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Relatos Ardientes

Me dejaron plantado y terminé en el cine porno

Era un jueves de verano, de esos en que el calor pega antes de las tres de la tarde y todo el mundo anda con la ropa pegada al cuerpo. Llevaba días esperando ese encuentro: Roberto me había confirmado la tarde anterior, el mismo hotel de siempre, cerca del centro, a las cuatro.

Me metí al baño antes de salir. Saqué la tanga azul marino de atrás del cajón, la que guardo desde hace meses para estas ocasiones, y me la puse con calma. Me miré en el espejo un segundo. Le había dicho a mi mujer que tenía una cita con un proveedor y que regresaba para la cena.

Salí de casa con todo el cuerpo encendido.

La plaza donde quedamos era grande, con una fuente en el centro y vendedores ambulantes en los bordes. Llegué cinco minutos antes. Me senté en una banca y esperé. A las cuatro y cinco llegó el mensaje. No fue un mensaje. Fue una llamada.

—Oye, no puedo salir —dijo Roberto—. Surgió una emergencia en la obra. Lo siento de verdad.

Colgué sin decir mucho. Me quedé un momento en la banca, mirando la fuente, con la tanga azul debajo del pantalón y un calor que no iba a ningún lado. Busqué la parada del autobús y caminé hacia ella.

Había poca gente esperando. Una señora mayor con bolsas del mercado, un chico joven con audífonos y, un poco más al fondo, recostado contra el poste, un tipo de unos treinta y tantos con pants grises y camiseta blanca ajustada. Alto, moreno, brazos cruzados, con una manera de pararse que hacía difícil no mirarlo.

Lo miré.

Y entonces lo noté: la tela de los pants era delgada y se le pegaba sin nada debajo. Se veía con toda claridad, y no era poca cosa. Cuando levanté la vista, sus ojos ya estaban en los míos. Sonreí. Él devolvió la sonrisa. Yo me chupé el labio inferior, sin pensarlo demasiado, y su sonrisa se hizo más amplia.

El autobús llegó lleno. Nos metimos empujando, apretados contra los demás pasajeros. Él quedó a mi lado, tan cerca que le sentía el calor del brazo.

En el primer frenón se corrió un centímetro hacia mí. Solo uno, pero fue deliberado. Yo no me aparté. Al contrario: acomodé el bolso al hombro izquierdo para dejar el derecho libre. Él lo entendió sin que tuviera que decírselo. Con el siguiente vaivén lo apoyó contra mi hombro. Sabía exactamente lo que era.

Le puse la mano en el antebrazo, muy despacio, como si nada. Él se acercó más. La presión era constante, cálida, inconfundible. El autobús seguía avanzando y nadie miraba nada porque todos iban apretados y con la vista perdida.

Un par de paradas después se bajaron varias personas y quedó un asiento libre para una señora que venía de pie. Me levanté a cedérselo y me puse frente a él, dándole la espalda. No fue accidente. Empujé las nalgas hacia atrás con suavidad y las apoyé contra su cadera.

Sus manos llegaron a mi cintura. Firmes, nada tímidas. El autobús frenó y aprovechó el movimiento para pegarse más, su pelvis contra mis nalgas, moviéndose apenas. Yo respondía apretando y soltando. Así estuvimos durante varias paradas, en ese juego callado que no necesita palabras porque los dos saben bien qué está pasando.

Me incliné hacia atrás y le hablé casi al oído.

—Te invito al cine —le dije—. Al de la calle Cipreses.

Él supo de qué cine hablaba.

—Vamos —dijo.

***

El cine olía a humedad y a polvo viejo. La taquilla era una ventanita con un hombre adentro que cobró sin levantar la vista. La pantalla proyectaba algo, pero nadie miraba la pantalla. Las butacas estaban vacías en su mayoría, con alguna silueta inmóvil aquí y allá en las filas del centro.

Fuimos hasta el fondo. Última fila, pegados a la pared. Me senté y él se quedó de pie a mi lado.

No tardó nada.

Se sacó la verga directamente, sin preámbulo. La tomé con la mano primero, calibrando el peso y el calor, y después me incliné y la tomé en la boca. Era lo que había estado esperando desde la parada del autobús.

Empecé despacio, deslizando la lengua desde la base, tomándome el tiempo. Él puso una mano en mi nuca, sin presionar, solo guiándome. Me la metía poco a poco, retiraba, volvía un centímetro más adentro cada vez, hasta que la sentí llegar al fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz para quedarme ahí. El sonido de su respiración cambiando me decía cuándo acertar y cuándo mantener el ritmo.

Estuve así un buen rato, con el ruido sordo de la película de fondo y la oscuridad de la sala alrededor.

—¿Quieres más? —preguntó, con la voz espesa.

Me levanté. Me puse frente al barandal que cerraba el fondo de la sala, bajé los pantalones hasta los tobillos y quedé con la tanga azul expuesta. Él se acercó por detrás, me corrió la tela a un lado, despacio. Me dio un beso en una nalga, luego en la otra. Después empezó con la lengua.

Ahí dejé de pensar en Roberto, en el hotel cancelado, en la tanga que había elegido esa mañana para otro hombre.

Me tomó tiempo, más del que esperaba. Lengua y dedos, con una paciencia que era casi deliberada. Cuando lo tuvo todo listo, se puso el condón y entró.

Lo hizo despacio. Centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez, dejándome acostumbrar antes de avanzar. Cuando estuvo adentro del todo se quedó un momento quieto, con las manos en mis caderas, y yo sentí cada parte de él. Después empezó a moverse.

Me levantó del suelo. Sin aviso, me agarró por las caderas y me cargó, y yo quedé con los brazos extendidos sobre el barandal y los pies sin tocar el piso. El ángulo cambió completamente. Me penetraba con una profundidad que llegaba a sitios distintos, y yo apretaba y soltaba al ritmo de él, apoyándome en los brazos para no colgarme entero.

La primera vez que llegó fue intensa. Lo sentí hincharse adentro de mí, escuché su respiración cortarse en un sonido corto y grave, el condón llenarse. Se quedó quieto unos segundos, todavía adentro, con la frente apoyada en mi espalda.

Pensé que ahí terminaba.

Pero no salió. Me bajó despacio, me dejó los pies en el suelo y empezó a besarme la espalda desde la cintura hacia arriba. Suave. El cuello, los hombros. Pasaron unos minutos y lo que se había calmado volvió a estar firme dentro de mí, sin haberse retirado en ningún momento.

La segunda vuelta fue más lenta al principio, pero con un ángulo diferente. En algún momento ajustó la inclinación de la cadera y algo se encendió adentro de mí que era completamente distinto a antes. Un calor que irradiaba hacia afuera, concentrado en un punto preciso. Me puse duro sin que nadie me tocara, solo con la presión de él moviéndose en ese lugar exacto.

—Juntos —me dijo al oído.

No fue una pregunta. Me acomodé hacia él para intensificar esa sensación, apretando cada vez que él empujaba, y cuando llegó el momento lo hice junto con él. Sin tocarme. Solo con su cuerpo adentro del mío.

Nunca me había pasado eso.

***

Me estaba recomponiendo, todavía apoyado en el barandal con los pantalones abajo, cuando sentí una presencia a mi izquierda que no era él.

Era otro hombre. Había estado cerca, observando, y yo no lo había notado. Más alto, más ancho de hombros. No dijo nada. Puso una mano en mis nalgas con esa seguridad tranquila de alguien que no espera que le digan que no.

Yo no se lo dije.

El primero se había sentado ya en una butaca y seguía con la boca en mí, despacio, mientras el nuevo exploraba por detrás. Sus dedos en el borde de la tanga, bajando, recorriendo. Cuando encontró el condón de la primera vuelta, eso pareció encenderlo más: sentí su verga dura recorriendo el canal entre mis nalgas de arriba abajo, rozando sin penetrar, agarrándome de la cintura con las dos manos.

Me quedé entre los dos: la boca por delante, el peso por detrás. Cuando el de atrás llegó al límite fue sin aviso: un par de sacudidas tensas y el calor de él en mi espalda y en las nalgas. Se fue sin decir nada, desapareciendo en la oscuridad de la sala.

El primero se levantó poco después. Me dijo algo al oído sobre mis nalgas, que no las olvidaría, y se despidió con una palmada suave. También se fue.

Me quedé solo en la última fila, los pantalones todavía abajo, la verga parada, el pecho y la espalda manchados. Estaba sentado con las piernas abiertas y el cuerpo todavía encendido cuando pasó un tercero junto a mí.

Se paró. Me miró entero, en ese estado de abandono deliberado, y entendió sin que nadie tuviera que explicarle nada. Me puse de rodillas en el pasillo alfombrado y lo tomé en la boca hasta que se vino, y lo que me dejó en el pecho se sumó al resto.

Tres en una tarde que iba a ser solo Roberto y dos horas en un hotel del centro.

***

Cuando salí del cine ya oscurecía. Me limpié como pude en el baño del local —azulejo descascarado, jabón en pastilla, una bombilla que parpadeaba— y me recompuse la ropa. La tanga azul, la que había elegido esa mañana para otro hombre, había cumplido su función de todas formas.

Le mandé un mensaje a mi mujer: que había terminado tarde con el proveedor, que estaba en camino.

En el autobús de vuelta iba de pie, cerca de la puerta. Nadie me miró. Nadie me rozó el hombro con ninguna intención. El autobús era el mismo de siempre: lleno, ruidoso, sin nada especial.

Pero yo no era el mismo que había subido esa tarde.

A veces pienso en ese tipo de los pants grises, en su paciencia, en la manera en que me cargó sin aviso. No sé su nombre, nunca lo supe. Solo sé que Roberto me hizo un favor sin saberlo cuando no se presentó a esa cita.

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Comentarios (3)

Flor_BA

jajaja el titulo me enganchó al toque y el relato no decepciona. Muy bueno!!

CuriosoBA

Una pregunta, ¿eso de los cines porno todavia existe? Me parecio muy autentico, como si fuera real de verdad

Santi_Rdz

Excelente. Corto pero con mucha intensidad, se hizo cortísimo. Seguí subiendo relatos así

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