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Relatos Ardientes

El italiano y yo cruzamos la línea esa noche

Estoy a punto de hablar con Hugo cuando veo entrar a mi padre con Carolina, la mujer con la que sale desde hace casi un año. Detrás llegan Mía, su hija de ocho años, y Nico, su hijo mayor. Carolina me da dos besos y me pregunta cómo va todo con esa sonrisa suya tan abierta que me resulta imposible odiarla. Mía me abraza con la naturalidad de una niña que ya me considera familia.

Nico baja las escaleras saludando con un «hey» que apenas cruza el salón. Tiene dos años más que yo. El pelo negro, muy corto, y los ojos color miel. Algunas pecas a los lados de la nariz, un poco de acné en la frente, los labios gruesos. No está mal, pero tampoco es nada del otro mundo. Nunca hemos congeniado del todo: nos toleramos, sin más.

—Se quedan a dormir —dice mi padre—. Nico se queda en tu cuarto, ¿vale?

Me encojo de hombros. No es lo que más me apetece, pero tampoco es la primera vez. Nico se sienta en el sofá y enciende el móvil. Está jugando al Clash Royale.

—No sabía que te gustaba —digo, intentando romper el hielo.

Suelta un gruñido afirmativo.

—¿Cuántas copas tienes?

—Unas nueve mil trescientas.

Más que yo. Me acerco por detrás del sofá, casi agachado sobre su hombro.

—Tira el ariete ya.

Me hace caso. El rival contraataca por el otro lado y pierde la partida. Murmura algo entre dientes y se acomoda la entrepierna por encima del pantalón en un movimiento que no me pasa desapercibido, aunque finjo no haberlo visto.

Cenamos todos juntos. La tele de fondo, Mía y Hugo discutiendo por un juguete, mi padre poniéndole vino a Carolina. Nico no se mueve del sofá. Después de cenar subo a mi cuarto y me tiro en la cama.

Le doy vueltas a lo que pasó con Diego ayer. Para él parecía un episodio menor; para mí ha sido una grieta que no sé si quiero seguir abriendo. Pienso en Marco y en lo que ocurrió la semana pasada. En Iker, en sus medias palabras, en su forma de cerrar las piernas cuando alguien menciona ciertas cosas. Pienso en Clara, en si empezar algo con ella bastaría para tapar todo lo demás. Estoy demasiado confundido.

Nico entra sin saludar. Las once y media. Se quita los pantalones y la camiseta y se queda en calzoncillos. Se mete en la cama que ha preparado mi padre, agarra el móvil y se pone a deslizar TikToks. Yo hago lo mismo con el mío. Clara ha subido una historia con su perro. Le escribo «qué mono» y una carita. Iker ha subido otra de su cuerpo frente al espejo, la mano sobre el bulto, los abdominales marcados. Le escribo «vaya flipao» con una risa.

—Habías quedado con tus amigos, ¿no? —dice Nico, sin levantar la vista del móvil.

—Sí.

—Pues te hemos jodido el plan.

Lo dice con una indiferencia que suena a disculpa.

—No te creas. No iba a alargarlo. Tampoco te morías por venir, imagino.

—No es mi plan ideal de viernes.

—¿Tenías plan?

—Pues sí. Había quedado con mi novia.

Tardo un par de segundos en reaccionar.

—Guau. Primera noticia.

—Mi madre no lo sabe. Y tu padre tampoco.

Asiento para mí. Nico nunca había hablado tanto conmigo en años de cenas compartidas.

—Pues te has quedado con el calentón —bromeo.

Suelta un bufido a medio camino entre la risa y la queja.

—Un poco sí. ¿Tú qué, no tienes a nadie?

Suspiro. No quería entrar ahí, pero supongo que la sinceridad se devuelve con sinceridad.

—Hay una chica de mi clase. De momento nada.

—Bueno. Pico y pala.

La conversación se apaga ahí, pero me alegra. Volvemos al móvil. Clara me ha contestado con un emoji sonrojado y un «¡gracias!». Iker me ha escrito: «Estoy muy solicitado, chaval». Le respondo «anda, fantasma», y un segundo después «será por lo que escondes con tanto recelo bajo los pantalones». Tarda en contestar. «Vaya bobo jajaja. Es que eso no se le puede enseñar a cualquiera.» Algo en su respuesta me molesta más de lo que debería. Apago el móvil, le digo a Nico que voy a dormir. Me pide dejar una luz encendida para seguir con el móvil y no le pongo trabas. Me acurruco hacia la pared.

Despierto un rato después. La habitación está casi a oscuras, salvo por una luz blanquecina que sale de la cama de Nico. Oigo gemidos agudos saliendo del altavoz del móvil. Me giro despacio, como si me revolviera en sueños, y quedo de cara a él. Se queda quieto un segundo, atento, y al ver que no me muevo le da otra vez al play.

Su mano izquierda sujeta el móvil; la derecha se mueve bajo la sábana, primero, y luego fuera de ella, masturbándose sin disimulo. En la penumbra, su silueta se intuye más grande de lo que esperaba. Suspira cortito, ahogando el sonido. Cada pocos segundos echa un vistazo a mi cama, pero no lo hace con verdadera atención.

No puedo evitar llevar la mano a mi pene, que crece bajo el pantalón del pijama. Lo hago en silencio. Nico está concentrado en lo suyo, a menos de un metro de mí, sin saber que lo estoy viendo todo. Me pregunto por qué no se ha ido al baño. ¿Se le habrá olvidado que estoy aquí? ¿O lo hace adrede, por el morbo de que pueda despertarme?

Se corre un par de minutos después. No hace escándalo: un suspiro largo en el primer chorro y poco más. Se levanta, sale al baño y vuelve limpio. Al meterse en la cama susurra:

—¿Adri? Adri…

Está comprobando si lo he oído. No contesto. Me muero de vergüenza y de algo más que prefiero no nombrar. No insiste. Cierro los ojos.

Amanezco antes que él. Bajo la sábana se le marca una erección clarísima. Es la primera vez que lo veo así, dormido y a la vez en posición de combate. Y, joder, vaya combate. Me coloco mi propio bulto casi sin pensar y me levanto.

***

Paso la mañana sin hacer nada. Por la tarde, Diego escribe al grupo que no puede quedar y no da más explicación. Curiosamente, eso hace que sí me decida a salir con Marco e Iker.

Quedamos a las seis en la esquina de siempre. Iker llega puntual; Marco, tarde como siempre. Le lanzamos un par de pullas y matamos la tarde dando vueltas por el barrio.

—¿Habéis visto a esta? —pregunta Marco, enseñándonos una foto de Daniela, una de nuestra clase. No se ve mucho, pero se intuyen un par de pechos firmes.

—Buf —babea Iker, exagerando—. Vaya par de melones.

—Estoy a punto de hacérmela. Llevo unos días hablando con ella. Esta foto me la mandó anoche.

—A saber qué le habrás mandado tú, cerdo —digo.

—Una en el espejo, nada del otro mundo. Pero esta quiere lo que quiere.

Algo se me cae por dentro. Me doy cuenta de que quiero que se repita lo de la semana pasada con Marco.

—Pues se va a quedar con hambre —le pico.

—Sabes que no, titán. ¿Tú qué, Adri, algún avance con Clara?

—Vamos avanzando. Hablamos por Instagram. A ver qué pasa.

Iker sonríe mirando al suelo, las manos hundidas en los bolsillos, taciturno. Quiero preguntarle si le pasa algo, pero la corazonada me dice que será mejor a solas. Me lo guardo.

—Bueno, qué —dice Marco—, ¿os venís a mi casa y vemos el capítulo de El Juego del Calamar?

—Me apunto.

—Yo paso —Iker—, mañana tengo partido. Me piro.

Llegamos a casa de Marco hacia las once. Aviso a mi padre de que ceno fuera. Cenamos con sus padres y con Luca, su hermano un año menor. Me cae bien Luca desde que la familia llegó de Italia hace cuatro años: alegre, despreocupado, un poco bicho raro de los buenos. Durante la cena nos cuenta que lo han hecho capitán del equipo de hockey y que se ha apuntado a triatlón. Está contento.

—Pronto te supero en abdominales —le dice a Marco, presumido.

—Eres tonto —contesta Marco.

—Pues iré a verte a alguna competición —le digo, y Luca asiente con una sonrisa abierta que me recuerda por qué le tengo cariño.

Después de cenar, Marco y yo subimos a su cuarto, que comparte con su hermano porque el piso es pequeño. Marco lleva años quejándose de no poder pajearse con tranquilidad. Luca se queda abajo viendo una peli de terror con sus padres, su género favorito.

Me siento en la cama de Luca. Marco apaga la luz, enciende la tele y ponemos el capítulo.

—Esta tía está buena, ¿eh? —dice en cuanto sale una de las protagonistas.

—¿Te van las coreanas? Qué raro eres.

—Me va todo lo que tenga tetas.

Reímos. A los pocos minutos pausa la serie.

—Buah, me apetece pajearme, tío. ¿A ti no?

Le miro en la penumbra. No le veo la cara, pero le adivino la postura.

—Marco, si quieres que te haga una paja como el otro día, no hace falta disimular.

—Pff. Es que estuvo muy bien.

Hace énfasis en el «muy». Le veo acomodarse la polla por encima del pantalón. Claro que quiero, pero pienso en cómo llevarlo a mi terreno.

—No quiero que esto se haga costumbre, bro. El otro día pasó. Pero no podemos repetirlo cada dos por tres.

Marco mira la pantalla congelada.

—Adri… Antes te he dicho que me va todo lo que tenga tetas. Pero la verdad es que he hecho cosas. Con mi primo, este verano, en Manarola.

Me quedo helado. Lo último que me esperaba del más mujeriego del grupo.

—Pero nada serio. Pajas juntos. Y me la chupó un par de veces —añade, bajando la voz, avergonzado.

—Me están grabando, vamos. Espera. ¿Y tú a él?

Se encoge de hombros. Eso es un sí.

—Vale —digo—. Vale. A ver, Marco, sigo pensando que hay que poner reglas. Yo te hago una paja, pero solo si me la haces tú a mí.

Lo piensa dos segundos y asiente.

—¿Y una chupadita? —pregunta, tímido.

—¿Tú? —respondo al instante.

—Pff. Madre mía. No sé yo…

—Por eso digo. A mí también me da palo.

Se lo piensa durante unos segundos que se me hacen eternos.

—Venga, vale. Hemos venido a jugar, ¿no? Encima estoy cachondísimo. Daniela me ha dejado a tono.

—No seas cerdo —le doy un empujón cariñoso.

—Bueno. ¿Cómo…?

En lugar de contestar me bajo los pantalones. La conversación me ha puesto duro entero. Marco hace lo mismo y deja al aire su miembro, que rebota contra el abdomen con un «plop» bajito. Tiembla. Yo también. Vuelven a venirme a la cabeza preguntas que aparto a la fuerza. ¿Estoy seguro? ¿Le importa esto a Clara? ¿Y a Diego?

El italiano me mira impaciente. Su primo no debió enseñarle mucho, porque parece pedirme permiso con la mirada. Me acerco a su cama y le agarro el pene por la base. Da un pequeño respingo. Empiezo una paja lenta, bajando la piel hasta donde llega y volviendo a subirla hasta cubrir el glande con el prepucio. Sus huevos descansan debajo, blandos, como si todavía no se hubieran despertado. Marco me observa con una mezcla rara de vergüenza, nervios y excitación.

Se ríe, exaltado. Yo cierro los ojos y me hago a la idea de lo que voy a hacer.

Abro la boca y le introduzco el miembro despacio. Cierro los labios alrededor de su tronco y empiezo una mamada pausada. Su mano se apoya en mi nuca, sin presionar, solo acompañando. Río sin querer y le contagio.

Entonces uso la lengua. Igual que con Diego, al principio me da un poco de aprensión, pero acabo acostumbrándome al tacto. Lo que más me cuesta es el glande, pero al medio minuto ya estoy dándole pequeños círculos. Marco lo aprecia en susurros.

—Sigue, Adri —murmura.

Aquello me excita más de lo que esperaba. Intento metérmelo entero. No llego del todo, falta un dedo, pero le faltan menos centímetros que a Diego. Marco suelta un bufido cortito, casi risa, casi gemido.

Vuelvo al trabajo y acelero. Uso la mano derecha como apoyo y le llevo la izquierda al abdomen porque él mismo me la pone ahí, y eso me pone aún más. De pronto me sujeta la cabeza con las dos manos y la deja quieta. Empieza un mete-saca rápido, sus huevos golpeando mi barbilla. Su polla está empapada en saliva. Cuando frena me aparto y toso.

—Capullo, que me ahogas —digo, más para excitarle que en serio.

Sonríe. Me siento a su lado.

—Ahora tú —le digo, casi sin voz.

—Uf… —intenta convencerme con la mirada de no hacerle pasar por eso, pero al ver que no cedo se arrodilla delante de mí—. Madre mía.

Se peina con los dedos, nervioso. Coge aire y lo suelta despacio. Nos miramos y reímos los dos. Yo estoy temblando: es la primera vez que voy a tener mi pene en la boca de alguien. ¿Cómo se sentirá?

Me sujeta el miembro, firme como una roca. Mis trece centímetros llevan un rato deseando ser engullidos. Creo que incluso he soltado algo de precum.

—Venga —insisto.

—Voy, voy.

Abre la boca y se lo mete. Siento calor, pero al principio no humedad. Igual que yo, no usa la lengua. Observo la escena intentando grabármela. Sus movimientos son torpes, inexpertos, pero con intención. Apoya las manos en mis muslos. Quién me lo iba a decir, justo a él, el que la semana pasada apoyó la mano en mi pierna con tanta seguridad.

Le apoyo las mías en la nuca y presiono un poco, no mucho, lo justo para que entienda. De alguna forma consigue abrir la garganta y meterse mis trece centímetros enteros. Lo dejo así unos segundos, hasta que se aparta con una arcada y se ríe limpiándose una lagrimita del ojo derecho. Vuelve sin que se lo pida, y esta vez sí usa la lengua, aunque tímidamente. La diferencia es brutal. Miro al techo. Cierro los ojos. Por un instante imagino a Clara arrodillada. Justo después es Diego quien aparece. Abro los ojos y veo al italiano, cada vez más relajado, comiéndomela. Se me ocurre algo.

—Marco. Espera. Túmbate.

—¿Para?

—Tú hazlo.

Obedece. Se tumba boca arriba.

—¿Hiciste un 69 con tu primo?

Niega.

—Qué va. Solo me la chupaba él.

—Algún día tendrás que contarme cómo surgió eso. Venga, voy.

Me sitúo encima, mi cabeza a la altura de su rabo, mi cadera sobre su cara. Él me agarra el pene y, casi al mismo tiempo, ambos nos metemos el miembro del otro en la boca.

Es una sensación inédita. Siento su humedad alrededor de mi tronco mientras la curvatura del suyo me llena la boca. Marco está cada vez más cómodo. Lleva las manos a mi culo y lo masajea con torpeza, pero con seguridad. Me saco su polla un momento y le chupo los huevos, succionando con suavidad. Creo que lo hago mejor que con Diego.

Vuelvo a metérmela hasta sentir su glande tocarme la garganta. Una arcada me hace soltarlo. Él, con esfuerzo, consigue notar mis huevos en el labio superior y mi glande atravesándole la campanilla. Nos paramos los dos, riendo, partícipes de un éxtasis que ninguno conocía.

Y entonces oímos la puerta abrirse despacio, casi como dándonos la oportunidad de esconder el pecado.

Nos separamos de un tirón. Caigo de bruces sobre la cama de Luca al mismo tiempo que él entra rascándose un ojo con sueño. Marco se cubre con la sábana como puede. Yo no reacciono a tiempo y me tapo la entrepierna con lo primero que pillo: la almohada de su hermano.

Luca se queda mudo. Dos segundos. La boca abierta. Los ojos como platos.

—Perdón —se disculpa, atropellado.

Cierra la puerta tras de sí.

—Mierda —masculla Marco mientras se viste.

Sale del cuarto detrás de su hermano. Yo me visto, me tumbo en la cama de mi amigo y me quedo mirando al techo. Pero la mente no se me queda en el techo. Se me queda en los ojos de Luca, abiertos, sorprendidos, y en algo más que vi en ellos y que no termino de descifrar.

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Comentarios (4)

MikelMX

Increible como lo contaste, se sintio tan real. Mas por favor!!

GatoSolitario22

ese inicio me engancho desde la primera linea. tremendo

SebasQ

jajaja la tension que se describe antes de que pase todo... quede pegado leyendo. muy bueno

lectorx77

De los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria. Sin palabreria innecesaria, directo y bien escrito. Ojala siga subiendo cosas.

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