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Relatos Ardientes

El técnico dominicano que me dejó sin palabras

El aparato llevaba todo el verano dando problemas. Cada vez que lo encendía, un hilo de agua caía por la fachada exterior y terminaba en la acera, mojando a quien pasara por debajo y dejando una mancha oscura en la pared que los vecinos ya me habían señalado dos veces. Me lo tomé con calma hasta que el administrador del edificio me envió una nota formal, y entonces no tuve más remedio que llamar a una empresa de climatización. Me confirmaron la visita para el viernes por la mañana y me dijeron que vendrían dos operarios, porque el modelo era antiguo y el acceso al balcón requería trabajo en pareja.

Llegaron a las diez y cuarto. Primero entró Adrián: dominicano, veintipocos años, con esa sonrisa abierta de quien sabe que causa buena impresión y no le da mayor importancia. Piel oscura, pelo muy corto con pequeños rizos apretados, y una camiseta de la empresa que le quedaba una talla pequeña. Los brazos los tenía trabajados, no de gimnasio sino de oficio: hombros anchos, bíceps marcados, manos grandes con los nudillos algo raspados de tanto trabajo con herramientas. Detrás vino Sebastián, chileno, unos años mayor, de voz suave y gestos medidos que desde el primer apretón de manos me resultaron familiares de una manera que tardé un momento en identificar.

Los llevé al dormitorio, donde estaba la unidad interior, y les expliqué lo del goteo. Adrián examinó el panel exterior desde el balcón mientras Sebastián abría la carcasa del equipo interior con un destornillador y me hacía preguntas sobre cuándo había empezado el problema y si algún técnico anterior había tocado algo. Respondí lo que pude y los dejé trabajar, aunque no fui muy lejos.

Soy gay, y no es algo que oculte ni que anuncie: simplemente está ahí, en las fotos del salón, en los libros de la estantería, en la decoración del piso. Cuando volví al dormitorio con tres vasos de agua con hielo, los dos estaban en silencio y concentrados en lo suyo, sin que ninguno pareciera sorprendido ni incómodo por nada de lo que habían visto en el apartamento. Adrián cogió el vaso sin mirarlo, con la vista fija en algo dentro del equipo, y me dio las gracias con un tono completamente neutro. O eso creí yo.

Fue unos diez minutos después, cuando el calor empezó a ser difícil de ignorar, que se quitaron las camisetas. Era mediados de julio y el dormitorio daba al sur: a esa hora, con el sol entrando de lleno, la temperatura en esa habitación era insoportable. Sebastián lo hizo primero, con practicidad, y dobló la prenda sobre la silla. Adrián se la pasó por la cabeza y la dejó caer al suelo sin más, sin mirarla.

Me quedé en el umbral más tiempo del necesario. Adrián tenía el pecho liso, sin vello, brillante de sudor, con una línea que bajaba desde el ombligo hasta perderse en el borde del pantalón de trabajo. Sebastián tenía algo de vello en el pecho y una cicatriz antigua en el costado izquierdo que no le pregunté de dónde venía. Los dos seguían trabajando, pero algo había cambiado en la habitación: una consciencia nueva, leve todavía, como cuando el aire antes de la tormenta empieza a pesar de otra manera.

Adrián fue el primero en hacer algo con esa consciencia. No fue un vistazo rápido, sino algo más deliberado: me miró de arriba abajo, una sola vez, y se detuvo un segundo entero en el bulto que se me marcaba en el pantalón antes de volver a lo suyo sin decir nada. Yo tenía una erección que ya no era posible ignorar, la polla dura latiendo contra la tela, y el pantalón no ayudaba precisamente. Sebastián levantó los ojos del equipo un momento, bajó la vista hacia mi bragueta, y sonrió hacia la pared.

Dios mío, pensé.

Adrián se limpió las manos en el trapo que llevaba en el bolsillo trasero y se giró hacia mí completamente, apoyando la cadera en el marco del balcón con los brazos cruzados. El bulto en su propio pantalón de trabajo era ya inconfundible: una forma gruesa y alargada que se marcaba de lado hasta casi el hueso de la cadera.

—Problema resuelto —dijo—. Era la bomba de condensado. Estaba atascada desde hace tiempo. —Bien —respondí, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.

Sebastián cerró la carcasa del equipo y se puso de pie. Luego se pasó la mano abierta por encima del pantalón, muy despacio, agarrándose la polla por encima de la tela y apretándola una vez sin ninguna disimulación, y se quedó quieto mirándome desde el otro lado de la cama.

—¿Quieres que te la saquemos? —preguntó, con la misma voz suave con la que me había preguntado por el técnico anterior.

No hizo falta más.

Me acerqué a Adrián. Él no se movió: me dejó llegar hasta él, y cuando levanté la mano para tocarle el pecho, lo apoyó contra mi palma como si llevara esperándolo desde que habían llamado al telefonillo. Tenía la piel caliente y firme, y el corazón le latía rápido aunque su expresión seguía siendo tranquila, casi divertida. Le pasé los dedos por el esternón, despacio, bajando por el vientre plano hasta el borde del pantalón, y él bajó los ojos para mirar mi mano. Le desabroché el botón, le bajé la cremallera y le metí la mano dentro del calzoncillo. La polla ya estaba dura, gorda, caliente, con la punta húmeda de líquido preseminal que se me pegó a los dedos. Cuando la saqué se dobló hacia arriba de puro peso: larga, oscura, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande de un color rosado más claro, brillante, tenso.

—Chúpamela —dijo Adrián, en voz baja, y no era una orden agresiva sino un ofrecimiento tranquilo.

Me arrodillé en el suelo del balcón, entre sus botas de trabajo, y me la metí en la boca de una sola vez, hasta donde pude. La sentí golpearme el fondo de la garganta y me atraganté un segundo antes de encontrar el ritmo. Empecé a mamársela despacio, chupándole toda la longitud, sacándomela para lamerle los huevos —los tenía pesados, colgando dentro de la piel apretada del pantalón medio bajado— y volviendo a tragarla entera. Adrián me puso una mano grande en la nuca, sin empujar, solo guiándome, marcándome la cadencia con la palma abierta. Le oía respirar más fuerte por encima de mí, un sonido bajo, ronco, que salía del pecho.

—Así, papi, así —murmuró—. Mírame mientras me la chupas.

Levanté los ojos sin sacármela de la boca. Él me sostuvo la mirada con esa expresión evaluadora de siempre, ahora con un brillo distinto, y las caderas empezaron a moverse solas contra mi cara, follándome la boca en pequeños empujones que me hacían tragar saliva.

Sebastián se había desabrochado el pantalón mientras tanto. Lo vi por el rabillo del ojo acercarse desnudo, con la polla ya empalmada al aire: no era tan gruesa como la de Adrián pero sí más larga, curvada ligeramente hacia arriba, con una gota gorda de líquido colgando en la punta. Se la agarró con la mano y se acuclilló a mi lado.

—Deja que pruebe yo también —le dijo a Adrián.

Adrián se retiró y Sebastián le tomó el relevo con la boca sin dejar de mirarme, tragándose entera esa polla dominicana con una técnica que se le notaba de años. Yo aproveché para bajarme el pantalón del todo y quedarme desnudo también, y le agarré la polla a Sebastián por debajo mientras él mamaba. Los tres nos desnudamos así, sin prisa, en ese dormitorio recalentado, con el ventilador del pasillo zumbando al fondo y el sol entrando oblicuo por el balcón.

Nos trasladamos a la cama. Sebastián se tumbó de espaldas, con las piernas abiertas, la polla goteando contra el vientre y una expresión de quien sabe perfectamente lo que quiere.

—Fóllame tú primero —me dijo, directamente, sin rodeos—. Métemela hasta el fondo.

Era pasivo y se notaba en la manera en que se acomodó: se subió las rodillas al pecho, se abrió el culo con las dos manos y me mostró el agujero rosado, apretado, ya lubricado por dentro de saliva y del preseminal que se le había caído. Cogí lubricante de la mesita de noche, me eché un buen chorro en la polla y otro en los dedos, y le metí primero uno y luego dos, girándolos despacio dentro de él. Sebastián gimió por primera vez de verdad, un gemido largo, y arqueó las caderas contra mi mano.

—Métemela ya, joder —jadeó—. No hace falta más.

Me coloqué entre sus piernas y le apoyé la punta contra el ojo del culo. Empujé despacio y entré de un solo movimiento hasta enterrarme del todo. El coño de su culo estaba caliente, apretado, y me abrazaba la polla como un guante. Mientras me acomodaba dentro de él, Adrián se subió a la cama por el otro lado y le ofreció su polla a Sebastián, arrodillado encima de su cara. Sebastián la tomó entre los labios con naturalidad, abrió la boca y dejó que Adrián se la metiera hasta el fondo, follándole la garganta con embestidas cortas.

Empecé a follarme a Sebastián con un ritmo lento que fue encontrando su propio compás: sacaba la polla casi entera hasta la corona y volvía a hundirla de una sola estocada, viendo cómo su culo se abría y se cerraba alrededor de mi tronco. Cada vez que entraba hasta el fondo, Sebastián gemía con la boca llena de Adrián, un sonido apagado y vibrante que a Adrián le hacía gruñir y meterle la polla más profundo.

—Rómpele el culo, tío —me dijo Adrián por encima de él, mirándome con esa serenidad que empezaba a resquebrajarse—. Mira cómo lo aprieta.

Aceleré el ritmo. Le agarré las caderas a Sebastián con las dos manos y empecé a follármelo de verdad, con embestidas duras que hacían golpear mis huevos contra su culo con un chapoteo mojado. Él se contraía a cada empujón, un anillo caliente estrujándome la polla, y trabajaba con la boca alrededor de Adrián con una atención que me resultó casi admirable dado todo lo que estaba pasando al mismo tiempo. Adrián le tenía las dos manos en la cabeza y le follaba la boca en serio ya, sin cuidado, con la polla desapareciéndole entera por los labios.

Adrián tenía los ojos entornados, una mano apoyada en la cabecera de la cama, y de vez en cuando me miraba por encima de Sebastián con esa misma expresión de siempre: serena, evaluadora, completamente presente. Era la clase de mirada que hace que uno quiera hacerlo bien. Cambié el ángulo, le levanté una pierna a Sebastián sobre mi hombro y le entré más profundo, más al fondo, hasta el punto en el que él dio un respingo entero y arqueó la espalda.

—Ahí, ahí, ahí —jadeó soltando la polla de Adrián un momento—, no pares, ahí mismo.

Estuve varios minutos dentro de él, martillándole ese punto, variando la cadencia, sintiendo cómo el culo respondía a cada cambio, cada vez más suelto, más mojado, más suplicante. La polla se me hinchó dentro de él y noté que iba a acabar. Me retiré de golpe, me arranqué los últimos toques con la mano y me corrí a chorros sobre su pecho: tres, cuatro, cinco tirones espesos de semen blanco que le cayeron desde los pezones hasta la clavícula. Adrián se apartó también, y Sebastián se llevó su propia polla a la mano, se dio dos pases cortos y eyaculó casi inmediatamente, una descarga contenida y silenciosa que se mezcló con la mía sobre el vientre. Me agaché y le pasé la lengua por la punta para recogerle las últimas gotas.

***

Descansamos cuatro o cinco minutos. Adrián no había acabado, y su polla seguía dura, latiendo contra el muslo, brillante de saliva de Sebastián. Fue al bolsillo del mono de trabajo que había dejado doblado en la silla, volvió con un condón y se lo puso mirándome sin apartar los ojos, desenrollándolo despacio por toda la longitud.

—¿Te apetece que te la meta? —preguntó.

No respondí con palabras. Me tumbé boca abajo, separé las piernas y arqueé un poco el culo hacia arriba.

Se tomó su tiempo, que fue lo que más agradecí de toda esa tarde. Se puso de rodillas detrás de mí, me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua por el agujero, una lamida larga y caliente que me hizo gemir contra la almohada. Repitió la operación, más despacio, metiéndome la punta de la lengua, comiéndome el culo con una tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. Luego aplicó lubricante con cuidado, me deslizó un dedo grueso hasta los nudillos, lo movió en círculos, añadió un segundo, y solo entonces se colocó encima de mí y me apoyó la punta contra el agujero.

—Respira, papi —me dijo al oído, con el peso del cuerpo sobre mi espalda—. Voy despacio.

Entró poco a poco, con avances pequeños y pausas, leyendo cada señal que yo daba sin que tuviera que decir nada. El dolor inicial era real pero manejable: esa polla era gruesa, y la sentí abrirme centímetro a centímetro, un ardor caliente que fue cediendo a medida que el cuerpo se adaptaba. Primero una presión llena que me hizo cerrar los ojos y enterrar la cara en la almohada, luego algo más cálido y continuo que se fue extendiendo hacia adentro, hasta que noté sus huevos apoyados contra los míos y supe que estaba entera.

—Ya está toda dentro —murmuró—. Aguántala así un momento.

Sebastián, ya recuperado, se colocó frente a mí de rodillas en la cama, con la polla otra vez semi-empalmada a la altura de mi cara. Le tomé el capullo en la boca y empecé a chupársela despacio, sintiendo cómo se le iba poniendo dura otra vez entre mis labios. Los tres nos reorganizamos en ese triángulo sin que nadie tuviera que dar indicaciones. Funcionó como si lo hubiéramos ensayado.

Adrián encontró un ritmo firme y regular. No había brusquedad, pero sí una fuerza que se notaba con claridad: cada embestida llegaba completa, con las caderas golpeando contra las mías y empujando hacia adelante todo mi cuerpo, hundiéndome la cara contra la polla de Sebastián. La polla de Adrián me llenaba de una manera que no había sentido nunca, tocándome puntos por dentro que me hacían gemir con la boca llena. A los pocos minutos ya no había dolor, solo un placer denso y continuo que me subía desde el culo hasta la nuca.

—Mira cómo te lo traga —le dijo Sebastián a Adrián, agarrándome del pelo—. Le encanta que se la metas hasta el fondo.

—Ya lo veo —contestó Adrián, y me clavó una embestida especialmente profunda que me hizo soltar la polla de Sebastián y gritar contra la almohada.

Sebastián me sujetaba la cabeza con las dos manos, sin forzar, solo para mantener el contacto, y yo escuchaba los tres sonidos mezclados sin poder distinguir cuál era de quién: la respiración trabajada de Adrián, los jadeos contenidos de Sebastián, y los míos propios que salían amortiguados y continuos contra la almohada. Adrián me montaba cada vez más fuerte, con las manos aferradas a mis caderas, tirando de mí hacia atrás para encontrarme a mitad de camino en cada embestida. El sonido de sus muslos golpeando contra mi culo llenaba la habitación, húmedo, rítmico, obsceno.

—Me voy a correr dentro —gruñó Adrián—. Te voy a llenar el condón hasta arriba.

—Hazlo —jadeé yo, sacándome un segundo la polla de Sebastián—. Córrete dentro.

Adrián acabó primero: un gruñido bajo y sostenido que le salió del pecho, con las manos aferradas a mis caderas y hundiéndose hasta el fondo, quieto un momento, latiéndome dentro con cada disparo del orgasmo. Sentí la polla palpitarle en el culo mientras se corría, larga, larga, larga, mucho más rato del que esperaba. Sebastián lo siguió casi al mismo tiempo, esta vez en mi boca: un chorro caliente y salado que me llenó la garganta y que tragué sin dudarlo, notando cómo la polla le seguía descargando entre mis labios. Yo acabé contra la sábana sin que nadie me tocara, solo con la inercia acumulada de los últimos minutos, restregando la polla contra el colchón mientras Adrián seguía enterrado dentro de mí.

Adrián se quedó dentro un rato más, respirando pesado contra mi espalda, antes de retirarse muy despacio. Sentí la polla salir centímetro a centímetro, y el vacío que dejó fue casi tan intenso como haberla tenido.

***

Nos quedamos quietos un rato. La habitación olía a sudor y a sexo y hacía todavía más calor que antes, aunque el ventilador del pasillo seguía zumbando con la misma indiferencia de siempre. Adrián se quitó el condón —cargado hasta arriba, tal como había dicho—, lo ató y lo tiró a la papelera. Sebastián encontró su camiseta en el suelo, se la puso, y se pasó los dedos por el pelo.

Les ofrecí la ducha. Dijeron que preferían esperarse a casa, que ya era mediodía y vivían cerca y tenían ganas de terminar la semana en condiciones. Se vistieron sin prisa. Adrián revisó el equipo una última vez desde el balcón, comprobó que no goteaba, ajustó un tornillo que había quedado flojo, y cerró la cubierta exterior. Sebastián completó el albarán en papel y me lo pasó para que lo firmara sin decir nada sobre lo que había pasado entre los tres, como si eso fuera la parte más normal de todo.

Les pagué la reparación con tarjeta y les di una propina en efectivo. Los dos la aceptaron sin comentarios. Adrián me estrechó la mano antes de salir, con la misma firmeza del principio, y me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego bajaron por el ascensor con las herramientas y la escalerilla de aluminio, igual que habían subido.

Me quedé en la puerta del dormitorio mirando la cama deshecha y la ventana por la que entraba el sol de mediodía. El aire acondicionado arrancó sin hacer ruido, y el frío empezó a circular por el apartamento por primera vez en semanas. Guardé el número de la empresa en el teléfono con la nota: «Climatización. Trabajo limpio.» Tres semanas después llamé para reservar el mantenimiento de otoño.

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Comentarios(8)

Carlitos_84

brutal!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, tremendo relato

RamonVzla

Por favor tiene que haber una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

DiegoCordobes

me recordo a una situacion similar que tuve con un vecino hace años... esas cosas que uno no espera siempre terminan siendo las mas intensas jajaja

Sebas_mdp

Muy bien escrito, morbo justo sin ser burdo. Se agradece ese equilibrio

NocheX77

el titulo me engancho y el relato no me decepciono para nada

MarceloR

Excelente! La narracion lo hace sentir autentico, como si realmente hubiera pasado. Seguí publicando así.

Tormenta_K

se hizo cortisimo!!! quiero saber que paso despues

ChechoPaz

muy bueno, los personajes se sienten reales. Sigue publicando

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