El chico de las duchas que nunca olvidé
La primera vez que lo vi fue en las duchas de la playa pública, esas cabinas metálicas que siempre están frías aunque el sol lleve horas pegando. Eran casi las dos del mediodía. Yo llevaba tumbado desde las once con un libro que no estaba leyendo, mirando de vez en cuando hacia las duchas por puro aburrimiento. Estaba a punto de recoger mis cosas cuando apareció él.
Moreno de todo el verano, el tipo de bronceado que no llega en una semana. Atlético sin ser exagerado: pecho firme, abdominales marcados, cintura estrecha. Llevaba un bañador de lycra ceñido, azul marino, y cuando levantó los brazos para echarse agua por el pelo quedó visible la línea del vello que bajaba desde el ombligo. El agua estaba fría. Los pezones se le pusieron erectos de golpe. El bañador empapado se pegó a sus formas y dejó de dejar nada a la imaginación.
Tenía el pelo negro, ligeramente largo, que se aplastó con el agua. La cara resultaba excesivamente bien construida: mandíbula definida, cejas pobladas, una boca que no hacía nada en particular y de todas formas llamaba la atención. Lo miré todo el tiempo que duró su ducha. Se sacudió el agua, agarró su bolsa y se fue. Yo fingí que buscaba algo entre mis cosas durante un minuto más, como si necesitara disimular ante mí mismo.
***
Al día siguiente decidí dar una vuelta por el centro del pueblo. La temperatura había bajado un poco y la brisa del mar hacía agradable el paseo. Entré en varias tiendas sin comprar nada, mirando escaparates más por inercia que por interés. En una calle lateral vi una tienda de ropa masculina bien decorada, con buen criterio y precios razonables para ser agosto.
Entré. Estuve un par de minutos tocando telas cuando escuché una voz a mis espaldas.
—¿Te puedo ayudar en algo?
Iba a contestar lo de siempre —estoy mirando, gracias— pero al darme la vuelta me quedé sin palabras. Era él. El chico de las duchas, ahora con pantalón oscuro y camisa blanca con las mangas subidas hasta el codo, el pelo algo más domado pero sin terminar de obedecer. Me sonrió esperando respuesta.
—No —dije al final—. Solo miraba.
Asintió y se retiró discretamente. Yo fingí interés en varias prendas durante diez minutos más, consciente de que no iba a comprar nada. Lo miré de reojo varias veces. Él atendía a otro cliente con una naturalidad que me resultó casi irritante. Salí sin decir nada más, con la sensación exacta de alguien que acaba de perder el tren por quedarse mirando el horario.
***
Aquella tarde estuve dando vueltas por el paseo marítimo diciéndome que había sido un idiota. Dos veces en dos días y las dos veces me había quedado mudo. No era mi estilo habitual. O quizás sí lo era y simplemente no quería reconocerlo: algo en aquel chico me ponía nervioso de una manera que no me pasaba con frecuencia.
Pensé en los pezones mojados, en el vello asomando por el bañador empapado, en la sonrisa educada en la tienda. Por la noche, en la habitación del hotel, me masturbé pensando en él. Fue una de esas pajas largas y detalladas que terminan dejándote más tranquilo de lo que esperabas. Dormí bien después.
***
Al tercer día decidí ir a una playa que me habían mencionado en la recepción del hotel: tranquila, algo apartada, frecuentada por gente del ambiente. No era nudista del todo, aunque tampoco resultaba raro ver algún cuerpo al natural. Me ubiqué en la zona central, extendí la toalla y en menos de diez minutos observé que varios hombres se movían hacia una franja de pinos que quedaba al fondo, más allá de la arena. La dinámica era completamente obvia.
Me levanté y caminé hacia allí.
Entre los pinos había silencio, sombra y olor a resina mezclado con sal. Dos o tres hombres estaban de pie, dispersos, mirando en distintas direcciones. Desde detrás de unos arbustos llegaban sonidos que no dejaban lugar a dudas. Me acerqué despacio, pisando con cuidado entre las raíces.
Lo que vi: un hombre de unos cincuenta años, corpulento, de espaldas, en movimiento rítmico. Frente a él —o más bien debajo, aferrado a un tronco caído— había alguien más joven, inclinado hacia delante. Solo se veían sus caderas, sus muslos tensos, la marca clara del bañador en la piel morena.
Reconocí la piel antes de reconocer la cara. Cuando el joven se incorporó para cambiar de postura, lo vi de perfil. Era él.
Me quedé inmóvil. El hombre mayor lo sujetó del pelo, lo empujó hacia abajo y se corrió sobre su cara sin ninguna consideración particular. Yo tenía la mano dentro del bañador sin haberme dado cuenta de cuándo había llegado ahí. Me corrí también, casi sin moverme, mirando cómo él se limpiaba la cara de rodillas entre la hojarasca, desnudo, la polla flácida, el pelo revuelto.
El hombre mayor se ajustó el bañador y se fue sin decir nada.
Yo también me fui. No supe si él me vio o no entre los arbustos. No quise comprobarlo.
***
Aquella noche, en el bar donde me habían dicho que se reunía el ambiente local, pedí una copa y me quedé en la barra pensando en lo que había visto entre los pinos. No era exactamente pena lo que sentía. Era algo más difuso: la extrañeza de que un chico así —excesivamente guapo, con una sonrisa que podría conseguir cualquier cosa de cualquier persona— eligiera ese lugar para eso. Pero quién era yo para juzgar. Yo también había estado ahí.
Me fijé en un tipo que llevaba un rato mirándome desde el otro extremo de la barra. No era el chico de la playa. Era atractivo a su manera: pelo castaño, complexión media, ojos claros que no quitaban de encima. Le sostuve la mirada hasta que se acercó.
Le pregunté directamente si quería salir de ahí. Me dijo que sí.
Caminamos dos manzanas. Abrió el portal de un edificio de tres plantas, subimos hasta el segundo y entramos en un piso que olía a ropa tendida y café viejo.
—¿Vives solo? —pregunté.
—Vivo con mi hermano —dijo—. Pero ha salido. No creo que vuelva antes de las dos.
Me pareció suficiente. En menos de un cuarto de hora estábamos desnudos en su cuarto. Me hizo una mamada competente, sin grandes pretensiones, y después lo follé contra el cabecero hasta que los dos nos corrimos. Nos quedamos dormidos sin hablar mucho.
***
Me desperté con la luz de la mañana colándose por las persianas a medio bajar. El hombre —Rubén, me había dicho en algún momento de la noche— no estaba en la cama. Oí voces amortiguadas al otro lado de la pared. Me levanté, recogí la ropa del suelo y empecé a vestirme.
Rubén apareció en la puerta con cara de disculpa.
—Mi hermano ha vuelto antes —dijo—. Lo siento.
—No importa, ya me iba.
—Date una ducha antes, por lo menos. —Buscó una toalla en el armario y me la puso en la mano antes de que pudiera decir nada—. Mi hermano te puede preparar algo mientras terminas. Anda.
No sé exactamente por qué acepté. Una mezcla de pereza y de una curiosidad que no supe nombrar en ese momento. Me metí bajo el agua caliente y estuve cinco minutos sin pensar en nada concreto.
Cuando salí, envolviéndome en la toalla, olía a café. Oí el ruido de cacharros en la cocina.
Me asomé al pasillo. La puerta de la cocina estaba abierta. Alguien de espaldas cortaba pan sobre la encimera: vaqueros desgastados, camiseta negra sin mangas, el pelo oscuro que me resultó familiar de una forma que tardé un segundo en procesar.
—Hola —dije—. No hace falta que te molestes.
—Ya está casi listo —respondió la voz. Y se dio la vuelta.
El silencio que siguió duró exactamente lo que tardé en comprender lo que estaba viendo. Él también me miró. Primero con la expresión neutra de alguien que está siendo cortés con el desconocido de su hermano. Después algo cambió en su cara, una pequeña contracción alrededor de los ojos, como cuando reconoces a alguien en un sitio donde no lo esperabas.
—La tienda de ropa —dijo.
—Sí —dije yo.
Sonrió. No era la sonrisa de dependiente que recordaba. Era otra cosa completamente.
—Siéntate —dijo—. El café está listo.
Me senté. Él sirvió dos tazas y se sentó enfrente. Se llamaba Adrián. Yo le dije que me llamaba Carlos. Hablamos de nada durante un minuto, esa conversación superficial que cubre el tiempo mientras dos personas calculan algo en silencio.
—Te acostaste con mi hermano —dijo al final, sin rodeos, como si fuera un dato más.
—Sí.
—¿Bien?
No supe si la pregunta era irónica o genuina. Contesté que sí, que había estado bien, porque era la respuesta más neutral que podía dar en esa situación.
Adrián bebió su café mirándome por encima de la taza. Tenía los antebrazos apoyados en la mesa y los dedos rodeando la cerámica caliente. Llevaba la misma piel morena de las duchas, el mismo pelo que se resistía a quedarse quieto. Bajo la camiseta fina se marcaban los pezones, los mismos que el agua fría había dibujado aquella primera mañana. Aparté la vista y él lo notó.
—¿Crees que soy guapo? —preguntó.
Tardé un segundo de más en contestar.
—Sí.
Bajó la mirada hacia la toalla que yo todavía llevaba alrededor de la cintura y la subió despacio hasta mi cara.
—Eso también lo creo yo —dijo.
Se levantó sin añadir nada. Salió de la cocina. Oí sus pasos por el pasillo y el sonido de una puerta al entornarse. Esperé treinta segundos, quizás cuarenta. Me levanté y lo seguí.
***
La puerta de su cuarto estaba entreabierta. La empujé despacio. Adrián estaba tumbado boca abajo en la cama, con un slip blanco, una pierna colgando fuera del colchón. La luz entraba oblicua por la ventana y le marcaba la espalda, la cintura, el nacimiento de los glúteos.
Se hacía el dormido. Lo sabía porque su respiración era demasiado regular y controlada para alguien que realmente duerme. Demasiado cuidadosa.
Me senté en el borde de la cama y le puse la mano en la espalda. Recorrí despacio la columna hasta el cuello, donde el pelo terminaba en pequeños mechones húmedos todavía de la noche anterior. Me acerqué y lo olí. Olía a desodorante que se había gastado hace horas y a algo más debajo, algo cálido y personal que me tensó el estómago.
Se dio la vuelta sin abrir los ojos. Puso un brazo detrás de la cabeza y quedó de espaldas, con el pecho al descubierto, las axilas con vello oscuro, el vientre plano que subía y bajaba. Le besé debajo del pezón derecho. Se le escapó un sonido pequeño, casi inaudible. Le mordí con suavidad y el sonido se repitió más claro.
Seguí con los labios por el cuello, la clavícula, el hueco de la garganta. Él movía la cara a un lado y a otro, dejándome continuar. Deslicé la mano por sus muslos y él los separó ligeramente. Toqué el slip y noté el bulto que crecía debajo de la tela. Lo rodeé con los dedos: duro, más grande de lo que esperaba.
—Quítamelo —dijo. Ya no se hacía el dormido.
Le quité el slip de un tirón. Su polla quedó al aire, grande, oscura, perfectamente proporcionada. Me incliné y la tomé con la boca despacio: primero la punta, después más adentro, ajustándome al tamaño. Él apoyó la mano en mi cabeza sin presionar, solo para sentir el movimiento.
—Más —dijo—. Tómatela entera.
Lo hice. Lo mantuve así hasta que su respiración se volvió irregular y sus caderas empezaron a moverse solas. Cuando noté que estaba cerca, aflojé el ritmo. Él gruñó con impaciencia.
—Para —dijo—. Ahora fóllame.
Se puso a cuatro patas sin más explicación. Lo preparé con calma; se abrió sin tensión, con la facilidad de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Cuando entré lo hice de golpe, hasta el fondo. Exhaló fuerte con la cara enterrada en la almohada.
—Así —dijo—. No pares.
No paré. Cogí ritmo y lo mantuve. Él aguantaba sin moverse, con las manos aferradas al cabecero, apretando los dientes con cada embestida. Lo puse de espaldas porque quería verle la cara. Le levanté las piernas y seguí desde ese ángulo. Ahora podía verlo todo: los ojos entrecerrados, la boca abierta, los abdominales contrayéndose.
—Me voy a correr —avisé.
—Dentro —dijo—. Quiero que te corras dentro.
Lo hice. Me aferré a sus caderas con fuerza y me vacié en él. Él se corrió al mismo tiempo, sin tocarse, con el vientre inundado de semen.
Me tiré a su lado. Durante un rato ninguno habló. Al otro lado de la pared se oía el televisor del salón, la vida normal de su hermano que fingía no saber nada.
—Mi hermano va a entrar a preguntar algo —dijo Adrián sin moverse.
—Ya ha vuelto. Estaba aquí cuando me desperté.
Adrián se rió. Una risa corta, genuina, que le cambiaba la cara por completo y que no había visto hasta ese momento.
—Entonces ya nos habrá escuchado.
—Probablemente.
Silencio de unos segundos.
—¿Cuántos días más te quedas en el pueblo? —preguntó.
—Cuatro. ¿Por qué?
—Porque me gustas —dijo, con la misma naturalidad con que había dicho todo lo demás—. Y me gustaría que pasáramos esos cuatro días bien.
***
Pasamos esos cuatro días bien. Muy bien. Al final del verano, Adrián dejó el piso, la tienda y el pueblo de la costa. Se vino conmigo a Valencia. Eso fue hace tres años. Esta mañana, mientras escribo esto, está durmiendo en la cama de al lado. Sigue siendo excesivamente guapo. Sigue sorprendiéndome casi a diario. Y todavía no puedo creer que lo primero que vi de él fue que se duchaba bajo el agua fría de una playa pública con los pezones erectos y el bañador pegado al cuerpo.