Marcos regresó de gira y los tres volvimos a lo nuestro
Sebastián y Valeria se conocían desde la infancia, de un barrio donde los chicos jugaban en la calle hasta que la oscuridad los llamaba de vuelta a casa. Fueron creciendo juntos: primero amigos de escalera, luego compañeros de escuela, luego novios torpes en la adolescencia y, por fin, el matrimonio que nadie del barrio había dudado que llegarían a ser.
Llevaban doce años casados y eso, a diferencia de lo que solía ocurrir con otras parejas de su entorno, no los había enfriado en nada. Se deseaban con la misma intensidad que a los veinte, quizás con más precisión. Valeria trabajaba en una agencia de comunicación; Sebastián dirigía el área de finanzas de una empresa importadora. Tenían ritmos distintos, pero encontraban siempre la manera de cruzarse, de tocarse, de encenderse el uno al otro.
Lo hacían en el baño de la oficina de él cuando ella pasaba a buscarlo. Lo hacían en el auto, estacionados a media cuadra de alguna reunión familiar. Lo hacían en el pasillo de un hotel durante un viaje de trabajo compartido. El sexo no era un evento especial programado para los sábados: era parte del tejido cotidiano de sus vidas.
Esa mañana habían empezado el día en la ducha. Valeria había entrado primero, todavía con el sueño pegado a la cara, y Sebastián la había seguido apenas unos segundos después, metiendo las manos por su cintura mojada antes de que ella tuviera tiempo de darse vuelta. El agua les caía encima con fuerza, desarmándoles el cabello, pegándoles la piel, y no tardaron nada en arrancarse el pudor a tirones. Sebastián la había apoyado contra la pared azulejada, con una mano firme en la nuca y la otra bajándole el pecho hasta el vientre. Valeria se abrió de piernas por instinto, levantándole la rodilla por la cadera, y él se arrodilló lo suficiente para hundir la boca entre sus muslos, lamiéndole el clítoris con hambre, metiéndole dos dedos mientras ella gemía y se agarraba del borde de la mampara para no resbalar. Cuando terminó de correrse, temblando y con la respiración hecha pedazos, fue ella quien le bajó el agua por el pecho, bajó de rodillas y le tomó la verga todavía dura para chupársela despacio, con la lengua recorriéndole el glande, los labios cerrándose alrededor del eje, hasta que Sebastián la sujetó del pelo y se vino con un gruñido corto que se mezcló con el ruido de la ducha.
***
Valeria acababa de salir del baño, todavía con el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros, cuando revisó el teléfono y lanzó un grito de sorpresa que Sebastián oyó desde detrás del chorro de agua caliente.
—¡Marcos viene a cenar esta noche! —dijo desde el umbral, con la pantalla del móvil levantada como si fuera un trofeo.
Sebastián apagó la ducha. Extendió la mano para buscar la toalla sin mirarla.
—¿Cuándo llegó? —preguntó.
—Esta mañana. Tiene dos días libres antes de la siguiente gira.
Sebastián no respondió de inmediato. Valeria lo vio sonreír.
Marcos llevaba años viviendo así: de maleta en maleta, de teatro en teatro, de ciudad en ciudad. Era bailarín y coreógrafo, uno de esos tipos que parecen haber nacido con el cuerpo orientado hacia el movimiento. Los tres se habían conocido en el mismo barrio de infancia, pero Marcos había tomado caminos distintos desde muy joven. Aparecía cada pocos meses, cuando la agenda de sus espectáculos lo traía de vuelta a la ciudad, y cada vez que llegaba era como si el tiempo no hubiera pasado.
Era también, sin que hiciera falta decirlo, uno de los hombres más atractivos que Valeria había visto en su vida. Y Sebastián lo sabía. Había que tener esta historia completa para entender lo que significaba la noticia de esa mañana.
—Salimos una hora antes —dijo Valeria, y no esperó respuesta.
***
Se encontraron en la esquina de siempre, se dieron un beso rápido y tomaron el metro hasta el hotel donde Marcos se alojaba. Lo encontraron en el lobby con una mochila al hombro y esa energía particular que tenía: la de alguien que acaba de bajar de un escenario y todavía lleva el calor del público pegado a la piel.
Se abrazaron durante varios segundos, ese tipo de abrazo que solo se da con quienes uno quiere de verdad, lento y sin pudor.
Durante el trayecto en taxi hablaron sin parar. De los últimos espectáculos de Marcos, de la gira por el sur de Europa, de una anécdota ridícula con un tramoyista en Lisboa. Valeria se reía a carcajadas. Sebastián conducía la conversación con preguntas breves, escuchando. Por momentos, los dos miraban a Marcos al mismo tiempo, y había algo en ese gesto simultáneo, en esa atención compartida, que decía más de lo que cualquiera de los tres habría formulado en voz alta.
El taxi los dejó frente al edificio. Subieron en el ascensor en silencio, con esa familiaridad de las personas que no necesitan rellenar el aire con palabras. Valeria notó que Sebastián y Marcos se habían rozado los brazos sin moverse uno ni el otro para separarse.
***
En cuanto entraron al departamento, Valeria fue directamente al dormitorio.
—Pido la cena desde aquí —anunció—. Tienen media hora antes de que llegue el delivery.
Cerró la puerta sin esperar respuesta.
Sebastián abrió el mueble bar del salón y sacó una botella de vino. Marcos se había sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas, y lo miraba desde abajo.
—Estás igual —dijo Marcos.
—Tú has cambiado —respondió Sebastián.
—¿Para bien o para mal?
—Para bien.
No fue una declaración cargada. No hubo ningún giro dramático. Fue simplemente que Sebastián se giró con las dos copas en la mano y Marcos ya estaba de pie, y el espacio entre ellos era menos del que suele haber entre dos hombres que solo son amigos. La copa que Sebastián le tendió quedó suspendida en el aire un momento, y entonces Marcos la tomó lentamente, sin apartar los ojos.
Después se besaron. Marcos le apoyó una mano en la nuca y le abrió la boca con la lengua, sin prisa pero sin duda, como si ya supiera de memoria el mapa de su saliva. Sebastián respondió con la misma hambre, empujándolo hacia atrás hasta que la espalda de Marcos chocó con el borde de la mesa. La copa se quedó olvidada en su mano cuando él se la dejó caer a un lado y empezó a desabrocharle la camisa, dejándole ver el pecho moreno, la línea dura del abdomen, el bulto de la verga creciendo bajo el pantalón. Sebastián le metió una mano por dentro y la palma le cerró el paquete con una presión que hizo a Marcos soltar un gemido bajo, casi ofendido de lo bien que se sentía.
***
Valeria salió del dormitorio y los encontró así.
Se detuvo un segundo en el umbral. No por sorpresa, sino por ese instante involuntario en que el cuerpo procesa lo que ve antes de que la mente lo nombre. Sintió calor en la garganta. Sintió cómo el pulso le cambiaba el ritmo.
—Yo también quiero —dijo.
Los dos hombres se separaron. Marcos sonrió. Sebastián extendió la mano hacia ella.
Valeria cruzó el salón y se arrodilló entre los dos. El suelo era de parquet, frío apenas, pero no le importó. Tenía a Sebastián a su izquierda y a Marcos a su derecha, y los dos tenían erecciones visibles bajo la ropa. Empezó a desabrochar. Primero la bragueta de Sebastián, después el cinturón de Marcos, con dedos rápidos, sin perder tiempo en delicadezas. Les sacó la verga una a una, sintiendo el calor y el peso en la palma, las venas tensas, las cabezas brillantes por la humedad.
Tomó a Marcos con la mano derecha y a Sebastián con la izquierda, y durante un momento simplemente los sujetó así, sin moverse, mirando alternativamente a uno y a otro. Le gustaba ese instante previo: el de la anticipación, el del calor que ya está ahí pero todavía no ha encontrado hacia dónde ir.
Después bajó la cabeza.
El primer movimiento de su boca sobre Marcos fue lento, casi ceremonial: lengua en la punta, labios cerrados, una succión breve que lo hizo arquear la cadera de inmediato. Sebastián, a su lado, emitió una risa ahogada y ella se pasó a él, lamiéndole el glande con la punta de la lengua antes de meterle media polla en la boca, tragándosela con la garganta abierta y el cuello estirado. Alternó así, de un hombre al otro, mientras se masturbaba a uno con la mano y le chupaba el eje al otro hasta que ambos empezaron a respirar más fuerte, a perder el control fino de los cuerpos. Marcos le apoyó la mano en la cabeza y comenzó a cogerle el pelo sin violencia, marcando un ritmo que no era una orden sino una insistencia dulce. Sebastián, en cambio, le levantó la barbilla con dos dedos y le pidió que mirara.
Los dos hombres se miraban entre sí. Era una de esas miradas que suceden entre personas que comparten algo sin nombre sencillo: deseo, confianza, historia acumulada. Sebastián extendió la mano libre y la posó en el pecho de Marcos. Marcos no se movió. Valeria sintió la humedad de su propia excitación manchándole los muslos y se arqueó más, dejando que Sebastián la penetrara con los dedos mientras ella seguía mamando, tragando, aflojando la garganta para tomarlo más profundo. El salón parecía haberse achicado alrededor de ellos, comprimido por el ruido de sus bocas y la respiración cada vez más rota.
***
Sabían que el tiempo era limitado. La cena había sido pedida veinte minutos antes y el delivery no solía tardar más de cuarenta.
Fue Marcos quien reorganizó la escena. Tenía esa capacidad para leer los cuerpos, para entender dónde había espacio y hacia dónde podía moverse cada uno sin que nada se rompiera.
—Que no pare —dijo, mirando a Sebastián.
Sebastián entendió sin que hiciera falta otra explicación. Se colocó detrás de Valeria, que seguía arrodillada, y le pasó las manos por las caderas para subirle lentamente el vestido. Valeria no llevaba ropa interior. Ese detalle lo hizo detenerse un segundo.
—¿Cuándo decidiste eso? —preguntó él.
—En el metro —respondió ella sin levantar la cabeza.
Sebastián introdujo los dedos con calma. Valeria arqueó la espalda pero no interrumpió lo que estaba haciendo con la boca. La postura era incómoda, pero nadie pensaba en eso: estaban los tres en esa zona donde el cuerpo se olvida de cualquier cosa que no sea urgente. Sebastián le abrió los labios con dos dedos y la fue penetrando despacio primero, luego más profundo, hasta sentirla húmeda y rendida alrededor de sus nudillos. Valeria gimió contra la piel de Marcos, que le sostuvo la nuca y le empujó la cadera hacia adelante para que se tragara mejor la verga. Marcos tenía los muslos tensos, el abdomen duro, la respiración rota; cada vez que Valeria apretaba la lengua, él soltaba un sonido áspero que le vibraba en la cabeza.
El salón en penumbra, la botella de vino sin abrir sobre la mesita, los abrigos todavía colgados del respaldo de la silla. La escena tenía esa cualidad extraña de las cosas que pasan demasiado rápido para procesarlas en el momento y que luego, en el recuerdo, se vuelven largas y minuciosas.
Marcos empezó a respirar de otra manera. Valeria lo conocía bien, sabía reconocer cuándo estaba cerca. Apretó el ritmo. Sus manos sujetaban las caderas de él con firmeza, y Sebastián desde atrás marcaba un compás distinto, más lento y más profundo, que ella empezó a sentir en los muslos y en la base del vientre. Él le apartó el vestido lo suficiente para meterle la mano entre las piernas y frotarle el clítoris con el pulgar, exacto, insistente, hasta que el cuerpo de Valeria empezó a contraerse en pequeños espasmos alrededor de sus dedos. Marcos le dio un tirón suave del pelo, cargado de advertencia y de deseo.
—No pares —dijo Marcos, y no estaba claro a cuál de los dos se lo decía.
Ninguno paró. Valeria dejó la boca de Marcos con un chasquido húmedo, se incorporó apenas sobre las rodillas y se sentó encima de Sebastián de un golpe, guiando la polla hacia su coño con una precisión aprendida de años de conocerse. La penetración fue lenta al principio, un deslizamiento caliente que le arrancó una exhalación larga, y después se movió sobre él con hambre, rebotando contra su pelvis mientras Marcos se inclinaba para besarle el cuello y morderle el hombro. Sebastián le sujetó las nalgas con ambas manos, marcando el vaivén desde abajo, y el sonido de la carne chocando contra la carne empezó a llenar el departamento, cada embestida más húmeda, más cruda, más desesperada que la anterior.
***
Los tres llegaron en un intervalo de menos de dos minutos. No fue simultáneo como en el cine, sino en ese orden impreciso y humano en que los cuerpos reales funcionan: primero Marcos, con un sonido corto que él mismo sofocó, después Valeria, que apretó los labios y cerró los ojos, y por último Sebastián, que sujetó las caderas de ella con ambas manos y se quedó completamente quieto durante unos segundos que parecieron más largos de lo que fueron.
Hubo un silencio.
Después risas. Ese tipo de risa que no tiene chiste detrás, que es solo alivio y calor y el reconocimiento de que algo estuvo bien.
Valeria se incorporó con las rodillas enrojecidas. Marcos le pasó la mano por el pelo con esa ternura que nunca le desaparecía del todo. Sebastián fue al baño y volvió con una toalla.
—¿Pediste la cena? —preguntó él.
—Sí —dijo ella.
—¿Cuándo llega?
Como respuesta, sonó el portero eléctrico.
***
Sebastián atendió el intercomunicador y bajó a abrir la puerta del edificio. El chico del delivery era joven, con una mochila térmica enorme a la espalda y los auriculares colgando del cuello. Entregó las bolsas, recibió la propina, dio las gracias en voz baja.
Antes de girarse para irse, algo lo hizo detenerse. Quizás el olor. Quizás el estado de la ropa de Sebastián, que no estaba exactamente como suele estar la ropa de alguien que simplemente ha estado esperando una pizza. Quizás fue simplemente que oyó voces y risas apagadas desde el fondo del pasillo y entendió algo sin saber del todo qué.
Tomó el ascensor de vuelta. Y la sonrisa que se le escapó duró todo el camino hasta la calle.