Marcos regresó de gira y los tres volvimos a lo nuestro
Sebastián y Valeria se conocían desde la infancia, de un barrio donde los chicos jugaban en la calle hasta que la oscuridad los llamaba de vuelta a casa. Fueron creciendo juntos: primero amigos de escalera, luego compañeros de escuela, luego novios torpes en la adolescencia y, por fin, el matrimonio que nadie del barrio había dudado que llegarían a ser.
Llevaban doce años casados y eso, a diferencia de lo que solía ocurrir con otras parejas de su entorno, no los había enfriado en nada. Se deseaban con la misma intensidad que a los veinte, quizás con más precisión. Valeria trabajaba en una agencia de comunicación; Sebastián dirigía el área de finanzas de una empresa importadora. Tenían ritmos distintos, pero encontraban siempre la manera de cruzarse, de tocarse, de encenderse el uno al otro.
Lo hacían en el baño de la oficina de él cuando ella pasaba a buscarlo. Lo hacían en el auto, estacionados a media cuadra de alguna reunión familiar. Lo hacían en el pasillo de un hotel durante un viaje de trabajo compartido. El sexo no era un evento especial programado para los sábados: era parte del tejido cotidiano de sus vidas.
Esa mañana habían empezado el día en la ducha.
***
Valeria acababa de salir del baño, todavía con el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros, cuando revisó el teléfono y lanzó un grito de sorpresa que Sebastián oyó desde detrás del chorro de agua caliente.
—¡Marcos viene a cenar esta noche! —dijo desde el umbral, con la pantalla del móvil levantada como si fuera un trofeo.
Sebastián apagó la ducha. Extendió la mano para buscar la toalla sin mirarla.
—¿Cuándo llegó? —preguntó.
—Esta mañana. Tiene dos días libres antes de la siguiente gira.
Sebastián no respondió de inmediato. Valeria lo vio sonreír.
Marcos llevaba años viviendo así: de maleta en maleta, de teatro en teatro, de ciudad en ciudad. Era bailarín y coreógrafo, uno de esos tipos que parecen haber nacido con el cuerpo orientado hacia el movimiento. Los tres se habían conocido en el mismo barrio de infancia, pero Marcos había tomado caminos distintos desde muy joven. Aparecía cada pocos meses, cuando la agenda de sus espectáculos lo traía de vuelta a la ciudad, y cada vez que llegaba era como si el tiempo no hubiera pasado.
Era también, sin que hiciera falta decirlo, uno de los hombres más atractivos que Valeria había visto en su vida. Y Sebastián lo sabía. Había que tener esta historia completa para entender lo que significaba la noticia de esa mañana.
—Salimos una hora antes —dijo Valeria, y no esperó respuesta.
***
Se encontraron en la esquina de siempre, se dieron un beso rápido y tomaron el metro hasta el hotel donde Marcos se alojaba. Lo encontraron en el lobby con una mochila al hombro y esa energía particular que tenía: la de alguien que acaba de bajar de un escenario y todavía lleva el calor del público pegado a la piel.
Se abrazaron durante varios segundos, ese tipo de abrazo que solo se da con quienes uno quiere de verdad, lento y sin pudor.
Durante el trayecto en taxi hablaron sin parar. De los últimos espectáculos de Marcos, de la gira por el sur de Europa, de una anécdota ridícula con un tramoyista en Lisboa. Valeria se reía a carcajadas. Sebastián conducía la conversación con preguntas breves, escuchando. Por momentos, los dos miraban a Marcos al mismo tiempo, y había algo en ese gesto simultáneo, en esa atención compartida, que decía más de lo que cualquiera de los tres habría formulado en voz alta.
El taxi los dejó frente al edificio. Subieron en el ascensor en silencio, con esa familiaridad de las personas que no necesitan rellenar el aire con palabras. Valeria notó que Sebastián y Marcos se habían rozado los brazos sin moverse uno ni el otro para separarse.
***
En cuanto entraron al departamento, Valeria fue directamente al dormitorio.
—Pido la cena desde aquí —anunció—. Tienen media hora antes de que llegue el delivery.
Cerró la puerta sin esperar respuesta.
Sebastián abrió el mueble bar del salón y sacó una botella de vino. Marcos se había sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas, y lo miraba desde abajo.
—Estás igual —dijo Marcos.
—Tú has cambiado —respondió Sebastián.
—¿Para bien o para mal?
—Para bien.
No fue una declaración cargada. No hubo ningún giro dramático. Fue simplemente que Sebastián se giró con las dos copas en la mano y Marcos ya estaba de pie, y el espacio entre ellos era menos del que suele haber entre dos hombres que solo son amigos. La copa que Sebastián le tendió quedó suspendida en el aire un momento, y entonces Marcos la tomó lentamente, sin apartar los ojos.
Después se besaron.
Era un beso que tenía historia, que no era el primero ni el más tímido. Sebastián dejó las copas en la mesita sin mirar dónde caían. Marcos tenía las manos en su nuca y Sebastián tenía los ojos cerrados. Afuera, la ciudad continuaba con su ruido sordo de siempre.
***
Valeria salió del dormitorio y los encontró así.
Se detuvo un segundo en el umbral. No por sorpresa, sino por ese instante involuntario en que el cuerpo procesa lo que ve antes de que la mente lo nombre. Sintió calor en la garganta. Sintió cómo el pulso le cambiaba el ritmo.
—Yo también quiero —dijo.
Los dos hombres se separaron. Marcos sonrió. Sebastián extendió la mano hacia ella.
Valeria cruzó el salón y se arrodilló entre los dos. El suelo era de parquet, frío apenas, pero no le importó. Tenía a Sebastián a su izquierda y a Marcos a su derecha, y los dos tenían erecciones visibles bajo la ropa. Empezó a desabrochar.
Tomó a Marcos con la mano derecha y a Sebastián con la izquierda, y durante un momento simplemente los sujetó así, sin moverse, mirando alternativamente a uno y a otro. Le gustaba ese instante previo: el de la anticipación, el del calor que ya está ahí pero todavía no ha encontrado hacia dónde ir.
Después bajó la cabeza.
Lo que siguió no fue simétrico ni ordenado. Alternó, se tomó su tiempo, escuchó las respiraciones de los dos hombres como si fueran una guía. Marcos tenía las manos en su pelo, suelto y todavía con olor a champú, y seguía el ritmo de su cabeza con una presión que no era exigencia sino invitación. Sebastián, en cambio, tenía los dedos sobre su espalda, siguiendo la columna hacia abajo, deteniéndose justo donde la tela del vestido empezaba.
Los dos hombres se miraban entre sí. Era una de esas miradas que suceden entre personas que comparten algo sin nombre sencillo: deseo, confianza, historia acumulada. Sebastián extendió la mano libre y la posó en el pecho de Marcos. Marcos no se movió.
***
Sabían que el tiempo era limitado. La cena había sido pedida veinte minutos antes y el delivery no solía tardar más de cuarenta.
Fue Marcos quien reorganizó la escena. Tenía esa capacidad para leer los cuerpos, para entender dónde había espacio y hacia dónde podía moverse cada uno sin que nada se rompiera.
—Que no pare —dijo, mirando a Sebastián.
Sebastián entendió sin que hiciera falta otra explicación. Se colocó detrás de Valeria, que seguía arrodillada, y le pasó las manos por las caderas para subirle lentamente el vestido. Valeria no llevaba ropa interior. Ese detalle lo hizo detenerse un segundo.
—¿Cuándo decidiste eso? —preguntó él.
—En el metro —respondió ella sin levantar la cabeza.
Sebastián introdujo los dedos con calma. Valeria arqueó la espalda pero no interrumpió lo que estaba haciendo con la boca. La postura era incómoda, pero nadie pensaba en eso: estaban los tres en esa zona donde el cuerpo se olvida de cualquier cosa que no sea urgente.
El salón en penumbra, la botella de vino sin abrir sobre la mesita, los abrigos todavía colgados del respaldo de la silla. La escena tenía esa cualidad extraña de las cosas que pasan demasiado rápido para procesarlas en el momento y que luego, en el recuerdo, se vuelven largas y minuciosas.
Marcos empezó a respirar de otra manera. Valeria lo conocía bien, sabía reconocer cuándo estaba cerca. Apretó el ritmo. Sus manos sujetaban las caderas de él con firmeza, y Sebastián desde atrás marcaba un compás distinto, más lento y más profundo, que ella empezó a sentir en los muslos y en la base del vientre.
—No pares —dijo Marcos, y no estaba claro a cuál de los dos se lo decía.
Ninguno paró.
***
Los tres llegaron en un intervalo de menos de dos minutos. No fue simultáneo como en el cine, sino en ese orden impreciso y humano en que los cuerpos reales funcionan: primero Marcos, con un sonido corto que él mismo sofocó, después Valeria, que apretó los labios y cerró los ojos, y por último Sebastián, que sujetó las caderas de ella con ambas manos y se quedó completamente quieto durante unos segundos que parecieron más largos de lo que fueron.
Hubo un silencio.
Después risas. Ese tipo de risa que no tiene chiste detrás, que es solo alivio y calor y el reconocimiento de que algo estuvo bien.
Valeria se incorporó con las rodillas enrojecidas. Marcos le pasó la mano por el pelo con esa ternura que nunca le desaparecía del todo. Sebastián fue al baño y volvió con una toalla.
—¿Pediste la cena? —preguntó él.
—Sí —dijo ella.
—¿Cuándo llega?
Como respuesta, sonó el portero eléctrico.
***
Sebastián atendió el intercomunicador y bajó a abrir la puerta del edificio. El chico del delivery era joven, con una mochila térmica enorme a la espalda y los auriculares colgando del cuello. Entregó las bolsas, recibió la propina, dio las gracias en voz baja.
Antes de girarse para irse, algo lo hizo detenerse. Quizás el olor. Quizás el estado de la ropa de Sebastián, que no estaba exactamente como suele estar la ropa de alguien que simplemente ha estado esperando una pizza. Quizás fue simplemente que oyó voces y risas apagadas desde el fondo del pasillo y entendió algo sin saber del todo qué.
Tomó el ascensor de vuelta. Y la sonrisa que se le escapó duró todo el camino hasta la calle.