín, sin disimular, se acomodó pegado a mí.

Hablamos diez minutos de pavadas. El barrio, la decoración, el vino. Lo justo para mantener las formas. Cuando Esteban se inclinó hacia adelante para servir más vino, Martín me agarró la nuca y me besó en serio. Yo me quedé congelado un segundo: estaba metiéndome la lengua delante de su marido. Pero Esteban no movió un músculo. Es más, lo miré de reojo y vi que estaba más excitado que ninguno de los dos.

Esteban se levantó, vino al sillón y empezó a acariciarme la espalda mientras me apretaba la entrepierna por encima del pantalón. Yo dejé a Martín y giré la cabeza para besarlo a él. Tenía la boca distinta, más firme.

Después de un rato, los junté a los dos con las manos en sus nucas y los puse a besarse adelante mío. Sentía que tenía la situación bajo control, aunque ellos ya me estaban desnudando por las dos puntas. Volví a agarrar a Esteban para besarlo y, con la otra mano, empujé la cabeza de Martín hacia mi entrepierna. Captó la indirecta al instante: me sacó la verga del pantalón y la tragó de una.

Mido diecisiete centímetros y no soy fácil de tragar entero. Martín lo hizo sin esfuerzo, como si llevara meses practicando para ese momento. Esteban se puso celoso a los dos minutos y bajó a sumarse. Tuve la imagen más absurda y placentera de mucho tiempo: dos hombres que me sacaban más de diez años peleándose por mamármela en un living de revista.

—Vení —dijo Esteban, levantándose—. Vamos al cuarto.

Los seguí. Mientras caminaba detrás se me cayó la ilusión que venía construyendo. Yo había llegado pensando en cogérmelos a los dos. Pero cuando entré al cuarto, Esteban me empujó suavemente contra la cama, me dio vuelta y me dejó boca abajo. Martín se trepó al colchón y se puso delante mío con la verga afuera.

Ahí entendí. Eran dos activos. Y a mí me tocaba el otro lado.

Me sorprendió, pero ya estaba ahí. Y a esa altura, con el calentón acumulado, me daba igual el rol. Me arrodillé en cuatro y abrí la boca para Martín mientras sentía la lengua de Esteban abriéndome.

—Lindo regalo me trajiste, amor —dijo Esteban, y me bajó una palmada seca en el cachete derecho.

—¡Ah! ¿Eso es todo lo que tenés? —le contesté, sacándome la verga de Martín un segundo.

—Te dije que parecía un pendejo agrandado, pero que en el fondo era una putita —rio Martín, y me clavó otra cachetada que me arrancó el aire.

La segunda nalgada me dolió de verdad. Pero más que el dolor físico, me tocó el orgullo. Y fue exactamente con ese golpe que entendí cuál iba a ser mi función ese domingo a la tarde.

—¿Te gusta cómo te come el culo mi marido, eh? —Martín me agarró del pelo y me empujó la cara contra su entrepierna.

—Mucho —contesté como pude.

—Está muy cerrado este pendejo —murmuró Esteban contra mi piel—. Lo vamos a tener que ablandar bien.

***

Después de un rato me bajaron de la cama. Yo entendí lo que querían sin necesidad de instrucción: me arrodillé en el piso, con uno parado a cada lado, y empecé a chupar las dos vergas alternándolas. Mientras yo trabajaba, ellos se besaban arriba mío y se separaban solo para escupirme en la cara.

—Eso es, tragá —me decía Esteban, agarrándome de la nuca—. Para esto te trajimos.

—Cuando me lo crucé afuera del club tenía cara de canchero —se reía Martín—. Y mirálo ahora.

Las dos vergas eran chicas. Ninguna pasaba los diez centímetros. Era lo más chico que había tenido en la boca, pero por algún motivo me estaba calentando más que cualquier otra cosa en mucho tiempo. Quizás era el hecho de saberme usado por dos hombres casados, entre los muebles caros que habían elegido juntos.

Esteban empujó la cabeza de Martín para que se arrodillara al lado mío. Antes de seguir chupando, Martín me agarró la cara y me dio un beso largo que a Esteban le cambió la expresión: lo excitó y lo puso celoso al mismo tiempo.

—Quiero que me la metan ya —dije, sacándome el pene de Esteban de la boca.

—Bien —respondió Esteban—. Te avisamos: somos los dos activos. Empieza él, después voy yo. Yo soy más bruto, así que disfrutá del trato amable de mi marido primero.

Me trepé a la cama y me puse en cuatro apuntándoles las nalgas. Entre los dos me trabajaron con la lengua hasta dejarme abierto. Después vinieron los dedos: uno, dos, tres. Me habían dilatado bien.

—Quiero verga ya —les supliqué.

Esteban abrió el cajón de la mesa de luz y sacó dos preservativos.

—Mejor sin —dije.

—¿Estás limpio?

—Tomo PrEP. No hay drama.

—Hacemos una excepción —concedió Esteban—. A cambio quiero que te escuche todo el edificio.

Martín se escupió en la verga y me la clavó de una sin previo aviso. El golpe fue raro: dolor y placer al mismo tiempo, que en dos segundos se convirtió solo en placer. El tamaño manejable de su pene hizo que me adaptara enseguida y empecé a gemir como nunca.

—Más fuerte —le pedí.

—Tomá, putita —me contestó, agarrándome de las caderas y empujando duro—. Tomá.

Esteban miraba desde el costado, masturbándose despacio.

—Dale, cariño —le dijo a Martín—. Pasámela.

Martín salió, me dio vuelta y me dejó boca arriba con las piernas en el aire. Esteban se trepó al colchón y me la clavó con la misma técnica de su marido. Yo me arqueé contra el colchón.

—Tomá aire, que va entera —me avisó tarde.

Esteban no había exagerado: era más bruto. Me agarró de los tobillos y me empezó a coger con un ritmo que no daba respiro. Martín se acomodó atrás mío y me metió la verga en la boca, ahogando mis gemidos. Estaba siendo cogido por arriba y por abajo a la vez, en la cama matrimonial de dos desconocidos que habían decidido convertirme en su juguete del domingo. Era exactamente lo que necesitaba después de la peor semana del mes.

Esteban me cogió duro durante un rato largo. Me dejó las nalgas marcadas con la mano abierta y me bajó al menos cinco palmadas que se escucharon en todo el cuarto. En un momento sentí que ambos estaban a punto.

—¿Dónde la querés? —jadeó Esteban.

—En la cara —pedí.

Salió de adentro mío y los dos se acomodaron arriba de mi cabeza, masturbándose. Martín me cruzó otra cachetada mientras se acababa. En menos de diez segundos los dos descargaron sobre mi cara: chorros largos, calientes, que me cayeron en los ojos, la boca, el cuello, las sábanas. Tragué lo que llegó adentro y, con la mano, recogí lo que quedaba afuera para metérmelo por el culo, que todavía tenía abierto. Estaba a punto de acabar yo también, masturbándome con sus restos.

Y en ese momento sonó un celular.

Era el de Martín. Atendió jadeando todavía. Era su agente, gritando porque le había llamado ocho veces sin respuesta. Tenían un evento en Recoleta a las ocho y media, y eran las ocho menos cinco. El taxi pasaba en cinco minutos.

El matrimonio se levantó como si tuviera un resorte. Martín se metió a la ducha, Esteban revoleó mi ropa hacia mí y, antes de que entendiera lo que estaba pasando, ya me había despachado en el palier del edificio con un beso rápido y un «te escribo después».

Salí a la vereda con el culo abierto, todavía caliente, todavía sin acabar, con la cara apenas limpia. Caminé hasta la esquina y, mientras esperaba la luz para cruzar, abrí Grindr. La noche todavía era joven, y había una verga en el barrio que iba a tener que terminar el trabajo que ellos habían dejado por la mitad.

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Comentarios (3)

LucasV_22

Increible, de esos relatos que te atrapan desde el primer parrafo y ya no podes parar. Muy bien escrito!!

TomyNocturno

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como continua todo

Ricki_lect

Que buenisimo!! lo lei de un tiron

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