Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La broma de Rodrigo que lo cambió todo en Cartagena

Rodrigo y yo nos conocimos en el segundo año del bachillerato, cuando el profesor de química nos sentó juntos por orden alfabético. Los dos éramos altos, los dos preferíamos el fútbol a los libros, y los dos llegábamos tarde al menos tres veces por semana. A las dos semanas ya éramos inseparables. A los seis meses, ninguno recordaba cómo había sido la vida sin el otro.

Éramos ese tipo de amigos que se lo cuentan todo. Primeras novias, primeras peleas con los padres, primeras borracheras. Nos prestábamos ropa, teníamos llaves del apartamento del otro, sabíamos los códigos de los teléfonos de memoria. Todo el mundo en el colegio daba por sentado que donde estaba uno, estaba el otro.

Rodrigo era guapo de una manera que él mismo parecía no notar del todo. Alto, un metro ochenta y algo, espalda ancha, sonrisa fácil. Tenía esa forma de reírse que te obligaba a reírte también, aunque no supieras de qué. Yo lo sabía todo sobre él: que dormía boca arriba, que cuando estaba nervioso tamborileaba los dedos sobre la rodilla, que tenía un lunar pequeño justo debajo de la clavícula derecha.

Eso lo sabía porque a veces dormíamos en el mismo cuarto. No era raro entre nosotros. Cuando se hacía tarde trabajando en algún proyecto, cuando había partido y ninguno tenía ganas de moverse, simplemente nos quedábamos. Una cama doble o los dos en el sofá, sin que nadie le diera mayor importancia.

Había habido momentos que no sé muy bien cómo clasificar. Una vez que estábamos viendo una película y me quedé dormido apoyado en su hombro y él no se movió hasta que me desperté yo solo tres horas después. Otra vez en la piscina de su casa, cuando al salir me ayudó a pasar una toalla y su mano rozó mi cadera más de lo necesario, y ninguno de los dos hizo ningún comentario. Eran cosas pequeñas que yo guardaba en algún lugar del que no hablaba.

Al terminar el bachillerato, el grupo organizó un viaje de graduación a Cartagena de Indias. Éramos catorce, nos alojamos en un hostal cerca de la playa del Laguito y dividimos las habitaciones de dos en dos. Rodrigo y yo compartimos cuarto sin discutirlo siquiera, como siempre. Yo tenía veinte años, él diecinueve. Los dos teníamos pareja: la mía estaba ese mes en Europa con su familia, y la novia de Rodrigo estudiaba en otra ciudad y no había podido venir.

El primer día fue exactamente como habíamos imaginado. Playa desde las once, cervezas antes del mediodía, el sol de Cartagena cayendo a plomo sobre la piel. Rodrigo se pasó la tarde riendo con unos turistas que jugaban vóley en la orilla. Yo lo miraba desde la sombrilla con algo que no terminaba de identificar del todo. Solo sabía que era bueno tenerlo cerca.

Por la tarde, en un bar de la ciudad amurallada, nos cruzamos con dos chicas que viajaban solas desde Medellín. Se llamaban Valeria y Natalia. Estuvieron con nosotros un par de horas, tomamos aguardiente, bailamos cumbia con más entusiasmo que técnica. Hacia la medianoche les propusimos volver al hostal. Aceptaron.

Llegamos a la habitación. Éramos cuatro, la música sonaba desde el teléfono de Rodrigo, los tragos seguían pasando. La situación apuntaba en una dirección clara. Y entonces el teléfono de Valeria vibró, ella lo leyó y cambió la cara. Le dijo algo en voz baja a Natalia. Diez minutos después las dos se habían ido, con disculpas apresuradas y un número de teléfono que ninguno de los dos íbamos a usar.

La habitación quedó en silencio.

Rodrigo se tiró en su cama boca arriba, con los brazos detrás de la cabeza. Yo me senté en el borde de la mía. Los dos estábamos bastante borrachos, con esa borrachera cálida que relaja la lengua y afloja las precauciones.

—Qué mala suerte —dijo él, sin apartar la vista del techo.

—Sí —dije yo.

Hubo una pausa. Rodrigo giró la cabeza hacia mí con una sonrisa de medio lado y dijo:

—Estoy tan caliente que si sigues mirándome así voy a tener que hacer algo al respecto.

Lo dijo en tono de broma. Pero también no del todo. Hay frases que suenan a broma pero que en realidad son una pregunta. Y hay una fracción de segundo después de que alguien las dice en la que todo depende de lo que haga el otro.

Yo no me reí.

Lo miré. Él me miró. El silencio entre nosotros pesó de una manera completamente distinta a todos los silencios anteriores.

Me levanté de mi cama y fui hacia la suya. Me senté a su lado. Nuestros brazos se rozaron. Ninguno de los dos habló. Y entonces, sin que ninguno pudiera decir exactamente quién se movió primero, nos estábamos besando.

Era un beso torpe al principio, con la incertidumbre de quien no sabe bien dónde poner las manos. Luego fue algo completamente distinto. Rodrigo me puso una mano en la nuca y el beso cambió de registro. Sentí calor en el pecho, en el estómago, en todas partes.

Caímos en la cama juntos.

Yo tenía curiosidad desde hacía tiempo, aunque nunca me lo había dicho con esas palabras. Nunca había tenido a otro hombre tan cerca, con esa intención. Lo fui descubriendo despacio: la anchura de sus hombros bajo mis manos, el calor de su piel, la forma en que respiraba cuando le rozaba el cuello con los labios.

Fui bajando. Primero el pecho, luego el vientre. Tiré de su pantalón y de la ropa interior al mismo tiempo. No pensé demasiado. Solo actué.

Era grande, más de lo que habría imaginado. Lo tomé en la mano despacio, y luego lo llevé a la boca. Rodrigo soltó un sonido que no era exactamente un gemido, más bien una exhalación larga y contenida. Le pasé la lengua por la punta, luego fui bajando. Él tenía los dedos enredados en mi pelo pero no me empujaba, solo sujetaba.

Estuve así un buen rato, encontrando el ritmo, aprendiendo lo que le hacía reaccionar. Cuando lo sentí tensar las piernas, se incorporó y me apartó suavemente.

—Mi turno —dijo.

Me quitó el pantalón. Hizo lo mismo que yo, pero con más calma, con una concentración que me desconcertó por completo. Cuando pensaba que era eso todo, escupió en sus dedos y empezó a explorar más abajo, en la zona que yo nunca había dejado explorar a nadie.

El primer dedo fue incómodo. Me tensé. Rodrigo no se detuvo del todo, pero sí aflojó el ritmo, siguió con la boca en lo que hacía y esperó. Poco a poco el músculo cedió. Cuando metió el segundo dedo la sensación ya era otra cosa completamente distinta. Cerré los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondí. Y era verdad.

Me incorporé. Lo acosté boca arriba. Me quité lo que me quedaba de ropa. Usé mi propia saliva con cuidado, como había visto que él lo hacía. Me puse encima de él, de rodillas, y empecé a bajar muy despacio.

El primer centímetro fue difícil. El segundo también. Pero yo controlaba el ritmo y eso lo cambiaba todo. Fui bajando en pequeños movimientos, parando cuando necesitaba parar, hasta que lo tuve completamente dentro. Me quedé quieto un momento, respirando.

No había palabras para esa sensación. Presión, calor, algo que se expandía desde adentro hacia afuera. Empecé a moverme.

Rodrigo me puso las manos en las caderas. No para dirigirme, sino para sujetarme. Me miraba con una expresión que no le había visto nunca. Yo también lo miraba. Seguíamos siendo nosotros dos, pero algo había cambiado de manera permanente e irreversible, y los dos lo sabíamos.

Fui cogiendo ritmo. Rodrigo levantó las caderas para encontrarme. Nos besamos así, sin dejar de movernos, con esa mezcla de torpeza e intensidad que solo tienen las primeras veces. Me mordía el lóbulo de la oreja. Me pasaba las manos por la espalda, por las nalgas. Yo sentía cómo se acumulaba el calor en algún punto interior que no sabía que existía.

Me decía cosas al oído. Cosas crudas que en cualquier otro contexto no habrían sonado igual, pero que en ese momento encajaban exactamente donde tenían que encajar. Yo no respondía con palabras. Respondía moviéndome más.

Cuando Rodrigo se corrió lo noté antes de que pasara: una tensión en todo su cuerpo, las manos apretando con más fuerza, la respiración cortada. Luego ese calor nuevo adentro, en oleadas. Yo me corrí sin haberme tocado, solo por eso.

Nos quedamos quietos durante un minuto largo. Él me abrazó desde abajo, con los brazos alrededor de mi espalda. Yo apoyé la frente en su hombro. Afuera, en la calle, sonaba música de algún bar cercano.

Nos dormimos así, enredados, sin hablar.

***

Me desperté con el sol entrando por la persiana mal cerrada. Tardé unos segundos en orientarme. Luego me di cuenta de que Rodrigo seguía a mi lado, con un brazo sobre mi cintura y la respiración lenta del que duerme profundo.

Lo miré. Seguía siendo el mismo de siempre y a la vez algo había cambiado de forma que no tenía nombre todavía. Me moví con cuidado para no despertarlo, pero al tercer movimiento abrió los ojos.

Los dos nos miramos en silencio.

—Buenos días —dijo él, con voz ronca.

—Buenos días —dije yo.

Ninguno de los dos sabía exactamente qué hacer con lo que había pasado, así que ninguno hizo nada. Me levanté y entré al baño. El agua caliente era lo que necesitaba.

Llevaba quizás tres minutos bajo la ducha cuando se abrió la puerta del baño. Rodrigo entró y se quedó de pie frente a la mampara, con esa expresión que ponía cuando quería algo y no terminaba de pedirlo.

Abrí la mampara.

Entró. Se colocó detrás de mí, me rodeó la cintura con los brazos y pegó su cuerpo al mío. Lo noté duro contra mis nalgas. Tenía ganas de repetir, y yo también, pero todavía estaba bastante dolorido y no me veía capaz de aguantar otra vez.

Me giré hacia él. Le puse una mano en el pecho. Luego la bajé.

Me arrodillé en la bañera con el agua cayéndome encima y lo tomé en la boca otra vez, esta vez con más calma, con más curiosidad que la noche anterior. Exploré cada centímetro, aprendí el ritmo que le gustaba, atendí a cada pequeño cambio en su respiración. Era distinto hacerlo así, de día, sin la borrachera amortiguando los sentidos. Era más real.

Cuando lo sentí a punto, no me aparté. Me quedé donde estaba y lo sujeté con fuerza. Se corrió en mi boca. El sabor no me desagradó. Me lo tragué todo.

Me levanté. Nos miramos bajo el agua.

—Somos raros —dijo él, con media sonrisa.

—Siempre lo hemos sido —respondí yo.

Nos reímos los dos. Era la misma risa de siempre, pero con algo nuevo dentro que ninguno de los dos iba a mencionar todavía.

Nos vestimos rápido porque alguien llamó a la puerta. Eran Valeria y Natalia, con disculpas y dos cafés comprados en la esquina. Las dejamos pasar. El resto del día fue playa, risas y el calor de Cartagena cayendo sobre todo como una manta.

Esa noche volvimos al cuarto con las dos. Pero esa es otra historia.

Valora este relato

Comentarios (3)

Carlitos_MDP

increible como lo contaste, se siente que paso de verdad!!

VeroMercedes

Por favor hace una segunda parte, no puede quedar ahi la historia

RolandoMza

Me recordo a un viaje que hice hace años con unos amigos. Esas situaciones que arrancan como una broma y de repente te das cuenta que no era solo eso. Muy bien narrado, gracias por animarte a contarlo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.