Mi primera vez con un desconocido en el río
Fue Marcos quien me metió la idea en la cabeza. Era un tipo corpulento y risueño al que conocía desde el colegio, y esa tarde estábamos sentados en el bar de siempre cuando me contó que había visto a un hombre bañándose desnudo en el río la noche anterior. Lo había sorprendido mientras paseaba por la orilla: un tipo alto, moreno, con el cuerpo de alguien que trabaja con las manos, que se movía entre el agua sin ningún pudor.
—Tenía una verga enorme —me dijo Marcos, bajando la voz aunque no había nadie cerca—. No exagero. Como no he visto otra.
Me reí, pedí otra cerveza y cambié el tema. Pero mientras Marcos seguía hablando de otras cosas, yo no podía dejar de pensar en lo que había dicho. No entendía exactamente qué era lo que sentía. Una curiosidad rara, incómoda, como cuando ves algo que no debías haber visto y no puedes dejar de recordarlo.
Eran las siete de la tarde cuando me despedí de Marcos. Las ocho cuando llegué a casa. Las nueve cuando decidí salir.
***
El río quedaba a veinte minutos a pie siguiendo el camino de tierra que bordeaba los eucaliptos. Era una zona apartada, sin iluminación, donde la gente del pueblo iba de día a pescar o a refrescarse. De noche, nadie tenía asuntos allí.
O casi nadie.
Lo vi antes de que él me viera a mí. Estaba en el agua hasta la cadera, de espaldas, con el torso mojado brillando bajo la luna. Era exactamente como Marcos lo había descrito: grande, moreno, con los hombros anchos de quien carga peso todo el día. El río le llegaba a la cintura y podía ver perfectamente que no llevaba nada puesto.
Me quedé quieto entre los árboles, sin saber qué estaba haciendo allí. Vete a casa, me dije. Esto es una estupidez. Pero no me moví. Seguí mirando durante unos minutos que no supe contar, hasta que el hombre se dio la vuelta.
Entonces me vio.
No se asustó. Solo me miró con calma desde el agua, con ese tipo de calma que tiene la gente que ya no le teme a nada. Después volvió a lo suyo, como si yo no estuviera, como si fuera perfectamente normal que un desconocido apareciera a observarlo bañarse en plena noche.
No sé por qué hice lo que hice a continuación. Supongo que porque ya había llegado hasta ahí y no tenía sentido dar la vuelta.
Me quité la ropa.
***
El agua estaba fría al principio, y entré despacio, con la excusa de acostumbrarme a la temperatura. El hombre me miraba de reojo desde unos metros de distancia. Yo miraba al frente, haciendo como si aquello fuera algo que hacía todas las noches: bañarme desnudo en el río oscuro junto a un desconocido.
—Primera vez que te veo por aquí —dijo. Tenía una voz grave, sin acento particular. Una voz que no pedía nada, solo observaba.
—También es la primera vez que vengo —respondí.
—¿Y cómo te enteraste?
Dudé un segundo.
—Un amigo. Me dijo que había alguien que se bañaba aquí de noche.
El hombre sonrió. Era una sonrisa pequeña, apenas marcada en la comisura del labio.
—¿Y qué más te dijo tu amigo?
No respondí. No hacía falta. Los dos sabíamos lo que había detrás de la pregunta.
Se llamaba Diego. O eso me dijo. Vivía a diez minutos de allí, en una casa pequeña que heredó de su padre, y trabajaba en construcción. Tenía treinta y pocos años, aunque en la oscuridad parecía mayor. Era el tipo de hombre que no habla más de lo necesario, que cuando hace silencio lo hace de verdad y sin incomodidad.
Estuvimos unos minutos en el agua sin decir mucho. El río sonaba suave alrededor de nosotros. La luna estaba casi llena y dibujaba reflejos plateados en la superficie. Poco a poco nos fuimos acercando sin que ninguno de los dos lo decidiera en voz alta.
Cuando vi su verga de cerca, entendí por qué Marcos no había podido callarse.
***
—¿Puedo tocarla? —pregunté. Lo dije antes de pensarlo, y después de decirlo no supe dónde meterme.
Diego me miró unos segundos, sin prisa.
—Sí —dijo, sin más.
La toqué despacio, con la mano debajo del agua, sintiendo el peso y el grosor con los dedos. Era gruesa y larga, más de lo que había imaginado. Se fue poniendo dura entre mis dedos y yo noté que se me aceleraba la respiración de una forma que no podía controlar.
—Es la primera vez que haces esto —dijo Diego. No era una pregunta.
—Sí.
—¿Quieres parar?
—No.
Salimos del agua. Diego tomó su ropa del suelo y extendió una camiseta sobre la hierba seca. Me arrodillé, y durante lo que siguió el único sonido era el río detrás de nosotros y mi propia respiración entrecortada. Lo tomé en la boca con torpeza al principio, tratando de entender cómo hacerlo, cómo sostenerlo, cómo respirar. Diego no me forzó, no me movió la cabeza, no hizo nada más que quedarse quieto y dejarme ir a mi ritmo.
Aquello duró un buen rato. Cuando Diego me puso de pie y me giró, yo ya no estaba nervioso de la misma manera. O sí lo estaba, pero era un nerviosismo diferente, sin miedo.
—¿Has hecho esto antes? —preguntó en voz baja, con la mano apoyada en mi cadera.
—No —admití.
Hubo una pausa larga.
—Hay que ir despacio —dijo. Y en ese momento entendí que no era un hombre que hacía daño a nadie a propósito.
***
No voy a fingir que no dolió. Dolió bastante. Pero Diego fue paciente de una forma que no esperaba de un desconocido en medio de la oscuridad. Fue parando cuando yo lo pedía, esperando que me pasara la tensión, volviendo a empezar con cuidado. Yo abracé el tronco del árbol más cercano y respiré hondo cada vez que lo necesité.
El dolor fue cediendo. No del todo, pero sí lo suficiente como para que hubiera algo más. Algo que no sabía cómo nombrar y que no intenté nombrar en ese momento porque las palabras habrían arruinado todo.
Cuando terminó, yo seguía de pie con las manos apoyadas en la corteza rugosa del árbol. Diego se retiró despacio y esperó. Ninguno de los dos habló durante un buen rato. El río sonaba igual que antes. La luna seguía en el mismo sitio. Como si nada hubiera cambiado, aunque todo había cambiado.
Me vestí con las manos que todavía me temblaban un poco. Diego también se vistió, tranquilo, sin prisa, sin mirarme de una forma que me hiciera sentir observado.
—Vivo cerca —dijo—. Si quieres venir.
Lo pensé. Sabía que no debía. Que lo razonable era agradecerle, dar la vuelta y volver a casa a fingir que aquella noche no había existido. Pero ya había tomado suficientes decisiones razonables ese día, y todas me habían traído hasta aquí.
—De acuerdo —dije.
***
La casa de Diego era exactamente lo que imaginaba: pequeña, limpia de esa manera funcional de quien vive solo hace años, con las paredes desnudas salvo por algunos calendarios y una estantería con herramientas alineadas con orden meticuloso. Olía a madera y a jabón.
Me ofreció agua. Me senté en su cama porque no había otro sitio donde sentarse, y Diego se sentó a mi lado. Hablamos poco, de cosas sin importancia: su trabajo en la obra, que el pueblo no daba mucho de sí en verano, que el río estaba más crecido que otros años. Era fácil hablar con él cuando no había nada en juego. Tenía esa manera de escuchar que tiene poca gente: sin interrumpir, sin preparar la respuesta mientras tú todavía hablas.
A medianoche se quedó dormido primero. Yo tardé más. Estaba tumbado con los ojos abiertos mirando el techo, escuchando su respiración pausada y tratando de ordenar lo que sentía. No era culpa exactamente. O quizás sí un poco al principio, pero se fue disolviendo rápido. Era más bien asombro. De mí mismo, de lo que era capaz de hacer cuando la curiosidad pesa más que el miedo.
Dormí profundo cuando por fin me solté.
***
Amanecí sintiendo el calor de su cuerpo detrás del mío. Diego estaba despierto. Noté su mano en mi cadera y su aliento en la nuca. Tenía la verga dura otra vez, apoyada contra mí sin insistencia, solo dejándola estar.
—¿Estás bien? —preguntó, en voz baja.
—Sí —respondí. Y era verdad, o al menos lo era más que la noche anterior.
Lo que pasó después fue más despacio que la primera vez. Con más luz natural entrando por la ventana. Con menos urgencia y más conciencia de lo que estaba haciendo. Dolió menos. Sentí mucho más. Cuando terminamos, me quedé tumbado un momento mirando el techo de su cuarto, con la luz de la mañana temprana dibujando rayas sobre la pared, y pensé que el mundo seguía siendo exactamente igual que antes y al mismo tiempo completamente diferente.
Me levanté, me vestí y le dije que me iba. Diego asintió desde la cama, sin drama, sin pedir explicaciones ni dar ninguna. Eso me gustó más de lo que debería haberme gustado.
—Cuídate —dijo.
—Tú también —respondí.
***
Salí a la mañana fresca del pueblo y fui caminando hasta mi casa despacio, con el cuerpo cansado y la cabeza curiosamente en silencio. No había manera de fingir que aquello no había pasado. Tampoco tenía muy claro qué hacer con ello, de momento.
Las semanas siguientes fueron raras. Diego empezó a mandarme mensajes. Al principio eran simples: quedar en el río, recordar esa noche. Pero después empezaron a cambiar de tono. Me amenazaba con contarle a gente lo que habíamos hecho, con que en un pueblo pequeño esas cosas corrían rápido y llegaban a todos los rincones.
Las primeras veces le di lo que pedía. Cuando el miedo es más grande que el orgullo, uno cede. Pero hay un punto en que esas dos cosas se invierten, y cuando llegué a ese punto tomé una decisión.
Dejé el pueblo. No fue únicamente por Diego: había otras razones acumuladas desde hacía tiempo, cosas que no encajaban, conversaciones que nunca terminaban bien. Pero Diego fue el último empujón. A veces las situaciones más incómodas terminan siendo el motivo que necesitabas para hacer lo que ya debías haber hecho mucho antes.
En la ciudad nadie me conocía. Nadie sabía nada de ningún río ni de ninguna noche de verano. Pude empezar desde cero, con todo lo que eso implica: la soledad nueva, el trabajo que tarda en llegar, las dudas de los primeros meses sobre si hiciste bien en irte. Y también la libertad de ser, por primera vez, exactamente quien querías ser sin que nadie te mirara ni te midiera.
A Diego no lo volví a ver. No lo busqué y él tampoco insistió más. Supongo que cada uno encontró lo que buscaba aquella noche en el río, aunque fueran cosas muy distintas. Yo encontré algo que no esperaba encontrar y que tardé tiempo en saber cómo llevar. Pero lo encontré, y eso ya no tiene marcha atrás.