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Relatos Ardientes

La noche que terminé con Andrés en el callejón

Soy Mateo, y esto que voy a contar no se lo he dicho a nadie. Ni a mi hermano, con quien tengo más confianza que con nadie. Lo guardo desde hace dos años como se guardan esas cosas que, si no las pronuncias en voz alta, existen solo a medias.

Andrés vivía a media cuadra de mi casa, en el edificio de la esquina con los toldos verdes. Tendría veintitrés o veinticuatro años, lo mismo que yo en ese entonces. Era abiertamente gay desde la adolescencia: lo sabía todo el barrio, su familia, los del kiosko, el guardia del estacionamiento de la vuelta. Se vestía sin disimularlo. Pantalones muy ajustados, camisetas cortas que le quedaban al ombligo, a veces ropa que era directamente de mujer. Cuando cruzaba la calle, los tipos le gritaban desde los coches o le silbaban desde las esquinas. Él los ignoraba con una indiferencia que siempre me pareció admirable, aunque nunca lo habría admitido en ese momento.

Lo conocía de vista, como a todo el mundo del barrio. De adolescentes habíamos jugado fútbol en la misma plaza, aunque ya no. Nos saludábamos al cruzarnos. Nada más. Nunca había pensado nada particular sobre él, o eso me decía a mí mismo.

Esa noche yo estaba de muy mal humor. Paula me había mandado un mensaje a las seis de la tarde: «Hoy no puedo, lo dejamos para otro día». Sin más explicación. Llevábamos dos meses saliendo y era la tercera vez que me dejaba plantado. Sentía esa mezcla de rabia y frustración que te queda cuando no tienes a dónde dirigirla. Me fui a la esquina de siempre con los demás simplemente para no quedarme solo en casa rumiando.

Éramos cinco o seis: Mario, el Chino, Gonzalo y un par más. Cervezas de lata compradas en el almacén de la vuelta, música a bajo volumen desde el teléfono de alguien, el calor pegajoso de agosto que no aflojaba ni a las once de la noche. A eso de las once y media apareció Andrés. Mario lo conocía de algún lado y lo invitó a quedarse. Él se apoyó en la pared con las manos en los bolsillos, aceptó la cerveza que le pasaron y se quedó sin hacer alarde de nada.

Yo lo miraba más de lo que debía. Más de lo que podía explicarme a mí mismo. Andrés notó mis miradas desde el principio y las devolvía sin disimulo, con esa calma suya que me incomodaba de una manera que no supe nombrar en ese momento. Cada vez que yo apartaba la vista, al rato volvía a buscarlo.

¿Qué estás haciendo? me preguntaba internamente. No tenía respuesta.

***

Pasada la medianoche, Mario y el Chino se fueron. Gonzalo estaba más lejos hablando por teléfono, de espaldas. Quedábamos Andrés y yo básicamente solos en la esquina, con dos cervezas entre los dos y la música ya casi apagada. El callejón lateral quedaba justo detrás de nosotros, oscuro y vacío.

—¿No tienes frío? —le pregunté. Era lo primero que se me ocurrió.

—Son las doce de agosto —respondió él, mirándome de reojo.

—Ya.

Silencio.

—¿Qué te pasa? —preguntó, directo.

—Nada.

—Llevas dos horas con esa cara.

Me encogí de hombros.

—Mi novia me dejó plantado otra vez.

Asintió sin decir lo siento ni nada de eso. Se limitó a beber un sorbo y mirar hacia la calle. Eso me gustó. La gente que responde con lo siento de reflejo me cansa.

Nos quedamos en silencio. Y en ese silencio, sin pensarlo demasiado, me moví medio paso hacia él y apoyé la espalda en la misma pared donde él estaba apoyado. Nuestros hombros casi se rozaban.

Andrés no se movió.

Yo tampoco.

Pasaron unos minutos así. Gonzalo se despidió desde lejos con la mano y se fue sin esperar respuesta. La calle quedó completamente vacía.

—¿Vamos a quedarnos aquí parados toda la noche? —preguntó Andrés.

No respondí. En lugar de eso, incliné la cabeza hacia el callejón lateral y dije:

—Ven.

***

El callejón no tenía luz. Al fondo había una pared de ladrillo y unos cartones apilados en el rincón. Era un lugar que conocía de toda la vida, de cuando éramos chicos y lo usábamos para escondernos en los juegos, y ahora lo miraba como si fuera la primera vez que lo veía.

Andrés entró detrás de mí sin preguntar nada.

Me coloqué detrás de él y puse las manos en sus caderas. Él no retrocedió. Al contrario: echó el cuerpo hacia atrás, apoyándose levemente contra mí. Era un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero absolutamente deliberado.

—¿Qué estás haciendo, Mateo? —susurró. Su voz era tranquila, sin sorpresa real.

—No lo sé —contesté, que era la única respuesta honesta que tenía.

Le besé el cuello. Olía a algo cítrico, colonia o gel de ducha, no importaba cuál. Andrés inclinó la cabeza hacia un lado y dejó escapar un sonido suave y contenido, como si no quisiera que lo oyeran desde la calle. Sentí cómo su cuerpo se relajaba hacia mí, cedía un poco.

Le rodeé la cintura con un brazo y lo apreté contra mi cuerpo. Noté que estaba excitado. Eso hizo que yo también lo estuviera por completo, si es que no lo estaba ya desde hacía rato sin reconocerlo.

—Esto no lo suelo hacer —dije, sin saber muy bien por qué lo decía.

—Ya lo sé —respondió él—. Se nota.

No había burla en su voz. Solo la constatación de un hecho.

***

Nos giramos y nos besamos contra la pared. Andrés besaba con mucha calma, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo estaba acostumbrado a otro ritmo, más urgente, y me costó un rato adaptarme. Después me alegré de haberlo hecho.

Le pasé las manos por la espalda, las caderas, la parte baja de la cintura. Él tenía las manos en mi pecho, explorando sin urgencia, aprendiendo. Llegó un momento en que me miró a los ojos desde muy cerca, con el aliento mezclado con el mío, y yo no supe qué decir, así que no dije nada.

—¿Quieres que te lo haga? —preguntó en voz baja.

Supe exactamente a qué se refería. Tardé unos segundos en responder.

—Sí.

Se arrodilló delante de mí con una naturalidad que me dejó sin palabras. Abrió mi cinturón despacio, me bajó el pantalón lo suficiente, y tomó lo que había dentro con una mano mientras me miraba desde abajo. Esa mirada la llevo grabada desde entonces.

Lo que vino después fue lo mejor que me habían hecho hasta esa noche. Sin exagerar. Andrés sabía exactamente qué hacer y cuándo detenerse, cuándo ir despacio y cuándo apretar, dónde poner la lengua y cuándo no. No había torpeza, no había prisa innecesaria. Yo me apoyé en la pared con una mano, con la otra le acaricié el pelo, y cerré los ojos.

—No pares —le dije.

No paró.

Tardé más de lo que esperaba. Cuando sentí que estaba llegando al límite, lo levanté agarrándolo por los hombros y lo giré para que quedara de espaldas hacia mí, con las manos apoyadas en el ladrillo.

—¿Quieres seguir? —pregunté. Mi voz sonaba más ronca de lo habitual.

—¿Tú qué crees? —respondió.

***

Le bajé el pantalón despacio. Llevaba una tanga negra y ajustada. Me quedé un momento mirando eso.

—¿Lo sabías ya? —pregunté.

—Siempre vengo preparado —dijo, completamente tranquilo.

Moví la tela a un lado. Fui con cuidado, más cuidado del que habría tenido con otra persona, sin saber del todo qué hacer pero dejándome llevar por lo que él respondía. Andrés tensó la espalda un segundo y luego soltó el aire lentamente, con control.

—Despacio —murmuró.

—Sí.

Avancé poco a poco, deteniéndome cada vez que notaba resistencia, esperando hasta que cedía. Cuando estuve completamente adentro, los dos nos quedamos quietos un momento, sin movernos, con su espalda pegada a mi pecho y los dos mirando la misma pared de ladrillo.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Muy bien —dijo. Y lo decía en serio.

Empecé a moverme. Primero lento, con movimientos largos y controlados, sintiendo cada centímetro. Andrés apoyó la frente en el ladrillo y comenzó a respirar más fuerte. Le puse una mano en la cadera y con la otra me sostuve en la pared.

Lo que más me sorprendió fue que él no era pasivo. Movía las caderas hacia mí, sincronizando, apretando cuando yo avanzaba. Su cuerpo respondía con una precisión que me sacaba de control. Era como si llevara el ritmo de los dos al mismo tiempo.

Fui acelerando. Andrés gemía en voz baja, sonidos cortos y contenidos que intentaba controlar. Los dos éramos conscientes de que la calle quedaba a treinta metros.

—Más —dijo una sola vez.

Se lo di.

***

Con una mano lo rodeé por delante y empecé a tocarlo mientras seguía moviéndome. Andrés se estremeció y apretó los dedos sobre el ladrillo. Su respiración se volvió entrecortada, más rápida, sin el control que había tenido hasta entonces.

—No pares —repitió, como un eco de lo que yo había dicho antes.

No paré.

Llegó primero que yo, con un sonido ahogado que se le escapó sin control, y sentí cómo todo su cuerpo reaccionaba en torno a mí en ese instante. Eso fue suficiente para llevarme al límite. Me aferré a sus caderas con las dos manos y terminé unos segundos después, con la frente apoyada en su espalda y los ojos cerrados, en silencio.

Nos quedamos así, quietos, sin movernos, hasta que la respiración se normalizó en los dos.

***

Nos arreglamos la ropa en silencio. No sabía qué decir y preferí no decir nada. Andrés sacó un cigarrillo de algún bolsillo y me ofreció uno. No fumo casi nunca, pero lo acepté.

—¿Primera vez con un tío? —preguntó mientras encendía el suyo.

—Sí.

Asintió, sin hacer nada más con esa información.

—¿Vas a entrar en crisis? —preguntó, mitad en serio, mitad no.

—No lo creo.

—Bien.

Fumamos en silencio durante un rato. Desde la calle no llegaba ningún sonido. Nadie nos había echado de menos.

—¿Esto fue puntual? —pregunté al final.

Andrés me miró un segundo antes de contestar.

—Depende de ti —dijo.

***

No fue puntual. Durante los meses siguientes nos vimos varias veces, siempre de noche, siempre de manera discreta. Siempre a iniciativa mía, aunque él nunca se hizo de rogar. Seguí saliendo con chicas. Andrés nunca preguntó si tenía novia ni yo le conté nada de mi vida fuera de ese callejón. Había algo cómodo en ese límite no declarado, en no tener que ponerle nombre a lo que era.

Un día dejé de buscarlo. No hubo pelea ni explicación. Las cosas que no tienen nombre tampoco tienen final claro.

Lo veo a veces por el barrio. Nos saludamos, cruzamos dos palabras si coincidimos en el almacén. Él con esa calma de siempre, yo con la certeza de que hay una parte de aquella noche que todavía no sé del todo qué hacer con ella. No me arrepiento de nada de lo que pasó. Solo que hay experiencias que no encajan en ningún cajón que ya tengas abierto, y esa fue una de ellas.

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Comentarios (4)

Lector_CR

Buenisimo!!! me tuvo enganchado desde la primera linea

Mariana_RBA

Me encantó como lo narraste, se siente muy real. Por favor que haya segunda parte!!

toni

tremendo relato, gracias

GaboAres22

Me recordó a una noche que yo tambien terminé de una forma que no esperaba jaja. Muy bueno, sigue escribiendo

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