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Relatos Ardientes

Lo que le pedí a mi mejor amigo en la oscuridad

La primera vez que me pregunté qué sentiría tener a otro hombre dentro de mí tenía veintitrés años y estaba en el vestuario de un gimnasio, mirando la ducha de frente sin ver nada. No fue un pensamiento que elegí tener. Llegó solo, como llegan las cosas que después no podés ignorar.

Lo guardé bien durante mucho tiempo. Lo sepulté bajo capas de rutina, de salidas con chicas, de esa vida que uno construye para no tener que explicarse a sí mismo ciertas cosas. Pero el pensamiento volvía, siempre en los momentos más inesperados, y cada vez que volvía era más difícil descartarlo. Con los años dejé de intentarlo.

Marcos es mi mejor amigo desde los diecisiete. Estudiamos en la misma facultad, compartimos apartamento dos años mientras cursábamos, nos contamos casi todo. Lo de esa curiosidad nunca se lo dije. Había cosas que simplemente no decías, aunque la persona que tenías enfrente fuera la que más confiabas en el mundo. O quizás precisamente por eso.

***

La noche que cambió todo empezó como empiezan las mejores y las peores noches: sin que nadie lo planee.

Era viernes a principios de octubre. Salimos a tomar algo cerca de mi apartamento, en un bar de barrio que tiene terraza con sillas de madera pintadas de verde, siempre húmedas por el rocío. Pedimos unas cervezas, después unas cervezas más, y en algún momento llegó una botella de mezcal que nadie había pedido del todo pero que tampoco nadie rechazó.

No recuerdo bien de qué hablamos. Sé que nos reímos mucho, que a las dos de la madrugada éramos los últimos en la barra, y que el barman nos miraba con esa mezcla de paciencia y cansancio que tienen los barman a esa hora. El camino de vuelta lo hicimos a pie, bordeando el parque, con esa sensación tibia del alcohol que hace que todo parezca razonablemente bien.

—Mañana me arrepiento —dijo Marcos, señalando el vaso de plástico que todavía llevaba en la mano como si no supiera dónde dejarlo.

—Mañana —repetí yo.

Llegamos a mi apartamento, que quedaba más cerca. Subimos las escaleras entre comentarios sueltos sobre el partido de la semana anterior. Yo me tiré en mi cama sin quitarme los zapatos y Marcos acomodó el colchón plegable en el suelo junto a la ventana, como hacía siempre que se quedaba a dormir. Lo había hecho cien veces, en ese mismo apartamento, en ese mismo rincón. No había nada distinto a ninguna otra noche.

La habitación quedó a oscuras. Solo entraba algo de luz de la calle por la persiana a medio bajar: una franja anaranjada sobre el techo.

***

Yo no podía dormir.

Tenía el corazón acelerado y no era solo por el alcohol. Desde el camino de regreso había algo zumbando dentro de mí, una especie de electricidad que no sabía dónde poner. Me había quedado excitado antes de entrar al edificio y seguía así, tendido boca arriba, mirando el techo sin ver nada.

Escuché a Marcos acomodarse en el colchón. Su respiración se fue haciendo más pareja, más lenta. Yo seguía igual.

Ahora o nunca.

Era un pensamiento estúpido. Lo sabía perfectamente mientras lo tenía. Pero así funcionan esas cosas: llega un momento en que la presión interna supera al miedo, aunque sea por una fracción de segundo, y en esa fracción de segundo tomás una decisión que puede cambiarlo todo o no cambiar nada. No sabés cuál de las dos hasta que ya lo dijiste.

—Marcos —dije en voz baja.

Silencio. Luego:

—¿Qué.

No era una pregunta real. Era el tono de alguien que está entre el sueño y la vigilia y todavía puede responder, pero apenas.

—Estoy excitado —dije. La voz me salió más firme de lo que esperaba.

Una pausa.

—Yo también —respondió, con la calma de quien confirma que afuera está nublado.

Me quedé callado un momento. El corazón me golpeaba fuerte en el pecho.

—Quería pedirte algo —dije—. Algo distinto.

Otro silencio. Esta vez más largo, más consciente.

—¿Qué cosa.

Respiré despacio antes de responder.

—Hace tiempo que tengo ganas de saber qué se siente. Con un hombre. —Me detuve un segundo—. Si no te molesta, me gustaría que me lo hicieras vos. Por atrás. Que sea un secreto entre nosotros, y si no querés no pasa nada, pero quería preguntarte igual.

El silencio que siguió fue el más largo de mi vida. Lo conté. Duró tal vez quince segundos, que a esa hora de la madrugada y con esa pregunta flotando en el aire son una eternidad.

—No —dijo Marcos.

El estómago se me fue al piso.

—Está bien —respondí—. Perdón por...

—No es que no quiera —me interrumpió—. Es que no sé.

Un silencio más.

—Anda —dije, y me sorprendí a mí mismo al decirlo—. Yo te lo hago primero. Y después vos a mí.

Escuché que Marcos se movía en el colchón. Que se incorporaba despacio.

—Venite para acá —dijo.

***

Bajé de la cama con cuidado, como si hacer demasiado ruido pudiera romper algo. Me senté en el borde del colchón. Marcos estaba boca arriba, los ojos cerrados o casi, difícil distinguirlo en la oscuridad.

Le abrí el cinturón. Despacio. Le bajé el cierre.

Estaba muy excitado. Eso me sorprendió, aunque no debería haberme sorprendido. Lo rodeé con los dedos y noté que era grueso, más de lo que había calculado en ninguno de los momentos en que me había permitido imaginar algo así. Me quedé un segundo quieto, con la mano ahí, sin saber bien qué hacer con el hecho de que aquello estaba pasando de verdad.

Empecé a hacérsela despacio, notando cómo respondía. Después bajé la cabeza.

Tenía la boca seca y el corazón desbocado. Lo tomé con los labios y él exhaló un sonido muy suave, casi inaudible. Seguí. Encontré un ritmo. Los dedos de Marcos se apoyaron un momento en mi cabeza, sin presionar, solo descansando ahí, y ese gesto me resultó más íntimo que todo lo demás.

—Chúpame el culo —dijo en voz muy baja.

Levanté la cabeza.

—Eso no —respondí.

—Era un chiste.

—Ah.

Me incliné otra vez. Estuve así varios minutos, alternando entre la mano y la boca, escuchando su respiración volverse cada vez más irregular, más contenida. En algún momento me bajé los pantalones y la ropa interior y me quedé arrodillado en el suelo alfombrado, esperando.

—Ya —le dije—. Metémela.

Se sentó.

—¿Tenés algo?

—No.

Un silencio corto.

—Saliva —dije.

—Es lo que hay —respondió.

***

Me apoyé en el borde del colchón, de rodillas en el suelo, los brazos estirados hacia adelante. Me temblaban las manos, aunque no del frío. La habitación estaba en silencio excepto por el ruido lejano de un auto pasando en la calle.

Marcos se puso detrás. Sentí su mano apoyarse en mi cadera con firmeza, como un ancla. Escuché que se escupía la palma.

El primer intento fue difícil. Tuve que decirle que esperara. Respiré tres veces. Lo intentamos de nuevo.

Cuando entró fue un dolor que no esperaba: afilado y caliente al mismo tiempo, concentrado en un punto que no sabía que podía doler de esa manera. Durante unos segundos me concentré solo en no hacer ruido. Estábamos a pared y media del apartamento del vecino y la hora no era la ideal para despertar a nadie. Mordí el interior de mi mejilla y esperé.

El dolor fue cambiando de forma. Fue lento, pero pasó: empezó a mezclarse con otra sensación, una presión profunda que no era exactamente placer pero tampoco era solo incomodidad. Algo sin nombre que no me había imaginado de esa manera. Algo que quería seguir sintiendo.

—Seguí —le dije, en un susurro.

Él se movió. Muy despacio al principio, con cuidado, sin apurar nada. Yo me aferré a las sábanas del colchón con las dos manos. Quería tocarme, la posición no me lo permitía, así que me quedé quieto y me dejé llevar por esa sensación que iba ganando terreno sobre todo lo demás.

—Más —pedí.

Marcos empujó un poco más fuerte. Soltó un sonido bajo, casi un gruñido, y yo lo sentí en la espalda antes de escucharlo con los oídos.

—Espera —dijo con la voz espesa—. Ya voy a...

—Vente adentro —le dije.

No sé de dónde salió eso. Pero lo pensé y lo dije, sin filtro, y él no respondió con palabras. Sus dedos apretaron mi cadera. Empujó una vez más, profundo y lento, y entonces se quedó inmóvil. Lo sentí pulsando dentro, cálido, y escuché su respiración hacerse larga y lenta.

Se quedó un momento sin sacar. Después salió despacio y se tendió de espaldas sobre el colchón.

—Gracias —le dije.

No sé si fue la palabra correcta. No había otra que se me ocurriera.

***

Me levanté y fui al baño.

Cerré la puerta sin hacer ruido, abrí el agua fría de la ducha y me masturbé de pie bajo el chorro. Eyaculé casi de inmediato, con una intensidad que me dejó con las rodillas flojas por un segundo. Me quedé bajo el agua hasta que se me fue el temblor de las manos.

Me miré en el espejo empañado.

Eso pasó.

Durante los dos días siguientes caminé diferente. No de una forma que alguien pudiera notar desde afuera, pero yo lo notaba: una especie de conciencia nueva del propio cuerpo, como cuando te lastimás un músculo que no sabías que tenías hasta que lo sentís trabajar.

Pensé mucho en Marcos. No de forma romántica, o al menos no de una forma que supiera cómo clasificar. Más bien pensé en la firmeza de su mano en mi cadera. En lo seguro que había sonado cuando dijo «venite para acá». En el hecho de que al día siguiente ninguno de los dos había mencionado nada, como si hubiera un acuerdo tácito que nadie necesitó proponer.

El lunes me escribió para preguntarme si quería ir a ver un partido esa tarde.

Le respondí que sí.

Fuimos. Vimos el partido. Comimos pizza. Nos reímos de las mismas cosas que siempre. Normal.

***

Hoy seguimos siendo amigos. Buenos amigos. Del tipo que se llaman cuando algo importante pasa, que se aparecen sin avisar y caben en el sillón del otro sin necesidad de pedir permiso.

De aquella noche nunca más hablamos. No hubo conversación incómoda, no hubo distancia, no hubo nada que resolver. Simplemente no volvió a mencionarse, como pasan ciertas cosas que existen en su propio paréntesis y no necesitan explicación para haber sido completamente reales.

Aunque hay noches, cuando salimos y tomamos más de la cuenta y el camino de vuelta se hace largo, en que el pensamiento vuelve. En que me pregunto si bastaba con decírselo otra vez.

Todavía no lo hice.

Pero lo pienso bastante.

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Comentarios (4)

CrisFer99

Increible!!! no esperaba ese final, me dejo pensando

Luna_V

Por favor seguilo, me quede con demasiadas ganas de saber que respondio el. Gran relato!

Daniel_cba

Tremendo, muy autentico

Noche_M

Me hizo acordar a algo muy parecido que yo tambien me guarde por años. Estas cosas pasan mas de lo que uno cree.

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