Subí a la cabaña donde cuatro hombres me esperaban
Cala Espuela fue el pueblo que mi madre eligió para las vacaciones aquel verano. Nunca supe de dónde lo había sacado, pero era un lugar costero diminuto, tranquilo, casi olvidado en el mapa. Eso era exactamente lo que ella buscaba. Y como yo no tenía nada mejor que hacer, la acompañé sin imaginar que aquel viaje terminaría siendo otra cosa muy distinta a unas vacaciones.
Las playas estaban rodeadas de rocas que le daban al paisaje un aire salvaje. Marrones que se volvían dorados con la luz de la tarde, montículos verdosos, acantilados que caían en picada sobre el agua. Todo tenía un color intenso, como pintado a mano.
La tarde en que llegamos, dejé a mi madre descansando en el hotelito y salí a recorrer la costa. No había casi nadie. Eran playas que no se llenaban, al menos en aquellos años en que nadie conocía el lugar. Podía caminar a mis anchas, con mi bañador nuevo, sintiendo la arena tibia bajo los pies y el viento revolviéndome el pelo.
Me gustaba sentirme observado, aunque allí no hubiera nadie que me observara. Caminaba despacio, moviendo las caderas, dejando que el agua me lamiera los tobillos. Pensaba que mi madre no había elegido tan mal después de todo.
En una de las calas había dos hombres mayores, de unos cincuenta y tantos. Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Seguí de largo, como si no me importara, pero noté que se quedaban mirándome. No fue una mirada inocente. Fue de esas que se quedan pegadas a la espalda.
***
Esa noche fuimos al bar del pueblo, que era el único que había. Mi madre se tomó unas cuantas copas, como era su costumbre; tenía un hígado de hierro. Yo la seguía con cuidado, porque a mí el alcohol me jugaba malas pasadas.
Allí estaban los dos hombres de la playa. Me miraban de reojo y yo les devolvía la mirada haciéndome el distraído. En un momento mi madre fue al baño y aproveché para acercarme a la barra. Uno de ellos se acodó a mi lado y me recorrió de arriba abajo sin el menor disimulo.
—¿Cómo andas? —saludó, con los ojos brillándole.
—Bien, ¿y vos? —contesté sin titubear.
—¿Y vos sos…? —preguntó.
—Mateo. Aunque me dicen Mati —respondí, justo cuando el muchacho de la barra me alcanzaba lo que había pedido.
—Te vi hoy en la playa, con mi amigo.
—Ah, no me digas —dije con ironía.
—Vos también nos viste.
—Te habrá parecido. No me acuerdo —respondí, mientras por el rabillo del ojo veía que mi madre volvía a la mesa y me buscaba.
—Yo creo que sí nos viste —insistió—. Soy Damián, por cierto. Me dicen Dami.
—Mucho gusto, Dami —dije sonriendo. Y me alejé moviendo un poco más las caderas, sabiendo que sus ojos me seguían con hambre.
Mi madre me sonrió cuando me senté. No dijo nada. Ella conocía mis gustos y yo conocía los suyos; nunca nos hizo falta hablarlo. Al rato nos fuimos, y para entonces los dos hombres ya no estaban.
***
Al día siguiente bajamos a la playa cerca de las cuatro. El sol estaba en lo alto y el calor era casi insoportable. A lo lejos vi a Damián con su amigo y, esta vez, con otros dos hombres de la misma edad. Charlaban animados y de tanto en tanto alguno se metía al agua.
Yo entré al mar con mi bañador más provocador. El agua estaba fresca y me zambullí varias veces. En una de esas, Damián apareció a mi lado como un fantasma. Del otro lado estaba su amigo de siempre, sonriéndome.
—Él es Rubén —dijo Damián.
Rubén tenía los hombros anchos, poca estatura, el pelo escaso sin llegar a ser calvo. La nariz peculiar, como de boxeador, y el rostro firme sin ser serio.
—Hola, Rubén —saludé, con el pelo chorreando agua salada.
—Hola. La verdad es que te ves muy bien. Acá mi amigo me contó que te llamás Mateo.
—Así es. ¿La están pasando bien ustedes? —pregunté por decir algo.
—Mucho mejor ahora, con encuentros como este —me susurró Damián casi al oído, rozándome las nalgas con el bulto que le crecía bajo el agua. Se apoyaba contra mí sin pudor, porque desde la costa nadie podía ver nada. Además, estábamos solos en esa zona.
—Vos sí que nos vas a hacer pasar bien las vacaciones —dijo Rubén, acercándose por el lado contrario. Sus manos encontraron mi pecho bajo el agua, los pezones ya duros, y bajaron sin prisa hasta donde yo estaba igual de excitado.
—Ustedes son unos atrevidos —suspiré, y estiré las manos hacia los lados.
Encontré dos bultos firmes, tensos contra la tela mojada. Los dos hombres se pusieron rígidos y contuvieron el aliento. Empezaba a acercarse gente, así que nos separamos. Nada había salido de los bañadores todavía, pero las intenciones estaban más que claras.
—Deberías venir con nosotros a la cabaña —me dijo Damián mientras caminábamos hacia la orilla—. Es ahí arriba, entre las rocas.
—Estoy con mi madre —dije.
—Ella va a entender —respondió.
Antes de salir del agua sentí las palmas de los dos en mi trasero, pellizcándolo, acariciándolo. Me explicaron cómo llegar a la cabaña. La idea me seducía por completo. La sola posibilidad de estar a solas con aquellos hombres me ponía la cabeza a mil.
***
Al atardecer, para mi suerte, mi madre no tenía ganas de salir. Aproveché para escabullirme y subir a la cabaña sin pensarlo dos veces. Trepé por unos caminos rocosos, perdidos entre montes de tierra rojiza y arenosa.
Entre las arboledas asomó la cabaña, pintoresca, con las últimas luces del día apenas alumbrándola. Adentro ya había lámparas encendidas y se escuchaban voces. Me pareció raro: sonaban más de dos voces. Avancé igual y subí al porche. Golpeé la puerta de madera y esperé. Damián abrió, me tomó de la mano y me metió adentro.
—¿Viniste? —dijo, casi sorprendido.
—Yo le dije que ibas a venir —aseguró Rubén desde el fondo.
—La verdad es que dudaba, sobre todo por tu madre. Pensé que serías un nene de mamá, pero ya veo que no —se rió Damián.
—Lo que yo no sabía era que iba a haber más invitados —dije al ver que se acercaban dos hombres más.
—Surgió un imprevisto. Ellos llegaron recién; los esperábamos en un par de días. Si te incomoda, podés irte. Acá no estás obligado a nada —dijo Damián.
—No, está bien. No pasa nada —respondí, y era verdad.
—Ellos son Aníbal y Cristóbal.
Aníbal era un moreno de pecho ancho, con vello asomándole por la camisa desabrochada y una panza cervecera cubierta de pelo. Tenía la nariz fina, los ojos oscuros y unas cejas espesas que contrastaban con una mirada extrañamente tierna. Cristóbal era canoso, con el pelo completamente gris, los ojos claros, no muy alto. Estaba en torso desnudo, con una lata de cerveza en la mano.
Damián me invitó a picar algo de lo que tenían sobre la mesa. Estaba rodeado de hombres, y eso me encantaba. El corazón me latía fuerte. Sentía cada mirada recorriéndome el cuerpo. Damián y Rubén, que ya me conocían un poco, me acariciaban la espalda y el trasero como quien no quiere la cosa. Yo suspiraba y me hacía el desentendido, aunque cada caricia me prendía un poco más.
Bebían cerveza y me daban de sus propias latas, turnándose para acercarse y darme de beber casi en la boca.
—Tenés unos labios preciosos, ¿sabías? —dijo Rubén.
—¿Quién sabe lo que harán sentir esos labios? —comentó Aníbal.
—¿Quién sabe si Mati está dispuesto a mostrárnoslo? —soltó Rubén, sobándose por encima del pantalón. Suspiró hondo y me besó el cuello con un atrevimiento que me arrancó un gemido bajo. Su mano me apretó una nalga.
***
Damián, dando por sentado mi consentimiento, me bajó las bermudas y dejó al descubierto la tanga que llevaba puesta. Corrió el hilo a un lado y su lengua llegó directo a mi entrada, abriéndome despacio, mojándome, hasta que empecé a gemir sin poder contenerme.
Rubén, ni lento ni perezoso, se agachó frente a mí y me tomó con la boca. Mientras tanto, Aníbal y Cristóbal ya se habían liberado de los pantalones; las tenían duras, gruesas, marcadas de venas. Se apoyaron en el borde de la mesa y me las ofrecieron. Me incliné y fui pasando de una a la otra, probándolas, hasta intentar las dos a la vez. Nunca había imaginado tener a cuatro hombres a la vez haciéndome sentir así.
En un momento, Damián me tomó de las caderas y entró en mí de un solo movimiento. Me hizo aullar, mover el cuerpo buscando más. Rubén seguía con la boca pegada a mí sin detenerse, mientras yo seguía ocupado con los otros dos.
—Qué delicia, Mati. Voy a acabar —gruñó Damián, aferrado a mis caderas, hasta que se vació adentro con un temblor largo. En ese mismo instante yo terminé en la boca de Rubén, y Aníbal y Cristóbal me cubrieron la cara y los labios, espesos y tibios, mientras yo lo saboreaba todo con una entrega que ni yo me reconocía.
Apenas Damián salió de mí, los otros dos me besaron la boca, recorriéndomela centímetro a centímetro, chupándome la lengua. Rubén se puso de pie y me tomó de la mano.
—Ahora me toca a mí. Vení a la cama —dijo.
***
Lo seguí, todavía con las piernas flojas. Nos tiramos sobre el colchón y empezó a besarme y morderme los pezones, a acariciarme el vientre, a bajar con los dedos. Metía uno, lo sacaba, me lo daba a probar, me besaba. Se había apoderado de mí por completo.
Me penetró de una sola vez. La suya era la más ancha de todas, no muy larga, pero gruesa, dura, y se abrió camino haciéndome lloriquear de gusto. Yo, que creía estar agotado, sentí que volvía a despertar.
—Qué bien te entregás —me susurró—. Esa boca tuya es tremenda.
De costado, atravesado por Rubén, vino Damián y se tiró frente a mí. Me besaba, me mordía los labios, gemía contra mi boca. Los testículos de Rubén golpeaban contra mis nalgas con cada embestida. Aníbal y Cristóbal miraban desde el borde de la cama, tocándose, esperando su turno. Sus erecciones ya volvían a la vida, listas para más.
—Mirá cómo se te paró de nuevo —jadeaba Rubén—. Estabas muy caliente. Me encanta sentirte.
Damián me besó el vientre y bajó hasta tomarme con la boca. Rubén apuró el ritmo y se vino dentro de mí con un aullido, mordiéndome el hombro y la nuca, jadeando como un animal.
—Apurate, Rubén, que queremos entrarle a este también —dijo Aníbal, ansioso.
***
Rubén salió y Aníbal ocupó su lugar casi con desesperación. Me hizo girar, me puso las piernas sobre sus hombros y entró hasta el fondo de una estocada. Me partía en dos, yendo y viniendo. Damián, de espaldas a él, me acercó la suya a la cara para que la besara y la lamiera.
Estaba en un mar de cuerpos, manos y gemidos. Aníbal apuró las embestidas hasta que se vació en mí con un ronquido grave. Mis quejidos retumbaban en toda la cabaña. Y entonces fue el turno de Cristóbal, que no me dio respiro. Mi sudor se mezclaba con el de todos ellos.
Cristóbal clavó la suya y yo lancé un suspiro largo que lo enloqueció. La sacaba y la volvía a meter, jugando con mi resistencia. Cuando sentí que las piernas se me acalambraban, le pedí bajarlas. Asintió y me pidió que me pusiera en cuatro. Acepté. Me penetró de nuevo hasta el fondo, sujetándome de las caderas, mientras Damián entraba otra vez en mi boca, de pie, llenándomela. Cristóbal terminó como todos los demás, hasta desbordarme.
***
Cuando llegó la hora de irme, me pidieron que me quedara a pasar la noche, pero les prometí que volveríamos a vernos. Aníbal y Cristóbal me llevaron de regreso al hotel ya de madrugada. Antes de llegar, se desviaron a un paraje apartado que conocían y me tomaron una vez más dentro del auto, uno por turno. Perdí la cuenta de las veces que terminé esa noche. Llegué al borde del desmayo, vencido por el placer.
Al año siguiente regresé a Cala Espuela, y durante años fue mi lugar preferido para veranear. Aunque a aquellos hombres no volví a encontrarlos jamás. Tuve otras aventuras, conocí a otros, pero a ellos cuatro, los de aquella primera noche en la cabaña, nunca los volví a ver. A veces, cuando el viento mueve las rocas, todavía me parece escuchar sus voces llamándome desde arriba.