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Relatos Ardientes

El ensayo en la pecera nos cambió a los dos

Los dos llevábamos puestos unos slips plateados ajustados al cuerpo y nada más. Era parte del número, parte del impacto visual que el director quería para la apertura del show.

Sebastián y yo veníamos del mundo de la gimnasia artística, así que la productora no nos había contratado solamente por nuestros cuerpos trabajados, sino también por la fuerza y la flexibilidad que requería el truco de ilusionismo. El estreno era al día siguiente y yo había insistido en repasar el cierre una vez más antes de marcharnos.

—Una pasada y nos vamos —le dije.

—Una sola —repitió él.

Apenas nos conocíamos. Llevábamos dos días juntos en el galpón, pero Sebastián era tan profesional como yo y aceptó sin discutir. Estábamos solos en el salón. El equipo técnico ya se había ido y solo quedaban encendidas las luces del escenario.

Subimos a la plataforma mecánica que iba a depositarnos dentro de la caja de cristal reforzado. Una pecera, en realidad: poco más de un metro cuadrado de base y dos metros de alto. Los dos teníamos las manos esposadas a la espalda para darle dramatismo al acto, pero la llave estaba escondida en el puño cerrado de Sebastián. El truco no tenía ningún misterio para nosotros, ni un solo punto donde algo pudiera salir mal.

O eso creíamos.

A medida que la plataforma descendía, el agua empezaba a llenar la caja desde unas válvulas laterales. Una segunda pared exterior, casi invisible, se llenaba al mismo tiempo. El público iba a vernos sumergidos durante diez segundos. Después caería una gran tela negra sobre la pecera, yo accionaría con el pie una palanca disimulada en la base, una compuerta dejaría caer el agua del compartimento interno a un depósito oculto y nosotros, ya libres de las esposas, saldríamos por la pared trasera.

El secreto era ese: el agua que el público seguía viendo después de retirar la tela estaba siempre entre las dos paredes externas. Una ilusión limpia. Sin trampa para nosotros.

No usamos la gran tela en el ensayo, pero sí el cronómetro proyectado en la pared del salón.

Tocamos el fondo. El agua nos cubrió la cabeza.

Esperé los diez segundos contando mentalmente y accioné la primera palanca con el pie. Sentí cómo el nivel bajaba alrededor de nosotros. Cuando el agua llegó a la altura de la boca, abrí los ojos y miré a Sebastián, esperando que sacara la llave del puño.

—Mateo —dijo, y la voz le salió rota—. Mateo, se me cayó.

—¿Qué?

—La llave. Se me escapó cuando entró el agua. Lo siento mucho.

Tragué saliva. El estreno era al día siguiente. Esto no podía estar pasando.

—Tranquilo —dije, aunque por dentro lo culpaba un poco—. Mañana habrá dos asistentes detrás de la caja con llaves de repuesto. Si una se cae, alguien nos abre desde fuera. Por hoy ya no hay tiempo de buscarla. Tenemos que salir.

El agua terminó de drenar y accioné con el pie la segunda palanca, la que abría la pared trasera. No cedió. Volví a intentarlo. Empujé con más fuerza y la palanca apenas se movió un milímetro antes de bloquearse de nuevo.

—Está trabada —dije.

—Dejame probar a mí —respondió Sebastián, y pasó la pierna por encima de la mía para alcanzar la palanca con el otro pie.

El espacio era demasiado estrecho para que dos cuerpos se cruzaran sin tocarse. Al moverse, su cadera quedó pegada a la mía y mis manos esposadas a la espalda chocaron contra su entrepierna. Sebastián tenía un bulto pesado bajo el slip mojado, y cada vez que pisaba la palanca ese bulto se movía contra mis dedos.

—Sebas —le dije.

—Perdoname. Es mi culpa todo esto.

Lo miré y vi que estaba al borde de la frustración. Decidí no decirle nada del bulto. Le pedí que parara, que respirara, que se calmara. Estábamos cansados y angustiados, y la palanca no se iba a abrir a fuerza de patadas.

—Hay que ponernos las manos delante —dijo—. Si pudiéramos pasar los brazos por debajo de los pies, podríamos manipular la palanca con las manos.

Lo intentó. Bajó el torso hasta donde el espacio se lo permitió, pero sus brazos llegaron al suelo antes de que sus piernas pudieran pasar por encima. Yo probé lo mismo y choqué la frente contra su pecho. No había manera. La caja era demasiado angosta.

—Súbeme —le dije.

Él me miró sin entender.

—Súbeme al borde de la caja. Si llego arriba, puedo apoyar las manos en el borde, pasar las piernas por dentro del aro de los brazos y liberarme. Después salto desde fuera y te abro yo.

Sebastián asintió. Era más alto y más musculoso que yo, y lo sabía. Se agachó cuanto pudo y me ofreció las rodillas. Apoyé un pie en cada rodilla y empecé a subir, con la espalda pegada a la pared de cristal y los brazos esposados rebotando contra el vidrio.

Iba bien hasta que cambié de apoyo. Cuando intenté llevar la pierna derecha al hombro de Sebastián, el slip se me rajó entre las piernas con un sonido seco. El pie izquierdo me tembló y caí de vuelta sobre sus rodillas.

—¿Estás bien?

—Sí. Se me rompió el slip.

—Nadie nos ve. Probá de nuevo.

Lo intenté otra vez. Llevé la pierna al hombro y, justo cuando empezaba a apoyar el peso, Sebastián giró la cabeza.

—Eh, eh, no, no —dijo, y se rió nervioso—. Tus huevos me cuelgan en la cara.

Era verdad. La raja del slip se había abierto más con el movimiento y yo lo sentía: el aire fresco contra los testículos, la tela mojada colgando inútil hacia un costado.

—Perdón.

—Vamos de a poco. Apoyate más adelante, en la cintura.

Lo intenté así. Puse el pie sobre el elástico de su slip, en la cadera. Cuando me incorporé para subir el otro pie, el slip de él empezó a resbalar hacia abajo.

—Subí rápido o me dejás en pelotas —dijo entre dientes.

Llevé un pie a su hombro. El slip de él bajó del todo y le descubrió media verga. La mía colgaba ya entera fuera del slip rajado. Le hice una mueca de disculpa y él miró hacia el costado.

—No importa —dijo—. Seguí. No hay otra forma.

Subí el otro pie. Mi rodilla se hundió en su hombro. El pie del otro lado resbaló y quedé colgado con las dos rodillas apoyadas en sus hombros, el trasero contra su pecho. La piel de él estaba caliente, sudada, dura. Mis testículos desnudos quedaron aplastados contra ese pectoral firme y un escalofrío me recorrió la columna.

—Ahora subí con la espalda contra la pared —me indicó, agitado por el esfuerzo.

Empecé a deslizar la espalda hacia arriba. A medida que subía, mis muslos rozaban su cuello y sus hombros, y el contacto de su piel sudada con la mía se hacía cada vez más íntimo. Mi miembro empezó a reaccionar. No quería que pasara y trataba de pensar en cualquier otra cosa, pero la fricción era constante y la raja del slip ya no escondía nada.

Sebastián lo notó.

—¿Se te está parando, Mateo? —dijo en un tono que pretendía ser de burla y le salió descolocado—. ¿Sos homosexual o qué?

—No soy homosexual —le contesté casi gritando—. Tengo los huevos al aire y me estás rozando todo. Es un reflejo.

Apreté el abdomen para subir más rápido. El slip se rajó del todo y mi verga se soltó de golpe, ya dura, y le golpeó en la mejilla.

—¡Sacá eso de mi cara! —protestó—. ¡Yo tampoco soy gay!

—¡Nadie es gay! —le devolví, agitado—. ¿Qué querés que haga?

—Subí. Subí más arriba y sacame eso de la cara.

Apoyé la espalda en la pared y empujé con las piernas para levantar la cadera. Mi verga quedó por encima de su cara, pero los testículos se le apoyaron en la boca.

—Ahora tengo los huevos en la cara —dijo.

—Estoy haciendo fuerza, Sebas. No puedo más.

Habló contra mi piel. Sentí el calor del aliento, la humedad de los labios, gotas de saliva que caían por la curva del muslo. Cada palabra que decía me rozaba los testículos. Algo dentro de mí se aflojó. La verga se me puso más dura. Me empezó a temblar el pie con el que me sostenía en su hombro.

—Falta poco —dijo—. Apoyate en mi hombro y empujate hacia arriba.

Apoyé el pie sobre su hombro. Eso me obligó a abrirme. Mi cuerpo se desplazó hacia adelante y, en lugar de los testículos, ahora lo que tenía contra la boca de Sebastián era el ano. Sentí el aliento ahí. Sentí los labios cerca. Sentí que algo me recorrió de la nuca hasta los talones.

—Por lo menos ya no tengo los huevos en la cara —murmuró, y al hablar movió los labios contra esa zona.

—Sebas.

—¿Qué?

—Tenés la cara en mi culo.

—Es a propósito —dijo, sarcástico—. Aguantá vos ahora. Me toca a mí estar incómodo.

Hablaba con la boca pegada a mí. Cada sílaba me hacía estremecer. Y entonces, en una de esas, sentí la lengua. Una vez. Dos. Mi cuerpo entero convulsionó y se me escapó un sonido que no era ningún ruido normal.

—Sebas.

—Perdón —dijo—. Se me escapó.

—No pasa nada.

—No pasa nada —repitió él.

No pasaba nada. Pero la lengua volvió. Y ahora más despacio, más larga, más insistente. Yo apretaba los dientes para no gemir y no lo lograba del todo. Mi verga estaba como una piedra a treinta centímetros de su cara y goteaba sobre su pecho.

—Nadie es gay —dijo él en voz baja, casi pidiendo permiso.

—Nadie es gay —contesté yo, con la voz quebrada.

Su lengua entró. Solo la punta. Mi virgen culo se contrajo alrededor de esa intrusión cálida y mi cintura se movió sola, buscando más. Solté un gemido que ya no pude disfrazar.

—Sebas, no llego. Bajame. No tengo fuerza.

Él retiró la cabeza con la respiración entrecortada. Yo empecé a deslizarme hacia abajo. Mi verga le pasó por la cara, le dejó un rastro brillante en la barbilla. Cuando bajé un poco más, mis pies se trabaron con sus brazos esposados a la espalda. Quedé colgando, con la cintura suspendida en el aire y el cuerpo de él justo debajo.

Mi culo mojado bajó otro centímetro y se topó con algo duro y caliente.

—¿Sebas?

—Perdón —dijo, alarmado, casi asustado—. Me afectó. No es que yo… no es que esté excitado, es el roce.

Su voz temblaba. Mi cuerpo seguía cayendo lento, empujado por la gravedad y por el ángulo en que se habían trabado mis pies. La cabeza de su verga se apoyó contra mi entrada. La sentí ahí, pidiendo permiso sin pedirlo. Mi peso bajó un poco más.

Y entró. Solo la cabeza, pero entró.

Los dos dejamos escapar un sonido al mismo tiempo. Él de susto y placer mezclados. Yo de algo que no sabía nombrar.

—Está adentro —le dije, con la voz convertida en hilo.

—Mateo, no me muevo. No te muevas vos. Yo no…

Pero yo me movía. No podía evitarlo. Cada espasmo de mis muslos me bajaba un milímetro más sobre él. Mi cuerpo, en lugar de subir, quería bajar.

—Pensá en otra cosa —le dije—. Pensá en cualquier cosa.

—Pienso. Pienso.

Cerró los ojos. Su verga empezó a perder algo de rigidez. Pero no estaba funcionando como yo esperaba: a medida que se ablandaba, mi cuerpo lo absorbía más fácil. Tres centímetros más entraron de un solo desliz.

—No, no, no —corregí—. Mantenete duro. Si se ablanda, entra más. Y la tenés enorme.

A él se le escapó una sonrisa nerviosa. Aquello debió sonarle a halago. La verga se le endureció de golpe y se hundió todavía un poco más en mí. Yo gemí, él gimió también, y los dos giramos la cara para no mirarnos.

—Sebas. Pensá en algo concreto. Algo que te excite. Pero rápido, que tenemos que terminar con esto.

—¿Algo que me excite?

—Lo que sea.

Se quedó callado unos segundos. Después dijo, en un susurro:

—¿Te puedo decir la verdad?

—Decímela.

—Estuve pensando en tus huevos en mi cara. En tu culo en mi boca. Me la puso dura eso. No quería, pero…

Mi propia verga saltó al escucharlo. Hubo un segundo de silencio entre los dos en el que cada uno pesó lo que acababa de pasar. Me di cuenta de que me había excitado todavía más oírlo confesar que se había calentado conmigo. Sebastián tenía más de la mitad de su verga dentro de mí. Yo, en lugar de pensar en cómo salir, pensaba en cómo dejarla entrar entera.

—No somos gays —dijo él en voz baja, como si tuviera que decirlo en voz alta para que se mantuviera siendo verdad—. ¿No?

—No —dije yo.

—Y nadie se va a enterar.

—Nadie.

Silencio. La verga le palpitaba dentro de mí. Mi culo, que un minuto antes le tenía miedo, ahora se le aferraba. Tomé aire.

—Sebas —le dije—. Yo creo que la única manera de despegarnos es que termines.

—¿Qué?

—Que acabes. Que descargues. Después se ablanda, sale sola y volvemos a casa.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Y pensar en qué?

—En lo que me dijiste recién. En mi culo en tu boca.

Lo dije y me sorprendí a mí mismo. Cualquier resto de coartada se me cayó por la boca. Sebastián abrió los ojos despacio y me miró por primera vez con todo el deseo a la vista.

—¿Puedo moverme? —preguntó.

—Movete.

Apoyó los pies con firmeza y empezó a empujar la cadera hacia arriba. Cada embestida me sacudía entero. Mi verga le golpeaba contra el abdomen y dejaba una marca brillante en su piel. Mi culo, que había sido virgen hasta hacía cinco minutos, se abría y se cerraba alrededor de toda esa carne caliente con un ritmo que no había aprendido en ninguna parte.

Justo cuando empezábamos a encontrar la cadencia, la palanca trasera cedió con un chasquido seco. La puerta de la caja quedó suelta. Podíamos salir.

Hubo un segundo de silencio. Los dos lo escuchamos. Los dos sabíamos lo que significaba.

—No pares —dije.

A Sebastián se le incendió la cara. Empujó con más fuerza. Cada golpe de su cadera contra la mía resonaba en la caja vacía. Sus testículos rebotaban contra mi cuerpo cada vez que entraba hasta el fondo, y mi verga saltaba sin que yo la tocara, soltando líquido sobre los dos.

—Me calienta tu culo —dijo, jadeando—. Está muy apretado.

—No te disculpes. Quiero sentirla toda. Toda.

Eso lo terminó de soltar. Empezó a embestirme sin medir el ruido. En el salón vacío del galpón resonaba el golpe de su cuerpo contra el mío, el crujido de las esposas contra el vidrio, los dos gimiendo sin pudor. Mis pies se liberaron solos de la traba de sus brazos. Apoyé los talones en la pared a sus espaldas y empujé yo también, marcando un ritmo más profundo.

—Sebas —le advertí—. Sebas, no aguanto.

—Yo tampoco. Yo tampoco.

Una última embestida más larga, más adentro, y sentí cómo el cuerpo entero de Sebastián temblaba contra el mío. Los chorros calientes de él me llenaron por dentro. Mi propia verga se sacudió sola y descargó sobre su abdomen, su pecho, su mentón. Quedamos los dos empapados, jadeando, con los músculos del cuello tensos y los corazones golpeando contra las paredes de cristal.

Nos miramos. Hubo vergüenza, pero también complicidad. Sin decirnos nada nos separamos. La puerta trasera estaba abierta desde hacía rato. Salimos de la caja, nos quitamos las esposas con las llaves que estaban guardadas en el cuarto del director y nos metimos en las duchas sin hablar.

***

Cuando volví al camerino, encontré a Sebastián vestido, peinado, sentado en el banco con el bolso a los pies.

—Mañana en el show —le dije— vamos a salir más rápido de la caja, ¿no?

Se rió. Lo miré reírse y me reí también. Esa carcajada nos sirvió para descargar lo que quedaba de tensión y para meter, en algún rincón sin nombre, la decisión silenciosa de volver a quedarnos a ensayar. Solos. Después de que se fuera todo el mundo.

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Comentarios (3)

SantiG92

Increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Nico_BA

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de saber que pasó despues.

Aitor27

Me gusto como lo contaste, se siente autentico y no forzado. Asi da gusto leer.

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