Lo que empezó entre dos terminó siendo cosa de tres
Adrián se dejó caer en los asientos del fondo del último autobús nocturno, la mochila resbalando hasta el suelo entre sus pies. Con veintiún años y tres temporadas jugando al rugby en el equipo de la facultad, había ganado una espalda ancha que tensaba la camiseta gris cada vez que se movía. Llevaba el pelo castaño revuelto tras un día entero de exámenes, y esa media sonrisa de quien sabe que lo miran no se le borraba ni con el cansancio.
Bruno se sentó a su lado con un suspiro largo. También rondaba los veintiuno, pero era más delgado, de líneas finas y un rubio claro que llevaba siempre peinado hacia un lado. Tenía unos ojos azules inquietos, de los que no paran de buscar, y esa noche buscaban sobre todo a Adrián.
—Menudo día de mierda en la facultad —murmuró Bruno, pasándose la mano por la nuca.
—Al menos ya hemos soltado el examen de Estadística —respondió Adrián—. Villalba se ha pasado tres pueblos con el último problema.
El autobús se vaciaba a medida que cruzaba la ciudad. Las paradas iban quedando atrás, los pasajeros bajaban en grupos, y la parte de atrás se fue convirtiendo en un rincón aparte, casi privado, mal iluminado por una luz amarillenta que parpadeaba.
—¿Has visto cómo te miraba Marta en la biblioteca? —preguntó Bruno con una sonrisa torcida—. Creo que le gustas de verdad.
Adrián se encogió de hombros, aunque la sonrisa se le ensanchó.
—Marta está bien, pero me aburre. Siempre habla de lo mismo.
—Eres un capullo. Cualquiera mataría por salir con ella.
El autobús frenó de golpe en un semáforo y el impulso lanzó a Bruno contra él. Sus hombros chocaron, sus muslos quedaron pegados, y Bruno tardó un segundo de más en separarse.
—Perdona —dijo, sin moverse del todo.
Adrián notó el calor de su amigo a través de la fina tela de las camisetas y algo se removió en su interior, algo que llevaba meses apartando de un manotazo cada vez que asomaba.
—No pasa nada —respondió, con la voz un punto más ronca de lo que pretendía.
El autobús reanudó la marcha, pero la tensión entre ellos había cambiado de textura. Bruno se quedó más cerca de lo normal, y con cada bache sus rodillas volvían a tocarse como por accidente.
—Oye —dijo Bruno bajando la voz hasta casi un susurro—, ¿alguna vez has pensado en probar cosas?
—¿Probar qué?
Bruno tragó saliva. Las mejillas se le tiñeron de un rosa que la luz amarilla no terminaba de disimular.
—Ya sabes. Experiencias distintas.
—¿Te refieres a fumar algo raro? —Adrián arqueó una ceja, divertido y desconcertado a partes iguales.
—No, idiota. —Bruno le dio un golpe flojo en el brazo—. Me refiero a experiencias. De las otras.
La palabra quedó flotando en el aire viciado del autobús. A Adrián se le aceleró el pulso de una manera que no supo justificar.
—¿Qué tipo de experiencias? —preguntó, y su propia voz le sonó lejana.
Bruno se inclinó hasta que sus labios casi le rozaron la oreja.
—Con tíos.
La confesión cayó como una piedra en agua quieta. Adrián sintió una descarga recorrerle la espalda y concentrarse en un punto muy concreto, debajo de la cremallera de los vaqueros.
—Bruno…
—Ya sé que suena raro —se apresuró a añadir—, pero últimamente no consigo dejar de pensar en ti. En nosotros.
Adrián giró la cabeza despacio. Quedaron a un palmo, tan cerca que notaba la respiración entrecortada de su amigo acariciándole la boca.
Llevo meses pensando lo mismo y no me había atrevido a decirlo.
—Yo también —admitió por fin.
Bruno miró un instante hacia las cabezas que se mecían en los asientos delanteros, comprobó que nadie los observaba y, sin decir nada más, le puso una mano en el muslo. No fue un roce casual esta vez; fue una decisión.
—Mi parada es la próxima —dijo—. Mi compañero de piso igual está, pero tengo cuarto propio. ¿Te vienes?
Adrián no lo pensó ni un segundo.
—Vamos.
***
El piso estaba en un cuarto sin ascensor, y subieron las escaleras casi corriendo, riéndose por los nervios. Bruno peleó con la llave en la cerradura mientras Adrián le respiraba en la nuca, conteniéndose para no empujarlo contra la puerta antes de tiempo.
Lo que no esperaban era encontrar la luz del salón encendida.
Lucas estaba tirado en el sofá con un mando en la mano y una camiseta de tirantes que dejaba ver unos brazos morenos y trabajados. Tenía el pelo oscuro y corto, una barba de tres días y una manera tranquila de mirar, como si nada lo sorprendiera demasiado. Levantó la vista de la pantalla y los repasó a los dos de arriba abajo, lento, sin disimular.
—Vaya horas —dijo, con media sonrisa—. ¿Examen duro?
—Algo así —respondió Bruno, y a Adrián no se le escapó que se había puesto colorado otra vez.
Hubo un silencio raro, cargado, de esos en los que todo el mundo entiende lo que está pasando antes de que nadie lo diga. Lucas dejó el mando sobre la mesa baja y se incorporó despacio.
—Sois bastante malos disimulando —comentó, divertido—. Se os ve desde la puerta.
Adrián notó que la cara le ardía, pero por debajo de la vergüenza había otra cosa, una corriente nueva que no había contado con que apareciera. Miró a Bruno. Bruno lo miró a él. Y luego los dos miraron a Lucas, que seguía allí de pie, esperando con una calma que era casi una invitación.
—No tenéis que parar por mí —dijo Lucas—. O no tenéis que parar conmigo fuera, según cómo se mire.
Fue Bruno el que dio el primer paso. Cruzó el salón, agarró a Adrián de la camiseta y lo besó por fin, con todas las ganas que llevaba acumuladas desde el autobús. Las lenguas se encontraron de inmediato, y Adrián gimió bajo dentro de la boca de su amigo mientras le hundía una mano en el pelo rubio.
Sintió, más que vio, cómo Lucas se acercaba por detrás. Unas manos grandes y seguras le subieron por la cintura, le tiraron de la camiseta hacia arriba, y una boca caliente le buscó la nuca. Estar entre los dos, atrapado entre el cuerpo delgado de Bruno y el pecho firme de Lucas, le borró del todo lo poco que le quedaba de cordura.
—Joder —murmuró, echando la cabeza hacia atrás contra el hombro de Lucas.
—Tranquilo —le respondió este al oído, con una voz grave que le erizó la piel—. Vamos a ir despacio.
Despacio no duró mucho. Bruno le sacó la camiseta de un tirón y se quedó mirándole el torso definido, el abdomen marcado por las temporadas de rugby, antes de inclinarse a besarle el pecho, a morderle suave un pezón que se endureció al instante. Adrián soltó un gemido ronco y buscó a tientas el cinturón de Bruno, desesperado por devolverle algo de lo que estaba sintiendo.
Se movieron como pudieron hacia el cuarto de Bruno, dejando ropa por el pasillo. Para cuando cayeron sobre la cama eran tres cuerpos enredados, manos por todas partes, bocas que no sabían a quién atender primero. Adrián nunca había imaginado que algo así pudiera abrumarlo de aquella manera, todas las terminaciones nerviosas encendidas a la vez.
Bruno fue el primero en bajar. Se deslizó por el cuerpo de Adrián dejando un reguero de besos húmedos hasta llegar a la cinturilla de los bóxers, y alzó la vista con los ojos oscurecidos.
—¿Seguro que quieres esto? —preguntó, aunque sus dedos ya tiraban de la tela.
—Más que nada —respondió Adrián, con la voz quebrada.
Bruno le bajó la ropa interior de un movimiento y se lo metió en la boca sin más preámbulos. Adrián gritó de placer, las caderas alzándose por instinto. La boca de Bruno era caliente, hábil, sabía exactamente cuándo apretar la lengua y cuándo aflojar, y a Adrián se le nubló la vista.
—Así, joder, así —jadeaba, una mano enredada en el pelo rubio.
Lucas, mientras tanto, se había colocado a su lado. Le giró la cara con dos dedos y lo besó hondo, robándole los gemidos directamente de la boca, mientras le recorría el pecho con la palma abierta. Adrián se descubrió correspondiendo con un hambre que no sabía que tenía, atrapado entre la boca de uno y las manos del otro, sin saber ya dónde terminaba el placer de un cuerpo y empezaba el del otro.
—Eres precioso así —murmuró Lucas contra sus labios—. Todo rojo, sin saber a cuál mirar.
Adrián quiso responder algo, pero Bruno eligió ese momento para apretar el ritmo y lo único que salió de su garganta fue un gemido largo. Notó que se acercaba demasiado rápido, que las piernas empezaban a temblarle.
—Para, para —consiguió decir, tirando suave del pelo de Bruno—. Si sigues, esto se acaba ya. Y no quiero que se acabe.
Bruno se separó con los labios brillantes y una sonrisa de pura satisfacción. Lucas se rió bajo, una risa cómplice, y los tres se quedaron un momento mirándose, recuperando el aliento, conscientes de que apenas estaban empezando.
—Tenemos toda la noche —dijo Lucas, atrayendo a Bruno hacia él para besarlo por encima del cuerpo de Adrián—. Y mis padres, por suerte, viven en otra ciudad.
Adrián se rió, todavía agitado, y los atrajo a los dos hacia sí. Esa mañana había salido de casa preocupado por un examen de Estadística. No tenía ni idea de que la noche fuera a terminar así, con dos cuerpos pegados al suyo y la certeza de que nada volvería a ser exactamente igual entre ellos.
—Toda la noche, entonces —murmuró, y volvió a besar a Bruno mientras la mano de Lucas le subía de nuevo por el muslo.