Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez con dos hombres en el gimnasio

Tengo 37 años hoy, pero esta historia ocurrió cuando tenía 23. La cuento como una anécdota de juventud, de esas que uno lleva años sin contarle a nadie y que, sin embargo, nunca terminan de irse de la cabeza.

En ese entonces era delgado, de piel clara y sin vello corporal. Había jugado al fútbol toda la infancia y la adolescencia, y eso me había dejado unas piernas torneadas y unos glúteos que más de uno, hombre o mujer, miraba en la calle sin disimulo. Mi cintura era estrecha, mi espalda larga. No era el tipo que levantaba más peso en el gimnasio, pero tenía esa figura que llama la atención sin esfuerzo.

Los domingos por la tarde eran mis favoritos para entrenar. Llegaba cerca de las siete, cuando la mayoría de la gente ya había partido y quedaban solo los habituales. Era un gimnasio de barrio, sin pretensiones, con las máquinas un poco viejas y el aire acondicionado que siempre estaba roto en verano. A esa hora había silencio, música baja y la satisfacción de poder entrenar sin esperar turno.

Entre los habituales de ese horario estaban Rodrigo y su sobrino Damián. Los conocía de vista desde hacía meses, y con el tiempo habíamos intercambiado algunas palabras, alguna broma, ese tipo de complicidad sin profundidad que se da entre personas que comparten un espacio pero no un vínculo real.

Rodrigo tenía unos 45 años. Era trigueño, calvo, de espalda ancha y brazos gruesos como troncos. Cuerpo fornido de hombre que lleva décadas con el hierro, con un abdomen que dejaba ver que los años también habían pasado, pero que irradiaba una energía física difícil de ignorar. Sudaba con facilidad y hablaba fuerte. Tenía esa confianza sin pretensiones del hombre que sabe lo que quiere y no necesita anunciarlo.

Damián era su opuesto visual. Veinticinco o veintiséis años, 1,90 de altura, con un cuerpo construido con una dedicación que rayaba en la obsesión. Piernas completamente depiladas, hombros anchos, cintura estrecha. Todo en él parecía calculado: los pesos, la técnica, incluso la ropa, esos shorts cortos y livianos que dejaban poco a la imaginación. Era simpático de esa manera de los tipos que saben que están buenos y no necesitan esforzarse para agradar.

Ese domingo coincidimos los tres en la zona de máquinas para piernas.

—Vení, entrená con nosotros —me dijo Rodrigo con naturalidad, como si ya lo hubiera decidido—. Vamos por tren inferior. Te vendrá bien.

Acepté sin pensarlo demasiado. Era lo habitual entre los habituales.

***

La dinámica cambió con sutileza, casi imperceptible al principio.

Empezamos en la silla de extensiones de cuádriceps. Mientras Damián completaba sus series con una concentración casi monástica, Rodrigo y yo esperábamos de pie y conversábamos sobre el entrenamiento. Los dos llevaban semanas en un ciclo de anabólicos, y Rodrigo no perdía oportunidad de meterse con su sobrino con esa familiaridad desvergonzada que tienen los hombres que se conocen demasiado.

—Desde que empezaste el ciclo estás inservible —le decía Rodrigo con una sonrisa—. Te cansás antes de tiempo. Seguro te das gusto en casa antes de venir.

Damián no lo miró. Seguía contando sus repeticiones en silencio, con la mandíbula apretada.

—Al contrario —respondió al terminar la serie—. Desde que empecé el ciclo no hago nada. Sin novia, sin nada. Toda la energía va al hierro.

—Igual que yo desde el divorcio. —Rodrigo me miró de reojo con un gesto que quería ser cómplice—. Lo mejor para rendir como gladiadores, ¿no?

Sonreí sin comprometerme. Era verdad que yo también llevaba meses sin sexo, desde que terminé una relación larga, pero eso no lo iba a decir allí.

Cuando fue mi turno, Rodrigo se posicionó frente a mí. Me colocó las manos sobre los cuádriceps con autoridad tranquila, como hacen los instructores veteranos que asumen el rol sin pedirte permiso.

—Apretá fuerte cuando estés arriba. No bajes hasta que yo te lo diga —me instruyó.

La presión de sus manos era firme al principio. Técnica, funcional. Pero en algún momento, sin que yo pudiera identificar exactamente cuándo, algo cambió en la manera en que me tocaba. Las palmas se deslizaban un par de centímetros más arriba de lo necesario, se quedaban un instante de más antes de retirarse. No era agresivo. Era casi imperceptible, como una pregunta hecha sin palabras.

Estás imaginando cosas, me dije.

Pero no era imaginación.

—Bien trabajados —comentó Rodrigo al terminar, mirándome con una sonrisa que tenía algo diferente a las anteriores—. Se sienten duritos. Como los míos, jaja.

Damián soltó una carcajada desde la máquina. Yo sentí el calor subiéndome al cuello y traté de atribuírselo al esfuerzo físico.

***

El siguiente ejercicio fue la sentadilla. Ahí fue cuando las cosas dejaron de ser ambiguas.

Damián fue primero. Rodrigo lo cargó con más peso del que yo hubiera manejado, y el sobrino bajó con una técnica impecable, lento y controlado, con esos glúteos tensos bajo el short liviano. Era difícil no mirar. No porque me resultara atractivo en ningún sentido que yo reconociera entonces, sino porque era un espectáculo físico en su expresión más directa.

Rodrigo fue después. Más peso aún. Bajaba con parsimonia, con un gruñido contenido en cada repetición y los músculos de las piernas trabajando bajo la piel. Entre series se limpiaba el sudor de la frente y miraba alrededor sin apuro, como quien está acostumbrado a ser observado y no le molesta.

—Tu turno —me dijo.

Ajustamos el peso y me ubiqué debajo de la barra.

—Profundo —dijo Damián desde atrás—. Si no llegás al fondo no cuenta.

—Yo me pongo detrás para sostenerte si cedés al fallo —añadió Rodrigo.

Y se puso detrás.

La primera bajada fue normal. La segunda también. En la tercera sentí algo que me detuvo un instante, casi un tropiezo mental en medio del ejercicio: el contacto inequívoco de su cuerpo contra el mío. No era un roce accidental. Era demasiado claro, demasiado sostenido, para ser otra cosa. Estaba excitado y no lo disimulaba.

Seguí bajando.

Esto no está pasando, pensé. Esto no puede estar pasando.

Pero estaba pasando. Y mi cuerpo lo supo antes que mi cabeza, con esa brutalidad con la que el cuerpo siempre lleva ventaja. Llevaba meses sin sexo y ese contacto me encendió de una manera que no quería admitir. Me concentré en la respiración, en la técnica, en contar las repeticiones. Fingí que no notaba nada.

Para la segunda serie, Damián se ofreció a rotar y ponerse él detrás. Era diferente: más delgado, pero igualmente explícito. Lo sentía en cada bajada, ese frote constante que no tenía nada de accidental.

No dije nada. Seguí con las series.

***

Entrenamos durante casi dos horas más. El ambiente fue cambiando de a poco, como cuando la temperatura sube un grado por vez y uno no se da cuenta hasta que ya está transpirando. Las bromas se hicieron más directas. Las miradas duraron más. Damián hacía comentarios sobre mi cuerpo que en otro contexto podrían haber pasado por elogios de gimnasio, pero que aquí tenían una segunda lectura que los dos esperaban que yo captara.

Y los captaba. No podía no captarlos.

Mi cuerpo había tomado partido hace rato. Gracias a unos boxers ajustados que había elegido sin pensar esa mañana, pude mantener la compostura exterior. Pero por dentro era un caos de calor y confusión que no sabía cómo ordenar. Me gustaban las mujeres, siempre me habían gustado. Pero lo que sentía en ese momento no era un debate: era una certeza física que me zumbaba en todo el cuerpo.

A las nueve el encargado empezó a apagar las luces del fondo. Los últimos clientes salieron. Quedamos los tres.

***

En los vestuarios, mientras yo destrababa mi candado, Rodrigo se puso a mi lado sin apuro.

—Buen entrenamiento —dijo.

—Sí —respondí, sin mirarlo.

—Todavía falta la parte final.

Levanté la vista. Tenía esa misma sonrisa de antes, la que no era solo una sonrisa.

Damián apareció en el pasillo del fondo, en la zona de los baños privados donde nunca había nadie a esa hora. Me hizo un gesto con la cabeza, apenas perceptible.

Tenía las llaves en la mano y la mochila en el hombro. Podría haberme ido. Habría sido lo más fácil, lo más sensato, lo que cualquier versión anterior de mí mismo hubiera hecho sin dudarlo.

No me fui.

El pasillo olía a desinfectante y a esa mezcla de calor y sudor acumulado que, después de horas de entrenamiento, tiene algo casi animal. Damián me empujó suavemente contra la pared con una mano en el pecho, solo lo suficiente para marcar quién decidía los movimientos allí.

—Sabías que iba a terminar así —dijo Rodrigo. No era una pregunta.

No respondí. No hacía falta.

Los dos se bajaron los shorts con esa calma de quien no tiene prisa, de quien confía en que el otro no se va a mover. Lo que vi me cortó la respiración. Eran completamente distintos en tamaño y forma, pero compartían esa explicitud sin disculpas de hombres que llevan el cuerpo al límite todos los días. El olor era imposible de separar: calor, sudor, excitación mezclados en un espacio cerrado.

Algo en mí decidió antes que yo.

Me arrodillé. Nadie me lo había pedido. Fue una decisión del cuerpo antes que de la mente, o quizás la primera decisión honesta que había tomado en toda la noche.

Empecé con Rodrigo. Me sujetó la nuca con una mano, sin apretar, solo marcando el ritmo, con esa misma autoridad tranquila con la que antes había guiado mis cuádriceps en la máquina. Damián esperaba a un lado con esa expresión entre hambrienta y divertida que había tenido toda la noche.

—Sabía que eras de los nuestros —murmuró Rodrigo.

No soy de nadie, pensé. Pero ahora mismo eso tampoco importa.

Pasé a Damián. Era más impaciente, más directo, con menos capas de cortesía. Me sujetaba con más fuerza y miraba hacia abajo con los ojos entrecerrados. Con la mano libre, yo les recorría los muslos, esas piernas que habían sido el espectáculo de toda la noche, duras y tensas y cargadas de cansancio acumulado. El olor era intenso, inevitable, y en ese momento me parecía lo más natural del mundo.

No duró mucho más de diez minutos. Rodrigo terminó primero, con un sonido corto y contenido, y Damián poco después, más brusco, más ruidoso. Ambos sin ceremonias, sin fingir que aquello era algo más de lo que era.

Me quedé arrodillado un momento en ese suelo frío, mientras el silencio volvía y con él esa mezcla extraña de vergüenza y satisfacción que no supe cómo procesar. No era la vergüenza de haber hecho algo malo. Era otra cosa más difícil de nombrar, algo que tenía más que ver con el asombro que con el arrepentimiento.

Rodrigo me dio un golpecito en el hombro al pasar.

—La semana que viene, piernas otra vez.

Y salieron.

***

Salí del gimnasio diez minutos después, solo. Afuera el aire era fresco y el domingo seguía siendo domingo, como si nada hubiera cambiado en el mundo exterior. Pero algo había cambiado en mí, y lo sabía aunque todavía no pudiera ponerle nombre.

Con Rodrigo y Damián nos vimos varias veces más a lo largo de ese año. Siempre los domingos al cierre, siempre sin hacer preguntas ni dar explicaciones. Era una amistad de una sola dimensión, construida sobre un secreto que los tres guardábamos sin haberlo acordado, con esa comodidad de quienes comparten algo que no necesita ser definido para funcionar.

Tardé mucho tiempo en entender que lo que sentí esa noche en ese pasillo no era vergüenza de lo que había hecho. Era asombro de haber tardado tanto en hacerlo.

Valora este relato

Comentarios (4)

lector87

Brutal!!! me dejo sin palabras, de lo mejor que lei en mucho tiempo

Toni_BA

increible!! mas asi!!

Sebas_uy

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas de esos dos

GaboAres22

el giro del tio y el sobrino juntos no me lo esperaba para nada jaja. Genial

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.