El desconocido que me detuvo antes de llegar a casa
Aquel viaje lo había planeado desde hacía semanas. Mi primo Marcos llevaba casi un año viviendo en otra ciudad, donde había encontrado trabajo en el sector de la hostelería después de mucho buscarlo. Yo tenía unos días libres en la empresa y pensé que era el momento de hacer la visita. Le avisé con dos días de antelación y él prometió cena hecha y una cerveza fría esperándome.
No me gusta conducir en trayectos largos, especialmente de vuelta, de noche y con carreteras que no conozco bien. Cogí el tren regional de media tarde, que salía a las cuatro y media y llegaba en poco más de hora y media. Metí un libro en la mochila, los auriculares y las ganas de no pensar en nada durante noventa minutos. El tren iba casi vacío y pude estirarme en el asiento con tranquilidad.
***
La estación de llegada era pequeña, de esas que tienen dos andenes y un vestíbulo que huele a café frío. Bajé con la mochila al hombro y encendí un cigarrillo antes de orientarme. Marcos vivía a veinte minutos a pie del centro histórico, y yo había guardado la ruta en el móvil. Empecé a caminar sin apresuramiento: tenía tiempo, la tarde todavía era clara y prefería llegar andando antes que gastar dinero en un taxi para una distancia tan corta.
Llevaba unos diez minutos caminando por una calle de comercios cerrados cuando un joven se me cruzó en sentido contrario y frenó.
—Perdona. ¿Tienes fuego?
Era moreno, de unos veintidós años. Llevaba el pelo muy corto, casi al cero por los lados y algo más largo en la parte de arriba. La mandíbula cuadrada, los pómulos marcados, una nariz recta. Una camiseta blanca ceñida sobre un pecho sin grasa y unos vaqueros oscuros que le quedaban perfectamente. No había un gramo de relleno en ninguna parte. No era el tipo de persona que uno pasa por alto en la calle, y yo no lo pasé.
Saqué el encendedor y se lo acerqué. Cuando inclinó la cabeza hacia la llama, pude mirarlo de cerca sin que resultara evidente. Cuando levantó los ojos, eran de ese marrón oscuro que a poca luz parece casi negro, y me sostuvieron la mirada un segundo más de lo que suele hacer un desconocido al dar las gracias.
—Gracias —dijo—. ¿Eres de aquí?
—No. Paso el fin de semana con un familiar.
Asintió. Fumamos juntos un momento sin hablar. La calle estaba vacía y no había ningún motivo para irse todavía, o al menos eso parecía pensar él.
Entonces extendió la mano y la posó sobre mi antebrazo. Sin rodeos. Sin disimulo.
—Mi piso está a dos minutos —dijo. Como si fuera la continuación natural de la conversación.
Lo miré. Miré su mano. Lo miré de nuevo.
—¿Cómo te llamas?
—Diego.
Tiré la colilla y la pisé.
—Vamos.
***
El edificio era de los años setenta, con el ascensor en obras y cuatro pisos de escaleras de mármol desgastado. Diego subía a buen paso y yo lo seguía desde detrás, observando la manera en que la camiseta se ajustaba al movimiento de sus hombros. Tenía esa clase de cuerpo que se construye con deporte regular y buena genética, no con horas de gimnasio frente al espejo.
El piso era pequeño y ordenado. Sofá, televisión, una mesa con dos sillas, cocina integrada en el salón. Me dijo que sus compañeros habían salido el fin de semana. No hacía falta ninguna otra explicación.
Me ofreció agua. Bebimos de pie, frente a frente, a metro y medio de distancia, sin tocarnos todavía. Diego tenía una manera de mirar que no dejaba margen para la ambigüedad, pero tampoco transmitía urgencia. Eso me gustó. La prisa es para la gente que no sabe bien lo que quiere.
—¿Cuánto llevas sin? —le pregunté.
Sonrió levemente.
—Dos semanas largas. ¿Se nota mucho?
—Un poco —admití.
Dejó el vaso en la encimera y se acercó. Me besó directo, sin preámbulos. Sabía a tabaco y a algo mentolado, quizás el agua que acababa de beber. Puse una mano en su cuello y la otra en su cintura y respondí sin reservas.
***
En la habitación la ropa desapareció sin demasiado protocolo. Diego se quitó la camiseta de un tirón y se sentó en el borde de la cama. Yo me tomé un momento para mirarlo antes de seguir con lo mío. Pecho plano, abdomen definido, piel morena uniforme sin ninguna marca de bronceado artificial. Casi sin vello excepto en el pubis. Tenía los brazos cruzados sobre las rodillas y me miraba con una calma que resultaba casi desafiante.
Me arrodillé frente a él.
Empecé despacio, como prefiero hacerlo. Primero la lengua, recorriendo la base con lentitud deliberada, sin apresurarse hacia el punto que él esperaba. Lo escuché contener el aliento dos veces mientras yo tomaba mi tiempo. Apoyó una mano en mi hombro sin presionar, simplemente dejándola reposar ahí, como si necesitara ese punto de contacto para mantenerse anclado.
No era muy grande, pero tenía una curvatura hacia un lado que obligaba a ajustar el ángulo. Cuando lo encontré bien, Diego cerró los dedos en mi hombro de manera involuntaria. Me concentré en la punta: presión suave con los labios, círculos lentos con la lengua, una pausa breve, y volver a empezar. La respiración de Diego fue cambiando de ritmo: más lenta primero, luego irregular, luego cortada.
—Así —murmuró—. Justo así.
Seguí durante un buen rato. Perdí la noción del tiempo. Cuando noté que estaba llegando al límite, cambié el ritmo para que no llegara todavía. Quería que durase más.
Él lo notó.
—Para —dijo entre dientes—. O acabo ahora mismo.
Me levanté y me tumbé a su lado en la cama. Diego miró hacia abajo y vio que yo también estaba completamente excitado. Sonrió y alargó la mano.
Me cogió con la palma y empezó a trabajar con una calma que resultaba casi exasperante. Sabía perfectamente lo que hacía: subía el ritmo justo hasta donde yo estaba a punto de perder el control, y entonces frenaba y esperaba, y comenzaba de nuevo. Tres veces. Cuatro. Cada pausa era más difícil de aguantar que la anterior.
—Para —pedí, con la respiración entrecortada—. O yo también acabo ahora.
Soltó y se recostó sobre un codo, con esa media sonrisa.
***
Me pidió que me pusiera boca abajo. Buscó en el cajón de la mesilla y sacó lubricante y una caja de preservativos. Fue cuidadoso con los dedos: uno primero, despacio, preguntando en voz baja si estaba bien. Luego dos, con más paciencia todavía.
—Sí —respondí cada vez—. Sigue.
Cuando me penetró, hubo el momento habitual de resistencia, ese instante en que el cuerpo todavía no ha decidido del todo. Diego no forzó. Avanzó un poco y esperó. Luego otro poco y esperó de nuevo. Cuando entró del todo, se quedó quieto un momento con el pecho apoyado en mi espalda, respirando hondo.
Empezó lento.
Tenía las manos en mis caderas y ajustó el ángulo dos veces hasta que encontró el que hacía que yo apretara la almohada entre los dientes. Entonces mantuvo ese ángulo y ese ritmo con una concentración que se notaba en la firmeza de sus dedos, en la manera en que él mismo contenía la respiración para no perder el control antes de tiempo.
No quería que acabara.
Pero acabó. Diego aceleró en los últimos instantes y lo sentí en todo su cuerpo: los dedos apretando con más fuerza, la respiración convertida en algo apenas articulado. Un momento de silencio y tensión, y luego el peso de su cuerpo cayendo lentamente sobre el mío.
Se quedó quieto unos segundos. Luego se retiró con cuidado, se quitó el preservativo y lo tiró a la papelera.
—Dios —dijo, boca arriba.
Asentí sin hablar.
***
Pasaron unos minutos. Diego se giró hacia mí y bajó la vista.
—Yo me encargo —dijo.
Bajó por el pecho y el abdomen sin rodeos. Cuando llegó donde importaba, no vaciló. Lo que hizo con la boca durante los siguientes minutos fue preciso y deliberado, como si hubiera prestado atención a mis reacciones anteriores y las estuviera aplicando ahora con intención. Alternaba el ritmo sin que pareciera mecánico, sin esa sensación de rutina que a veces tienen estas cosas. Sabía dónde presionar y cuándo detenerse.
En algún momento, amortiguado por la ropa amontonada en el suelo, oí vibrar el móvil. Una vez. Luego otra. Lo ignoré.
Cuando ya no pude aguantar más, avisé.
—Me corro.
Diego se retiró y terminó con la mano. Acabé con más intensidad de la que esperaba después de tanto tiempo de espera, con la espalda arqueada y los pies apretados contra el colchón. Él buscó papel de la mesilla y me limpió sin que yo se lo pidiera.
Nos quedamos en silencio un momento. La habitación olía a sudor y a algo más, ese olor limpio y concreto que no se puede describir sin sonar ridículo. Diego encendió un cigarrillo y me ofreció el paquete. Acepté.
—¿A qué hora tienes que estar? —preguntó.
—Hace rato —respondí.
Soltó el humo despacio.
—Lo imaginaba.
***
Me duché en su baño, que era pequeño pero tenía agua caliente. Mientras me secaba, cogí el móvil del bolsillo de los vaqueros: cuatro llamadas perdidas de Marcos y un mensaje enviado hacía cuarenta minutos. «Tío, ¿estás bien? Tengo la cena hecha desde las ocho. Avísame cuando puedas.»
Salí del baño. Diego estaba de pie junto a la ventana del salón con otro cigarrillo, mirando la calle.
—Tengo que irme —dije.
Asintió sin girarse del todo.
—Ya me lo parecía.
Aplastó la colilla en el alféizar y vino a ayudarme a encontrar el cinturón, que había acabado debajo de la cama. Me acompañó hasta la puerta descalzo y se apoyó en el marco.
—Si vuelves por aquí —dijo.
—Ya sé dónde vives —respondí.
Sonrió y cerró la puerta.
***
Llegué a casa de Marcos con casi una hora de retraso. Le dije que me había perdido dando vueltas por el barrio, que la navegación me había llevado por un camino equivocado. Me miró con la expresión de quien no termina de creérselo del todo pero decide no insistir, y me sirvió el plato que tenía guardado en el horno.
Cenamos. Hablamos de su trabajo en el restaurante, de si pensaba quedarse en esa ciudad o volver, de si vendría a casa por Navidad. Yo respondía y prestaba atención, pero tenía la cabeza todavía en parte en ese cuarto piso sin ascensor: la concentración en los ojos de Diego cuando encontró el ángulo correcto, el peso de su cuerpo cayendo sobre el mío cuando llegó al final, la manera en que se había quedado quieto ese segundo antes de retirarse.
Marcos me preguntó si volvería pronto a visitarlo.
—Seguramente —respondí.
Y lo decía en serio.