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Relatos Ardientes

La mamada perfecta me esperaba en el cuarto oscuro

Me llamo Daniel, tengo treinta y largos, vivo en Barcelona y acabo de salir de un local con la sensación de que por fin entiendo de qué hablaba la gente cuando me decía que un cuarto oscuro era otra dimensión. Pero déjenme contarlo desde el principio, porque si no, se pierden la mitad de la historia y no van a entender por qué esto, para mí, es casi una pequeña venganza personal.

Verán: durante demasiados años pertenecí a una congregación religiosa que se pasaba el día predicando la abstinencia como vía para no sé qué pureza superior. La realidad es que dentro de aquellas paredes había más mano izquierda y más miradas de soslayo que en cualquier sauna. Llegué a la treintena con la cabeza embotada, el cuerpo dormido y una sensación de pérdida que me estaba volviendo loco. Cuando por fin reuní el coraje para mandarlos al cuerno, lo único que tenía claro era que iba a recuperar todo lo que me había negado a mí mismo.

En aquella congregación existía una tolerancia silenciosa hacia ciertos contactos entre hombres. Se entendían como un mal menor, una flaqueza de la carne. Estar con una mujer, en cambio, era caer sin remedio. Hijos de puta. La cofradía estaba salpicada de varones aprovechados que se camuflaban tras la fachada beata para, en cuanto se cuadraba la ocasión, comerle la polla al recién llegado o invitarlo a algo más profundo. Uno de los pesos pesados de la organización, un ejecutivo con coche oficial y crucifijo en la solapa, llevaba años buscando la forma de empotrarse mi miembro entre los glúteos cada vez que me distraía un segundo.

Con esos antecedentes, no es raro que con el tiempo me picara la curiosidad. ¿Tan satisfactorio era el sexo entre tíos como ellos insinuaban? ¿O era pura coartada? Me prometí averiguarlo a mi manera, lejos de la sotana y de los rezos. Así fue como una noche de viernes me dejé caer por un local del Eixample que en internet se anunciaba como dueño de uno de los mejores cuartos oscuros de la ciudad.

Llegué cerca de medianoche. El sitio estaba lo bastante lleno como para pasar inadvertido y lo bastante despierto como para que el goteo de clientes hacia el fondo del local fuera más que evidente. Me apoyé en la barra, pedí un gin tonic y aguanté media hora de charla insulsa con un tipo de cazadora vaquera que insistía en saber a qué me dedicaba. Sonreí, mentí lo justo, terminé la copa y enfilé hacia donde se desviaba todo el mundo. Hacia el paraíso, por llamarlo de alguna manera.

Tras un par de cortinajes oscuros se abría un pasillo angosto, mal iluminado, con un cartel pintado a mano en una puerta entreabierta: «solo machos». Crucé sin pensarlo demasiado. Lo último que vi antes de que se me cerraran los ojos a la luz fue una bombilla roja agonizando en el techo. Después ya no hubo más que negro, calor y respiraciones.

Quien diga que en un cuarto oscuro se entra para conocer a alguien, miente. Allí no importa quién eres, ni a qué te dedicas, ni si estás casado, ni qué cara tienes. Importa lo que llevas entre las piernas y cuántas ganas traes de jugar. Lo entiendes en cuanto sientes la primera mano desconocida deslizarse por encima del pantalón, calibrando, sopesando, decidiendo si vale la pena pararse contigo o seguir avanzando.

—¿Quieres que te la chupe? —me susurró una voz a la altura del oído izquierdo.

—Todavía no —contesté, casi por instinto.

—Cuando quieras estoy aquí —dijo, y noté cómo se alejaba.

No había dado tres pasos cuando otra mano me agarró el paquete por encima de la tela.

—Méteme la lengua —ronroneó alguien.

—Después —respondí, y seguí avanzando.

Quería ver, o más bien sentir, qué había en los rincones más profundos antes de detenerme en ninguno. Me había prometido una noche entera y no pensaba quedarme en la primera oferta. Mientras avanzaba, los oídos se me iban adaptando: jadeos cortos, respiraciones aceleradas, el chasquido inconfundible de una palma contra una nalga, el rumor mojado de una boca trabajando. El cuarto era un repertorio completo. Pajas a cuatro manos, mamadas a medio capullo, mamadas hasta la garganta, parejas pegadas a la pared, tríos en una esquina, alguien arrodillado al fondo recibiendo en la boca lo que dos hombres turnaban con calma.

Lo que más se prodigaba, sin embargo, eran las penetraciones. Con condón a veces, sin él muchas otras, lubricadas con cremas que alguien debía reponer cada noche junto a una papelera invisible. Algunos se la metían al otro despacio, como si quisieran estirar la madrugada. Otros entraban a saco, sin contemplaciones, escupiendo palabras que en cualquier otro contexto sonarían ridículas y que ahí, en plena oscuridad, encendían más que las manos.

—Trágatela toda —le decía uno a su pareja improvisada—. Esta noche no sales de aquí sin la leche dentro.

Y vaya si lo conseguían. Al cuarto entraban hombres sin parar y casi no salía nadie. El que cogía algo no soltaba, y el que era cogido tampoco parecía con prisas por marcharse.

***

Acabé en un rincón apoyado contra una pared más fría de lo que esperaba. A medio metro, una polla se balanceaba sin dueño aparente, ofreciéndose. Estiré la mano, la acaricié con la palma abierta, la rodeé con los dedos. Era gruesa, caliente, con la cabeza ya húmeda. Su propietario gruñó algo en bajo y yo me dejé caer hasta su altura, abrí la boca y la recibí con calma. Quería saborearla, comprobar si me gustaba tanto como había imaginado durante años. Me gustó.

Pero no me iban a dejar disfrutarla en solitario. Pronto noté que a mi nuevo amigo lo estaban abordando por detrás. Otro hombre se había puesto a su espalda y le había abierto las nalgas con una soltura que delataba mucho oficio. El dueño de la polla se inclinó ligeramente hacia delante para ofrecer mejor ángulo y yo, sin querer estropear el momento, dejé de mamar y me limité a sujetar el miembro entre las manos, a la altura de mi pecho, mientras esperaba lo que iba a venir.

El que estaba siendo penetrado parecía un caballero maduro, ancho de hombros, con el vientre algo abultado y una barba corta que arañaba cuando se apoyaba contra mi mejilla. Se aferró a mí en cuanto sintió la primera embestida. Me agarró del cuello, hundió la frente en mi hombro y empezó a respirar como un fuelle. Yo le seguía sujetando la polla entre las manos, sintiendo cómo cada empujón del de atrás se transmitía por todo su cuerpo hasta llegarme a las palmas.

El de atrás no era nada delicado. Lo embestía con un ritmo seco, calculado, sin urgencia pero sin pausa, como quien sabe perfectamente lo que está haciendo. El maduro aguantaba, gemía contra mi cuello, me apretaba los hombros con dedos que parecían pinzas. Yo le acariciaba la polla con las dos manos, marcando el mismo compás que recibía por detrás. Cuando aceleraba el de atrás, aceleraba yo. Cuando frenaba, frenaba yo. Era como tocar un instrumento que respondía con jadeos.

—Así, joder, así —susurraba el maduro contra mi oreja.

—Te la voy a llenar entera —prometía la voz que llegaba desde su espalda.

No tardé en notar que el maduro se me estaba corriendo entre las manos. La carne de gallina le subió por los muslos primero, por los brazos después, y un temblor le recorrió todo el torso. Apretó los dedos contra mis hombros con tanta fuerza que pensé que iba a dejarme marca. Un par de embestidas más y se vació en mis palmas con un quejido largo, mientras el de atrás se enterraba a fondo y aguantaba inmóvil hasta el final.

El de atrás retiró la polla con calma. El maduro me besó en la frente, casi como un agradecimiento, y desapareció en la oscuridad sin pronunciar palabra. Pensé que ahí terminaba mi sesión. Estaba a punto de subirme el pantalón y volver a la barra cuando noté que alguien me lo bajaba.

***

Una mano firme, segura, sin titubeos, me soltó la hebilla, abrió la cremallera y sacó mi polla, que llevaba dura como un palo desde hacía mucho rato. Sentí cómo a mi alrededor el aire cambiaba. La gente se había acercado. No los veía, pero los percibía: respiraciones, ropa rozando, codos buscando un sitio. Mi miembro pasó de boca en boca con una rapidez que casi mareaba. No podría decir cuántas lenguas me probaron en los primeros minutos. Doce, quince, no lo sé. Bocas grandes, bocas pequeñas, bocas que se quedaban en la punta, bocas que se atrevían a bajar dos dedos y rendirse, lenguas que me lamían los huevos mientras otra me chupaba el glande.

Y, sin embargo, en medio de aquel revoltijo, había un orden. Tardé un momento en darme cuenta, pero no había duda. Alguien estaba dirigiendo el festín. Una mano enorme se había cerrado alrededor de la base de mi polla y la guiaba, la presentaba, la ofrecía a quien él decidía y la retiraba antes de que el invitado se acomodara demasiado. Era el mismo hombre que un minuto antes le había estado dando por detrás al maduro. Reconocí su forma de agarrar, su silencio, esa autoridad que parecía no necesitar ni una palabra.

Dejaba que una boca probara, contaba dos segundos, retiraba. Otra. Dos segundos. Retirada. No estaba siendo egoísta. Estaba eligiendo. Y, cuando llevaba ya un par de minutos así, decidió que era su turno.

Se la enfundó él entero.

Cuando digo entero, lo digo en serio. Mido lo que tengo que medir y, sin embargo, mi polla desapareció en su boca como si llevara toda la vida ensayando ese movimiento. La sentí entrar caliente, apretada, hasta un fondo que pocas bocas alcanzan. Solté un gruñido que no reconocía como mío y me agarré a la nuca de aquel desconocido con las dos manos. No la había chupado todavía, la estaba devorando.

—Joder —murmuré.

Me acordé en ese momento de las embestidas que él le había estado regalando al maduro y, supongo, me entró un punto de revancha. Empecé a empujar yo, a marcar el ritmo, a tirar de su nuca para hundirme hasta donde llegara. No protestó. Al contrario. Cada vez que aceleraba, él abría más la garganta, se relajaba, me invitaba a llegar más hondo. Le metí la polla con rabia, sin contemplaciones, como si quisiera vengar todos los años en que me habían dicho que esto era pecado.

Sin contemplaciones también me corrí en su boca.

Aquello no fue una corrida. Fue un derrame. La leche se le salía por las comisuras, le caía por la barbilla y, aun así, no la sacaba. Yo me quedé inmóvil, apretándole la cabeza contra mi pubis, esperando hasta el último latido, hasta la última gota que mi polla quiso ofrecerle. Cuando por fin lo solté, él se incorporó despacio, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acercó a mi oído.

—Apunta —dijo en voz muy baja, y me dictó un número de móvil que no me hizo falta apuntar porque se me quedó grabado al primer intento.

Me subí los pantalones, me abroché despacio y salí del cuarto oscuro con las piernas como de algodón. Crucé la barra sin mirar a nadie, recogí el abrigo y bajé a la calle. Hacía frío. Encendí un cigarrillo apoyado en una farola y me quedé un rato mirando el portal por el que acababa de salir, pensando en lo absurdo de haber tardado tanto en cruzar esa puerta.

Si lo que buscan es que les metan, si lo que buscan es cabalgar a alguien con seguridad y oficio, este hombre no los va a defraudar. Pero si lo que buscan, como me pasó a mí, es una mamada que se acerque a la idea de perfección, una boca que parezca diseñada para olvidarse de todo lo demás, entonces no necesitan más explicaciones. Yo todavía no lo he llamado, pero el número sigue ahí, en mi cabeza, esperando a que se me agote la paciencia. Hasta la próxima.

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