Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que mi primo me miró de otra manera

Tobías y yo crecimos a tres cuadras el uno del otro, en una de esas calles polvorientas donde los veranos parecían no terminar nunca. Éramos primos por parte de mi padre, teníamos los dos dieciocho recién cumplidos y nuestras tardes eran siempre iguales: él aparecía con dos botellas de gaseosa, yo le tenía la consola lista, y nos sentábamos en el suelo de mi cuarto con la persiana medio bajada porque el sol pegaba fuerte a esa hora.

Mi madre trabajaba hasta las nueve, mi padre estaba casi siempre de viaje, y mi cuarto quedaba al fondo del pasillo. Era nuestro pequeño territorio, un lugar donde podíamos gritar al perder una partida sin que nadie nos llamara la atención.

Ese martes de febrero estábamos jugando uno de esos juegos de acción con escenas largas entre nivel y nivel. En una cinemática apareció una mujer desnuda; la cámara la enfocaba desde abajo, las luces le marcaban la cintura, los pechos llenos, una sonrisa que no encajaba con la violencia del resto del juego. Sentí cómo el pantalón empezaba a apretarme. Cambié de postura en el suelo, crucé las piernas, intenté disimular.

Tobías se rió.

—No hace falta que te tapes, primo —dijo, señalándose el regazo—. A mí también me pasó.

Lo miré. Tenía el cierre del jean abultado, igual que yo, y se reía con esa risa nerviosa de los que acaban de cruzar una línea sin haberla planeado. Nos quedamos ahí, los dos arrodillados frente a la pantalla, mirándonos. La cinemática ya había terminado, pero ninguno de los dos había vuelto a tocar el control.

No lo digas, no lo digas, no lo digas.

—¿Me la dejas ver? —pregunté.

Tardó un segundo en contestar. Después se sentó hacia atrás, apoyó las palmas en la alfombra y se desabrochó el pantalón con una calma que no tenía nada de inocente. La tela cedió con un suave chasquido del botón. Bajó el cierre. La punta se le marcaba debajo del calzoncillo blanco, dura, levantando la tela como si tuviera vida propia. Se veía una mancha húmeda pequeña justo donde apretaba el glande, y esa mancha me hizo tragar saliva.

Yo no respiraba.

—Sácatela —le pedí. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

Lo hizo. La tomó por la base y se la liberó del elástico, y ahí quedó, parada entre nosotros, brillante en la punta, ligeramente curva hacia su ombligo. Era la primera vez que veía la verga de otro hombre fuera del vestuario del colegio, y nunca había visto una así, despierta, mirándome. Tenía la piel más oscura en el tronco y el glande de un rosa hinchado, con una gota gorda de líquido preseminal colgando de la ranura. Los huevos se le habían salido también del calzoncillo, apretados, tensos, subidos contra la base de la polla como si tuvieran urgencia.

—Ahora tú —dijo él.

Me bajé el pantalón hasta los muslos. Me daba vergüenza el primer momento, ese segundo en el que la prenda cede y todo queda expuesto, pero también me daba un placer raro saber que él me miraba con la misma atención con la que yo lo había mirado a él. Mi verga saltó fuera del elástico dando un latigazo contra mi vientre, tan dura que me dolía la piel estirada del glande. Tobías se mordió el labio.

—¿Puedo? —preguntó, estirando la mano sin esperar respuesta.

Cuando sus dedos me rodearon la base, di un respingo. Tenía la mano más caliente de lo que esperaba, los dedos largos, las uñas cortas. Apretó suavemente, midiéndome, y empezó a moverse. Despacio, arriba y abajo. La piel se me deslizaba hacia atrás dejando el glande al descubierto, y él frenaba justo en la punta, la miraba, y volvía a bajar. Estuve a punto de correrme en los primeros diez segundos.

—Espera —le dije—. Espera, que me corro.

—Tu turno.

Cambié de postura para alcanzarlo. Mi mano sobre él fue una revelación: el peso, la dureza forrada por la piel suave, la pequeña gota que se asomaba en la punta y se quedaba pegada a mi pulgar cuando bajaba. Extendí ese líquido tibio por todo el glande, usándolo como lubricante, y la polla de Tobías empezó a brillar entera. Tener su erección entre mis dedos me daba la sensación absurda de tenerlo entero, de manejar el centro de su voluntad con los músculos de mi muñeca. Cada vez que apretaba un poco, él cerraba los ojos y se le escapaba un gemido bajo. Cada vez que aflojaba, los abría de golpe para mirarme, con la boca entreabierta, la respiración corta.

—Más fuerte —susurró—. Agarrámela más fuerte.

Le cerré el puño alrededor y empecé a pajearlo en serio, con ritmo, subiendo hasta cubrirle el glande y bajando hasta chocarle los nudillos contra los huevos. Él hacía lo mismo conmigo, y los dos nos mirábamos las manos ir y venir sobre la verga del otro, hipnotizados. La mía crujía cada vez que bajaba, mojada del líquido que no paraba de salirme.

Nos masturbamos así un rato largo, frente a frente, los pantalones a medio bajar, la pantalla del televisor todavía mostrando la pausa del juego. Olía a sudor, a la gaseosa derramada en la alfombra y a ese olor nuevo, denso, de dos vergas trabajadas hasta el borde. En algún momento dejé de oír el ventilador.

—Mi vieja —murmuró Tobías de repente, y se apuró a subirse el pantalón atrapándose la polla dura contra el elástico con una mueca de dolor.

Su madre lo estaba llamando desde el portón. Lo había acompañado hasta casa y volvía a buscarlo. Nos vestimos a las apuradas, los dos rojos hasta las orejas, sin terminar lo que habíamos empezado.

—Mañana —dijo desde la puerta del cuarto. No era una pregunta.

—Mañana —contesté.

***

Esa noche no dormí. Me la pajeé tres veces pensando en la curva de su verga, en la cara que ponía al cerrar los ojos, en cómo se le tensaban los huevos cuando lo apretaba fuerte. Me corrí la primera vez a los dos minutos de meterme en la cama, imaginándome que era su mano y no la mía; me tragué el semen del pulgar y me quedé mirando el techo, avergonzado y ya duro otra vez. La segunda vez me bajé el calzoncillo hasta las rodillas y me pajeé despacio, imaginando qué habría pasado si su madre no hubiera llegado, si yo me le hubiera arrodillado ahí mismo, si le hubiera abierto la boca a su polla como no me animé. Me corrí sobre la panza y me quedé quieto, sintiendo el charco caliente escurrirse por las costillas. La tercera vez, cerca del amanecer, me metí dos dedos en la boca mientras me la agarraba, para acostumbrar la lengua a sentir algo grueso, algo que empujara. Cada vez que terminaba juraba que iba a poder dormirme, y a los veinte minutos volvía a estar duro pensando en él.

Al día siguiente apareció a las cuatro en punto. Mi madre ya se había ido a trabajar. Cerré la puerta del cuarto y nos quedamos parados, mirándonos, sin saber muy bien por dónde empezar de nuevo. Esta vez no había ningún juego en la consola que disimulara nada.

—¿Y si lo hacemos de otra forma? —preguntó él.

—¿Cómo?

—No sé. Algo más que con la mano.

Se acercó hasta quedar a un palmo de mí. Olía a ese desodorante barato que usaba siempre y a algo más, algo nuevo, algo que no había sentido el día anterior. Pegó su frente a la mía y nos quedamos así, respirando el aire del otro, hasta que su mano me agarró por la cintura y me empujó suavemente contra el armario.

Restregamos las erecciones a través de la ropa, primero con timidez y después con desesperación. Le agarré las nalgas por encima del pantalón. Eran duras, contraídas. Él hizo lo mismo conmigo. Nuestras pollas se buscaban a través del jean, se encontraban, se apretaban una contra la otra separadas apenas por dos capas de tela que empezaba a mojarse en la punta. Empujé la cadera contra la suya y él soltó un gemido corto contra mi cuello. Le clavé los dedos en el culo y lo pegué más a mí, y él me mordió el hombro por encima de la remera. Estuvimos así varios minutos, jadeando el uno contra el cuello del otro, hasta que se separó con la respiración entrecortada.

—Quiero probarla —dijo sin mirarme.

—¿La mía?

Asintió.

Lo senté en el borde de la cama. Me bajé el pantalón hasta los tobillos y me planté entre sus rodillas. Mi verga le quedó a la altura de la cara, apuntándole a los labios, chorreando líquido preseminal que caía en un hilo largo hasta el jean de él. Tobías me miró desde abajo con una expresión que nunca le había visto: parte miedo, parte hambre, parte súplica. Tomó mi polla por la base, dudó un segundo, sacó la lengua y me lamió la gota que colgaba. Se la tragó despacio, con los ojos cerrados, como probando el sabor. Después abrió la boca y se la metió entera.

El mundo se me apagó.

Sentí el calor primero, después la humedad, después la presión de su lengua subiendo y bajando por el frenillo. Me apretaba los labios alrededor del tronco y bajaba hasta donde le llegaba, y cuando la punta le tocaba el fondo del paladar hacía un ruidito de arcada, se echaba atrás, respiraba, y volvía a bajar. No tenía técnica, eso lo entendí enseguida; los dientes me raspaban de vez en cuando y me sacaba la polla de la boca cada tanto para tomar aire con un hilo de saliva colgándole del mentón. Pero tampoco hacía falta técnica. Era él. Era mi primo, ese chico con el que había hecho castillos de arena a los siete años, con el que había robado caramelos del kiosco a los diez, con el que había llorado en el patio de la escuela cuando murió mi abuelo. Era él, arrodillado entre mis piernas, con mis manos enredadas en su pelo y mi verga desapareciendo en su boca cada pocos segundos, la saliva bajándole por la barbilla, los ojos húmedos mirándome desde abajo pidiéndome que le enseñara.

Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a marcarle un ritmo, empujándole la cara despacio contra mi pelvis. Él se dejó hacer. Aprendió rápido a relajar la garganta, a tragar el glande cuando yo bajaba, a chuparme la punta cuando le daba tregua. Le follé la boca así, suave, mientras él me apretaba los huevos con la mano libre y me los sopesaba como si fueran algo precioso.

—Espera —le dije después de un rato, sacándosela de la boca con un ruido húmedo, antes de correrme—. Te toca.

Intercambiamos posiciones. Lo senté yo en la cama, me arrodillé en la alfombra entre sus piernas, y le bajé el jean de un tirón hasta los tobillos. Le saqué el calzoncillo. Su polla saltó libre, dura, palpitante, con la vena gruesa marcada a lo largo del tronco. Tenía el escroto tenso, las venas marcadas, la punta ya brillante de líquido. Acerqué la boca con miedo. Lo lamí primero, como había hecho él, una pasada lenta de abajo arriba que le sacó un suspiro que no esperaba. Le pasé la lengua por los huevos, se los besé uno por uno, me los metí en la boca con cuidado y sentí cómo se le contraían contra mi lengua. Después subí despacio por la vena de abajo, con la lengua plana, hasta el glande. Le di un beso en la punta. Después abrí los labios y lo metí entero.

Nunca, en toda mi vida, había sentido algo tan intenso como tener un trozo de carne caliente y dura entre mis labios. Pasé la lengua por la cabeza, por el surco que separaba el glande del tronco, por la vena gruesa de abajo. La saliva se me juntaba en la boca y le chorreaba a él por los huevos, mojándole el nacimiento de los muslos. Lo masturbaba con una mano mientras lo tenía dentro de la boca, subiendo y bajando el puño al mismo ritmo que mis labios, y con la otra me agarraba la mía propia, que latía contra el muslo de él como pidiendo atención. Cada vez que sentía un golpe de placer en mi propio cuerpo, lo respondía apretando los labios más fuerte alrededor de su verga, chupando más profundo, tragándome más tronco. Tobías empujaba la cadera hacia arriba sin poder controlarse, follándome la boca desde abajo, y yo lo dejaba, abría la garganta todo lo que podía y lo recibía.

—Así, primo, así… —jadeaba él, con la mano cerrada en mi nuca—. Chupámela toda… No pares…

Le solté la polla un segundo para lamerle los huevos otra vez, subiéndole la lengua por el perineo, y él dio un respingo tan violento que casi se me sale de la cama. Volví al glande. Le chupé la punta con los labios apretados, saqué la lengua, se la envolví alrededor de la corona, y bajé de golpe hasta la base.

—Voy a… —empezó a decir—. Me corro, me corro, me…

No me aparté. No quería apartarme. Cerré los labios más fuerte y esperé. Tobías terminó dentro de mi boca con un temblor que le subió desde los pies, agarrándome la cabeza con las dos manos, empujándomela contra su pelvis. Sentí el primer chorro golpearme el fondo de la garganta, caliente, espeso, y después vinieron tres o cuatro más, más suaves, llenándome la boca de un sabor salado y denso. Yo me quedé con sus manos en mi nuca y el sabor caliente y salado bajándome por la garganta. Tragué sin pensarlo. Tragué todo, hasta la última gota, y después le chupé la punta para sacarle lo que quedaba, hasta dejársela limpia y todavía dura. Era la parte que más me gustaba, esa sensación de haberme ganado algo, de haberle arrancado al cuerpo de mi primo la prueba más íntima de su placer, de tenerlo dentro de mí.

Yo me terminé a mí mismo en el suelo de mi propio cuarto, todavía arrodillado entre sus piernas, pajeándome con la mano llena de la saliva que había usado para su polla. Me corrí a los tres golpes de puño, con chorros largos que fueron a parar a la alfombra y al empeine del zapato de Tobías, mientras él me miraba con los ojos entrecerrados y una sonrisa que no se le borraba.

***

Así estuvimos cerca de un mes. Tobías venía después del colegio, antes de que volviera mi madre. Algunas tardes jugábamos a la consola con los pantalones bajos, deteniendo la partida cada veinte minutos para chupárnosla. Otras veces ni siquiera prendíamos el televisor: él entraba al cuarto, me empujaba contra la pared, y a los dos minutos ya estaba de rodillas con mi verga en la boca. Probamos cosas que habíamos visto en las revistas que él robaba del taller de su padre: el sesenta y nueve tumbados de costado, chupándonos las pollas al mismo tiempo con los huevos del otro contra la nariz; masturbarnos frotando las dos vergas juntas dentro del mismo puño hasta correrse a la vez sobre el vientre del otro; aguantarnos hasta el borde y frenar en seco cinco veces seguidas para que la corrida final fuera enorme; probar a meterse un dedo mojado en el culo mientras el otro chupaba, buscando ese punto de adentro del que hablaban las revistas.

Una tarde me hizo ponerme en cuatro sobre la cama y me lamió el culo por primera vez, separándome las nalgas con las manos, y yo me corrí encima del colchón sin que me tocara la polla, solo con la lengua de él trabajándome ahí atrás. Otra tarde fui yo el que le pidió que se abriera para mí, y le comí el culo hasta que él lloraba pidiendo que se la metiera con los dedos, y me la pajeé encima de sus riñones mientras le follaba el agujero con el índice y el mayor.

Aprendimos a leernos el cuerpo. Yo sabía que cuando él se mordía el labio significaba que estaba cerca y que tenía que ir más despacio para hacérselo durar. Él sabía que cuando yo cerraba los ojos era el momento de soltar la mano y dejar que terminara dentro de su boca. Sabía cuánto apretarme los huevos justo antes de la corrida para que se me alargara. Sabía cuándo meterme un dedo mientras me la chupaba para que se me doblaran las rodillas. Era un lenguaje silencioso, hecho de respiraciones, apretones y miradas. No nos besábamos. Esa era una línea que ninguno se atrevió a cruzar, no sé si por miedo, por culpa o porque el placer físico nos alcanzaba sin necesidad de ponerle un nombre romántico. Nos tragábamos la corrida del otro, nos comíamos el culo, nos metíamos los dedos, pero la boca contra la boca nunca.

Una tarde, al terminar, Tobías se quedó tumbado en la alfombra mirando el techo, con la polla todavía blanda y brillante contra el muslo. Le brillaba el sudor en las clavículas. Le pasé el dorso de la mano por la mejilla, sin saber muy bien por qué.

—Nos van a mandar lejos —dijo, sin volverme a mirar.

—¿A los dos?

—A nosotros. A mi familia. Mi viejo cambió de trabajo. Nos vamos en dos semanas.

No supe qué contestar. Tobías se vistió en silencio, me dio un golpecito en el hombro al salir, y desapareció escaleras abajo.

Nos vimos tres veces más después de esa tarde. La última fue corta, casi torpe, los dos sabiendo que era la última y sin atrevernos a decirlo. Nos la sacamos ahí mismo, sin desvestirnos del todo, y nos pajeamos el uno al otro apoyados contra la puerta del baño, la frente pegada al hombro del otro, los pantalones en los tobillos. Yo me corrí primero, en su puño, salpicándole la muñeca y el jean; él terminó a los pocos segundos, apretando la cara contra mi cuello, dejándome la panza mojada de semen tibio. Nos limpiamos con papel higiénico en silencio. Cuando se subió el pantalón me miró un segundo de más antes de irse.

—Cuidate —dijo.

—Vos también.

***

Pasaron muchos años. Tuve otras parejas, hombres y alguna mujer. Hubo encuentros más sofisticados, gente con técnica, gente con experiencia, gente que sabía exactamente qué hacer con la lengua, hombres que me follaron y a los que follé, bocas expertas que se me tragaban entero sin arcadas. Pero ninguno tuvo el sabor de aquella primera tarde con Tobías, con los pantalones a medio bajar y el televisor mostrando la pausa de un juego al que nunca terminamos de jugar.

A veces, en las noches en las que no puedo dormir, todavía pienso en él. En la curva de su verga contra mi ombligo. En el peso de sus huevos contra mi lengua. En esa forma que tenía de morderse el labio cuando se acercaba el final. En el sabor caliente de su corrida bajándome por la garganta. En las gaseosas derramadas, en el ventilador girando, en el último «cuidate» dicho casi en un susurro.

Si alguna vez vuelve, lo voy a esperar con la consola lista y la persiana medio bajada. Y esta vez sí; esta vez me voy a animar a besarlo.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios(9)

NicoBSAS

Que relato tan bien escrito!!! me enganche desde el titulo, no lo pude dejar de leer

SantiagoMG

La tension que se arma al principio es increible. Muy bien logrado

Claudio_BA

Me recordo a algo que viví con un amigo del barrio cuando eramos jovenes. Esas miradas que lo dicen todo sin decir nada... muy real

Rodrigo_Paz

por favor sigue con esto, quede con ganas de saber que paso despues entre ellos

EstebanQ

genial!!

CristalLectora

No es facil escribir algo así sin que se sienta forzado, y acá fluye de manera natural. Muy buen relato

FernandoBA

Es una historia real? se siente muy autentico, como si lo hubieras vivido de verdad

DiegoNacho

tremendo final, no me lo esperaba. Sigue escribiendo asi!!

Cuentero_MX

Uno de los mejores que leí en esta categoria, tiene morbo pero tambien tiene algo emotivo que no es comun. Esperando mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.