Mi primera mamada a un desconocido me hizo bisexual
Me llamo Aitor y acabo de cumplir veintidós. Lo que voy a contar pasó hace un par de meses y, desde entonces, no consigo sacármelo de la cabeza. Cada vez que paso por un estacionamiento subterráneo vuelvo a esa madrugada, y siempre termino igual: con ganas de repetir.
Durante toda mi adolescencia me dije que era curioso, nada más. Curioso significaba mirar de reojo a otros chicos en el vestuario del gimnasio y luego negármelo a mí mismo. Curioso era buscar videos en internet cuando estaba solo en casa y borrar el historial antes de cenar. Curioso era esa palabra cómoda que usaba para no llamarme bisexual.
Una vez, en una fiesta, le hice una mamada rápida a un compañero de la facultad. Duró menos de cinco minutos, él no terminó y yo me bajé del cuarto con la sensación de que aquello no había contado. No había probado nada, en realidad. Esa misma noche, en mi cama, lo decidí: quería que un hombre se viniera en mi boca. Necesitaba saber si me iba a gustar o si iba a salir corriendo. Sin términos medios.
A los pocos días me bajé una aplicación de citas y armé un perfil falso. Cara borrosa, pocos datos, una foto del torso sacada de mala manera frente al espejo del baño. Bastó. En menos de una hora tenía la bandeja llena. La mayoría no me decía nada: torsos sin gracia, vergas comunes, frases hechas que ya había visto cien veces.
Pero hubo uno.
Sus fotos no eran burdas. Se notaba que sabía lo que estaba mostrando: un primer plano cuidado, con buena luz, una verga gruesa todavía descansada sobre el muslo, ni dura ni del todo blanda. No había cara, pero tampoco la necesitaba. Le escribí.
—¿Estás cerca? —fue todo lo que mandé.
—A veinte minutos en auto. ¿Tienes departamento?
—No, vivo con familia. ¿Y tú?
—Estoy de paso. Podemos hacerlo en mi coche, si te animas. Yo te chupo o tú me chupas, lo que prefieras.
Le contesté que prefería la segunda opción. Que era la primera vez que lo hacía en serio, que no me corriera, que solo quería probar. Él respondió que sin problema, que me esperaba en el estacionamiento subterráneo del edificio frente al mío en quince minutos. Le pedí que bajara al nivel menos dos, el más vacío.
Esos quince minutos los pasé caminando en círculos por mi habitación. Me lavé los dientes dos veces. Me cambié de ropa tres. Pensé en mandarle un mensaje cancelando todo. Pensé en masturbarme yo solo para que se me bajaran las ganas y dejara de hacer estupideces. No hice ninguna de las dos. Bajé al estacionamiento antes de tiempo, con las manos heladas, y esperé apoyado contra la pared del fondo, donde la cámara no alcanzaba.
No vas a entrar a ese auto, Aitor. Vas a mirarlo y te vas a subir de nuevo.
Me lo repetí tres veces. No me creí ninguna.
A las tres y cuarto, una camioneta gris bajó la rampa despacio. Se detuvo en el último cajón, con las luces casi apagadas. Las ventanas estaban polarizadas. No alcanzaba a verle la cara desde fuera. Caminé hacia el lado del copiloto con las piernas temblando y abrí la puerta.
Lo primero que vi fue su verga. Tenía los pantalones a la altura de los tobillos y la mano apoyada sobre el muslo. La verga descansaba contra su barriga, medio dura, todavía sin alcanzar el tamaño que después iba a tener. En mi cabeza, sin pensarlo, le puse un nombre. Mateo. Nunca me dijo el suyo y necesitaba llamarle de alguna manera.
—Cierra la puerta —dijo, y su voz era más grave de lo que me había imaginado leyendo los mensajes.
La cerré. El olor del auto era a colonia cara y a cuero. Me senté.
—Estás nervioso.
—Sí.
—¿Quieres hacerlo o no?
—Sí.
Me puso una mano en la nuca. No fue brusco. Fue firme, y eso me gustó más que cualquier otra cosa de esa noche. Me empujó despacio hacia su regazo y yo me dejé empujar. Cerré los ojos un instante antes de tocarla con la lengua, como quien se asoma a un trampolín alto.
La primera lamida fue tímida. La segunda también. La tercera ya no.
La fui metiendo en mi boca poco a poco, sintiendo cómo crecía contra mi paladar. Esa fue la parte que no había anticipado: notarla agrandarse mientras yo la chupaba, latirme contra los labios, ganar terreno milímetro a milímetro. En menos de un minuto la tenía dura, mucho más grande que cuando había subido al auto, espesa y pesada sobre la lengua. Calculé sin querer: por lo menos diecisiete centímetros, gruesa, una de esas vergas que no se olvidan.
Mateo no decía nada. Solo respiraba más fuerte y me apretaba la nuca de vez en cuando para marcarme el ritmo. Me obligaba a meterla hasta el fondo y yo me atragantaba, sacaba la cabeza un segundo, tosía bajito, volvía a meterla.
—Tranquilo —dijo en un momento—. Respira por la nariz. Y mírame.
Le hice caso. Levanté la cabeza apenas, con su verga todavía dentro de mi boca, y le sostuve la mirada. Tenía los ojos oscuros y la boca entreabierta. Cuando me vio, sonrió de lado y me apretó más fuerte la nuca.
Algo se rompió en mí ahí. Una compuerta que llevaba años sostenida. Dejé de chupársela por curiosidad y empecé a chupársela por hambre.
Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta. Le besé la cabeza con la boca abierta, jalándola con saliva. Me la metí entera, hasta que la garganta se me cerró, y la volví a sacar entre tos. La volví a meter. Cada movimiento se lo robaba a un video viejo, sí, pero también lo iba inventando sobre la marcha, por instinto.
Mateo me la sacaba a veces para pegármela en la mejilla. Me golpeaba con ella la cara, lento, casi con ternura, y yo abría la boca y la atrapaba de nuevo. Era humillante y era exactamente lo que quería. Si alguien me hubiera preguntado dos semanas antes si me podía gustar algo así, habría dicho que no. Esa madrugada descubrí que sí. Que muchísimo.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Quince minutos, quizá veinte. El tiempo dentro de ese auto funcionaba distinto. Lo que sí recuerdo con claridad es el momento exacto en que me lo preguntó.
—¿Quieres que me venga en tu boca?
Una corriente eléctrica me bajó por la espalda. No saqué la verga, no me detuve, no respondí con palabras. Solo asentí con la cabeza, con ella todavía dentro, y aceleré el ritmo.
Sentí cuando dejó de empujarme la nuca. Cuando se hundió contra el respaldo. Cuando su respiración se cortó en seco. Le sentí la verga latir contra la lengua, dos, tres veces, antes del primer chorro.
Me llenó la boca con una rapidez que no había calculado. Tibio, espeso, salado. Más cantidad de la que esperaba. Me ahogué un segundo, contuve la arcada y, sin pensarlo, tragué. Volví a chuparle la cabeza para sacarle lo que quedaba, lo besé despacio, lamí lo que se había escapado por las comisuras de mis labios.
—Joder —murmuró él, con los ojos cerrados.
Yo todavía tenía su sabor en la boca y, en lugar de incomodarme, me estaba calentando aún más. Me la metí una vez más, ya blanda y sensible, y le di un último beso en la punta antes de soltarla.
Mateo abrió los ojos. Me miró como si recién estuviera enfocando.
—Para ser tu primera vez —dijo—, lo hiciste como si llevaras años.
Sonreí. No supe qué contestar. Me limpié la boca con el dorso de la mano y le dije que me tenía que ir.
—Yo también —respondió, mirando el reloj del tablero—. Tengo que estar en la oficina en una hora.
Asentí. Abrí la puerta. Bajé del auto. La cerré con cuidado. Caminé hacia la salida del estacionamiento sin mirar atrás. La camioneta gris arrancó detrás de mí y subió la rampa.
***
Subí a mi departamento descalzo, con los zapatos en la mano. Mi familia seguía durmiendo. Entré al baño, me lavé los dientes, me enjuagué la boca tres veces y me miré en el espejo. Tenía los labios hinchados y la barbilla un poco enrojecida por la barba de él. Por lo demás, era el mismo de siempre. Y, sin embargo, no lo era.
Me metí en la cama, pero no pude dormir. Me pasé la madrugada recorriendo la escena en mi cabeza, cuadro a cuadro: la rampa, la puerta del copiloto, el olor a cuero, su mano en mi nuca, su voz diciéndome que respirara por la nariz, el sabor en el instante en que se vino. Cada detalle me ponía duro otra vez. Acabé masturbándome dos veces antes de que sonara la alarma.
Borré el chat al mediodía. Borré la aplicación esa misma tarde. Me prometí que no lo iba a volver a hacer, que ya había probado, que con eso bastaba. La promesa duró tres días.
Hoy, tres meses después, tengo otra aplicación instalada. He repetido con tres hombres distintos, todos en circunstancias parecidas: encuentros breves, sin nombres, sin caras, sin promesas. Cada vez me cuesta menos pedir lo que quiero. Cada vez me reconozco más en lo que pido.
Antes me llamaba curioso. Llevaba años escondiéndome detrás de esa palabra. Después de la verga de Mateo en mi boca y de su leche bajándome por la garganta, ya no me sirve. Soy bisexual. Y todavía me faltan muchas vergas por probar.