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Relatos Ardientes

Empecé a desear a mi propio hijo a los cincuenta y seis

Me llamo Damián. Tengo cincuenta y seis años, vivo en una casa demasiado grande para los dos que la habitamos y, hasta hace unos meses, hubiera dicho que estaba en paz conmigo mismo. Era ingeniero industrial, dueño de un taller pequeño de prototipos hasta que una multinacional me compró una patente, y desde entonces tengo el sueldo asegurado y el tiempo a favor.

El dinero, aprendí tarde, no compra alegría, pero compra esa libertad rara de cerrar el ordenador a las tres de la tarde sin que pase nada. Soy una persona ordenada, de gustos simples, sin estridencias. Llevo bigote desde los veinticinco. La perilla me la dejo crecer y la afeito según el humor del mes. Tengo algo de panza, lo justo para que el cinturón me cuente la verdad cada mañana, pero por lo demás estoy bien para mi edad.

En esta casa vivimos Mateo y yo. Él tiene veintiún años, estudia ingeniería de software en la universidad pública y todavía no decide si quiere terminar la carrera o irse a alguna ciudad lejana a probar suerte. Su madre, Cecilia, murió hace seis años. El golpe fue brutal para los dos. Lo atravesamos pegados, casi sin separarnos, y de aquel duelo salimos con una relación más cercana de lo que es habitual entre un padre maduro y un hijo adolescente.

Cuando hablo de mí, suelo decir que toda la vida fui heterosexual y nunca me planteé otra cosa. No por convicción, sino porque sencillamente no me pasaba. Veo hombres atractivos como veo árboles bonitos: con la admiración tranquila del que mira un paisaje. Después de la muerte de Cecilia pasé un año largo sin tocar a nadie, y cuando volví al sexo lo hice con prudencia, con un par de masajistas de confianza que conocen mi cuerpo y a las que visito de tanto en tanto para que me la mamen o me monten un rato hasta que me corro y me voy.

Eso era mi vida hasta hace unos meses. Hasta que empecé a mirar a mi hijo.

Mateo se parece a mí cuando yo tenía su edad. La misma constitución delgada, la misma manera de echarse el pelo hacia atrás cuando piensa, la misma manera de cruzar las piernas en el sillón. Verlo es, en buena medida, verme a mí mismo treinta y cinco años antes, en otra vida más liviana.

Eso, por sí solo, no tendría nada de extraordinario. Un padre que reconoce sus gestos en un hijo. Algo casi banal.

El problema empezó una tarde de marzo, cuando Mateo cruzó el salón en chándal para ir a la cocina y se me fue la vista a su entrepierna. No por nada. Como quien repara, sin querer, en una imperfección. Llevaba unos pantalones grises bastante ajustados y se le marcaba todo: el bulto grueso de la polla caída hacia la pierna izquierda, y más abajo el peso de los huevos apretados contra la tela. Aparté la mirada de inmediato, incómodo, casi avergonzado.

Una semana después estaba mirando otra vez. Y otra. Y otra.

Me explico, porque escribirlo me obliga a ordenarlo. No empecé pensando en sexo. Empecé pensando en la diferencia entre su cuerpo y el mío a esa edad. Yo, modestito, siempre. Él, evidentemente no. La moda, los pantalones, lo que sea: a Mateo se le ve. Y yo, sentado en el sillón de cuero con un libro en las rodillas, empecé a fijarme cada vez que pasaba.

Después fue peor. Empecé a imaginar.

No quiero adornarlo. Imaginaba qué forma tendría sin ropa. Imaginaba el peso de eso en una mano, cómo se sentiría el tronco caliente de su verga cerrándome el puño, cuánto de esa polla me sobraría por arriba y por abajo cuando la agarrara entera. Imaginaba mi mano subiendo y bajando despacio hasta que el capullo le asomara mojado por el prepucio y él soltara un gemido bajo, de sorpresa. Después imaginaba mi boca abriéndose para tragármela, la lengua rodeándole el glande, la saliva chorreándome por la barbilla, los huevos golpeándome el mentón cada vez que empujaba. Después, durante un periodo en que casi no dormía, imaginaba que mi propio hijo me echaba la cabeza para atrás contra una almohada y se hundía en mi garganta hasta que yo me ahogaba un poco y le agarraba las nalgas con las dos manos, se las separaba, le hundía un dedo en el culo mientras él me follaba la boca, y le pedía más con la mirada y con las lágrimas que me caían por follármelo así.

Esto no se puede pensar. Esto no se puede ni siquiera pensar.

Y, sin embargo, no podía dejar de pensarlo.

Mi cuerpo respondía solo. Bastaba que Mateo cruzara una habitación, que apoyara el codo en la mesa de la cocina, que se rascara la nuca por la mañana con cara de sueño, para que yo sintiera un cosquilleo abajo, un latido bajo el ombligo, una hinchazón que me obligaba a cambiar de postura o a fingir que tenía que ir al baño. La verga, que llevaba años funcionando con la disciplina de un perro viejo, había vuelto a despertarse como cuando yo tenía diecisiete años. Solo que ahora despertaba por la persona equivocada. Se me ponía dura contra la cremallera del pantalón, tan dura que me dolía, y yo tenía que apretar los dientes y esperar a que Mateo saliera del cuarto para poder acomodármela con la mano.

Lo primero que hice fue lo que hace cualquier hombre: intenté gastarlo. Me masturbé. Una vez. Dos. Tres veces el mismo día. La primera fue en la ducha, con la mano llena de jabón, y me corrí a los dos minutos contra los azulejos con una arcada seca de placer. La segunda fue después de comer, tirado en la cama boca arriba, con los pantalones bajados hasta las rodillas, escupiéndome en la palma y haciéndome la paja con la muñeca floja, lento, como se hacen las pajas los viejos. La tercera fue al caer la tarde, en el sillón del despacho, y ya me salió apenas un hilo espeso que me chorreó por los dedos y me manchó la camisa.

Intentaba no pensar en él. Pensaba en mujeres, en alguna actriz, en las masajistas. Funcionaba dos minutos. Después la cabeza se me iba sola otra vez al cuarto del fondo, donde Mateo dormía con la puerta entornada, y yo cerraba los ojos y, en mitad de la paja, lo veía a él: lo veía desnudo, arrodillado sobre mi cama, la polla apuntándome a la cara; lo veía metiéndomela entre los labios sin decir nada, agarrándome del pelo canoso de la nuca; lo veía corriéndose en mi lengua con esa corrida joven, abundante, espesa, que a mí ya no me sale hace veinte años. Me venía yo también, con una violencia que hacía meses no me venía así, un espasmo largo que me sacudía las caderas contra el aire, y me quedaba después tirado en la cama con la panza salpicada de semen y los ojos llenos de lágrimas y una culpa tan grande que no sabía dónde meterla.

—Esta es la última vez —me decía cada vez, limpiándome con una toalla que después escondía—. Y a la mañana siguiente todo volvía a empezar.

Hablé conmigo mismo durante semanas. Me hice los discursos que se hace un padre y un hombre adulto. Que esto no se puede. Que es mi hijo. Que, aunque él no se entere, aunque nunca pase nada, el simple hecho de mirarlo así ya es una traición. Que estoy enfermo. Que tengo que parar. Que tengo que ver a un psicólogo. Que tengo que irme una temporada. Que tengo que casarme otra vez. Que tengo que cualquier cosa.

Ninguno de esos discursos sirvió de nada. Quien manda en este asunto no soy yo.

***

Lo segundo que hice fue volver con Lorena, mi masajista de toda la vida. Una mujer paciente, de mi edad, con las tetas grandes caídas por los años y un coño que conoce mi polla desde antes de la muerte de Cecilia. Cobra bien lo que cobra y conoce mis manías como conoce las de cualquier cliente fijo. Le pedí cita doble. Quería salir vaciado, exprimido, sin combustible. Quería volver a casa tan agotado que la sola idea de pensar en otro cuerpo me diera pereza.

Llegué a su piso a media tarde. Me abrió en bata, con la sonrisa de siempre, y me llevó a la habitación del fondo. Me desnudó sin prisa, me tumbó boca arriba en la camilla y empezó a chuparme la polla con esa técnica lenta y aplicada que tienen las mujeres que han mamado muchas vergas y saben qué funciona en cada una. Me la sacaba entera, se la metía hasta la campanilla, me la escupía, me lamía los huevos uno por uno, me hacía tragar aire por la boca. Después se subió a la camilla, se abrió el coño con dos dedos y se dejó caer sobre mi verga hasta el fondo. Me la montó veinte minutos, moviendo la cadera en círculos, apretándome con los músculos de dentro, mirándome a los ojos porque sabe que a mí me gusta eso. Me corrí en el fondo de su coño con un gruñido, y ella se quedó quieta encima hasta que se me bajó, y me besó el bigote y me dijo que descansara un rato.

La segunda vuelta, media hora después, me la mamó despacio hasta que se me puso otra vez dura y después se puso a cuatro patas al borde de la camilla y me pidió que se la metiera por atrás. Le agarré las caderas y la follé lento primero, contando las embestidas, y después más fuerte, dándole con los huevos contra el coño, hasta que se me subió la corrida por segunda vez y se la vacié en la espalda, un chorro largo, blanco, que le resbaló por la columna y se le acumuló en la hendidura de las nalgas.

Salí de ahí caminando raro, con las piernas de trapo, y esa tarde dormí ocho horas seguidas. Funcionó. Funcionó al día siguiente. Al tercero, Mateo entró a la cocina recién levantado, con el pelo revuelto y los pantalones del pijama caídos sobre la cadera, se le veía el hueso ilíaco y la línea de vello rubio que le bajaba desde el ombligo hasta perderse en el elástico, y mi polla se puso dura debajo de la mesa antes de que yo me diera cuenta. Lorena no servía. Las masajistas no servían. Las prostitutas no iban a servir. El problema no estaba en mi cuerpo. El problema estaba en mi cabeza, y ningún coño mojado ni ninguna mamada de trescientos euros iba a sacarme de la cabeza la imagen de mi hijo.

Lo tercero que hice fue empezar a mirar a otros hombres.

Cerca de mi casa hay un paseo arbolado que cruza media ciudad, con cafés en las dos aceras y bancos cada veinte metros. Empecé a salir todas las tardes a tomar café con un libro, pero el libro era un decorado. Yo miraba.

Y al mirar descubrí algo nuevo.

Antes, cuando miraba a un hombre, lo miraba como se mira un objeto sin función para uno. Ahora los miraba como había mirado a las mujeres veinte años atrás, con esa atención específica que registra todo: la espalda, la manera de llenar la camisa, los muslos contra el pantalón, el bulto —sí, también el bulto, la forma exacta en que la polla caía dentro del vaquero, el volumen de los huevos apretados debajo— y un cálculo automático de qué pasaría si ese hombre cruzara el paseo y se sentara conmigo y me dijera vamos.

Los más jóvenes me gustaban por la rabia, por esa carne tirante que no sabe todavía de qué es capaz, por la idea de sentir una polla joven y dura reventándome la boca. Los maduros, por algo más triste y más completo, un cuerpo ya vivido, capaz de leer una mirada en dos segundos y resolverla sin palabras, capaz de agarrarme del cuello y follarme contra una pared sin preguntar. Los del medio, que era mi edad o cerca, me daban la curiosidad de la simetría: qué se siente abrazar a alguien construido igual que uno, con la misma panza incipiente y los mismos hombros caídos, dos pollas de cincuentones rozándose entre panzas mientras nos besamos con lengua.

Pasaban horas. Yo bebía café tras café, las manos un poco temblorosas y una semierección incómoda dentro del pantalón, y nadie me devolvía la mirada porque yo no sabía mirar. No tenía el código. No sabía cómo se cruza una mirada con otra para que algo empiece. Estaba en un país extranjero y no hablaba el idioma.

En uno de esos cafés, una tarde, me pregunté lo obvio. Lo que un hombre de mi edad debió haberse preguntado desde el principio.

Esto está en internet.

Cualquier cosa está en internet. Lo bueno y lo malo. Las recetas y las pesadillas. Las patentes y los foros de hombres como yo, supuse, porque si yo estaba en esta deriva no podía ser el único. Habría miles. Habría millones. Habría guías, manuales, lugares donde un hombre que descubre a los cincuenta y seis que quiere tocar a otro hombre, que quiere mamar una polla por primera vez, que quiere que se la metan por el culo aunque nunca lo haya probado, puede ir a leer qué hace primero, segundo, tercero.

Volví a casa esa tarde con una calma extraña. La calma de quien acaba de aceptar que va a hacer algo que hasta entonces se prohibía pensar.

Mateo estaba en el sofá, las piernas estiradas sobre la mesa baja, mirando una serie en el portátil. Levantó la cabeza y me sonrió de esa manera suya que es media de niño y media de hombre.

—¿Qué tal el paseo, viejo?

—Largo —dije—. Me cansé.

—Cenamos pronto y te dormís.

Le miré la boca un segundo más de lo que debía, esos labios que a veces se muerde cuando lee, y pensé cómo se sentirían cerrándose alrededor de mi verga vieja. Le miré las manos sobre el ordenador, dedos largos, uñas cortas, una pulserita de cuero que se compró el verano pasado y nunca se quitó, y me imaginé esos dedos hundidos entre mis nalgas, uno primero, dos después, preparándome para él. Le miré el bulto bajo los pantalones de chándal, ese peso caído hacia un lado, y se me hizo agua la boca. Cerré los ojos un instante, respiré, y pasé a la cocina como si nada, con la polla dura tirando de la costura del pantalón.

Esa misma noche, después de fregar los platos, después de darle un beso en la coronilla a mi hijo y desearle buenas noches, me encerré en el despacho, abrí el portátil viejo que uso para todo y empecé a buscar. Foros. Aplicaciones. Lugares de encuentro. Historias de hombres maduros que se descubrieron tarde. Saunas. Bares de ambiente. Reseñas. Códigos. Vocabulario que yo no sabía y que iba apuntando en una libreta como si estudiara para un examen: activo, pasivo, versátil, oso, chaser, cuartos oscuros, glory holes, poppers, lubricantes con silicona y con agua, cómo se prepara un culo antes de dejarse follar por primera vez.

Leí hasta las tres de la mañana. No me toqué, aunque la verga se me puso dura veinte veces mirando fotos de vergas de otros hombres, algunas gruesas y peludas, otras finas y afeitadas, culos abiertos con los dedos frente a la cámara, corridas espesas cayendo por barbas canosas. Lo iba a hacer bien. Iba a estudiar el terreno como había estudiado siempre cualquier problema técnico de mi vida. Diseño primero, prototipo después, prueba al final.

Salí del despacho a oscuras, con los ojos picándome de luz y una erección que no se me bajaba, y me asomé al cuarto de Mateo. La puerta estaba entornada. Lo oía respirar pacífico, profundo, ese ritmo que reconozco desde que era un bebé y yo lo metía en la cuna. Me quedé un minuto largo en el umbral, mirándolo dormir. Estaba boca abajo, con la sábana caída hasta la cintura, la espalda desnuda, y bajo la tela se marcaba la curva de las nalgas y la sombra de la hendidura entre ellas. Mi propia sangre, ahí, abrazada a una almohada, ajena a todo, con un culo joven que yo, su padre, había empezado a desear con una intensidad que me daba miedo.

Cerré la puerta con cuidado. Me prometí, por enésima vez, que a él no lo iba a tocar. Que iba a buscar afuera. Que iba a saciar esta cosa nueva con otros cuerpos, con extraños, con hombres adultos y libres y dispuestos, que iba a dejarme mamar y que iba a mamar, que iba a dejar que me follaran y que iba a follar, hasta vaciarme entero, y que mi hijo se iba a quedar fuera de todo esto, intacto, salvado por mi cobardía o por mi conciencia, no importaba cuál de las dos.

Esa fue la promesa que me hice en el pasillo, a oscuras, con la mano todavía en el picaporte de su cuarto y la polla todavía dura dentro del pantalón.

Veremos cuánto me dura.

Mañana sigo.

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Comentarios(8)

Darkero_92

Tremendo relato!! Me dejo sin palabras, de verdad.

MateoLector_78

Lo que mas me gusto es como describis el conflicto interno al principio, eso le da mucha profundidad. No es fácil escribir así

CuriosoBaires

Esperando la continuacion por favor!! Quede con ganas de saber como siguio todo

Romina_noc

excelente, increible relato

LucasBaires

Nunca pensé que algo así me iba a atrapar tanto. Me hizo pensar en cuántas personas viven cosas parecidas y no se animan a contarlo

Emilio_Cordoba

Muy bien escrito, se nota que pusiste sentimiento. Sigue compartiendo!!

Graciela_MD

Que historia tan intensa... tenes pensado escribir como continuo? Quedo muy abierto el final

FedericoRD_88

Me leí todo de un tirón, se hizo cortísimo. Muy bueno!

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