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Relatos Ardientes

El ex sacerdote que volvió a buscarme

Hacía exactamente una semana que tres hombres me habían usado por turnos en los baños del centro comercial Aqua y yo seguía frecuentando la zona, aunque esta vez con propósito diferente: necesitaba ropa. Era viernes a última hora y las tiendas iban cerrando una a una. Me había entretenido más de lo que debía y ahora esperaba en la fila de la caja con un par de camisas dobladas bajo el brazo.

—Hola.

Sentí una mano en el hombro. Me giré y me encontré con un hombre que me resultaba familiar sin que supiera bien por qué. Sonreía con calma, sin prisa.

—Hola —respondí, intentando ubicarlo.

—La semana pasada coincidimos aquí. Los dos lo pasamos bastante bien, ¿no crees?

Tardé un segundo. Luego lo vi todo: era el último de los tres, el que había llegado cuando yo ya estaba agotado y aun así me había dejado sin habla. El de la polla enorme. El que me hizo mearme encima de placer antes de que todo acabara.

—Claro, claro —dije, notando que mis ojos se posaban instintivamente en su entrepierna—. Es que aquel día yo estaba distraído con otras cosas.

—Creo que no llegamos a presentarnos. Soy Rodrigo.

Me tendió la mano. La estreché.

—Marcos.

En el encuentro anterior no me había fijado demasiado en ninguno de los tres. Estaba en otra nube, con el culo ardiendo y la cabeza en blanco después de que los tres hubieran acabado dentro de mí. Rodrigo y uno de los otros me habían invitado a tomar algo, pero yo apenas recordaba la conversación. Una copa, cuatro palabras y cada uno a su casa.

Ahora, con buena luz y tiempo para mirarlo, Rodrigo era un hombre atractivo. Sesenta y muchos, quizás más —luego descubriría que tenía setenta y tres—, pelo completamente blanco y bien cortado, ojos de un verde peculiarmente claro, afeitado al ras. Vestía con esa elegancia discreta que tienen los hombres que nunca han necesitado esforzarse en parecerlo. Era algo más bajo que yo, pero notablemente en forma para su edad.

—¿Te apetece tomar algo antes de que cierren? —propuso.

—Claro. Esta vez invito yo.

***

Subimos a la terraza del centro y pedimos cervezas. Rodrigo habló con naturalidad sobre su vida: vivía a escasos cien metros de allí, en un edificio de apartamentos frente al parque. Solo por la zona deduje que no le faltaba dinero: aquel barrio era de los más caros de la ciudad.

—¿Y a qué te dedicas? —pregunté.

Sonrió con una ligera ironía.

—Ahora vivo de las rentas. Pero hasta los cincuenta fui sacerdote.

No supe si reírme o no.

—En serio —dijo, divertido por mi expresión.

—La vocación aguantó lo que aguantó. Cuando dejé la sotana, entré a trabajar como administrador para una señora mayor, viuda, sin hijos. Le hice compañía durante veinte años. Cuando falleció, me dejó todo.

—Eso es... toda una historia.

—Mi hermano lleva años sin hablarme bien. Me habla porque su hija y yo nos llevamos bien, pero la relación es fría. Él esperaba otra parte del testamento. —Hizo un gesto vago con la mano, como apartando el tema—. ¿Seguimos en mi casa? Puedo preparar algo si tienes hambre.

Sostuvo mi mirada sin prisa. Los dos sabíamos lo que ocurriría en su casa, y ninguno de los dos fingía lo contrario.

—Vamos —dije.

***

El apartamento era grande y estaba amueblado con criterio. Muebles oscuros, libros de verdad en las estanterías, cuadros en las paredes que no eran láminas compradas en una cadena. Me hizo pasar al salón.

—¿Vodka? ¿Vino? —ofreció, abriendo un armario. Se detuvo y sonrió—. En realidad no sé ni lo que tengo aquí.

—Da igual —dije—. Ya hemos bebido suficiente. Siéntate aquí a mi lado.

Se sentó. Tomé la iniciativa: me acerqué y lo besé en la boca, despacio, pasando la punta de la lengua por sus labios hasta que los abrió. Metí la lengua dentro, encontré la suya, y mientras nos besábamos le fui abriendo los botones de la camisa.

Debajo encontré un torso cubierto de vello blanco y denso, unos pezones anchos y rosados. Separé la boca de la suya para morderle el cuello, bajar por la clavícula, llegar a un pezón. Lo agarré entre los dientes y apreté suave.

—Dios —murmuró.

Seguí bajando. Le desabroché el cinturón y la bragueta. Bajé los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento y allí estaba: esa polla que no había podido quitarme de la cabeza en toda la semana. Grande, gruesa, ya medio erecta. Los testículos, pesados, colgaban entre sus muslos.

—Madre mía —dije en voz baja.

La agarré con la mano y sentí el calor, la pulsación lenta que se aceleraba a medida que crecía. La levanté y metí los huevos en la boca, los saboreé, jugué con ellos con la lengua. Rodrigo contuvo la respiración.

Con la mano eché la piel hacia atrás, dejando el glande al descubierto. Recorrí el tronco con la lengua desde la base hasta el frenillo, rodeé el borde del cabezón, metí la punta de la lengua en la abertura mientras seguía masajeándole los testículos con los dedos.

—Marcos —dijo, con la voz ronca.

Abrí la boca y envolví el glande. Apliqué la lengua por debajo y empecé a succionar mientras él apoyaba las manos sobre mi cabeza, sin forzar, solo acompañando. Cuando empujó un poco, conseguí tragarme casi la mitad de aquel monstruo antes de tener que abrir la mandíbula al máximo.

—Qué boca tienes —murmuró.

Empecé a moverme adelante y atrás, con ritmo, usando también la mano como tope. La saliva se acumulaba, espesa, y el sonido húmedo de la mamada llenaba el salón en silencio.

—Ven —dijo de pronto—. Vamos a ducharnos los dos.

***

El baño era enorme. Cabina de ducha independiente, suelo calefactado, toallas gordas apiladas en un estante. Rodrigo abrió el agua y, mientras esperábamos que alcanzara temperatura, me fue quitando la ropa. Lo hizo con calma, besándome mientras me dejaba desnudo.

—Eres muy guapo, Marcos.

Nos metimos bajo el chorro juntos. Me empujó suavemente contra la pared de cristal. El vapor se acumulaba y el agua caliente me caía por la espalda mientras sus manos me recorrían el cuerpo. Me besó con fuerza, agarrándome las nalgas, apretándome contra él. Nuestras pollas se rozaban y la suya ya estaba completamente dura.

Lo empujé yo para intercambiar posiciones. Bajé por su cuello, por su pecho, hasta que volví a tener esa polla delante de la cara. Me la metí en la boca dentro de la ducha, con el agua cayéndome por la nuca, y empecé a mamársela con ganas. Rodrigo apoyó una mano en la pared y dobló ligeramente las rodillas.

—Así, así —decía en voz baja.

Noté que los muslos le temblaban. Aceleré el ritmo, usando la lengua en cada pasada, y entonces él avisó:

—Me corro. Ahora mismo.

Saqué casi toda la polla de la boca, dejé solo la punta entre mis labios y recibí la primera descarga. La tragué. Dejé que el resto cayera sobre mi cara mientras el agua de la ducha se lo llevaba casi antes de que tocara la piel.

—Joder, chico —dijo, con la respiración cortada.

Me levantó, me volvió a besar en la boca. Tomó una esponja, echó gel y empezó a lavarme despacio: el pecho, la barriga, la polla, los huevos, las piernas. Lo hacía con atención, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Date la vuelta.

Me colocó con las manos en la pared y los pies separados. Empezó a enjabonarme la espalda, bajó por los riñones, llegó a las nalgas. Las abrió con las manos y me lavó entre ellas a conciencia. Luego, sin previo aviso, sentí su lengua.

—Ah, Rodrigo.

La metió en mi agujero, la retiró, volvió a meterla. Mordía, succionaba, me abría con la punta. Yo apretaba los puños contra el cristal y me retorcía sin poder evitarlo. El agua seguía cayendo, caliente, y yo no quería que aquello terminara nunca.

—Dios, qué bien —conseguí decir.

Se puso de pie y empezó a trazar círculos sobre mi ojete con un dedo, presionando sin entrar del todo, hasta que lo introdujo despacio. Luego un segundo dedo. Luego un tercero, aprovechando el gel que aún quedaba.

—Tu culo —murmuró—. Qué cosa más bonita.

—Dame ya tu polla —pedí—. Por favor.

—Todavía no, chico. Todavía no.

***

Nos secamos en el dormitorio. Rodrigo tomó la toalla y me fue secando él, sin prisa, besándome en el cuello, en los hombros, en los labios. Luego señaló la cama: enorme, con cabecero de madera oscura y sábanas blancas bien tensas.

Me pregunté qué habría pensado de sí mismo el joven seminarista de hacía cuarenta años si hubiera podido ver esto.

—Boca abajo. Abre las piernas.

Me tumbé como me pedía, apoyé las rodillas en el colchón para levantar un poco el culo, y Rodrigo se colocó entre mis piernas. Volvió a abrirme las nalgas con las manos y su lengua encontró mi ojete de nuevo, metiéndose más adentro que en la ducha, haciéndome gemir con la cara hundida en la almohada.

—Dame la polla —supliqué—. Rodrigo, ya. Dámela.

Abrió el cajón de la mesita y sacó un bote de lubricante. Noté el frío del gel en mi agujero. Luego un dedo que entraba y se movía en círculos. Luego dos. Luego tres. Cada vez que añadía uno, yo soltaba el aliento de golpe y apretaba las sábanas con los puños.

—Sí, Rodrigo, sí. Dame más.

Retiró los dedos. Sentí la punta de su polla contra mi entrada, presionando despacio, con cuidado. Cuando el cabezón forzó el esfínter, el dolor llegó rápido, como una descarga eléctrica desde el culo hasta la nuca. Mordí la almohada.

—Ay. Para un momento.

Se quedó completamente quieto.

—Respira —dijo.

Respiré. El ardor fue cediendo poco a poco. Mi cuerpo fue aceptando aquella invasión y, cuando noté que el músculo se relajaba, él volvió a empujar.

—Oh, Dios. Cómo entra. Cómo me abre.

Lo sentí avanzar centímetro a centímetro, llenándome por completo, hasta que su cadera tocó mis nalgas. Estaba metido hasta el fondo. Yo sudaba ya. El placer y el dolor se mezclaban de una forma que no sabría explicarle a nadie que no lo hubiera experimentado.

—Así me gusta —dijo Rodrigo, con la voz oscura—. Sin prisa.

Me agarró por las caderas y tiró hasta ponerme bien a cuatro patas. Sacó la polla casi entera, despacio, y la volvió a meter de una sola vez hasta el fondo.

—Oh, padre —solté sin querer, acordándome de lo que me había contado—. Esto no puede ser pecado.

Rodrigo se rio en voz baja.

—Con lo que me gusta a mí el pecado.

Empezó a moverse. Primero despacio, dejando que me acostumbrara al tamaño. Luego más rápido, con una cadencia que me hacía soltar un gemido involuntario en cada embestida. Yo hundía la cabeza entre los brazos y dejaba que me follara, sintiéndolo todo: el grosor de esa polla abriéndome, el calor de su cuerpo encima del mío, el crujido de la cama.

—Sí, Rodrigo, sí. Así. No pares.

—Eres muy bueno, Marcos.

—Más rápido. Por favor, más rápido.

Obedeció. Las embestidas se volvieron más duras, más rápidas. Yo apenas podía mantener el equilibrio sobre las rodillas. El orgasmo llegó desde dentro, desde algún lugar que no era exactamente físico, y cuando reventó me dejó temblando de la cabeza a los pies: la polla descargando sobre las sábanas sin que nadie me la tocara, el culo apretado alrededor de la verga de Rodrigo, que en ese momento la enterró hasta el fondo y se quedó quieto mientras yo lo sentía palpitar dentro de mí.

—Ostia —fue lo único que pude decir.

—No blasfemes, pecador —murmuró él, con la respiración hecha trizas.

Sacó la polla despacio. Me giré como pude y quedé boca arriba, agotado. El esfínter me ardía y me lo toqué con los dedos para comprobar que todavía existía: estaba hinchado y abierto, y por allí iba saliendo su semen poco a poco.

—Me has destrozado —dije.

No respondió. Cuando lo miré, tenía los ojos cerrados.

Me quedé mirando el techo. El ardor fue cediendo lentamente. El calor del cuerpo de Rodrigo a mi lado era agradable, casi protector. Pensé en levantarme, en buscar la ropa que habíamos dejado tirada por el salón, en pedir un taxi de vuelta a casa.

No me moví.

Me quedé dormido escuchando su respiración, con el sabor de la noche todavía en la boca y su semen enfriándose entre mis piernas.

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Comentarios (1)

Fede1985

tremendo relato!!! me enganchó desde el primer párrafo, la premisa es muy buena

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