El chico tímido que escondía un secreto sucio
Llevaba diez años en aquella fábrica de componentes industriales y nunca había tenido motivos para quejarme. Don Ernesto, el dueño, era un hombre justo: los sueldos llegaban a tiempo, el ambiente era bueno y las máquinas, aunque ruidosas, respondían bien. Una vida predecible, sin sobresaltos. Hasta aquella mañana de octubre en que todo cambió.
Don Ernesto llegó a primera hora con un joven a su lado. Nos fuimos reuniendo en el taller sin que nadie tuviera que decirlo.
—Quiero presentarles a mi hijo Iván. Ha terminado sus estudios en Dublín y se incorpora hoy a la empresa. Les pido que lo traten como a uno más.
El joven nos miró a todos con una ligera sonrisa. Era alto, de mandíbula marcada, la piel cuidada y el pelo oscuro peinado hacia atrás. Llevaba una camisa blanca remangada que le quedaba perfectamente ajustada al pecho. Guapo, en el sentido más clásico de la palabra.
—Marcos —dijo Don Ernesto volviéndose hacia mí—, confío en que seas tú quien lo ponga al día con todo lo técnico.
—Sin problema.
Cuando los demás volvieron a sus puestos, Iván se quedó a mi lado. Tenía esa forma de escuchar que se ve pocas veces: no interrumpía, no miraba el teléfono, no daba señales de impaciencia. Solo asentía y preguntaba las cosas exactas en el momento justo.
—No quiero ser una carga —dijo cuando le mostré el primer procedimiento—. Sé que tienes trabajo de verdad. Si hay algo que pueda hacer solo, dímelo y lo hago.
—Aprenderás más rápido si lo hacemos juntos.
Así empezamos.
Pasamos semanas recorriendo la fábrica de arriba abajo. Entre explicaciones técnicas, pausas para el café y las horas muertas de la tarde, nos fuimos contando la vida. Yo le hablé de mis treinta y nueve años, de vivir solo desde hacía mucho tiempo, de que los fines de semana los dedicaba al gimnasio y poco más. Él me contó los años en el extranjero, el equipo de remo en Dublín, los inviernos en otras ciudades, la sensación de volver a casa después de tanto tiempo fuera.
Era educado hasta rozar lo formal. Nunca una palabra de más, nunca un gesto brusco. Algunos en el taller lo llamaban «el señorito», pero sin mala intención. Iván se había ganado el respeto a la manera más sencilla posible: haciendo el trabajo sin rechistar, sin pedir privilegios, sin escudarse en el apellido del padre.
Y yo, debo reconocerlo, le había cogido más cariño del que era sensato.
***
Los viernes por la noche, yo desaparecía. Nadie en la fábrica sabía adónde iba. Nadie necesitaba saberlo.
El Fortín era un local de los que no aparecen en las guías de ocio. La dirección te la daba alguien de confianza o no la tenías. La entrada exigía un código de indumentaria: cuero, ropa militar, deportiva, o directamente nada. Yo solía ir con el pantalón de carga, las botas negras y una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver los brazos. Sin colonia. Sin gel. Con todo lo que un viernes de trabajo acumula en la piel. Era lo que el sitio pedía y lo que yo quería dar.
Aquella noche llegué cerca de las once. El interior olía a sudor y a cuero caliente, y la música golpeaba con una cadencia que lo volvía todo más lento y más urgente al mismo tiempo. Pedí una copa en la barra larga, la bebí sin prisa y empecé a caminar por los distintos pasillos.
En las primeras salas había encuentros más espontáneos: miradas, roces, manos que se posaban y se retiraban según el interés. Pasé sin detenerme demasiado. No era lo que buscaba esa noche. Quería algo más intenso, ese tipo de encuentro que te deja agotado en el buen sentido.
Llegué a la zona trasera. El volumen bajaba allí, sustituido por otros sonidos: respiraciones, movimientos, jadeos, palabras sueltas que nadie intentaba ocultar. Entré en la sala de duchas, que a esa hora siempre tenía movimiento.
Había tres hombres de pie alrededor de un cuarto tumbado en el suelo, sobre las baldosas empapadas. El que estaba abajo tenía el cuerpo tenso, los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Los tres de pie tenían la polla en la mano y meaban despacio sobre él, con esa deliberación que convierte algo crudo en algo casi ceremonial. Los chorros calientes le caían en la cara, en el pecho, en la boca abierta. El hombre del suelo tragaba lo que le caía dentro, y lo que se le derramaba por las mejillas se juntaba con el agua sucia del suelo. Tenía una erección brutal, la polla tiesa contra el vientre, y una mano en los huevos apretándose sin llegar a masturbarse.
Me acerqué. Tenía ganas de participar y el sitio lo permitía.
Entonces vi la cara.
Me detuve en seco.
Era Iván. El hijo de Don Ernesto, el joven que llevaba semanas explicándome cómo había sido la vida en Dublín, estaba tumbado en el suelo de El Fortín completamente desnudo, empapado de arriba abajo, con la polla dura apuntando al techo y una expresión que yo nunca le había visto en la fábrica. Una expresión que no tenía absolutamente nada que ver con el chico educado y reservado que me acompañaba cada mañana.
Me miró.
Yo lo miré.
Un segundo que pareció mucho más.
—¿A qué esperas? —dijo con una voz diferente a la de todos los días. Más oscura, más directa—. Sácala y méamela encima.
Me lo quedé mirando mientras se tocaba despacio la polla, sin apartar los ojos de mí. No había vergüenza en su cara. Solo esa especie de hambre tranquila que reconocí porque yo mismo la sentía cada viernes cuando cruzaba la puerta de ese local.
Me desabroché el pantalón, saqué la polla y me uní al resto. Apunté a su pecho primero, luego subí a la cara. Iván abrió la boca sin cerrar los ojos, y cuando el chorro le entró tragó sin hacer una mueca, como si supiera exactamente lo que hacía. Cuando terminé sacudí las últimas gotas en sus labios y él las lamió con la punta de la lengua.
Iván se incorporó de rodillas sobre las baldosas mojadas. Uno por uno, se metió las pollas de los otros tres en la boca y las limpió a fondo, chupando cada centímetro, pasando la lengua por debajo del glande, agarrando los huevos con la mano libre. Uno de ellos le sujetó la cabeza con las dos manos y le folló la boca a fondo, hasta el final, hasta que Iván tuvo arcadas y aun así no se apartó. La saliva le colgaba del mentón en hilos gruesos.
Cuando llegó a mí, me sujetó los muslos con las dos manos y no se apresuró. Lo hizo despacio, chupando primero los huevos, uno y luego el otro, con la lengua plana. Después subió por el tronco de la polla lamiendo de abajo arriba, y solo cuando llegó a la punta se la metió entera, hasta la garganta, con una habilidad que no encajaba en absoluto con su imagen de chico tímido y bien educado. La lengua trabajándome por debajo, la garganta apretando cada vez que llegaba al fondo, el ruido húmedo llenando la sala. Le agarré el pelo mojado con las dos manos y lo mantuve así un rato, marcándole el ritmo, follándole la boca yo también. Él me dejó, con los ojos cerrados, tragando saliva alrededor de mi polla.
Los otros empezaron a moverse alrededor de nosotros, cambiando de posición, formando otros grupos.
Iván se soltó de mi polla con un chasquido y se puso a cuatro patas en el suelo mojado. Uno de los otros se colocó detrás, le escupió en el culo, se la restregó con la punta del glande y se la metió de una sola embestida. Iván gruñó fuerte, sin protestar. Otro se le puso delante y le llenó la boca otra vez. Yo me arrodillé al lado, le agarré la polla que colgaba dura entre las piernas y se la trabajé con la mano mientras lo veían romperlo por los dos extremos.
Acabamos todos mezclados durante un buen rato. Yo me concentré en dos de ellos: a uno se la metí por detrás contra la pared de azulejos, agarrándole las caderas y clavándomela a fondo hasta que se corrió sin tocarse; al otro le hice arrodillarse y le vacié un segundo meado en la cara mientras se masturbaba. Seguía mirando a Iván con el tercero. El tipo lo tenía doblado sobre un banco de plástico, los pies en el suelo y la espalda arqueada, follándoselo con embestidas largas y sonoras. En un momento dado nuestras miradas se cruzaron a través de la sala. Iván estaba con las mejillas rojas, la boca abierta y los ojos entrecerrados, y me miró con una media sonrisa que me pareció casi retadora, como diciéndome «esto es lo que soy y ahora ya lo sabes».
Al final me la volví a hacer entre dos: uno chupándomela de rodillas, el otro pegado a mi espalda mordiéndome el cuello y metiéndome dos dedos por atrás. Cuando me corrí, descargué en la boca del que estaba abajo. Iván ya no estaba.
Me vestí despacio. En la pista principal seguía la música y seguía la gente, pero yo ya no tenía ganas de continuar. Salí a la calle con la cabeza llena de una sola imagen: él en el suelo, empapado, mirándome sin ningún tipo de disculpa en los ojos.
Llegué a casa pasadas las dos de la madrugada. Tardé bastante en dormirme.
***
El sábado amaneció con sol. Me desperté tarde, bocabajo, con el cuerpo entero dolorido de la manera más satisfactoria posible. Eran casi las doce cuando sonó el timbre.
Abrí la puerta con los ojos a medio abrir y una sábana enrollada en la cintura.
Iván estaba en el rellano. Llevaba unos vaqueros oscuros y una sudadera gris. Tenía el pelo húmedo, como si acabara de ducharse. En una mano sostenía dos cafés de cartón de alguna cafetería del barrio.
—Buenos días —dijo—. Estaba por aquí y me pareció mala idea no traer café.
Lo miré un momento sin decir nada. Luego me hice a un lado para dejarlo pasar.
—Pasa.
Se sentó en el sofá y dejó los cafés en la mesa. Yo me quedé de pie en el centro del salón, sin saber muy bien qué postura adoptar. La situación tenía algo de absurdo: la misma persona que la noche anterior había estado tumbada en el suelo de un cuarto trasero tragando meados estaba ahora en mi salón con cara de absoluta normalidad.
—No tienes que decir nada —dijo él, sin apartar los ojos de mí—. Ni yo tampoco. Si prefieres que me vaya, me voy.
—No te vayas.
Silencio. Bebimos el café.
—¿Cuánto tiempo llevas yendo a sitios así? —pregunté.
—Desde los veinte años. En Dublín había uno parecido. —Hizo una pausa—. Mi padre me llevaba de pequeño a la fábrica para que viera las máquinas. Siempre me atrajo ese olor: el aceite, el metal caliente, el sudor de los hombres. De niño no sabía explicarlo. Ahora sí. Me gustan los tíos que huelen a trabajo, que no se andan con delicadezas, que me follan como si tuvieran algo que sacarse de dentro.
—¿Y eso te llevó hasta mí?
Sonrió. Era la misma sonrisa de siempre, la del chico correcto que no dice nada de más. Pero yo ya sabía lo que había detrás.
Se levantó sin decir nada más y desapareció por el pasillo. Fui a la cocina a buscar agua y cuando volví al salón ya no estaba. Avancé por el pasillo y abrí la puerta del dormitorio.
Estaba tumbado boca abajo en mi cama, completamente desnudo, con la cara hundida en la almohada. La luz del mediodía le cruzaba la espalda en diagonal. Tenía un cuerpo que no correspondía con la imagen del joven serio de traje que había aparecido en el taller semanas atrás: los hombros anchos, las líneas del remo todavía marcadas en los brazos y en la espalda, las caderas delgadas, y el culo blanco, firme, redondo, ligeramente abierto sobre el colchón.
—Huele a ti —dijo sin levantar la cabeza—. Toda la cama huele a ti. A sudor, a semen viejo, a hombre.
No respondí. Me quedé en la puerta mirándolo un momento.
Se giró despacio y me miró de abajo arriba con esa expresión que ya reconocía como suya, la que no aparecía nunca en el taller. Hambrienta. Sin disimulo. La polla ya se le empezaba a levantar contra el vientre.
—¿Me vas a quedar mirando o vas a hacer algo? —dijo—. Métemela ya.
Me acerqué. Me quité la sábana de la cintura y la dejé caer en el suelo. Iván se relamió al verme la polla dura balanceándose delante de su cara.
Le empujé la cabeza contra la almohada y le pasé las manos por la espalda, bajé por las caderas y le separé las piernas de un tirón. Él cerró los ojos y apoyó la cara en la almohada sin protestar. Le abrí las nalgas con los dos pulgares y le escupí en el culo. Le bajé la lengua por la raja, primero despacio, dando vueltas alrededor del agujero, después presionando con la punta hasta que se lo abrí. Iván levantó las caderas del colchón buscando más, ofreciéndomelo, y yo se lo comí a fondo, con toda la boca, chupándole el culo hasta que lo tuve reluciente de saliva y él gemía contra la almohada sin poder ya callarse.
Le metí un dedo. Luego dos. Se los folló él solo, empujando el culo hacia atrás, buscándome la mano.
Gemía poco, pero cuando lo hacía era de verdad, sin artificio, el sonido que hace alguien cuando no puede controlarse aunque quisiera.
—Marcos.
—Calla.
—Marcos, ya. Métemela.
—He dicho que te calles.
Gruñó algo que no era una protesta. Le saqué los dedos y le di dos palmadas en el culo, una en cada nalga, que retumbaron en la habitación. Seguí con la lengua hasta que sus caderas empezaron a moverse solas contra mi boca, buscando más presión, más profundidad, cualquier cosa que yo aún le estaba negando.
Cuando me lo pidió por tercera vez, se lo di.
Me puse de rodillas detrás de él, le agarré las caderas y le apoyé el glande contra el agujero mojado. Empujé despacio. Entró con resistencia al principio, la corona apretada por el anillo, y luego el anillo cedió y ya no hubo resistencia. Se la metí entera de una embestida larga, hasta clavarle los huevos contra el culo. Iván apretó las manos en la sábana y exhaló con fuerza, ese tipo de exhalación que iguala el cuerpo con la mente de golpe. Me detuve un segundo, con la polla enterrada hasta el fondo, notando cómo su culo palpitaba alrededor.
—¿Bien?
—No pares. Fóllame fuerte.
No paré.
Empecé a moverme. Salidas largas hasta dejar solo el glande dentro, entradas de un solo golpe hasta el fondo. El colchón crujía. Iván echó la cabeza atrás y arqueó la espalda para que le entrara mejor. Le agarré la nuca con una mano y con la otra le sujeté una cadera, marcándole el ritmo, follándomelo cada vez más fuerte, hasta que el ruido de mis huevos golpeando su culo llenó el dormitorio. Le mordí el hombro. Le mordí el cuello. Le pasé la mano por delante y le agarré la polla, empapada de líquido preseminal, y se la trabajé al mismo compás de mis embestidas.
Duró lo que tenía que durar, sin mirar el reloj, cambiando de posición una vez y luego otra. Lo puse de lado, con una pierna sobre mi hombro, y le seguí dando así, mirándole la cara mientras se mordía el labio para no gritar. Después lo puse boca arriba, con las piernas abiertas y las rodillas contra el pecho, y me la volví a meter. Desde arriba lo veía entero: el pecho subiendo y bajando, la polla dura rebotándole contra el vientre a cada embestida, el culo tragándome la polla entera cada vez que bajaba.
En algún momento se dio la vuelta y se puso encima, tomando el control con una seguridad que lo contradecía todo. Se sentó sobre mi polla, la agarró con una mano por detrás y se dejó caer despacio hasta que se la tragó entera. Empezó a montarme. Subía hasta la punta y bajaba hasta el fondo, con los muslos temblando por el esfuerzo, las manos apoyadas en mi pecho, la polla golpeándose sola contra mi vientre. Lo miraba moverse y no podía dejar de pensar en cómo la semana anterior le había explicado el funcionamiento de una prensa hidráulica con toda la seriedad del mundo. Le agarré la polla y se la masturbé mientras él seguía cabalgándome, cada vez más rápido, apretando el culo alrededor de la mía con cada bajada.
—Me corro —dijo con los dientes apretados—. Me corro, joder.
Cuando se corrió fue sobre mi pecho. Chorros gruesos y calientes que me alcanzaron desde la garganta hasta el ombligo. Su culo se cerró como un puño alrededor de mi polla y eso me bastó. Yo lo hice segundos después, dentro de él, agarrándole las caderas con las dos manos y clavándomelo hasta el fondo mientras me vaciaba a fondo. Le solté chorro tras chorro, sintiendo cómo el semen le desbordaba el culo y me resbalaba por los huevos. Se quedó quieto encima de mí durante un momento, respirando fuerte, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en mis hombros.
Cuando por fin se levantó, un hilo espeso de semen le cayó del culo sobre mi vientre. Se lo recogió con dos dedos, se los llevó a la boca y los chupó sin apartar la mirada.
Luego se levantó, fue al baño y desde allí me llamó.
Estaba de pie en la bañera, mirándome con esa calma de quien ya no tiene nada que ocultar. Se agarraba la polla otra vez dura con una mano.
—¿Tienes ganas? —preguntó.
—Sí.
Me metí con él. Se puso de rodillas en el fondo de la bañera y abrió la boca. Le apunté al pecho y solté un chorro largo y amarillo que le bajó por la piel hasta los muslos. Subí a la boca y él tragó sin parpadear, con las dos manos en mis muslos, gimiendo bajito cada vez que le llenaba la garganta. Cuando terminé, se levantó, me dio la vuelta contra los azulejos fríos y esta vez me lo folló él a mí, mordiéndome el cuello y agarrándome los pectorales por detrás, hasta que se corrió dentro con un gruñido largo. Después me arrodillé yo, le limpié la polla con la boca y él me acabó de mear encima de la cabeza, riéndose por primera vez en toda la mañana.
Lo que pasó después fue ruidoso, húmedo y exactamente lo que los dos necesitábamos.
Después nos duchamos juntos, con agua caliente y sin gel, como si lo hubiéramos acordado sin decirlo. Desde debajo del chorro me dijo que esa noche quería volver al Fortín. Yo le dije que sí, que lo recogía a las diez y media.
Eran las tres de la tarde cuando salimos a buscar dónde comer algo. Caminamos despacio por el barrio, sin prisa, hablando de cualquier cosa menos de lo evidente. El fin de semana no había hecho más que empezar.