El alemán maduro y el bikini de mi hermana
Antes de empezar, déjenme presentarme. Mi seudónimo es Maelo y tengo veinticuatro años. Soy alto, casi dos metros, delgado pero con espalda ancha, y vivo en Mallorca, donde el sol y el mar son parte del paisaje cotidiano. La piel morena viene de pasar la mayoría de las tardes en alguna cala perdida, con una toalla, una novela y poco más.
En cuanto a lo sexual, nunca me ha gustado etiquetarme. Sentimentalmente me cuesta imaginarme con un hombre, y todas mis parejas largas han sido mujeres. Pero en los huecos de soltería, alguna vez he aceptado encuentros con chicos. Cuando me toca con un hombre soy versátil, aunque disfruto más como pasivo. Mi miembro mide unos diecisiete centímetros, y nunca nadie se ha quejado, ni ellas ni ellos.
Lo que voy a contar pasó hace unas semanas, durante las vacaciones de verano con mis padres en un complejo del sur de Lanzarote. Es un sitio al que vamos casi todos los años por la familia que tenemos en la isla. Una mezcla rara: propietarios fijos, jubilados extranjeros y apartamentos de alquiler en los que las familias se quedan dos o tres semanas, como nosotros.
Llevaba ya varios días con un calentón insoportable. Hacía dos meses que había roto con la última novia, y las pajas en la ducha empezaban a ser repetitivas. Las amistades veraniegas de siempre estaban descartadas: no quería estropear nada con chicas con las que comparto cada verano de mi vida desde adolescente. Y los chicos nuevos, los del paseo marítimo, no acababan de cuajar.
Entonces hice algo que no había hecho antes. Una tarde, sin nadie en el apartamento, abrí el cajón de la habitación de mi hermana mayor. Ella estaba recorriendo la península en furgoneta con su novio y se había dejado aquí varios bikinis y un par de vestidos veraniegos. Cogí uno blanco con rayas azules y, después de mirarme un buen rato en el espejo, me lo puse.
Fue extraño. Y excitante. Me hice una paja viéndome reflejado y, a partir de ese día, cada vez que el piso quedaba vacío, me probaba algo distinto. Un vestido verde de tirantes, otro morado más corto, unos tacones abiertos del cuarenta que, milagrosamente, podía calzar a pesar de gastar yo un cuarenta y cinco. Empezó como una curiosidad. Terminó siendo casi una obsesión.
Para entonces ya me había abierto un perfil en una app de citas para hombres. Hablé con tres o cuatro chicos de mi edad, intercambiamos fotos, gemidos por chat y pajas a media tarde, pero ningún encuentro se concretaba. Demasiado morbo virtual, demasiado poco arrojo real.
Hasta que apareció su perfil.
Se llamaba Werner. Alemán, cincuenta y ocho años, residente fijo en el sur de Lanzarote desde hacía una década. Su foto mostraba un hombre canoso, espalda ancha, con un cuerpo trabajado en bicicleta y caminatas. Se definía como versátil y decía adorar a los chicos jóvenes y bisexuales. Sin mucha esperanza, le mandé el típico mensaje vacío.
—Hola, ¿qué tal? —escribí.
La respuesta llegó en menos de un minuto. Cambiamos al inglés porque su español era flojo, y enseguida fuimos al grano. Él buscaba pasarlo bien, sin más. Yo le contesté que tenía la boca hambrienta y que llevaba semanas pensando en tragarme una polla y sentir cómo se vaciaba en mi garganta. Le sentó bien. Me mandó su ubicación, y al abrirla casi me caigo del sofá.
Vivía en mi mismo complejo. A cuatro edificios del nuestro.
—Voy a bajar a comprar a la tienda. ¿Vienes? —escribió.
Le dije que era imposible, que estaba con mi familia. Insistió en quedar en la piscina. Le contesté que buscaba discreción, que cuando hago algo así prefiero que no haya nadie cerca. Tampoco quería que mis padres me vieran tomando algo con un hombre treinta y cuatro años mayor.
Entonces fue él quien me ofreció discreción.
—Estoy casado con un hombre —escribió—. Pero tuvo una operación hace dos años y ya no podemos tener sexo. Por eso uso la app. Tampoco quiero que nadie nos vea.
Tardé un poco en contestar. Lo de la pareja me echó atrás durante un par de mensajes, hasta que él insistió y me mandó una foto en la que se tocaba sobre el bañador. Algo se torció dentro de mí. Le pregunté si su marido nos vería. Me dijo que no, que todos los días, de una a cuatro de la tarde, su marido salía a un bar de la zona a tomar café con amigos. Esa era nuestra ventana.
—¿Qué te parece a la una y media? —escribió.
—De acuerdo.
Y, antes de pensarlo dos veces, añadí:
—Llevaré una sorpresa. Algo que nunca he hecho.
—¿Qué?
—Un bikini.
***
A la una en punto entré en la ducha. Me afeité con cuidado, me lavé el pelo y, todavía mojado, me puse la parte de abajo del bikini blanco con rayas azules. Encima, las bermudas de siempre. La parte de arriba la metí enrollada dentro del bañador, contra la cadera, para que no se me notara. Cogí una toalla y le dije a mi madre que me iba a la playa con unos amigos. Ella ni levantó la vista del libro.
Caminé los cuatro edificios con el corazón latiéndome en la garganta. Mandé un mensaje al llegar al portal: «Estoy aquí». Me contestó con un emoji y una indicación: «Sube. La puerta está abierta. Estoy desnudo en la cama».
El apartamento tenía dos plantas. En la entrada, sobre el sofá, había una camisa de hombre doblada y una taza de café vacía. Cerré la puerta con pestillo, corrí un poco la cortina, me quité las bermudas y la camiseta y me coloqué la parte de arriba del bikini. Subí las escaleras descalzo.
Werner estaba tumbado boca arriba, con las piernas ligeramente abiertas. Al verme se incorporó sobre los codos. Sus ojos se quedaron quietos un segundo, recorriéndome de los pies a la cara.
—No esperaba esto —dijo en inglés.
—¿Te gusta? —pregunté.
—Mucho.
Me senté a horcajadas sobre sus muslos sin tocarle la polla todavía. Él me agarró por la cintura, me atrajo y nos besamos. Tenía la boca tibia, sabor a café, los labios un poco agrietados por el sol. Sus manos me recorrieron la espalda, los hombros, el pelo. Estuvimos así un buen rato, sin prisa, besándonos, mordiéndonos los labios, tocándonos por encima del bikini.
Después bajé.
Le besé el cuello, la clavícula, el pecho. Le mordí un pezón con suavidad, y él soltó un suspiro que sonó a aprobación. Seguí bajando por el vientre, por la línea de vello que se oscurecía a medida que descendía, hasta llegar a su polla. Estaba más dura de lo que me esperaba para un hombre de su edad. Medía unos dieciséis centímetros y tenía una curva suave hacia arriba.
La sostuve con la mano y empecé a besarla por la punta, despacio, dándole tiempo a anticipar. Abrí la boca y la fui engullendo poco a poco hasta que la sentí contra el paladar. Werner exhaló largo y dejó caer la cabeza sobre la almohada.
Estuve un buen rato alternando entre mamadas profundas, lametones por el frenillo y juegos con la lengua en el glande. Mientras le comía la polla, me bajé yo mismo la parte de abajo del bikini y la dejé en el suelo, junto a la cama. Quería sentir el aire en el culo, anticipar lo que venía.
Werner me acarició las nalgas con la palma abierta, despacio, casi reverente. Después, sin previo aviso, me hizo señas para que cambiara de posición.
—Sesenta y nueve —dijo.
Me tumbé encima de él, al revés. Su polla volvió a mi boca y yo dejé caer la mía sobre la suya. Lo que vino después no me lo esperaba: empezó a chupármela. La idea de que un hombre treinta y cuatro años mayor que yo, casado, alemán, me devolviera la mamada con tanta hambre me puso aún más caliente.
Y entonces sentí su lengua entre mis nalgas.
Las separó con las manos y empezó a lamerme. Primero el contorno, después el centro, y por fin metió la punta dentro. Yo me quedé quieto unos segundos, con su polla todavía en la boca, dejándome hacer. La sensación era nueva. Después de la lengua llegó un dedo, y luego dos. Movimientos lentos, después rápidos, después un masaje circular en un punto que no sabía que existía en mí.
Solté la polla y me agarré a las sábanas. Gemí. Gemí como nunca había gemido, ni con mujeres ni con los pocos chicos con los que había estado antes.
—Más fuerte —le pedí.
Werner sonrió, y paró. Dijo que si seguía así me iba a correr antes que él, y eso no podía pasar.
Me incorporé y le di la espalda. Cogí su polla con la mano y la fui rozando contra mi entrada, despacio, hasta que él empujó las caderas hacia arriba y me la metió de una. La sentí entera. Cerré los ojos. Empecé a moverme arriba y abajo, despacio al principio, después con más ritmo. Él me sujetaba la cintura, y yo me toqueteaba el pecho por encima de la parte superior del bikini, que seguía puesta. Me sentía dos cosas a la vez. Cuando me daba la vuelta para mirarle, era yo. Cuando volvía a la posición, era otra persona.
Después de un buen rato, Werner me hizo bajarme. Me puso de rodillas en el suelo, entre sus piernas, y volvió a meterme la polla en la boca. La saboreé despacio, sorprendido por que no tuviera ningún sabor desagradable. Me pellizcaba los pezones por encima del bikini mientras yo mamaba.
Después se levantó y me dijo que me tumbara boca abajo en la cama, con las piernas colgando fuera. Lo hice. Me agarró las caderas y empezó a follarme de pie, embistiendo, sin pausa. Cada empujón me sacaba un gemido de la boca. Me daba pequeñas palmadas en el culo, no fuertes, pero secas, y a mí se me escapaban súplicas en español que él no entendía pero que daba igual.
—Más, más, más.
***
Pasamos así otra media hora, cambiando de postura. Después de la cama me llevó al suelo, sobre una alfombra de algodón áspero, y me tumbé bocarriba con las piernas en sus hombros. Lo miraba desde abajo: el pecho lleno de sudor, la mandíbula tensa, los ojos clavados en los míos. Me follaba como nadie me había follado nunca. Y yo no me tocaba la polla. Era la primera vez que conseguía estar a punto de correrme sin que nadie me tocara, solamente con lo que él me estaba haciendo dentro.
Cuando me avisó de que iba a terminar, me arrodillé delante de él. Quería su leche en la boca. Le mamé los últimos segundos con la mano envolviéndole la base, mirándolo desde abajo, hasta que se vació en mi lengua. Era espesa, salada, abundante. La sostuve un momento dentro, abrí la boca para enseñársela, y después me la tragué entera. Volví a meterme su polla para limpiarla bien con la lengua.
Werner se dejó caer hacia atrás, en la cama, y me arrastró con él. Yo me tumbé a su lado. Estábamos los dos sudados, respirando fuerte. Sin decir una palabra, me agarró la polla, que llevaba dura desde hacía no sé cuánto, y empezó a masturbarme despacio. Cerré los ojos. Habían pasado más de dos horas y yo ni siquiera me había acordado de mí mismo. Cuando me corrí, lo hice sobre mi propio vientre, en chorros largos, mientras él me miraba la cara muy de cerca.
Después me ofreció una ducha. Acepté. Me quité el sujetador del bikini, lo dejé en el lavabo y me metí bajo el agua tibia. Mientras me enjabonaba, él entró en el baño solo a dejar una toalla limpia y se fue sin decir nada, como entendiendo que ya estaba todo dicho.
Cuando salí, recogí las dos piezas del bikini y bajé al salón. Allí, desnudo, me las volví a poner. Encima, las bermudas y la parte de arriba enrollada otra vez dentro del bañador, escondida contra la cadera. Le pedí un vaso de agua para quitarme el sabor que me quedaba en la boca. Bebí dos vasos seguidos.
—¿Repetimos otro día? —me preguntó.
—No lo sé —le respondí, con sinceridad.
Nunca repito con un hombre. Lo descubrí esa misma tarde, mientras volvía caminando entre las palmeras del complejo hacia mi apartamento. No me arrepentía de nada, pero algo dentro de mí entendió que con cada uno solo hay una vez. El morbo está en la primera puerta abierta, y en la primera puerta cerrada después.
Antes de irme a comer con mi familia, pasé un rato por la piscina del complejo. Me mojé el pelo, me sumergí entero, mojé también la toalla. Cuando llegué al apartamento, mi madre me preguntó si había comido bien con los amigos.
—Sí —le contesté—. Hemos comido fenomenal.