Mi amigo Marcos y lo que nunca contamos a nadie
Marcos era un año mayor que yo. Lo conocí cuando cursaba el primer año del bachillerato y él terminaba el segundo, en esa edad en que un año de diferencia parece un mundo. Sin embargo nos hicimos amigos casi de inmediato, sin esfuerzo, de esa manera en que a veces sucede con ciertas personas.
Era de complexión normal, con esa tranquilidad en el cuerpo que tiene quien sabe cómo moverse sin ocupar más espacio del necesario. Me llevaba bien con él porque no presumía de nada. Era de los que ayudaban con los trabajos sin hacerte sentir que te estaban haciendo un favor.
Compartimos muchas cosas durante esos años: partidos de fútbol los fines de semana, tardes frente al televisor, veranos en la playa cuando podíamos. También las inevitables conversaciones sobre chicas, que contábamos cuando pasaban semanas sin vernos y había que ponerse al día.
Para cuando cumplimos los veintidós, la vida nos ocupaba más. Él estudiaba y trabajaba por las tardes; yo también tenía mis compromisos. Pero cuando coincidíamos, la dinámica era la de siempre.
***
Hacía ya varios meses que habíamos descubierto, casi sin hablarlo, que los dos veíamos porno cuando estábamos solos. Lo mencioné una tarde sin pensarlo demasiado, a ver qué decía, y él respondió con naturalidad que él también. De ahí a hacerlo juntos hubo solo un paso.
La primera vez fue rara. Nos sentamos en el sofá de su cuarto, él en un extremo y yo en el otro, con la pantalla enfrente y cada uno en lo suyo. Sin mirarse. Sin comentar. Como si estuviéramos solos a pesar de estar juntos en la habitación. En la pantalla una tía se dejaba follar por dos, con la boca abierta y el coño chorreando, y cada uno se la meneaba a su ritmo, con la respiración cada vez más ronca.
Con el tiempo dejó de ser raro. Era simplemente lo que hacíamos cuando la casa estaba vacía, en la suya o en la mía.
Esa tarde de sábado estábamos en su casa. Sus padres no regresarían hasta el lunes por la noche. Llevábamos un rato en el sofá, cada uno con su ritmo, cuando Marcos apagó el volumen sin decir nada y se volvió hacia mí.
—¿Y si nos la hacemos el uno al otro?
No respondí de inmediato. La pregunta era directa y no tenía una respuesta fácil que darle.
—Nadie se va a enterar —añadió—. Y tiene que ser mucho mejor que así.
No esperó mi respuesta. Su mano buscó la mía y la guio hacia él. Sentí el calor de su piel, la firmeza de su polla dura contra mi palma, la vena gruesa latiendo en el dorso, algo distinto al tacto propio que uno ya conoce de memoria. No retiré la mano. Al contrario: cerré los dedos alrededor de su verga y noté cómo el prepucio se corría solo con el primer movimiento, dejando el glande hinchado y brillante contra mi pulgar.
Entonces tomó la mía y empezó.
El efecto fue inmediato: un calor diferente, más preciso, que subía desde abajo y me quitó el aliento por un momento. Su puño era distinto al mío, más apretado en la base y más suelto en la punta, y sabía justo cuándo torcer la muñeca al llegar arriba. Con la mano libre bombeaba la suya, sin pensar demasiado, respondiendo a lo que estaba sintiendo, tratando de repetirle el mismo compás que él me imponía a mí. Escuchaba nuestras respiraciones mezclarse, el chasquido húmedo de las pieles, el chirrido leve del sofá bajo los dos cuerpos tensos.
No tardamos mucho. Ninguno avisó al otro; ninguno hizo falta. Sentí cómo su polla se ponía todavía más dura entre mis dedos un segundo antes de que empezara a correrse a chorros calientes sobre mi mano y mi antebrazo, y esa misma imagen, unida al tirón de su puño en mi verga, me hizo estallar detrás de él, salpicándole el vientre y la mano con la que me la seguía meneando hasta la última gota. Cuando acabamos nos quedamos en silencio unos segundos, respirando, con el semen goteando entre los dedos, antes de limpiar en silencio y volver los ojos a la pantalla.
Pero algo había cambiado en el aire del cuarto.
***
Durante los tres meses siguientes se convirtió en una costumbre. No lo hablábamos; no necesitábamos hacerlo. Cuando la oportunidad aparecía, la aprovechábamos. A veces sin ni siquiera bajarnos los pantalones del todo: sacábamos las pollas por encima del elástico del bóxer y nos las trabajábamos hasta correrse encima del pecho o del vientre, con la mirada fija en la pantalla y la mano cruzada sobre el muslo del otro.
Luego sus padres anunciaron un viaje de cuatro días por un feriado largo. Marcos me llamó para invitarme a quedarme. Acepté.
El primer día fue como siempre, más o menos. Nuestra rutina habitual, el sofá, la pantalla. Hasta que Marcos lo apagó del todo y se dio la vuelta para mirarme de frente.
—¿Le hacemos un sesenta y nueve?
Solté una carcajada, más por la sorpresa que por otra cosa.
—Eso ya es otra historia —dije.
—¿Por qué? —preguntó, sin alterarse—. Nadie te va a hacer nada que no quieras. Y tampoco nadie se va a enterar. ¿No viste cómo disfrutan en los videos cuando se la maman? Tiene que ser completamente diferente.
Me quedé pensando. Lo que decía no era del todo ilógico. Lo que habíamos visto en pantalla parecía distinto a todo lo anterior, de otra intensidad. Algo que yo mismo me había preguntado sin llegar a ninguna respuesta.
—Antes nos duchamos —dije al fin—. De otra manera no me parece bien.
—Perfecto —respondió, poniéndose de pie sin más demora.
Su cuarto tenía baño propio. Entramos. Él empezó a quitarse la ropa con naturalidad mientras yo me quedaba parado junto a la puerta, sin saber bien qué hacer con las manos. Cuando bajó el bóxer le vi la polla a medio hincharse, colgando pesada, y desvié la mirada por reflejo aunque ya la había visto mil veces.
—El agua tarda un poco —me avisó, ya dentro de la ducha, con el grifo abierto.
Acabé de quitarme la ropa y entré. El espacio era suficiente para los dos si no se hacían gestos bruscos.
—Date la vuelta —dijo, tomando el jabón—. Te lavo la espalda.
Lo hice. Sus manos empezaron en los hombros y fueron bajando con movimientos uniformes, sin apresurarse. Podría haber sido cualquier cosa, un gesto de amistad, nada más. Pero cuando llegó a la parte baja de mi espalda y se detuvo, con los dedos enjabonados metiéndose entre las nalgas y rozándome el ojete un segundo de más, supe que no lo era. La polla se me empezó a levantar sola contra el vientre.
—Ahora yo —dije.
Se dio la vuelta. Le enjaboné los hombros, la espalda, la nuca. Bajé sin detenerme. Me fijé, sin proponérmelo, en la curva de sus nalgas bajo el agua, firmes y blancas, y sentí que el cuerpo me respondía por su cuenta. Le pasé la mano jabonosa por en medio, sintiendo el arruguito tenso bajo la yema, y él soltó un suspiro corto que hizo que se me pusiera aún más dura.
Cuando se giró de nuevo hacia mí, tomó el jabón y empezó a limpiarme el pecho. Fue bajando despacio, con una atención que hacía difícil saber dónde terminaba el aseo y dónde empezaba otra cosa. Sus dedos me rodearon la polla y la enjabonaron con calma, bombeándola dos, tres veces bajo la excusa de enjuagarla; los cojones me quedaron colgando pesados en su otra mano, apretados con cuidado, como sopesándolos.
Entonces se agachó.
Corrió el prepucio, dejó caer un chorro de agua limpia y me tomó en la boca.
No esperaba que fuera así de inmediato. Me apoyé contra la pared, con los ojos cerrados, concentrado únicamente en no caerme. Sentí su lengua rodearme el glande, chuparme la punta con succión firme, y luego la garganta abriéndose para tragarme entero hasta que la nariz le chocó contra el pubis. Salió despacio, con los labios apretados en el fuste, y volvió a bajar. Su ritmo era el que uno no sabe describir hasta que lo siente: profundo, húmedo, con la lengua trabajando contra el frenillo cada vez que se retiraba. Era diferente a todo lo anterior: más completo, más envolvente. Una mano me acariciaba los cojones desde abajo; la otra me presionaba el culo empujándome hacia su cara para hacerme follarle la boca.
Aguanté todo lo que pude. Le miré la cabeza mojada moviéndose entre mis muslos, los labios estirados alrededor de mi polla, un hilo de saliva y agua bajándole por el mentón, y sentí que las piernas empezaban a temblarme.
—Marcos —dije con la voz tomada—. Ya me viene.
Su mano izquierda me sujetó con suavidad por debajo de los cojones. La derecha apretó levemente la base de la polla. No se apartó. Al contrario: chupó más fuerte, con la lengua aplastada bajo el glande, y me tragó hasta el fondo justo cuando perdí el control. Le vacié la boca a chorros, sintiendo cómo tragaba sin soltarme, cómo la garganta se le contraía alrededor de la punta apretando cada arcada de semen que le salía. Cuando terminé me la sacó despacio, chupó lo que quedaba en el glande y le dio un beso corto a la punta antes de soltarla.
Cuando abrí los ojos, él estaba incorporándose. Me miró con calma, sin ningún gesto exagerado, con los labios todavía brillantes.
—Tu turno —dijo.
Tardé un momento. Me agaché, le enjaboné la entrepierna con el mismo cuidado con el que él lo había hecho conmigo, enjuagué el agua que quedaba y lo tomé en la boca.
No fue tan distinto a lo que imaginaba. No desagradable, solo diferente: un peso en la lengua, una textura de piel tensa sobre carne dura, un calor que no era el propio. El glande le llenaba el paladar y la vena de abajo le latía contra mi lengua. Me concentré en lo que yo mismo había sentido momentos antes e intenté reproducirlo de la mejor manera que podía: la succión al retirarme, la lengua girando bajo la corona, la mano libre bombeando la base al mismo compás que subía y bajaba con la boca. Le lamí los cojones, se los chupé uno a uno metiéndomelos entero, y volví a la polla enterrándomela hasta arcadearme.
Tres minutos después lo oí cambiar la respiración. Se le tensaron los muslos, la polla se le puso todavía más dura entre mis labios y me clavó los dedos en la nuca sin apretar del todo.
Lo que llegó fue abundante y directo. El primer chorro me golpeó el fondo de la garganta y siguió hacia adentro sin que pudiera evitarlo; el segundo y el tercero los retuve con la mano en la base, que además servía de tope cuando sus caderas empujaban buscando meterse más adentro. Sentí la corrida caliente llenándome la boca, resbalándome por la lengua, y tragué lo que pude mientras el resto le chorreaba por el fuste sobre mis dedos, arrastrado enseguida por el agua de la ducha.
Cuando terminó nos quedamos bajo el agua, que ya tiraba a tibia, sin decir nada durante un rato.
Salimos, nos secamos y nos echamos en su cama sin ceremonia. Encendimos el televisor. Ninguno tenía energía para más.
—Eso fue —dijo Marcos después de un rato, mirando al techo.
—Sí —dije.
—Como en otro mundo.
—Sí.
Con eso bastó. Un rato después nos quedamos dormidos con la televisión encendida.
***
Al día siguiente lo repetimos con más calma. Sin la urgencia de la primera vez, sin necesidad de demostrar nada. Nos tumbamos en la cama en sentido contrario, cada uno con la polla del otro delante de la cara, y estuvimos un rato largo lamiéndonos, sin prisa por acabar. Le chupé los cojones despacio mientras él me hundía la lengua bajo el glande, y cuando por fin nos corrimos lo hicimos casi al mismo tiempo, tragándonos el uno al otro hasta la última gota. Tardamos más, prestamos más atención a los detalles, y el resultado fue diferente: más largo, más consciente, más fácil de recordar.
Los cuatro días pasaron con esa misma cadencia. Mañanas, tardes, una o dos veces al día según el momento. Nos la mamábamos en el sofá, en el suelo del baño, con uno sentado en una silla y el otro arrodillado entre las piernas. Entre medias hablábamos de otras cosas: de fútbol, de trabajo, de las chicas con las que salíamos. Luego volvíamos a lo nuestro como si fuera lo más natural del mundo, que para entonces, más o menos, lo era.
***
Pasaron algunos meses más. Yo ya iba al gimnasio donde él entrenaba, y a veces coincidíamos. Un martes por la tarde terminamos de entrenar al mismo tiempo y fuimos juntos a los vestuarios.
Las duchas comunitarias estaban vacías, pero no por mucho rato; a esa hora siempre entraba gente.
Le dije en voz baja que tenía ganas, con la polla ya empezando a marcarse contra la toalla.
Sin responder, se arrodilló.
Yo estaba sin ropa; él todavía con el bóxer bajado hasta los muslos. Me tomó en la boca con más fuerza que de costumbre, rápido y decidido, porque el tiempo no sobraba. Solo trabajaba con la boca y una mano en la base; la otra la tenía apoyada en mi muslo. Chupaba con succión seca, tragando hasta el fondo cada dos empujones, sin sacarme entero, solo dejándome respirar un segundo antes de volverme a hundir hasta la garganta. El chapoteo era húmedo y feo, con la saliva chorreándole por el mentón hasta el pecho, y yo tenía que aguantarme para no gemir en voz alta y llamar la atención de cualquiera que entrase.
Estaba casi al límite cuando miré hacia abajo.
Vi el charco que se formaba entre sus rodillas sobre el suelo blanco de la ducha. Espeso, blanco, arrastrado despacio por el hilo de agua hacia el desagüe. Sin que ninguna de sus manos lo hubiera tocado. Su polla seguía dura contra el vientre, aún goteando los últimos restos.
Esa imagen fue el detonante. Le agarré la nuca con las dos manos y me vacié en su boca a chorros, sintiendo cómo tragaba sin apartarse, con la lengua aplastada bajo el glande absorbiendo cada tirón. Acabé casi al mismo tiempo que él, o más bien un poco después, porque él ya se había corrido solo mientras me la mamaba.
Cuando se incorporó, se pasó el dorso de la mano por los labios y señalé con la mirada hacia el suelo.
—¿Desde cuándo te pasa eso?
Se encogió de hombros un momento antes de responder.
—Casi desde el principio —dijo.
Me lo explicó sin rodeos: desde las primeras veces, cuando me notaba cerca de acabar, algo se disparaba en él sin que necesitara tocarse. Era la anticipación, el momento exacto en que me notaba perder el control, el sabor del semen llenándole la boca. Eso era suficiente para hacerle correrse con la polla libre, sin una mano encima.
—¿Y por eso siempre estabas dispuesto, aunque yo no te retribuyera nada?
—En parte —admitió—. Pero también porque me gusta mamártela.
No supe qué decir exactamente. Pero sí supe una cosa: dejé de sentir la culpa que a veces me asaltaba cuando lo dejaba hacer sin devolverle nada. Lo que yo interpretaba como un sacrificio de su parte era, en realidad, algo que él buscaba por iniciativa propia.
Desde ese día todo fue más directo. Sin cálculos implícitos, sin sensación de deuda por ninguno de los dos lados.
***
Han pasado muchos años desde aquello. Los dos nos casamos, seguimos con nuestras vidas, y ese capítulo quedó donde siempre debió estar: entre nosotros, sin nombre y sin necesidad de ninguna explicación.
No sé qué decir sobre lo que fuimos o lo que éramos. Solo sé que éramos buenos amigos entonces, y que lo seguimos siendo ahora.