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Relatos Ardientes

El anuncio que me llevó a vivir con un desconocido

Aquel invierno me sentía atrapado en mi propio cuerpo. Vivía en una pieza alquilada al fondo de una casa vieja, trabajaba medio turno en una panadería y por las noches navegaba por internet buscando algo que ni yo mismo sabía nombrar. Tenía veintidós años, era flaco, lampiño, y nunca había estado con un hombre más de una vez. La idea de una pareja —algo estable, alguien que me llamara «mi amor»— me parecía una fantasía reservada para otros.

Una madrugada de julio, hojeando sin entusiasmo los anuncios personales de un foro, encontré uno escrito en mayúsculas: «BUSCO JOVEN PASIVO PARA RELACIÓN SERIA. NO ME ANDO CON JUEGOS». Me hizo gracia y, al mismo tiempo, me detuvo. Lo releí dos veces. El usuario se llamaba Andrés.

Le escribí desde una cuenta nueva. Le dije que tenía veinte años, que estudiaba enfermería y que vivía solo desde los diecisiete. Nada de eso era cierto, pero me pareció que esas mentiras lo iban a hacer sonreír. Le mandé tres fotos guardadas en el celular: una mirando por encima del hombro, otra de torso desnudo frente al espejo del baño, y la tercera —la que más me costó— de espaldas, agachado contra la cama.

Andrés me respondió a los veinte minutos.

—Eres exactamente lo que estaba buscando —escribió—. ¿Tienes con quién vivir?

Le dije que sí, que vivía con mi tío. Mentira.

—Múdate conmigo. Te pago el taxi.

Esa frase la leí cuatro veces antes de contestar. Tenía treinta y dos años, vivía en el último piso de un edificio de la zona portuaria y, según me contó, llevaba más de un año solo. La velocidad de todo era ridícula. Yo lo sabía. Pero también sabía que en mi pieza alquilada no me esperaba absolutamente nadie y que, por una vez, alguien parecía esperarme a mí.

Junté lo que tenía en dos bolsas de supermercado.

***

El taxi llegó a las dos y media de la mañana. Subí los cuatro pisos a pie porque el ascensor estaba clausurado. En el rellano, antes de tocar el timbre, miré las puertas vecinas. Todas tenían cordeles tendidos con ropa de bebé, ropa interior, sábanas húmedas. Olía a detergente barato y a comida fría.

Andrés abrió en musculosa. La foto del pecho que me había mandado no le hacía justicia: era más bajo de lo que imaginé, ancho de hombros, con los brazos cubiertos de vello negro y la cara marcada por cicatrices antiguas de acné. No era la persona que yo quería que fuera. Pero ya estaba allí, con dos bolsas y sin retorno posible.

—Pasa —dijo, y me cargó las bolsas como si pesaran nada.

El departamento era una sola habitación grande con una cocina al fondo. La cama estaba sin tender, las ventanas tenían cortinas de tela negra y en la mesa de luz había una lata de cerveza vacía y una caja de pañuelos descartables. Mientras yo dejaba mis cosas en el suelo, lo sentí mirarme desde atrás. No era una mirada inocente.

Saqué un poco el culo, apenas, fingiendo que acomodaba la mochila. Cuando me di vuelta, ya me estaba abrazando.

Me besó como nadie me había besado antes. Con los labios suaves, sin apuro, mordiéndome despacio. Susurró algo que no llegué a entender y me alzó en brazos con una facilidad que me dejó tonto. Yo nunca había estado con alguien capaz de levantarme así, sin esfuerzo. Me dejó sobre la cama, me sacó la remera, me bajó el pantalón, y se quedó un rato largo mirándome como si fuera la primera vez que veía a alguien desnudo.

—Date vuelta —pidió—. Quiero verte.

Lo hice. Me apoyé en cuatro y bajé la cabeza contra la almohada. Andrés me hablaba mientras me acariciaba la espalda con las dos manos. Decía cosas que en otra boca me hubieran parecido ridículas, pero en la suya sonaban a verdad: que tenía el cuerpo más lindo que había visto en meses, que iba a cuidarme, que no me preocupara. Cuando lo escuché bajarse el pantalón, me tensé.

***

Lo miré entre las piernas casi de reojo y se me cortó la respiración. La tenía gruesa y larga, mucho más de lo que cualquier foto me había anticipado. Sentí frío en las manos.

—Nunca probé una de ese tamaño —le dije.

Andrés se rio bajito.

—No te preocupes, mi amor. El culo se adapta.

Me empujó con suavidad para que volviera a abrir las piernas y bajó la cara hacia mí. Me besó el cuello, los hombros, la base de la espalda, los muslos. Yo lo dejaba hacer. Una parte de mí seguía buscando una excusa para irme. La otra estaba completamente entregada.

Me la puso en la boca antes que en otro lado. Era pesada, salada, y yo apenas podía abarcarla. Mientras intentaba mamársela como podía, él me apretaba la nuca y me decía que respirara, que despacio. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas y no por tristeza.

—Date vuelta otra vez —dijo cuando se cansó de mirar.

Me abrió las piernas con un gesto firme. Lo intentó dos veces. Las dos veces se le escapó por los nervios míos. Yo apretaba los muslos sin querer, mis dedos se cerraban contra las sábanas. Andrés se separó un instante, abrió el cajón de la mesa de luz y volvió con un tarro de vaselina. Se untó sin mirarme. Después me pasó los dedos por el ano, despacio, en círculos, hasta que dejé de retroceder.

Cuando me la metió, lo hizo de a poco. Centímetro a centímetro. Sentí mis paredes ceder, y al mismo tiempo, sentí que algo dentro de mí estaba a punto de partirse. Mordí la almohada. Él me hablaba al oído.

—Respira, respira fuerte. Eso es. Lo estás haciendo bien.

Cuando sus testículos chocaron contra mí supe que ya no quedaba nada por entrar. Se quedó quieto unos segundos, dándome tiempo. Después empezó a moverse. Despacio al principio, después con un ritmo más sostenido, con una mano apoyada en mi cintura y la otra contra mi nuca, manteniéndome la cabeza pegada al colchón. Yo no estaba disfrutando todavía. Estaba aguantando. Pero la mezcla del dolor con esas palabras suyas de amor —porque seguía diciéndome «mi amor», «mi cielo», «mi niño»— me sacaba del cuerpo y me llevaba a un lugar nuevo.

***

Recordé entonces a Eduardo. El del verano anterior, el que me había encerrado en una pieza de hotel y se había venido dos veces seguidas dentro de mí sin preguntarme nada. El que me había dejado en la calle a las seis de la mañana, con el pantalón mojado y la boca seca. Llevaba meses sin pensar en él. Y de pronto, debajo de Andrés, todo volvía: el miedo, la vergüenza, las ganas de salir corriendo.

Pero Andrés no era Eduardo. Andrés me besaba la espalda mientras se movía. Me mordía despacio la oreja. Me preguntaba si estaba bien.

Cuando acabó dentro de mí, ni siquiera intentó salir.

—Espera —dijo cuando le rogué que se la sacara—. Si me muevo se sale más. Espera un poco.

Esperé. Y se vino otra vez, o eso me pareció, porque sentí un calor nuevo extenderse hasta la base de mi vientre. Cuando finalmente la retiró, vi sobre las sábanas una mezcla de leche y un hilo fino de sangre. Empecé a llorar. No por el dolor: el dolor ya casi no estaba. Lloré por Eduardo, por el departamento desconocido, por las dos bolsas tiradas en el piso, por la velocidad con la que mi vida acababa de cambiar.

Andrés me abrazó por detrás y me dijo algo que tampoco esperaba.

—Te amo, ¿sabes?

Era la primera noche. No me conocía. No sabía mi apellido. Y aun así, lo dijo con tanta seguridad que yo le creí. Lo abracé también. Le dije, en un susurro, que era la más grande que había probado. Andrés se rio bajo.

—Lo sé, mi amor. Lo sé.

Mientras me quedaba dormido boca abajo, con su pecho apoyado contra mi espalda, lo sentí buscar el celular. Después, un par de destellos muy cortos, como flashes apagados. Esa noche no le di importancia. Más adelante volvería a pensarlo más de una vez.

***

Aguanté a Andrés casi dos años. Aguanté, porque no encuentro una palabra mejor. No es que lo amara tanto como me convencí a mí mismo. Era cómodo, era constante, me daba un techo y comida y, sobre todo, me hablaba en una lengua que yo no había escuchado nunca: la de las palabras dulces, la de los apodos en diminutivo, la de los planes a largo plazo. Hicimos el amor en plazas a la madrugada, en baños de bares, en autos prestados, en hoteles de paso a la salida de la ruta. A él le gustaba el sexo al aire libre, y yo le seguía la corriente aunque la mitad de las veces no me animara. Acepté muchas cosas que no quería aceptar. Acepté, también, que mirara a otros chicos en la calle. Que se demorara en contestar mensajes. Que apareciera con marcas en el cuello que no eran mías.

Una noche de noviembre, esperándolo en un café cerca del puerto, lo vi entrar del otro lado de la avenida. Iba del brazo de una chica altísima, de pelo largo, con un vestido apretado y tacos. No me reconoció a través del vidrio. Los seguí dos cuadras.

Ella era trans. Lo supe enseguida, no por el cuerpo —era espectacular, mucho más linda que muchas mujeres que conozco— sino porque le hablaba a Andrés con una confianza que ninguna primera cita tendría. Llevaban tiempo. Quizás meses. Quizás todo el tiempo que yo creí que él me pertenecía.

***

Esa misma madrugada le armé una escena en la cocina. Le grité, le rompí dos vasos, le dije cosas que en este momento no soy capaz de repetir. Andrés me escuchó hasta el final, sentado en una silla, sin levantarme la voz una sola vez. Cuando terminé, me sirvió un vaso de agua y me dijo, despacio:

—Mañana te quiero fuera de acá. Carola se viene a vivir conmigo.

No le pedí explicaciones. No las necesitaba. Llené las mismas dos bolsas de supermercado con las que había llegado dos años atrás —ahora un poco más gastadas, con un par de remeras de él mezcladas— y bajé los cuatro pisos despacio, contando los rellanos. En el último, antes de salir, escuché su voz desde arriba.

—Que te vaya bien, mi amor.

No me di vuelta.

Vivo solo desde entonces. A veces, cuando entro a internet, abro de nuevo aquella sección de anuncios. Los leo sin contestar. Reconozco siempre el mismo idioma: el de los hombres que prometen un amor inmediato. Hace tiempo que aprendí a desconfiar de él. Pero también aprendí que, en algunas noches frías, todavía me dan ganas de creerlo.

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Comentarios (5)

ManuelQ_BA

tremendo arranque, lo lei de corrido sin poder parar. De los mejores que encontre ultimamente

RomiArg

Me quede con ganas de mas!! Espero que haya continuacion porque esto tiene mucho potencial todavia

tati_cordoba

La tension desde la primera linea me engancho, se siente autentico y no forzado. Muy bien narrado

Gaston_RLP

jajaja esa sensacion de subir con las bolsas y no poder volver atras... me mato. Excelente

Ramiro27

Como termino la convivencia? Quede picado, ojala haya segunda parte

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