El chico de la biblioteca que lo cambió todo
Estudiaba en la biblioteca de la facultad por necesidad, no por gusto. En el piso que compartía con otros dos compañeros de carrera, concentrarse era imposible: siempre había música alta, gente entrando y saliendo a cualquier hora, y partidas de videojuegos que se alargaban hasta las dos de la mañana. Ellos eran buena gente, pero tenían prioridades distintas a las mías. Yo quería terminar el grado de Psicología sin suspensos, así que me convertí en un habitual de la sala de estudio del sótano.
La biblioteca tenía sus propias distracciones, claro. El murmullo constante, el olor a papel viejo, y los chicos guapos que pasaban entre las mesas. Cada vez que alguno llamaba mi atención, perdía varios minutos mirando la misma línea del manual sin retener absolutamente nada.
Fue un martes de febrero cuando ocurrió. Levanté la vista para descansar los ojos y me encontré con un par de ojos casi negros que me miraban desde tres filas más allá. No fue una mirada casual. Duró un segundo más de lo que debía. Luego el chico bajó la vista hacia su libro y yo hice lo mismo, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo habitual.
Era alto, delgado, con el pelo oscuro ligeramente revuelto. No me había fijado en él antes, lo que me resultó curioso, porque solía tener buen ojo para ese tipo de detalles. Los días siguientes lo vi varias veces por la sala, pero nada. Se sentaba, estudiaba, se iba. Empecé a pensar que aquella mirada había sido una falsa alarma, uno de esos momentos que uno interpreta en la dirección que quiere.
Hasta que una mañana, casi dos semanas después, entró por la puerta, miró alrededor, y vino directo hacia mí.
Me quedé quieto sin saber qué hacer con las manos.
—Tú eres Sergio, ¿verdad? —dijo en voz baja, con esa discreción obligada de biblioteca.
—Sí. —Lo miré de cerca por primera vez. Tenía la mandíbula definida, una pequeña cicatriz en la barbilla, y una forma de sostener la mirada que hacía difícil apartar la vista.— ¿Nos conocemos?
—No directamente. Lucía, una chica de tu grupo de Estadística, me prestó tus apuntes del segundo parcial. Son buenos. —Hizo una pausa.— Espero que no te importe que los tuviese sin pedírtelo.
—Para eso los tomo —respondí, aunque en ese momento los apuntes me importaban bastante poco.
—Me llamo Diego, por cierto. —Extendió la mano y la estreché.— El caso es que necesitaría también los del primer bloque, si los tienes en digital. ¿Crees que podrías pasármelos?
Solo quiere los apuntes. Claro que sí.
Acordamos que se los dejaría al día siguiente. Y para devolvérmelos, me propuso que pasara por su apartamento, que quedaba a cinco minutos andando del campus. Me dio la dirección antes de irse y yo tardé bastante rato en volver a concentrarme en el libro que tenía delante.
***
Al día siguiente fui a su casa después de las seis. Llamé al telefonillo y subí tres pisos. Cuando Diego abrió la puerta llevaba una camiseta de tirantes y unos pantalones de deporte cortos. El pelo todavía húmedo, como si acabara de salir de la ducha.
—Perdona el calor —dijo haciéndome pasar—. La calefacción de este edificio no tiene regulación posible.
Tenía razón: el piso estaba a una temperatura impropia para febrero. Pero lo que me llamó la atención no fue eso, sino los brazos que asomaban bajo la camiseta. Diego era velludo de una forma que resultaba llamativa, casi inesperada: el pelo negro y espeso le llegaba desde los antebrazos hasta el cuello, visible por encima del escote de la camiseta.
—¿Vives solo? —pregunté, mirando el salón pequeño pero ordenado.
—Sí. El piso es de mis padres, lo compraron cuando vino mi hermano a estudiar. Ahora me toca a mí. —Se encogió de hombros.— La ventaja es que hago lo que quiero. Como ahora mismo, que si no te importa, me voy a quitar esto.
Se sacó la camiseta por la cabeza y la dejó sobre el respaldo de una silla.
No dije nada. Solo asentí con una especie de sonrisa que esperaba que pareciera natural.
El torso de Diego era lo que se dice un torso trabajado, sin exagerar: pecho ancho, abdomen plano, y esa misma pelambre oscura y densa cubriendo casi todo. Había algo en ese contraste, entre la solidez del cuerpo y la textura del pelo, que resultaba difícil de ignorar.
—Yo apenas tengo —dije sin pensar.
Diego me miró con una sonrisa torcida.
—¿Pelo? —preguntó.
—Sí. Siempre lo he tenido escaso. En los brazos, en el pecho... —Hice un gesto vago.— Supongo que cada uno es como es.
—Eso es verdad. —Se quedó callado un momento.— ¿Quieres tocarlo?
La pregunta me pilló desprevenido, aunque en el fondo llevaba pensando en eso desde que había entrado al piso.
—¿Qué? —dije, ganando tiempo.
—El pelo. —No se movió, solo esperó.— A mucha gente le genera curiosidad y no sabe cómo preguntarlo.
Me levanté despacio del sofá donde me había sentado y di los dos pasos que me separaban de él. Extendí la mano y la apoyé sobre su pecho. La textura era exactamente lo que imaginaba: suave y densa a la vez, cálida por el calor del cuerpo. Pasé los dedos hacia un lado y noté el pequeño relieve de uno de sus pezones bajo la palma.
Diego soltó el aire muy despacio.
Ninguno de los dos se movió durante un momento que pareció largo.
Luego él puso su mano sobre la mía, no para apartarla, sino para mantenerla ahí. La deslizó por mi muñeca, subió por el antebrazo, llegó hasta mi hombro. Su cara estaba ya muy cerca de la mía cuando lo miré.
—¿Está bien esto? —preguntó.
—Sí —respondí, y fue la respuesta más honesta que di en todo el año.
Me besó despacio. No fue un beso torpe ni precipitado: fue uno de esos besos que empiezan suaves y van ganando peso. Abrió mi boca con la suya y sentí su lengua, y pensé que nadie me había besado así en mucho tiempo, quizás nunca de esa forma exacta.
***
Me cogió de la mano para levantarme del sofá. Fuimos al dormitorio despacio, él delante, sin soltar mi mano. Se giró dos veces en el pasillo para besarme de nuevo. Cuando le apreté la parte de atrás del pantalón con los dedos, soltó una carcajada baja que reverberó en el pasillo estrecho.
En el dormitorio había una cama grande, una mesilla, una silla cubierta de ropa. Nada más. Diego me quitó la camiseta y me empujó suavemente hacia atrás hasta que me senté en el borde de la cama. Luego se inclinó sobre mí y comenzó.
Me mordió el cuello. Me pasó la lengua por la clavícula. Bajó hasta el pecho y se entretuvo en los pezones, alternando entre morderlos con suavidad y chuparlos hasta que me tensé entero. Fui bajando la mano por su espalda, notando los músculos moviéndose bajo la piel.
Cuando llegó a la cinturilla de mis vaqueros, levantó la vista.
—¿Sigo?
—Por favor.
Bajó el pantalón y el calzoncillo de una vez. Me quedé tumbado, desnudo, con una erección que ya no podía disimular. Diego la miró un momento, luego me miró a mí, y volvió al trabajo sin ningún comentario innecesario.
Lo que hizo con la boca durante los minutos siguientes fue de una precisión que me llevó al límite varias veces. Subía despacio, bajaba, variaba el ritmo, y cuando notaba que yo estaba a punto, paraba y volvía a besarme en la boca para que bajase la tensión. Era algo deliberado, y ese cálculo me resultaba enormemente excitante.
Cuando conseguí bajarle el pantalón, descubrí que Diego era considerablemente mayor que yo en todos los sentidos. Me quedé mirando sin disimulo y él se rio.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Solo... nada.
Le hice lo que él me había hecho a mí, con menos pericia quizás, pero con suficiente entusiasmo como para que se le cortara la respiración varias veces. Pasé la lengua por su pecho mientras lo hacía y recordé por qué esa textura me había llamado la atención desde el principio: había algo en ese contacto, pelo contra piel, que resultaba extrañamente íntimo.
***
Diego abrió el cajón de la mesilla y sacó un condón. Me lo pasó y yo se lo puse con más torpeza de la que me habría gustado. Luego me ayudó a colocarme encima de él y guió todo con una calma que yo estaba lejos de sentir.
Entró despacio. Muy despacio. Lo que sentí fue una mezcla extraña de presión y calor y algo que estaba entre el dolor y lo contrario, y tuve que respirar hondo un par de veces antes de atreverme a moverme. Diego puso las manos en mis caderas sin forzar nada, esperando.
Cuando empecé a moverme fue mejor. Mucho mejor. Encontré un ritmo que funcionaba y Diego cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás en la almohada, lo que me dio una satisfacción que no esperaba sentir. Lo oía respirar. Oía el sonido de los dos en esa habitación y el silencio del edificio al otro lado de la puerta.
Aceleré gradualmente. Diego abrió los ojos y me miró, y cogió mi polla con la mano para masturbarse al mismo tiempo que me movía sobre él. Ese gesto, ese detalle de hacerlo simultáneo, fue lo que me llevó al límite sin margen de negociación. Me corrí sobre su pecho y su abdomen con una intensidad que me dejó sin fuerza en los brazos. Unos segundos después noté que se tensaba entero debajo de mí y se soltaba con un sonido grave y corto.
Me desplomé a su lado. Estuvimos tumbados en silencio durante un rato que no medí. El techo del dormitorio tenía una grieta larga que iba de una esquina a la otra. La miré sin pensar en nada.
—¿Estás bien? —preguntó Diego.
—Sí —dije.— Muy bien.
Eso era exactamente lo que era.
***
La ducha fue otra cosa. Pequeña, de esas que obligan a estar cerca, con el agua caliente que tardó más de lo esperado en salir. Diego me pasó el jabón sin que yo se lo pidiera y yo recorrí con la mano su pecho enjabonado y pensé que podría acostumbrarme a esto sin ningún esfuerzo. Hubo besos bajo el agua, y algo más, y cuando salimos los dos el espejo estaba completamente empañado.
Nos vestimos después, en silencio cómodo. Diego calentó algo que tenía en la nevera, puso dos platos en la mesa pequeña del salón, y me devolvió los apuntes que había ido a buscar hacía ya más de dos horas.
—Gracias —dije, mirando la carpeta.
—Gracias a ti —respondió él, con esa sonrisa torcida que ya empezaba a reconocer.
Volví a casa andando despacio por las calles del barrio universitario, con el frío de febrero y los apuntes bajo el brazo. Era tarde y las calles estaban casi vacías. Pensé en que tendría que estudiar el tercer bloque en algún momento. Pensé en que Diego me había dicho que también le haría falta esa parte del temario.
Pensé que por una vez iba a ser muy generoso con mis apuntes.