Lo que aprendí mamando a tres hombres maduros
Lo que voy a contar empezó por curiosidad, como casi todo lo que termina cambiándote. Una tarde aburrida, sin nada mejor que hacer, abrí un vídeo en el que un tipo le metía el pene a otro hasta el fondo de la garganta. No grité, no cerré la pestaña, no me reí. Me quedé mirando con la boca entreabierta, calculando si yo sería capaz de hacer algo así.
Esa pregunta no se me fue de la cabeza durante semanas. Trabajaba todo el día pensando en eso. Llegaba a casa, me duchaba, y antes de dormir me ponía dos dedos en la garganta para ver hasta dónde aguantaba sin tener arcadas. Siempre fueron pocos centímetros. Pero la curiosidad ya estaba instalada y no había forma de sacarla.
Una madrugada, sin pensarlo demasiado, abrí una página de anuncios anónimos y escribí algo corto: «Hombre joven busca señor mayor para sesión de sexo oral. Quiero aprender a tragar profundo. Discreción absoluta». Publiqué, cerré la laptop y me dormí convencido de que nadie iba a contestar.
A los dos días tenía la bandeja llena.
El primero que me hizo levantar la ceja se llamaba Eduardo. La foto que mandó no era de gimnasio ni de catálogo: era él, parado frente a un espejo, con una camisa medio abierta y la cara tapada por la cámara. Cincuenta y largos, panza dura, hombros anchos. Pero lo que de verdad me convenció fue lo que había abajo: un pene largo, no especialmente grueso, con una vena marcada que le recorría todo el cuerpo. Le contesté esa misma noche.
Quedamos un viernes en un edificio cerca del centro. Subí los siete pisos a pie porque el ascensor estaba descompuesto y llegué con el corazón saltando. Eduardo abrió la puerta con una toalla en la cintura y un vaso de whisky en la mano. Olía a perfume bueno, de esos que no se compran en cualquier farmacia.
—Pasá, tranquilo —dijo, y cerró la puerta sin apuro.
No hubo demasiada conversación. Yo le había dicho lo que quería, él lo había aceptado, y ninguno de los dos tenía ganas de fingir interés por el clima. Me senté en el borde del sillón y él se paró delante. Le bajé la toalla con las dos manos, despacio, casi con respeto. Lo que apareció era exactamente lo que prometía la foto.
Empecé por la punta. Besos cortos, como si estuviera saludando. Lo escuché reírse en voz baja arriba de mi cabeza. Después la abrí entera y la metí hasta donde pude, que la primera vez no fue mucho. Eduardo me dejó marcar el ritmo. Era un hombre paciente, de los que entienden que la garganta de uno no es una hazaña que se logra empujando.
—Cuando estés listo, vas más profundo —murmuró—. Sin pelearte con vos mismo.
Hice lo que pude. Sentí la cabeza tocar el fondo y un espasmo me sacudió todo el cuerpo. Las primeras arcadas son humillantes: te traicionan, te tiran los ojos para atrás, te llenan la boca de saliva. Pero algo en mí no quería parar. Cada vez que me retiraba para respirar, volvía a intentarlo. A la quinta o sexta embestida, sentí que algo cedía. La punta pasó. Apenas un instante, pero pasó.
Eduardo se quedó quieto. Me sostuvo la nuca con los dedos abiertos, sin presionar, sólo acompañando.
—Ahí está —dijo—. Acordate de esa sensación.
Cuando terminamos, me dolía la mandíbula como si hubiera pasado dos horas en el dentista. Pero salí de ese edificio con una certeza nueva: podía. No era cuestión de fuerza ni de tamaño. Era cuestión de paciencia y de querer.
***
Durante las semanas siguientes practiqué solo. Compré un consolador mediano y lo dejé al lado de la cama. Cada noche le dedicaba unos minutos. Aprendí a relajar la lengua, a soltar la quijada, a respirar por la nariz mientras el camino estaba ocupado. Era como aprender a tocar un instrumento que llevaba conmigo desde siempre.
El segundo hombre lo conocí por la misma vía. Se llamaba Octavio, vivía solo en un departamento del piso doce con vista al río. Tenía sesenta años, la barba blanca prolijita y una de esas vergas que te impresionan no por largas sino por gruesas. La cabeza era casi del ancho de una ciruela. Cuando me la sacó del pantalón en el living, calculé el diámetro y se me apretó el estómago.
—¿Va a entrar? —pregunté, medio en broma.
—Eso lo decidís vos —contestó.
Esa noche no hubo paciencia. Octavio no era brusco, pero tampoco era un profesor: era el tipo que disfruta verte trabajar. Me dejó hincado entre sus piernas durante casi una hora. Sentía la mandíbula trabada, la saliva chorreándome por el mentón, los ojos llenos de agua. Pero el grosor era distinto al largo de Eduardo. Donde Eduardo me había enseñado a profundizar, Octavio me obligaba a abrirme.
Cuando finalmente sentí que la cabeza pasaba la garganta, fue como un clic. Octavio dejó escapar un sonido ronco y me agarró del pelo. No me empujó: sólo me sostuvo, asegurándose de que no me retirara. Estuve así varios segundos, sintiendo cómo latía dentro de mí. Después me soltó para que tomara aire y volvió a meterla.
Acabó en mi boca a los pocos minutos. Una carga densa, abundante, con sabor a metal y a sal. No me dio tiempo a pensar si tragar o escupir; tragué porque no quedaba otra. Octavio me miró desde arriba con una sonrisa cansada.
—Pibe, esto que hacés no lo hace cualquiera.
Yo no contesté. Me quedé sentado en el piso, con la espalda contra el sillón, mirando el río por la ventana. Algo había cambiado adentro mío, pero todavía no sabía qué.
***
El tercero llegó por recomendación. Octavio le pasó mi número a un amigo suyo, un tal Mauricio, abogado retirado, viudo desde hacía años. Hablamos por WhatsApp varias noches antes de vernos. Era educado, irónico, escribía con punto y coma. Me advirtió desde el principio que él tenía «un detalle particular», y me mandó una foto.
Tardé un rato en procesarla. Veintitrés centímetros, dijo después. No exageraba. Era larga, parecía no terminar nunca, pero por suerte no era de las gruesas. Le contesté que aceptaba el desafío. Mauricio me propuso una recompensa si lograba tragársela toda. No por el dinero, dijo, sino porque le gustaba la idea de premiar el esfuerzo.
Nos vimos un sábado a la tarde en su casa, una propiedad antigua con techos altos y una biblioteca que ocupaba toda una pared. Me ofreció café, conversamos veinte minutos sobre nada, y después me llevó al dormitorio sin tocarme. Cuando se desnudó y la vi en persona, entendí por qué insistía tanto con la advertencia.
—¿Vas a poder? —preguntó.
—Espero que sí.
—Si la pasás toda —dijo, sentándose en el borde de la cama—, te juro que te lo voy a recompensar como nadie.
Empecé despacio. Los primeros quince minutos fueron de entrenamiento puro: lengua, labios, saliva, respiración. Mauricio se quedó quieto, dejándome trabajar. Cuando lo sentí lo suficientemente duro como para que no se doblara, supe que era el momento. Me apoyé las manos en sus muslos, abrí la boca lo más que pude y avancé.
La primera mitad pasó casi sin resistencia. La segunda mitad fue otra historia. Sentía cómo la cabeza buscaba pasar, golpeaba el fondo, me cerraba el aire. Las arcadas volvieron, pero ya las conocía. Las dejé pasar como olas. Mauricio me puso una mano en la nuca, no con fuerza, sólo guiando, y eso me alcanzó para terminar de soltarme.
De un solo movimiento, la metió entera.
El mundo se apagó por un segundo. No tenía aire, no tenía garganta, no tenía nada. Sólo esa presencia llenándome de adentro hacia afuera. Quise gritar y descubrí que ni eso podía. Mauricio me sostuvo así diez segundos eternos, mirándome a los ojos, y después la sacó completa. Me llené de aire como si hubiera salido del fondo de una pileta.
—Abrí —dijo bajito—. Voy de nuevo.
Esta vez no me dio tiempo a pensar. Me la encajó hasta el fondo y empezó a moverse adentro mío con un ritmo que no era violento, pero tampoco era amable. Cogerme la garganta, le decía después en mi cabeza, era exactamente eso: cogerme un orificio que no estaba diseñado para esto, y obligarme a aceptarlo. Sentía la quijada como si me la hubieran desencajado. Sentía la punta tocándome donde nadie había tocado nunca.
Cuando avisó que estaba por venirse, no me la sacó. Me la dejó adentro y descargó ahí, en el fondo, en chorros largos que me bajaron directamente al estómago sin pasar por la lengua. Cuando finalmente se retiró, yo tosí, escupí saliva y semen mezclados, y me dejé caer sobre la alfombra.
Mauricio me trajo un vaso de agua y se sentó a mi lado.
—Sos un auténtico tragasables —dijo, y sonó casi tierno.
Yo asentí. No podía hablar. La mandíbula me palpitaba, la garganta me ardía, tenía flemas espesas que tardé media hora en pasar. Pero por dentro había algo nuevo: una calma rara, como la de quien acaba de cruzar un río que llevaba mucho tiempo mirando desde la orilla.
Mauricio cumplió su promesa. Me pagó lo prometido y me ofreció vernos cada quince días. También me dijo, mirándome fijo, que la próxima vez quería probar otra cosa, y que si yo había logrado lo de esa tarde con la boca, no veía por qué no podríamos repetirlo más abajo.
Le dije que sí sin pensarlo. Total, en otro lado ya había recibido vergas de muchos tamaños. Pero ésa es otra historia, y esa noche, mientras manejaba de vuelta a mi casa con la garganta inflamada y la boca todavía con sabor a él, entendí algo que no había entendido antes: hay deseos que no se descubren, se construyen. Y el mío ya estaba construido.