El chico de la playa y su excusa del cigarrillo
He reconstruido las palabras de aquella conversación más o menos como ocurrieron; los hechos, en cambio, siguen intactos en mi memoria.
Estaba solo en la playa, aprovechando el último sol de la tarde. Un rato antes había habido más gente, aunque tampoco mucha; es una cala discreta, de las que no salen en las guías. Para entonces solo quedaba una pareja joven besándose a un centenar de metros, dos siluetas recortadas contra el agua que ya empezaba a oscurecerse.
Un chico pasó cerca de mí y se metió en el mar. Nadó un buen rato, con brazadas largas y seguras, y al salir se sentó a cierta distancia, sobre la arena húmeda. Yo seguí tumbado, con los ojos entrecerrados, fingiendo que dormitaba. Lo observaba sin observarlo, de esa manera en que uno mira cuando no quiere que lo pillen mirando.
De pronto, una voz muy cerca me sobresaltó. Era él.
—¿Tienes un cigarrillo?
—Sí, pero no deberías fumar —respondí, incorporándome sobre los codos.
—Tranquilo, ya soy mayor de edad. Tengo veintidós.
—No lo decía por eso, sino por la salud. Pero toma, hombre, no voy a darte un sermón.
Le alargué el paquete y el encendedor. Encendió el cigarrillo y dio una calada larga, sin toser, con la naturalidad de quien fuma desde hace años. Aun así, algo en la forma en que lo sostenía me hizo pensar que la pregunta había sido una excusa. Se sentó a mi lado sin pedir permiso. Era alto, más de uno ochenta, delgado y fibroso, con el pelo todavía goteando sobre los hombros.
—¿Vienes mucho por esta playa? —preguntó.
—No. Estoy de vacaciones con mi mujer, en un apartamento cerca de aquí. Es la primera vez que bajo. Parece tranquila.
—Yo también estoy de vacaciones con la familia. Vengo algunos días, es buena para nadar.
—¿Y qué haces, estudias?
—Sí, segundo de Ingeniería, en Valdoria.
—¿Y qué tal con eso?
—Un rollo —se rió—. Pero bueno, es lo que hay.
Hablaba con esa mezcla de timidez y descaro de quien todavía está midiendo hasta dónde puede llegar. Yo le seguía el juego, divertido, sin terminar de adivinar qué quería.
—¿Y novia, o algo así?
—Salgo con una chica en la ciudad. Pero somos más amigos que otra cosa, la verdad.
—Jeje, los jóvenes de ahora. Apenas os conocéis y ya estáis al asunto. En mi época, hasta que no llevabas seis meses saliendo, de la mano y para de contar. Para un beso había que negociar.
—Qué va, con ella nada todavía. Algún beso y poco más. Llevamos un par de semanas.
—Pero seguro que con alguna otra has hecho algo más. Conozco la edad.
—Con alguna sí —admitió, y bajó un poco la voz—. Y con una mujer mayor, también.
—Vaya. ¿Cómo es eso de la mujer mayor? Porque a saber qué entiendes tú por mayor.
—Tiene cuarenta y uno, me dijo ella.
—Cuarenta y uno —repetí, riéndome—. No me digas que te la has…
—De vez en cuando. Pero es muy pesada y no tenemos de qué hablar. Por lo menos me desahogo.
—Mira el chaval.
—Oye, que ya no soy ningún chaval —protestó, fingiéndose ofendido.
—Vale, vale. No te enfades.
Había terminado el cigarrillo. Los dos mirábamos el mar, el sol que caía a plomo sobre el horizonte y teñía el agua de un naranja sucio. Hubo unos minutos de silencio. Pensé que se levantaría y se iría, pero ahí seguía, con las rodillas dobladas y los brazos alrededor de las piernas.
—¿Y qué tal con tu mujer? —soltó de repente.
—Oye, tío, eso son cosas muy personales. ¿Te he preguntado yo por tu amiga la mayor?
—Me preguntaste por mi novia. Si quieres, te cuento lo de la otra con pelos y señales.
—No, no hace falta —dije, aunque la curiosidad me picaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Sentado sobre la arena, con el bañador todavía pegado al cuerpo por la humedad, se le notaba el sexo ya despierto, no del todo duro pero marcando la tela de un modo inequívoco. Lo vi y aparté la vista demasiado tarde.
—Ja, pensando en la mujer mayor te has puesto cachondo —dije, para disimular que lo había mirado.
—No estaba pensando en ella —contestó tranquilo—. Te estaba imaginando a ti con tu mujer.
—Pues no imagines tanto.
—No sé por qué te imaginaba con ella, dándole.
—Vaya cosas que se te ocurren. Serán las hormonas.
—No —dijo, y por primera vez no se rió—. También me apetecía hablar contigo. Te vi antes y me apeteció.
—No será con malas intenciones —bromeé, aunque el corazón me había empezado a latir más rápido—. Porque si para ti una mujer de cuarenta y uno es mayor, imagínate yo, que paso de los sesenta.
—Estás muy bien para tu edad.
—Anda ya.
—Que sí. Y me ha parecido que tú también te estabas poniendo antes.
Me quedé callado. El descaro del comentario me cortó la respuesta de golpe. Era cierto, y él lo sabía, y saberlo descubierto me encendió de un modo que no esperaba.
—¿Qué es esto? ¿Quieres algo conmigo? —pregunté al fin.
—Si tú quieres, sí. ¿Has estado con hombres?
—Alguna vez. ¿Y tú?
—También.
—¿Con amigos?
—Con alguno, alguna paja suelta. Pero lo serio fue con un tío más mayor, un profesor de la facultad.
—Eres la leche. Y no me digas que cuando me viste te inventaste lo del cigarrillo solo para acercarte.
—Pues sí —confesó, y me sostuvo la mirada sin pestañear.
Y dicho esto, alargó la mano hacia mi entrepierna y me tocó la polla por encima del bañador. Le cogí la muñeca y la aparté, despacio, sin brusquedad.
—¿De verdad no quieres?
—No es eso. Ya ves que hay gente. Esa pareja de allá, y podría pasar alguien.
—Podríamos ir ahí detrás, al pinar.
Lo miré con calma. Le brillaban los ojos y se pasaba la lengua por la comisura de los labios, lento, consciente del efecto. Será cabrón, sabe exactamente lo que hace.
—Vale —dije—. De acuerdo.
Nos levantamos y caminamos hacia los pinos que cerraban la cala por el lado de poniente. La arena seca quemaba un poco bajo los pies. Él iba delante, y yo lo seguía mirándole la espalda ancha, los hombros todavía salpicados de gotas, el bañador ceñido a unas piernas largas de corredor.
***
El pinar era una franja estrecha de árboles viejos, con el suelo cubierto de agujas secas y una sombra fresca que olía a resina y a sal. Apenas nos internamos unos metros, hasta que la playa quedó oculta por la maleza y solo se oía el rumor del mar y alguna cigarra perdida. Él se detuvo junto a un tronco caído y se volvió hacia mí.
No dijo nada. Se acercó, me puso una mano en el pecho y me empujó con suavidad contra el árbol. Sentí la corteza áspera en la espalda y su aliento, todavía con olor a tabaco, muy cerca de mi cara. Por un instante creí que iba a besarme, pero no lo hizo. Bajó directamente, arrodillándose sobre las agujas de pino, y tiró del elástico de mi bañador.
—Espera —murmuré, mirando hacia atrás por encima del hombro.
—No viene nadie —dijo—. Tranquilo.
Y antes de que pudiera contestar, me tenía en la boca. Lo hacía con una soltura que no encajaba con su aire de crío, sin prisa, jugando con la lengua, deteniéndose a propósito cada vez que notaba que se me aceleraba la respiración. Apoyé una mano en su pelo mojado y eché la cabeza hacia atrás contra el tronco. El placer me llegaba en oleadas lentas, mezclado con el miedo absurdo a que apareciera alguien, y esa mezcla lo hacía todo más intenso.
—Joder —dije entre dientes—. Dónde has aprendido a hacer esto.
Levantó la vista sin sacársela de la boca y sonrió con los ojos. Después se incorporó, se quitó el bañador de un tirón y lo dejó caer sobre las agujas. Quedó de pie, completamente desnudo en la penumbra verde, y me cogió la mano para que lo tocara a él. Estaba duro, caliente, y se estremeció en cuanto lo rodeé con los dedos.
—Despacio —pidió, cerrando los ojos.
Nos quedamos así un rato, frente a frente, las manos del uno en el otro, sin hablar, solo el sonido entrecortado de las dos respiraciones. Yo le marcaba el ritmo y él movía las caderas buscando la mía. En algún momento se inclinó y apoyó la frente en mi hombro, y noté el roce de su pelo húmedo en el cuello.
—Voy a… —empezó a decir, y no terminó la frase.
Tampoco hizo falta. Lo sentí tensarse entero, contener el aire un segundo y soltarlo todo con un gemido ahogado contra mi piel. Casi al mismo tiempo me llegó a mí, fulminante, con las piernas temblando y la corteza del árbol clavándose en la espalda. Nos sostuvimos el uno al otro para no caernos, riéndonos por lo bajo de pura sorpresa.
***
Después nos quedamos unos minutos en silencio, recuperando el aliento, mientras la luz se filtraba entre los pinos cada vez más rojiza. Él se vistió primero. Recogió el bañador, lo sacudió y se lo puso sin la menor vergüenza, como si acabáramos de darnos un simple baño.
—¿Vienes mañana? —preguntó, y por primera vez sonó como lo que era: un chico esperando una respuesta.
—No lo sé —dije, y era verdad—. Mi mujer estará esperándome.
—Por si acaso —contestó, encogiéndose de hombros—. Sobre esta misma hora suelo estar por aquí.
Salió del pinar antes que yo y bajó hacia la orilla con las manos en los bolsillos, sin volverse. Yo me quedé un momento más entre los árboles, escuchando el mar, con la respiración todavía agitada y una sonrisa estúpida que no me podía quitar. Cuando por fin salí a la playa, la pareja joven ya no estaba y el sol se había hundido del todo. De él no quedaba más que una huella de pisadas en la arena, borrándose despacio con cada ola.
Esa noche, en la cena, mi mujer me preguntó si había pasado una buena tarde. Le dije que sí, que había estado tranquila, que había aprovechado para nadar. No mentía del todo. Y al día siguiente, a la misma hora, encontré una excusa para volver a la cala.