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Relatos Ardientes

La noche que cruzamos la línea con nuestros amigos

La cena fue de esas que empiezan como cualquier otra y no terminan donde se suponía que debían terminar.

Sofía había preparado un guiso de cordero con tomillo y dos botellas de vino tinto que abrió al mediodía para que respiraran bien. La casa olía a comida de verdad y a madera caliente, con las velas encendidas sobre la mesa del comedor y la música en un volumen que permitía conversar sin esfuerzo. Marcos se había arremangado la camisa antes de que llegaran los invitados, uno de esos gestos pequeños que Sofía conocía de memoria: señal de que se preparaba para una noche larga.

Elena y Roberto llegaron a las ocho con una tarta de queso envuelta en papel de celofán y una botella de cava que nadie abrió hasta mucho después. Llevaban juntos seis años, casi el mismo tiempo que Sofía y Marcos. Los cuatro se conocían desde la universidad, desde antes de ser parejas, cuando compartían piso y hablaban hasta las cuatro de la mañana sin decirse nada especialmente importante.

Ahora tenían trabajos, hipotecas, planes. Pero cuando se reunían los cuatro, algo de aquella época volvía sin ser invocado.

***

Elena llevaba un vestido granate con la espalda descubierta. Sofía, uno azul oscuro con escote en uve que le marcaba la cintura. Ninguno de los dos hombres hizo ningún comentario en voz alta, pero Marcos sirvió el vino con más cuidado del habitual y Roberto tardó un segundo de más en retirar el abrigo de Elena.

Las mujeres se miraron al cruzarse en la cocina. Una mirada que duró menos de un segundo pero que contenía mucho más.

La cena fue de conversación y risas: trabajo, un viaje pendiente desde hacía dos años, una película que nadie había visto todavía. El vino iba y venía. Las velas bajaban despacio. Y en algún momento, sin que nadie pudiera señalar el instante exacto, el ambiente cambió. Las palabras empezaron a pesar un poco más, las miradas a durar un poco más, los silencios a decir cosas que nadie pronunciaba.

***

—¿Verdad o reto? —propuso Elena cuando retiraron los platos.

Marcos soltó una carcajada.

—Tenemos más de treinta años.

—Y eso, ¿qué cambia?

Empezaron sin ambición. Confesiones menores, preguntas que nadie hubiera hecho en otra circunstancia pero que con el vino encima perdían su peso. Roberto admitió que había besado a un amigo en una fiesta de fin de curso y nunca se lo había contado a nadie. Sofía confesó que una vez había espiado a sus vecinos follando desde la ventana y le había puesto tan cachonda que se había masturbado allí mismo, pegada al cristal. Marcos eligió reto y Elena le pidió que metiera la mano bajo el vestido de Sofía durante exactamente diez segundos. Él lo hizo sin dudar, sin ir más lejos de lo pedido, aunque los dedos rozaron el borde de las bragas y notó que estaban húmedas, mientras Roberto y Elena los observaban con las copas en la mano.

El reto siguiente fue para Roberto.

—Ponle los labios en la nuca a Marcos —dijo Elena, con una voz tan tranquila que parecía una petición completamente razonable—. Solo un momento.

Roberto miró a Marcos. Marcos no dijo nada; solo esperó.

Roberto se levantó del sillón, rodeó el sofá y se inclinó sobre el hombro de su amigo. Sus labios rozaron la piel cálida de la nuca, apenas un instante, un contacto casi quirúrgico. Cuando se enderezó, Marcos tenía los hombros tensos y la mandíbula apretada, y un bulto evidente marcándole el pantalón. Roberto volvió a su sitio sin decir nada, con algo nuevo instalado en el pecho que no sabía cómo nombrar, y con la propia polla empezando a endurecérsele contra la bragueta.

Las mujeres intercambiaron otra de esas miradas.

***

Los retos fueron escalando sin que nadie lo declarara en voz alta.

Elena se sentó en el regazo de Marcos y pidió que contaran hasta treinta. Se movió apenas, un balanceo mínimo de las caderas, lo justo para notar la polla dura de Marcos apretándose contra el culo por encima de la tela del vestido. Sofía acarició el muslo de Roberto por encima del pantalón durante una ronda entera sin que nadie lo llamara reto porque nadie lo dijo en voz alta, subiendo la mano hasta cerrarla sobre el bulto y apretar despacio, midiendo la dureza con los dedos. Marcos le desabrochó un botón del vestido a Elena con la excusa de que «le daba calor», y ella se lo permitió con una sonrisa que no tenía nada que ver con el calor; después le desabrochó otro, y otro, hasta que se le vio el sujetador negro y el nacimiento de las tetas.

Roberto era consciente de la erección que pugnaba contra la tela del pantalón, una polla dura y palpitante que ya le empezaba a manchar el calzoncillo. Sofía también lo era: lo miró una vez, bajó los ojos un segundo, volvió a mirarlo y se pasó la lengua por el labio superior sin ningún disimulo.

—¿Y si seguimos sin reglas? —dijo Sofía cuando la segunda botella quedó vacía.

Nadie respondió con palabras. No hizo falta.

***

Sofía cruzó el salón y besó a Roberto. Él la recibió con las manos en su cintura, sin prisa, aprendiendo el ritmo de su boca, tan diferente al de cualquier beso que conocía. Le metió la lengua hasta el fondo y ella respondió chupándosela mientras le clavaba las uñas en la nuca. A dos metros, Elena tomó la cara de Marcos entre las palmas y lo besó despacio, con lengua, sin ningún rastro de duda, mordiéndole el labio inferior hasta dejárselo hinchado.

Los cuatro estaban en el mismo salón, a la vista unos de otros, y nadie se movió hacia la puerta.

Las manos empezaron a recorrer territorio nuevo. Roberto le bajó el tirante del vestido a Sofía y ella dejó que lo hiciera; la tela cedió y las tetas quedaron al aire, con los pezones ya duros y erguidos. Roberto se agachó y se metió uno en la boca, chupándolo con ganas, tirando con los dientes hasta arrancarle un gemido. Elena desabrochó la camisa de Marcos botón a botón, con una concentración deliberadamente lenta, y le fue lamiendo el pecho a medida que la tela se abría. Marcos palpó las tetas de Elena por encima de la tela, luego por debajo, sacándoselas del sujetador de un tirón y pellizcándole los pezones hasta que ella soltó un gemido ronco. Los sonidos del salón cambiaron: respiraciones más cortas, el cuero del sofá, el roce de la ropa contra la piel caliente, el chasquido húmedo de las lenguas y los labios.

***

Fue Sofía quien puso la mano de Roberto sobre el muslo de Marcos.

No lo empujó. Solo la colocó allí y esperó.

Roberto miró a Marcos. Marcos lo miró a él.

—Solo si quieres —dijo Sofía en voz baja.

El músculo del muslo de Marcos estaba tenso bajo los dedos de Roberto. La polla dura que se intuía más arriba era evidente, marcando la tela hasta la cadera. Roberto movió la mano despacio, subió por el interior del muslo hasta cerrar la palma sobre el bulto, y Marcos cerró los ojos un instante, como si quisiera procesar aquello con más de un sentido a la vez. Luego puso su propia mano sobre Roberto, torpe al principio, después con más firmeza, y se palparon las pollas por encima de la tela mientras las mujeres observaban sin moverse, Elena mordiéndose el labio, Sofía con la mano metida por dentro de las bragas y los dedos moviéndose despacio.

—Bien —murmuró Elena, y la palabra sonó a algo más que aprobación—. Sacádselas. Quiero verlas.

Roberto le desabrochó el pantalón a Marcos y le bajó la ropa hasta los muslos. La polla saltó afuera, gruesa, dura, con la punta ya brillante. Marcos hizo lo mismo con Roberto y las dos vergas quedaron a la vista, una junto a la otra, palpitantes. Se las agarraron mutuamente y empezaron a masturbarse el uno al otro con la mano cerrada, subiendo y bajando, notando cómo la piel del otro respondía a cada tirón.

***

Sofía se arrodilló entre las piernas de Roberto y le apartó la mano a Marcos. Le agarró la polla por la base, la levantó y se la metió en la boca despacio, con la lengua recorriendo primero el borde del glande, luego la longitud completa, hasta hacérsela desaparecer entera hasta la garganta. Roberto apoyó la cabeza en el respaldo y soltó el aire que llevaba varios minutos sin terminar de exhalar. Sofía empezó a mamársela con un ritmo constante, sacándola y volviendo a metérsela hasta el fondo, con la saliva chorreándole por la barbilla y cayéndole entre las tetas.

Elena hizo lo mismo con Marcos: se arrodilló en el suelo, le abrió los muslos de un empujón y se metió la polla en la boca de golpe, cerrando los labios alrededor con una presión exacta, la lengua trabajando el glande, la cabeza moviéndose hacia abajo con un ritmo constante que hizo que Marcos juntara los dedos en el borde del sofá y los apretara hasta ponerse los nudillos blancos. Le chupaba también los huevos, uno primero, luego el otro, con la mano cerrada sobre la verga sin dejar de masturbársela.

—¿Os besáis? —dijo Elena, con la voz un poco ronca, sacándose la polla de la boca un segundo, con un hilo de saliva colgando del labio—. Si os besáis, os damos todo lo que queráis esta noche. Todo lo que se os antoje. Follarnos por donde queráis. Follaros entre vosotros. Lo que sea.

Los hombres se miraron.

Marcos fue el primero en moverse. Acercó la cara a Roberto, que no se apartó. El beso fue corto y torpe la primera vez, con los dientes rozándose. La segunda fue más largo, con la lengua entrando en la boca del otro y las manos agarrándose la nuca. La tercera, Marcos le puso una mano en la nuca y Roberto la dejó allí mientras los dos gemían dentro del beso, con las mujeres mamándoles la polla al mismo tiempo.

Las mujeres no dijeron nada. No hacía falta.

***

Sofía se quitó el vestido, se bajó las bragas hasta los tobillos y las hizo saltar de una patada. Elena hizo lo mismo, quedándose completamente desnuda, con el coño depilado y ya brillante entre los muslos. Lo que vino después fue una mezcla de cuerpos, voces y movimiento que costaba ordenar con claridad.

Roberto empujó a Sofía sobre la alfombra, la puso a cuatro patas y le clavó la polla en el coño de un solo empellón, hasta el fondo. Sofía soltó un grito ahogado y arqueó la espalda. Roberto empezó a follarla con embestidas duras, cogiéndola de las caderas y tirando hacia atrás cada vez que empujaba, chocando pelvis contra culo con un chasquido húmedo que sonaba en todo el salón. Sofía, con la cara pegada a la alfombra, alargó la mano, agarró a Marcos de la polla y se la metió en la boca. Chupaba y se dejaba follar al mismo tiempo, la boca trabajando sin pausa, la cabeza moviéndose al ritmo que le marcaban las caderas de Roberto detrás, con las tetas balanceándose bajo su cuerpo a cada embestida.

Elena observaba desde el sillón con dos dedos metidos en el coño, guiando la escena con comentarios en voz baja que ninguno de los cuatro ignoró.

—Más fuerte, Roberto. Fóllala más fuerte. Que se le note mañana.

Roberto obedeció. Le dio una palmada en el culo a Sofía que le dejó la marca roja de la mano, y aceleró las embestidas hasta que la mujer empezó a correrse con la polla de Marcos hasta el fondo de la garganta, gimiendo con la boca llena, apretándole la verga a Roberto con las contracciones del coño.

Después cambiaron. Marcos tumbó a Elena en el sofá y la penetró con las piernas de ella apoyadas en sus hombros, follándosela a fondo, con la polla entrando y saliendo del coño empapado, el ruido de la penetración mezclándose con los gemidos que Elena ya no se molestaba en contener. Roberto la besaba en la boca y le chupaba las tetas, y ella le sujetaba la mano con fuerza, apretando cada vez que Marcos empujaba más hondo. En un momento le agarró la polla a Roberto y se la llevó a la boca sin dejar de recibir a Marcos, chupándola de lado, la cara vuelta hacia un lado, el pelo pegado a la frente por el sudor. Los cuerpos no dejaron de moverse durante lo que a los cuatro les pareció una hora.

Sofía se subió a la cara de Elena y le puso el coño sobre la boca. Elena empezó a comérselo sin dejar de mamar a Roberto y sin dejar de recibir a Marcos, la lengua trabajando el clítoris de Sofía con la misma habilidad con la que se la comería a un hombre. Sofía se agarró al respaldo del sofá y se restregó contra la cara de su amiga, cerrando los ojos y gimiendo con la cabeza echada hacia atrás.

***

—¿Quieres probarlo? —le preguntó Sofía a Roberto en un momento de pausa, cuando los cuatro recuperaban el aliento, con las pieles brillando de sudor y saliva.

Roberto no necesitó que aclarara qué.

Miró a Marcos. Marcos asintió sin hablar, con la polla todavía dura y goteando entre los muslos.

Sofía trajo aceite del baño y se lo entregó a Marcos. Le dio la vuelta a Roberto y lo puso a cuatro patas sobre la alfombra, con el culo en pompa. Marcos se arrodilló detrás y usó el aceite sin prisa, primero con un dedo, esperando la señal de que Roberto podía seguir, moviéndoselo dentro con paciencia, luego con dos, abriéndoselo despacio, hasta que el cuerpo de Roberto cedió del todo. Elena sostuvo la cara de Roberto entre las manos durante el proceso: lo besaba en la frente, en las sienes, en la boca, sin apartar los ojos de los suyos en ningún momento, y le susurraba al oído que se relajara, que respirara, que estaba bien.

Cuando Marcos se colocó la punta de la polla contra el culo de Roberto y empujó, entrando de verdad, Roberto emitió un sonido que no reconoció como propio. No era solo dolor. Era una presión llena y densa que llenaba algo que no sabía que estaba vacío. Marcos avanzó con cuidado y constancia, sin brusquedad, un centímetro cada vez, deteniéndose cuando notaba tensión, continuando cuando notaba que cedía, hasta hundirse hasta la base y quedarse quieto, con los huevos apoyados contra los de Roberto. Roberto empujó hacia atrás sin pensarlo, buscando más, y Marcos entendió la señal. Empezó a follárselo despacio al principio, un vaivén largo y profundo, luego más rápido, con las manos clavadas en las caderas de Roberto y las embestidas cada vez más firmes.

Sofía se colocó debajo de Roberto, tumbada boca arriba con la cabeza entre los muslos de él, y le tomó la polla en la boca mientras Marcos lo penetraba desde atrás. Cada embestida de Marcos empujaba la polla de Roberto más al fondo de la garganta de Sofía. Los tres encontraron un ritmo común, lento al principio, después más intenso, un ir y venir que sincronizaba las tres respiraciones. Elena miraba desde el otro extremo del sofá, con las piernas abiertas y tres dedos metidos en el coño hasta los nudillos, sin apartar los ojos de la escena, murmurando obscenidades en voz baja.

—Así, Marcos. Fóllatelo bien. Que se acuerde. Dale duro.

***

El final llegó sin aviso, como llegan siempre las cosas que han estado acumulándose durante horas.

Marcos acabó primero, con un sonido bajo y contenido, hundido hasta el fondo en Roberto, descargando dentro con varias sacudidas largas. Cuando salió, la corrida le chorreó a Roberto por el culo hasta los muslos. Sofía retiró la boca de la polla de Roberto, se acercó por detrás y le lamió a Marcos los últimos restos del glande, después subió por la raja del culo de Roberto recogiendo el semen con la lengua sin ningún reparo. Roberto necesitó menos de un minuto más: se tumbó de espaldas, todavía temblando, y Elena se sentó a horcajadas sobre él, se agarró la polla, se la clavó en el coño y empezó a moverse con un ritmo que ella misma marcaba, montándolo con las manos apoyadas en el pecho de él. Terminó dentro de ella con las manos clavadas en las caderas de Elena y los ojos abiertos mirando el techo, mientras la corrida le salía a chorros dentro del coño. Elena siguió moviéndose encima hasta que sintió que la polla se le ablandaba dentro, y solo entonces se levantó y dejó caer el semen sobre el vientre de Roberto en un hilo blanco.

Sofía se agachó y limpió con la lengua lo que quedaba, primero el vientre de Roberto, luego el coño de Elena, y las dos mujeres terminaron besándose con la boca llena de él.

Después se quedaron los cuatro en el suelo del salón, separados unos centímetros, mirando hacia arriba. La vela más grande todavía ardía. Fuera pasó un coche y luego el silencio volvió, denso y tranquilo.

Marcos fue el primero en hablar.

—¿Alguien quiere agua?

Los tres respondieron que sí al mismo tiempo, y algo en el absurdo de la pregunta los hizo reír. Primero con pudor, luego sin ninguno, tumbados en el suelo a las tres de la madrugada, riéndose de algo que no tenía chiste pero que de alguna manera lo tenía todo.

Sofía fue a buscar los vasos. Cuando volvió, se sentó junto a Elena y le pasó un brazo por los hombros.

—La próxima vez —dijo—, propones tú el juego.

Elena cogió el vaso sin apresurarse.

—La próxima vez —respondió— venís vosotros a casa.

Nadie dijo que no habría próxima vez. Los cuatro sabían que sí la habría.

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Comentarios(10)

LauraVR_22

que final!!! me dejo con ganas de mas

Manu_del_norte

Muy bien contado, se siente real. Sigue asi que hay talento

Jordi

Por favor una segunda parte... quede con mil preguntas

Rebe_lectora

Me recordo a una situacion parecida entre mi grupo jaja, tremendo lo que puede pasar entre amigos de confianza

FutboleroCBA

buenisimo!!!

SabrinaK_ok

Ese momento de tension antes de que todo pase esta perfectamente descrito, muy bien logrado

Lautaro_noche

de lo mejor que lei en bastante tiempo, gracias

ElBuenGusto

Que amigos tan solidarios jaja, ojalá todos tuvieramos esa suerte

MatiasCordoba

Me encantan los relatos donde la situacion evoluciona de forma natural, sin forzar nada. Este lo logra muy bien. Espero que sigas escribiendo porque se nota que tenes ojo para esto

NocheNomade

Se hizo corto, queria que siguiera :)

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