Lo que empezó como un masaje no terminó ahí
Tenía veintiún años y el piso se me caía encima.
No era algo que se pudiera explicar con facilidad. Estaba en el tercer año de ingeniería, vivía solo en un apartamento pequeño que olía a ropa sin tender y café frío, y llevaba semanas sin dormir bien. Las noches se me hacían largas de una forma que no entendía: no era tristeza, exactamente, sino una especie de tensión acumulada que no encontraba salida. El cuerpo siempre en alerta, la cabeza siempre activa. Me la pajeaba dos veces por noche solo para poder cerrar los ojos, y ni así.
Mis compañeros de curso tenían sus propios problemas. Mi familia quedaba lejos. No era el tipo de persona que llamaba por teléfono para desahogarse, así que empecé a pasar horas en un foro de chat donde la gente hablaba de lo que fuera: películas, trabajo, problemas cotidianos. No buscaba nada en concreto. Solo quería leer voces que no fueran las mías.
Ahí fue donde apareció Camila.
Me escribió una noche sin más: «Hola, ¿qué tal estás?». La cosa más común del mundo. Pero algo en su forma de conversar me enganchó desde el principio. No era de las que mandaban respuestas de dos palabras y desaparecían. Preguntaba, escuchaba, respondía con detalle y sin apuro. Hablamos de la universidad, de mi rutina, de por qué me costaba desconectarme aunque estuviera agotado. Le conté cosas que no le contaba a nadie, porque con ella no había historia previa ni expectativa de ningún tipo.
A la tercera noche me pidió que pasáramos a una llamada. Dijo que prefería escucharme a leerme.
Dudé un momento. Después acepté.
Su voz era cálida, un poco grave para ser de mujer, pero lo atribuí a que llamaba tarde. Estuvimos más de una hora hablando. Me reía por primera vez en semanas. Fue una de esas conversaciones que no se sienten largas, que terminan y dejan una especie de ligereza en el pecho.
Entonces, casi al final, después de un silencio corto, me dijo:
—Tengo que confesarte algo.
—Dime.
—No soy quien crees que soy. Me llamo Esteban. Tengo cuarenta y dos años y soy gay pasivo.
***
Me quedé callado varios segundos. No supe qué decir.
Esteban no me presionó. Me explicó, con una calma que agradecí, que usaba ese perfil porque la gente respondía de otra manera cuando no sabía con quién hablaba. No lo hacía para engañar, sino para poder tener conversaciones reales. Podía colgar si quería y lo entendería perfectamente.
No colgué.
Me quedé pensando un momento en lo que eso significaba. Siempre me había considerado heterosexual: mis relaciones habían sido con mujeres, mis fantasías también. Pero también era cierto que en ese momento no tenía energía para que me importara demasiado la etiqueta. Me había gustado hablar con esa persona. Seguía siendo la misma persona.
Continuamos hablando durante otra hora.
Con el tiempo me explicó qué significaba ser gay pasivo, cómo funcionaba en la práctica, qué diferenciaba eso de otras orientaciones. Me habló sin filtro de cómo le gustaba que se la metieran, de que llevaba años practicando con dilatadores para poder aguantar pollas grandes sin dolor, de lo mucho que disfrutaba mamar hasta que el otro se corriera en su boca. Lo hacía sin incomodidad, como si fuera una conversación sobre cualquier otra cosa. Aprendí más esa noche de lo que había aprendido en años navegando por internet sin buscar nada con seriedad. Me habló de su vida, de sus relaciones, de cómo había llegado a entenderse a sí mismo. Era una historia que no me esperaba escuchar y que me resultó, sin saber bien por qué, completamente natural.
Sentí que se me endurecía la verga contra el pantalón mientras lo escuchaba. No lo entendí. Pero pasó.
—¿Te molesta todo esto? —preguntó en algún momento.
—No —dije, y era verdad—. Me parece interesante.
Cuando me dijo que vivía a menos de quince minutos de mi apartamento, algo cambió sin que yo supiera exactamente qué.
***
Quedamos para vernos un sábado por la tarde en la plaza del barrio.
Lo vi llegar antes de que él me viera a mí. Era un hombre delgado, de estatura media, con algo de barba sin arreglar y ropa sencilla de alguien que no necesita demostrar nada. Tenía un físico parecido al mío: espalda estrecha, brazos largos. Nada llamativo, nada que destacara en una multitud.
Nos saludamos con un apretón de manos y nos sentamos en un banco. La tarde era tibia y el parque estaba medio vacío.
Hablamos más de una hora. Sobre lo de siempre: la universidad, el trabajo que él tenía como técnico en una clínica de fisioterapia, la ciudad que ninguno de los dos amábamos especialmente. En ningún momento hubo incomodidad. Era fácil estar con él, igual que había sido fácil hablar por teléfono. No había tensión ni artificio, solo alguien con quien podía hablar sin esfuerzo.
En algún momento de la tarde mencionó los masajes. Dijo que los había estudiado en serio durante años, que era algo que practicaba con regularidad. Me preguntó si me gustaban.
—Desde siempre —admití.
—Se nota la tensión en cómo te mueves —dijo, sin sonar condescendiente—. Llevas el cuello y los hombros cargados. Eso se acumula con el tiempo.
Le dije que sí, que el estrés se me iba directo a la espalda. Que desde que vivía solo no había nadie que me dijera si tenía mala postura frente al escritorio, y que cuando me despertaba por las mañanas era como si no hubiera dormido en absoluto.
—Si quieres, te doy una sesión —ofreció—. Sin cobrar. Solo necesito un sitio con espacio suficiente.
Debería pensar esto mejor, me dije.
Pero ya estábamos caminando hacia mi apartamento.
***
El apartamento era pequeño: salón, cocina y un dormitorio con una cama de plaza y media que había heredado del anterior inquilino. Esteban entró sin hacer comentarios sobre el desorden. Se quitó la chaqueta, la dobló sobre la silla del escritorio con una eficiencia que contrastaba con lo relajado de la tarde, y me pidió que pusiera música de fondo si quería.
Puse algo instrumental. Me pareció lo correcto.
—Para el masaje necesito que te quites la ropa —dijo, directo pero sin urgencia—. Trabajo con aceite y el roce con la tela corta el flujo. Si prefieres quedarte en ropa interior, también funciona.
—De acuerdo —dije.
Después de un segundo, él mismo se quitó la camiseta y los pantalones. Lo hizo con una naturalidad que me desarmó por completo: no había provocación en ese gesto, solo eficiencia. Su cuerpo era el de alguien que cuidaba lo básico sin obsesión. Delgado, sin vello en el torso, con una línea de cadera marcada y un culo que no esperaba que fuera tan definido, redondo y respingón bajo el bóxer negro ajustado. Cuando se agachó a doblar los pantalones, la tela se le tensó sobre las nalgas y me quedé mirando más de la cuenta.
Me quedé en bóxer. No me atreví a más. Ya la tenía medio parada y no quería que se notara.
Él no dijo nada al respecto. Me indicó que me tumbara boca abajo en la cama.
***
Los primeros minutos fueron exactamente lo que esperaba: manos que encontraban los puntos de tensión en los hombros, presión justa en la base del cuello, movimientos lentos que bajaban por la columna. Era bueno en eso. Muy bueno. Tenía la fuerza calibrada, sabía exactamente cuánto apretar antes de que el músculo cediera.
Sentí que el cuerpo entero se rendía. Las mandíbulas, que llevaba apretadas sin darme cuenta. Los pies, que siempre tenía fríos. El ritmo de la respiración, que se volvió más lento casi sin que yo lo decidiera.
Fue cuando llegó a la zona lumbar que noté algo diferente.
Esteban estaba de rodillas a mi lado, pero en algún momento cambió de posición y lo sentí sobre mí, con una pierna a cada lado de mis caderas. Seguía masajeando, pero ahora con todo el peso de su torso detrás de cada movimiento. Sentí su piel contra la mía, la calidez del aceite entre los dos.
Y entonces lo sentí contra el bóxer que llevaba puesto. Un bulto duro, marcado, que se apretaba contra la raya de mi culo a través de las dos capas de tela. Su polla, hinchada, encajada exactamente entre mis nalgas como si supiera dónde iba.
Me incorporé de golpe.
Él se echó hacia atrás de inmediato.
—Perdón —dijo, sin ponerse a la defensiva—. Me he pasado.
Me lo quedé mirando. Tenía la cara tranquila, sin vergüenza pero sin provocación. Esperaba. Y a mí me latía la verga contra el colchón, tan dura que dolía.
—No pasa nada —dije finalmente.
Y era extrañamente cierto. El corazón me iba rápido, pero no era miedo. Era algo que no había experimentado antes y que no supe nombrar hasta mucho después.
—Puedo seguir sin eso —dijo—. O paramos aquí. Lo que quieras.
—Sigue —escuché decir mi propia voz.
***
El masaje continuó por los muslos, por las pantorrillas, por los pies. Cada zona con la misma atención metódica. Yo tenía una erección que rozaba contra la sábana y que ya no intentaba disimular. La polla me chorreaba precum contra la tela del bóxer y notaba la mancha caliente creciéndome debajo.
Cuando llegó a la parte interna de los muslos, sus dedos aceitados subieron muy despacio, casi acariciando, y mis caderas se movieron solas, apenas un centímetro. Empujé contra su mano sin querer. Lo suficiente para que él lo entendiera todo.
Esteban no lo ignoró. Subió despacio, con una mano en cada pierna, hasta que sus dedos rozaron la tela del bóxer, justo donde tenía los huevos apretados contra el elástico. Me miró. No hizo falta que dijera nada.
Asentí.
Me bajó la ropa interior con la misma lentitud con la que había hecho todo lo demás. La verga se me salió de un latigazo, dura, la punta brillante de precum, apoyada contra mi vientre. Él soltó un ruidito casi imperceptible al verla, algo entre un suspiro y una aprobación.
—Qué polla más rica tienes —murmuró, más para sí mismo que para mí.
Rodeó mi erección con una mano llena de aceite y empezó a masturbarme con la misma concentración que había puesto en el resto del cuerpo. La mano subía y bajaba con un ritmo lento, apretando justo debajo del glande cada vez que llegaba arriba, girando la muñeca en la punta. Era metódico, atento a cada reacción, preciso donde tenía que ser preciso. Cada vez que yo gemía contra la almohada, él aflojaba el ritmo para que no me corriera todavía.
Con la otra mano me separó las nalgas y deslizó un dedo aceitado por la raya del culo, sin apurarse, sin apretar, solo tanteando. Me tensé un segundo y él lo notó.
—Tranquilo —dijo—. Solo estoy jugando.
El dedo seguía ahí, dando vueltas alrededor del agujero sin meterse, y yo no sabía si quería que parara o que siguiera. Terminé apoyando la frente en la almohada y dejando que hiciera lo que quisiera.
Cuando me volvió a dar la vuelta y me miró a la cara, entendí que estábamos en un lugar completamente diferente al que habíamos empezado. Su boca estaba a un palmo de mi verga y no dejaba de mirarla.
—¿Está bien? —preguntó.
—Sí —dije, con la voz rota.
Bajó la cabeza.
Lo que vino después fue la primera vez que alguien me la chupaba de verdad. No como algo torpe o apresurado. Me la metió entera en la boca de una sola vez, hasta que sentí la punta chocar contra el fondo de su garganta. Ni siquiera hizo una arcada. Se quedó ahí, tragando alrededor, y después empezó a subir y bajar con una lentitud obscena, mirándome desde abajo con los ojos brillantes.
La lengua se enroscaba en el frenillo cada vez que subía. Cuando llegaba a la base, dejaba la polla clavada en la garganta y me la apretaba con los músculos, como si me estuviera tragando. Después salía a mamármela solo de la punta, chupando con succión, dando lametazos en los huevos, volviendo a bajar hasta la raíz.
Sentí que el techo daba vueltas y tuve que agarrarme a la almohada para no hacer ruido. Le agarré la cabeza sin querer, empujando contra su boca, y él me dejó follársela un rato, tragando cada vez que la polla le llegaba al fondo.
—Me voy a correr —conseguí decir.
No la sacó. Ni un centímetro. Apretó los labios contra la base y esperó.
Me corrí a chorros dentro de su boca, con las caderas levantadas del colchón y los dedos hundidos en su pelo. Sentí cómo tragaba, cómo se apretaba contra la polla mientras yo seguía descargando, cómo no se separó hasta que dejó de salirme nada. Después lamió la punta con cuidado, limpiándome cada gota, y sonrió con los labios brillantes.
—Descansa un poco —dijo, la voz un poco ronca por el esfuerzo.
***
Necesité varios minutos para volver a algo parecido a la normalidad.
Él estaba tumbado a mi lado, sin moverse, sin exigir nada. Se había bajado el bóxer sin que yo me diera cuenta y se estaba pajeando muy despacio, sin apuro, casi como si fuera algo que hacía para pasar el rato. Su polla era más pequeña que la mía, delgada, muy dura, con la punta mojada. No apartó la mano cuando vio que lo miraba.
El ventilador giraba despacio. La música seguía sonando de fondo.
—¿Quieres que sigamos? —preguntó, cuando notó que mi respiración se calmaba.
No supe exactamente qué quería decir con eso. Pero tampoco quise detenerme a analizarlo demasiado.
—¿Qué tenías en mente? —pregunté.
Sacó un condón del bolsillo de sus pantalones, que estaban en el suelo junto a la cama. Lo dejó sobre la sábana, entre los dos, y se dio la vuelta. Se puso a cuatro patas, el culo levantado, la espalda arqueada. Se pasó los dedos aceitados por el ojete y empezó a abrírselo delante de mí, primero con uno, después con dos, sin ninguna vergüenza.
—Mira lo abierto que lo tengo —dijo, sin girarse—. Lo tengo listo para tu polla desde que te vi en la plaza.
Me tardé un momento en entender lo que me estaba pidiendo. En realidad no. Lo entendí perfectamente. Lo que no entendía era cómo la verga se me había vuelto a poner dura tan rápido después de correrme.
Nunca había estado con un hombre. Tampoco había pensado en ello seriamente, al menos no de manera consciente. Pero estaba en mi cuarto, tenía veintiún años, y tenía delante un culo abierto, brillante de aceite, pidiéndome que me lo follara. Mi cuerpo llevaba toda la tarde tomando decisiones por su cuenta.
Me puse el condón con las manos temblando. Él seguía metiéndose y sacándose los dedos, gimiendo bajito, esperándome.
—Ven —dijo—. Métemela despacio. Sin miedo.
Me arrodillé detrás de él. Le agarré el culo con las dos manos, se lo separé, y apoyé la punta contra el agujero. Estaba caliente, resbaladizo, más blando de lo que había imaginado. Empujé un centímetro y sentí cómo la carne se me abría alrededor de la polla, cediendo, tragándome.
Esteban soltó un gemido largo, grave, y empujó las caderas hacia atrás. Él guió la situación desde el principio con una paciencia que me sorprendió: me colocó las manos en sus caderas, me indicó el ritmo con el movimiento de su propio cuerpo. Cuando yo dudaba, esperaba. Cuando yo avanzaba, se adaptaba. Era preciso, controlado, y sabía exactamente lo que hacía.
—Métemela toda —murmuró—. No te preocupes, la aguanto entera.
Empujé hasta el fondo de una sola embestida. Los huevos me chocaron contra los suyos y me quedé ahí, respirando, sintiendo cómo el culo me apretaba la polla en oleadas, como si tuviera vida propia. Nunca había estado dentro de algo tan caliente y tan apretado. Un coño no se sentía así. Ni de cerca.
—Fóllame —dijo, y empezó a mover el culo contra mí, marcándome el ritmo—. Fóllame fuerte. No me vas a romper.
Empecé a embestir. Al principio despacio, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter de un golpe. Después más rápido, agarrándolo de las caderas, clavándome hasta el fondo cada vez. El sonido del aceite y la carne llenaba la habitación, mezclado con los gemidos roncos que él soltaba contra la almohada.
—Así, así, no pares —jadeaba—. Métemela, dámela toda, córrete dentro.
Le agarré del pelo con una mano y le tiré la cabeza hacia atrás. Le follaba el culo como si llevara años haciéndolo y no como si fuera la primera vez. Cada vez que empujaba, él gemía más fuerte, se apretaba más, movía el culo en círculos para sentirme por todos lados.
Aguanté menos de lo que quería. Entrar fue más fácil de lo que había imaginado. El calor, la presión, la rareza de toda la situación sumada al cansancio acumulado de las semanas anteriores fue demasiado. Me corrí con las manos clavadas en sus caderas y la cara hundida en su espalda, sin poder decir nada, descargando dentro del condón en oleadas que no terminaban. Sentí cómo el culo me ordeñaba la polla, apretando cada vez que yo temblaba, sacándome hasta la última gota.
Me quedé ahí, clavado hasta el fondo, jadeando contra su nuca, sin querer sacarla nunca.
Después de eso me quedé sin poder moverme durante lo que me parecieron varios minutos.
Cuando finalmente salí, la polla se me escapó del culo con un ruido húmedo. Esteban se dio la vuelta y se tumbó de espaldas, con la verga tiesa contra el vientre y una mancha de precum en el ombligo. Sonrió.
—Ahora ayúdame tú —dijo.
Cuando me tumbé a su lado, Esteban se colocó junto a mí. Seguía teniendo la polla dura y goteando. Le tomé la verga con la mano —era la primera vez que tocaba una que no fuera la mía— y empecé a pajearlo con torpeza. Él me guio con la suya sobre la mía, marcándome el ritmo, apretándome los dedos justo donde necesitaba más presión. Al rato ya no necesitaba que me guiara.
—Escúpela —murmuró—. Que resbale.
Le escupí en la punta y seguí pajeándolo, más rápido, retorciendo la muñeca cada vez que subía como él me había hecho antes. Se abrió las piernas para mí, se levantó las rodillas, y me di cuenta de que quería que le tocara el culo mientras se corría. Le pasé un dedo por el ojete, todavía abierto y resbaladizo, y se lo metí hasta el nudillo. Él soltó un grito ahogado.
—Ahí, ahí, no lo saques —jadeó.
Le metí otro dedo, moviéndolos dentro mientras le seguía tocando la polla. Necesitaba que terminara, y él lo sabía. Le doblé los dedos buscando por dentro y encontré algo blando, redondo, que le hizo arquear la espalda entera cuando lo apreté.
Se corrió a los pocos segundos, disparando lechada caliente contra su propio vientre y su pecho, apretándome los dedos con el culo en cada chorro. Fueron cinco o seis descargas seguidas, más de lo que había visto correrse a nadie. Se quedó con los ojos cerrados, respirando por la boca, mientras la polla seguía escupiendo los últimos hilos de semen sobre su barriga.
Saqué los dedos con cuidado. Él me los agarró y se los llevó a la boca, chupándolos limpios sin ninguna vergüenza. Después me miró y sonrió.
Dormimos una siesta corta, uno al lado del otro, con el ventilador encendido y la música todavía sonando, la mancha de semen secándose despacio sobre su piel.
***
Cuando se fue, ya era de noche.
Antes de salir se giró en la puerta y me dijo que había sido una buena tarde. Que si quería podíamos repetir, que él no tenía prisa ni expectativas. Que la próxima vez me enseñaría a durar más, y que le encantaría probar la polla mía otra vez, esta vez sin condón si me hacía las pruebas. Que me lo pensara sin ninguna presión.
Me quedé en la puerta hasta que desapareció en el pasillo.
Me senté en el borde de la cama. El apartamento olía a aceite de masaje, a sudor y a semen, al rastro cálido de alguien que ya no estaba. Miré el techo durante un rato largo. Todavía tenía el sabor de su piel en los labios y la polla pegajosa contra la pierna.
No me sentía confundido, exactamente. Me sentía distinto. Como cuando entiendes que una idea que tenías era más pequeña que la realidad, que el mundo tenía más habitaciones de las que habías supuesto.
Volví a hablar con Esteban esa misma noche. Y muchas noches después.
Pero eso ya es otra historia.