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Relatos Ardientes

Mi mecenas me llevó a las cabinas vestido de sirvienta

Lo había guardado al fondo del armario, junto a unas zapatillas viejas y unos libros que nunca terminé de leer. Un traje de sirvienta francesa, de tela suave, con encaje blanco en el cuello y una falda que apenas cubría lo necesario. Se lo había comprado a Rocío cuando salíamos. Ella se lo puso para mí varias noches, y aunque la relación terminó hace dos años, el traje se quedó conmigo. No era nostalgia. Era otra cosa que todavía no me animaba a nombrar.

Tengo veintitrés años. Hace casi un año empecé a verme con Damián, un hombre de cuarenta y nueve que trabaja en algo de inversiones inmobiliarias que nunca terminé de entender. La dinámica fue clara desde la primera noche: él paga la cena, cubre la cuota del gimnasio, me regala ropa cuando se le antoja, y a cambio yo voy a su departamento cuando me llama. No me pesa. Damián es atento, tiene paciencia, y en la cama es el mejor que he tenido. Lo que hace con las manos no se aprende leyendo.

Esa tarde estábamos en la terraza de su edificio, tomando vino blanco después de cenar. La conversación llevaba un rato dando vueltas alrededor de fantasías sin estrenar, y se me escapó.

—Tengo un traje guardado —le dije—. De sirvienta. Era de una ex.

Damián levantó la copa apenas, con esa media sonrisa que ponía cuando algo le interesaba.

—¿Y para qué lo querés?

Le sostuve la mirada. Sabía que no me iba a juzgar.

—Hay un lugar acá en el centro. Cabinas. Para hombres. He pasado mil veces por delante sin animarme a entrar. Pero a veces, cuando me masturbo, me imagino que entro vestido con ese traje y dejo que cada uno me use como quiera. Que sea el desahogo de todos los que estén ahí esa noche.

Vi cómo bajaba la mano hasta el regazo y empezaba a tocarse por encima del pantalón, sin disimulo.

—Cuando llegues a tu casa —dijo después de un silencio largo—, te lo ponés. Sacás fotos. Videos. Quiero ver cómo te queda.

Lo hice. Esa misma noche me encerré en el baño, me afeité las piernas otra vez, me puse el traje, una tanga negra que apenas me sostenía y unas medias hasta el muslo que había comprado en una tienda erótica del barrio. Me grabé bailando, dándome la vuelta, abriéndome la falda con dos dedos. Le mandé cuatro videos seguidos. Él me escribió porquerías durante una hora. Esa noche me dormí con el traje todavía puesto.

***

Pasaron tres días. El miércoles a la tarde me llamó para decirme que pasara por su edificio a las nueve, que íbamos a salir, y que llevara el traje en la mochila. Asumí un hotel, algo discreto, el juego de la sirvienta en un cuarto neutral con sábanas blancas. Metí el traje, las medias, la tanga, el plug que ya tenía limpio en su estuche, y un perfume cítrico que me gustaba.

Cuando subí al auto, Damián me besó en la boca despacio. Llevaba camisa azul y un perfume seco que reconocí enseguida.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—Vos relajate.

Diez minutos después estacionó frente al edificio que yo había descrito en la terraza. Las cabinas. Una calle lateral del centro, fachada gris, sin cartel, con una luz roja apenas visible sobre la puerta.

Sentí que se me iba el aire.

—Damián, no —dije, riéndome de los nervios—. No, no, no.

—Vos me dijiste que era tu fantasía.

—Pero era una fantasía.

—Las fantasías están para cumplirse. Si te arrepentís, nos vamos. Pero antes dejame intentarlo.

Apagó el motor y se inclinó sobre la palanca de cambios. Me besó otra vez, más despacio, y pasó la mano por el interior de mi muslo hasta donde sabía que tenía que pasarla. Me mordió la oreja. Me dijo cosas que no voy a repetir porque me siguen poniendo cuando las recuerdo. Cuando salí del auto, ya estaba decidido.

***

Adentro olía a desinfectante con azúcar. Una mezcla rara, dulce y química, como de chicle barato. Pagué la entrada en una caja con vidrio polarizado donde apenas se distinguía la silueta del empleado. Damián pagó otra. Subimos por una escalera estrecha hasta el segundo piso, donde estaba el sector para hombres con hombres.

A esa hora estaba casi vacío. Tres o cuatro siluetas pasaban entre las cabinas. Algún gemido se escapaba por las puertas mal cerradas. Damián me apretó la mano y señaló una cabina al final del pasillo.

—Cambiate ahí. Yo te espero cerca.

Entré. Era un cuarto del tamaño de un placard, con un banco de madera y una pared de espejos manchados. Una pantalla pequeña mostraba un video que no miré. Me saqué la ropa con prisa, me puse la tanga primero, después el traje, me ajusté el lazo del cuello, me puse las medias. Del bolsillo interno saqué el plug y un sobrecito de lubricante. Tuve que apoyarme contra la pared para metérmelo. Lo sentí frío, después tibio, después parte de mí.

No me puedo creer que esté haciendo esto.

Abrí la puerta de la cabina. Damián estaba al fondo del pasillo, con la espalda contra la pared, ya con la bragueta abierta y la mano envolviendo su pene. Me miró desde lejos como si yo fuera algo que él hubiera mandado a hacer y le hubiera salido mejor de lo esperado. Sonrió. Me hizo un gesto con dos dedos para que me acercara.

Caminé despacio. Las medias se me arrastraban un poco contra el piso. Cuando llegué frente a él, me puso una mano en la nuca y me empujó al suelo sin ceremonia.

—Empezá —dijo.

Me lo metí en la boca. Damián tiene un pene grueso, con la cabeza ancha, y siempre me llevó un esfuerzo medio gimnástico hacérselo entero. Cerré los ojos. Me concentré en el ritmo, en el ruido húmedo de mi propia saliva, en la mano que me sostenía la cabeza y marcaba el compás. Tragué. Me ahogué un par de veces. Seguí.

Cuando volví a abrir los ojos, no estábamos solos.

Había cinco hombres alrededor. Después seis. Algunos jóvenes, otros mayores. Todos con el pantalón abierto y la verga afuera, esperando turno. Uno tenía la camiseta de una empresa de servicios técnicos. Otro llevaba una corbata floja, como si hubiera salido recién de la oficina. Otro era un señor de barba gris que me miraba sin parpadear.

Damián me agarró del mentón, me sacó su pene de la boca y me giró la cara hacia los demás.

—Atendelos —dijo—. Pero con goma. Si no tienen, no.

Levanté la mano. El de la camiseta de la empresa me pasó un preservativo. Se lo puse con la boca, como me había enseñado un chico una vez en una fiesta. Empecé a chupárselo. A los pocos segundos sentí otra verga golpeándome la mejilla. Después otra. Las masturbaba con cada mano, alternaba, sacaba una de la boca solo para meter la siguiente. La saliva me corría por el cuello, por el escote del traje, por las medias. El maquillaje que me había pasado en la cabina ya no existía.

***

No sé cuánto tiempo estuve de rodillas en ese pasillo. Quince minutos, media hora, no sabría decir. Sé que dos manos fuertes me agarraron de las axilas y me levantaron del piso. Me metieron en una cabina —la más grande, casi como un cuarto chico— y me pusieron en cuatro sobre el banco. Sentí que alguien me sacaba el plug con cuidado, sentí el frío del lubricante, y enseguida sentí cómo el primero entraba.

Era el señor de barba gris. Lo reconocí por el ritmo lento, casi gentil, y por la mano que me apretó la cintura como si yo fuera de cerámica. Me cogió despacio durante varios minutos, mientras dos manos más sostenían las mías contra el banco. Después aceleró. Cuando lo sentí endurecerse del todo, salió, se sacó el preservativo y eyaculó sobre mi espalda. Un chorro tibio, abundante, que me corrió hasta la cintura.

Antes de que pudiera respirar entró el siguiente. Y después el siguiente. Y después otro. Yo gemía contra el banco con la cara pegada a la madera, sintiendo cómo el sudor y el semen se me mezclaban en la piel. Cada hombre terminaba afuera, sobre mi espalda, sobre la falda arrugada que ya no cubría nada. Algunos me hablaban. Otros no me dijeron una palabra. Uno me agarró del pelo y me forzó a girar la cabeza para que lo mirara mientras se venía. Cerré los ojos y abrí la boca como me había enseñado Damián.

Cuando creí que ya no podía más, hubo un silencio. La puerta de la cabina se cerró. Escuché el pestillo.

—Levantate —dijo Damián.

***

Me agarró del cuello del traje y me levantó del banco. Tenía la respiración entrecortada y los ojos brillantes, esa mirada que él pone cuando ya cruzó la línea desde la que no se vuelve.

—Sos una puta —me dijo al oído—. Mirate cómo estás.

—Sí.

—Decilo.

—Soy una puta.

Me apoyó las manos contra el espejo, me levantó la falda y entró sin preservativo. Damián es el único con el que lo hago así. Sabe que es un privilegio y lo usa. Empezó despacio, contando el tiempo, y de a poco fue subiendo el ritmo hasta que el espejo temblaba y el banco crujía contra la pared. Me agarró del pelo. Me mordió el cuello. Me apretó la garganta con la mano abierta, sin cerrarla del todo, lo suficiente para hacerme sentir que estaba ahí.

—¿Te gusta? —me preguntaba—. ¿Te gusta lo que te hice esta noche?

—Sí —dije, entre jadeos—. Sí.

—Lo armé yo. ¿Sabías?

No le contesté. No podía.

—Cada uno que vino a chuparte. Cada uno que te cogió. Yo los mandé. Yo elegí quién entraba y quién no.

Las piernas me temblaban. No del cansancio. De otra cosa.

Damián terminó adentro mío con un gemido grave, mordiéndome el hombro. Sentí el calor adentro y un tirón en la cintura y una mano apretándome la cadera tan fuerte que me dejó la marca dos días. Después aflojó. Apoyó la frente contra mi nuca y se quedó así un rato, respirando.

***

Nos sentamos en el banco. Él me alcanzó una botella de agua del bolsillo de su saco. Tomé despacio. Tenía el traje hecho un trapo. Las medias rotas en una rodilla. El semen ya seco se me cuarteaba en la piel como una segunda capa.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí.

—¿Te molestó algo?

Pensé un segundo.

—Todos terminaron sobre mi espalda. Ninguno adentro.

Damián se rio. Una risa baja, satisfecha.

—Eso lo pedí yo. Me gusta verlo. Y a los pasivos que aparecieron por el pasillo me los cogí yo en otra cabina mientras vos estabas acá. Así disfrutamos los dos.

—¿En serio?

—En serio. Cuando no había nadie cerca tuyo, venía a mirar. Te miré buena parte del tiempo.

Me quedé en silencio. No supe qué decir. Una parte de mí quería enojarse por no haber estado al tanto del juego. La otra parte ya estaba pensando en repetirlo.

Me ayudó a cambiarme. Me limpió la espalda con toallitas que había traído en el bolsillo del saco —y eso me confirmó que tenía todo planeado desde hacía días—. Tiré el traje hecho un bollo dentro de la bolsa. Las medias las dejé en un cesto de la cabina. Salimos del edificio sin mirar a nadie.

***

Fuimos a comer a un bodegón abierto hasta tarde, de esos con luz amarilla y manteles de papel. Pedí un sándwich de bondiola y una cerveza. Damián una milanesa. Comimos en silencio los primeros minutos. Después él me agarró la mano por debajo de la mesa y me pasó el pulgar por los nudillos.

—Gracias —me dijo.

—¿Por qué?

—Por confiarme una fantasía así. No mucha gente te las cuenta.

Sonreí. No supe qué responder.

Me dejó en mi casa pasada la una. Subí al departamento, me bañé largo, me senté en la cama envuelto en una toalla y me masturbé pensando en todo lo que había pasado hacía menos de tres horas. Me vine rápido, dos veces seguidas, mordiéndome la mano para no hacer ruido.

Damián me escribió a las dos de la mañana.

—¿Lo repetimos en quince días? —decía el mensaje.

Le contesté que sí antes de terminar de leer la pregunta.

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