Amanecí desnudo en casa de dos extraños
Tenía veintidós años y vivía solo en un cuarto de renta al norte de Puebla. Dos años trabajando en un almacén de distribución, ganando lo justo para cubrir el alquiler, comer algo decente y reservar unos pesos para las salidas del fin de semana. Las salidas eran siempre iguales: bares del centro, cervezas baratas, la compañía de cualquiera que quisiera tomar.
No era exigente con las personas. Si alguien decía «vamos», yo iba. Así de simple.
Un viernes de octubre recibí un encargo de mi jefe: llevar unos documentos firmados a una empresa en Guadalajara y volver con los acuses de recibo. Me dieron el dinero del camión y algo extra para gastos. Llegué al mediodía, entregué todo, y al salir descubrí que el último camión directo a Puebla salía a las diez de la noche. Tenía horas libres y un bolsillo más flaco de lo que esperaba después de comer.
Me quedé sentado en una banca de la central de autobuses, mirando el flujo de gente, sin apuro ni plan.
Fue ahí donde los conocí.
***
Dos hombres conversaban en las butacas de enfrente. Uno era alto, de hombros anchos y barba de varios días que lo hacía parecer mayor de lo que probablemente era; el otro, más bajo y de constitución delgada, con lentes de armazón grueso y el pelo oscuro cayéndole sobre la frente. Hablaban con la naturalidad relajada de quienes llevan años siendo amigos. Los escuché mencionar la palabra «cerveza» en dos oraciones seguidas.
—Disculpen —dije—. ¿Conocen algún bar cerca de aquí?
El del pelo oscuro me miró primero. Sonrió.
—Íbamos a comprar unas cervezas y subirlas al departamento —dijo—. Si quieres unirte, hay espacio.
El alto me evaluó un segundo, no con desconfianza sino con curiosidad tranquila.
—¿Eres de aquí? —preguntó.
—No. De Puebla. Vine por trabajo y tengo tiempo hasta las diez.
Se miraron entre ellos. El alto hizo un gesto que interpreté como «por qué no» y se puso de pie.
Sus nombres eran Adrián, el alto, y Daniel, el de los lentes. Me llamo Rodrigo, les dije. Caminamos cuatro cuadras hacia su edificio sin hablar demasiado.
***
El departamento era pequeño pero ordenado: sala con sofá y televisión apagada, cocina abierta con los platos del desayuno todavía en el escurridor, una mesa de comedor con cuatro sillas. Sobre la mesa había una baraja de naipes, como si la hubieran dejado ahí sin terminar una partida.
Adrián abrió el refrigerador y sacó seis cervezas. Las puso sobre la mesa sin preguntar si quería una. Ese detalle me gustó.
Brindamos. La conversación arrancó con la inercia fácil que tienen los desconocidos cuando no esperan nada el uno del otro: de dónde eres, en qué trabajas, si es tu primera vez en la ciudad. Daniel señaló por la ventana y mencionó un mercado nocturno que valía la pena conocer, aunque para eso ya era demasiado tarde. Adrián dijo que si hubiera llegado antes podrían haberme llevado.
—La próxima vez avisa —dijo, y tomó un trago largo.
La primera cerveza la terminé rápido. Siempre me pasa cuando me siento cómodo.
***
Para la tercera cerveza ya habíamos dejado de hablar de cosas neutras. Daniel preguntó si tenía novia; le dije que no desde hacía seis meses. Adrián comentó que algunas rupturas eran liberaciones disfrazadas. Reímos. Alguien abrió más cervezas.
En algún momento de la noche, Daniel recogió la baraja de la mesa y barajó con la habilidad automática de quien lo hace seguido.
—¿Conoces el juego de la prenda? —preguntó.
—Más o menos.
—Simple. El que saca la carta más baja, pierde algo.
Adrián ya estaba sonriendo. Algo en esa sonrisa me decía que el juego no era nuevo para ninguno de los dos.
—No tengo mucho que perder —dije.
—Exactamente —dijo Daniel.
El juego arrancó. Yo perdí la primera ronda y me quité los tenis. Daniel perdió la segunda y se sacó la playera sin drama, con la indiferencia de quien lleva el torso al sol todo el verano. Adrián perdió la tercera y se quitó los calcetines con exagerada ceremonia, lo que nos hizo reír a los tres. Para cuando yo me quedé sin camiseta, ellos habían perdido cada uno dos prendas y seguían bebiendo con la misma calma.
Noto ahora, pensando en frío, que perdían con una regularidad que no parecía del todo casual.
La sala se había llenado de un silencio diferente al de las primeras horas. No el silencio incómodo de los extraños, sino uno más denso, con una dirección. Cuando Adrián ganó una ronda y le tocó a Daniel quitarse los pantalones, el más alto lo miró con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Fue la primera vez que entendí, con una claridad que el alcohol no había conseguido borrar del todo, lo que era ese departamento para ellos dos.
Para ese punto llevaba suficientes cervezas encima como para que los bordes de las cosas se volvieran imprecisos. Seguí jugando. Seguí perdiendo. En algún momento de la noche, la diferencia entre el juego y lo que vino después se volvió imposible de señalar.
***
Lo que sí recuerdo con claridad es la mirada de Daniel cuando la última prenda cayó al suelo. No era sorpresa. Era atención sostenida, sin apuro, como si llevara tiempo esperando ese momento sin querer apresurarlo.
Adrián fue el primero en acercarse.
Se arrodilló frente a mí sin decir nada y empezó a usar la boca de una manera que yo no supe cómo procesar de inmediato. No pregunté nada. No pedí que se detuviera. El alcohol me tenía en ese estado en que las preguntas no llegan a formularse antes de que el cuerpo ya respondió con su propia lógica.
Daniel se quedó de pie un momento, mirando, y luego se acercó también. Sentí su mano en mi nuca, guiándome hacia él. Lo que hice a continuación no fue una decisión consciente; fue el cuerpo siguiendo una inercia que ya no quería interrumpir.
En algún momento pasamos de la sala a la habitación. No recuerdo haberme levantado.
El dolor fue breve pero real: cortó la bruma del alcohol lo suficiente para que tomara conciencia exacta de lo que estaba ocurriendo, de la posición en que estaba, del peso de Adrián contra mi espalda. Y luego algo en mí, más profundo que el razonamiento, decidió no resistirse. No dije que parara. El dolor cedió y lo que quedó fue una sensación nueva que mi cabeza no supo cómo clasificar aquella noche.
Después no hubo más nada. Solo el peso del sueño cayendo de golpe.
***
Abrí los ojos y no reconocí el techo de inmediato. Me costó unos segundos ubicarme: el departamento, la sala, la manta que alguien había doblado sobre mí con cuidado. Eran pasadas las nueve de la mañana.
El cuerpo me dolía de maneras específicas, en lugares precisos. El tipo de dolor que no viene de una mala postura.
Me senté despacio. Mi ropa estaba doblada en el piso, junto a los tenis. Mis cosas —el teléfono, la billetera, el sobre con los documentos que debía llevar de vuelta a Puebla— estaban sobre la silla que estaba contra la pared. Nadie había tocado nada.
Adrián estaba en la cocina haciendo café. Daniel todavía dormía; se escuchaba su respiración desde la habitación.
—¿Cómo está la cabeza? —preguntó Adrián sin voltearse.
—Pesada —dije.
—Toma asiento. El café está listo.
Tomé la taza que me pasó y bebimos en silencio un momento. Por la ventana entraba la luz de la mañana, gris y plana, como si la ciudad no hubiera decidido todavía si iba a llover.
—¿Qué pasó anoche? —dije finalmente.
Adrián me miró. Su expresión no era de burla ni de incomodidad. Era una calma que me resultó extraña y al mismo tiempo exactamente lo que necesitaba en ese momento.
—¿Cuánto recuerdas? —preguntó.
—El juego de cartas. Después algunas imágenes. Nada ordenado.
Asintió.
—Nadie te forzó —dijo—. En ningún momento. Hubo un punto de la noche en que fuiste tú quien no quiso que se detuviera. Con esas palabras, más o menos. Puedes no creerme.
Me quedé mirando el café.
—¿Me lastimé? —pregunté, aunque la respuesta ya la tenía en el cuerpo.
—Un poco al principio. Después no.
La conversación fue corta. Adrián no adornaba las cosas, y yo no las quería adornadas. Me contó lo necesario con la misma neutralidad con que podría haber descrito el partido de fútbol de la noche anterior. Lo escuché todo sin interrumpirlo.
***
Me duché en su baño. El agua tardó en calentar, y me quedé bajo el chorro frío un momento antes de que saliera tibia, dejando que el vapor llenara el espacio pequeño. Me revisé en el espejo con la objetividad desapasionada de quien hace un inventario de daños: nada que no fuera a sanar solo en unos días.
Cuando salí, Daniel ya estaba levantado. Prepararon huevos con salsa y tortillas del día anterior calentadas en el comal. Comimos los tres con una conversación esporádica sobre nada importante, como si compartiéramos el desayuno después de una noche de trabajo larga, no de otra cosa.
A las once me despedí. Adrián me acompañó hasta la puerta.
—Si vuelves por Guadalajara —empezó.
—Ya sé dónde viven —lo interrumpí.
Bajé las escaleras y salí a la calle. El sol había roto las nubes para entonces. Caminé despacio hacia la central, con el cuerpo acusando lo de la noche anterior a cada paso, y la cabeza ocupada en una pregunta que todavía no encontraba cómo formularse del todo.
***
El camión a Puebla tardó cuatro horas. Me dormí en algún momento de la segunda hora y me desperté entrando a la autopista. Por la ventana, el paisaje plano seguía siendo el mismo desde hacía kilómetros.
Pensé en lo que había pasado con más claridad de lo que esperaba. No sentí lo que se supone que debía sentir, o al menos no lo que habría predicho antes de esa noche. No era vergüenza, ni exactamente arrepentimiento. Era algo más parecido a la sensación de haber abierto una puerta que no sabía que existía y encontrar que del otro lado había algo que reconocías aunque nunca lo hubieras visto antes.
Esto ya estaba en mí antes de anoche, pensé. Solo no sabía dónde buscar.
En las semanas siguientes, la memoria de esa noche volvía seguido. No con culpa. Con una curiosidad que no tenía apuro por resolverse pero que tampoco desaparecía.
Tardé algunos meses en dejar de hacerme la misma pregunta y empezar, por fin, a responderla.