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Relatos Ardientes

El técnico y el cable suelto que lo cambió todo

La mudanza tardó todo el día. El sofá nuevo no pasaba por las escaleras como debía, la nevera arañó la pared del pasillo, y la llave del almacén se perdió durante la segunda vuelta del camión. Pero a las cinco de la tarde, más o menos, el piso tenía forma de casa.

Quedaba lo más delicado: el ordenador. Lo había desmontado con cuidado, etiquetado cada cable con cinta de carrocero, y ahora conecté todo en el orden correcto: alimentación, monitor, periféricos. Pulsé el botón de encendido.

Nada.

Lo pulsé otra vez.

Nada. Ni un ventilador, ni un pitido, ni el mínimo zumbido eléctrico. Solo silencio. El equipo llevaba cuatro años sin darme un problema y había elegido este momento para morirse. En una ciudad donde no conocía a nadie, donde no tenía ni el nombre de un fontanero, mucho menos el de un técnico de informática.

Magnífico.

Revisé los cables durante media hora. Cambié el enchufe de la regleta. Busqué en el móvil todas las causas posibles de un ordenador que no arranca. Nada funcionó. A las seis y media, con el sol ya bajo por la ventana del salón, decidí salir a buscar ayuda.

La tienda estaba a dos manzanas, entre una lavandería y un local de seguros. Pequeña, con el escaparate lleno de fundas de portátiles y cables en oferta. Empujé la puerta de cristal.

Dentro, un hombre levantó los ojos desde detrás del mostrador. Cuarenta y tantos años, quizás. Alto incluso estando sentado. Los antebrazos apoyados sobre el tablero, morenos, cubiertos de vello oscuro. Una camiseta de algodón gris que le quedaba ajustada sin pretenderlo. Tenía esa clase de presencia física que hace que un espacio parezca más pequeño de lo que es.

—Buenas tardes —dijo. Una voz tranquila, sin urgencia.

Le expliqué el problema. Escuchó sin interrumpirme, asintiendo de vez en cuando. Cuando terminé, pensó un segundo.

—Este tipo de revisiones las hago a domicilio, fuera del horario de la tienda. Si te va bien, puedo pasarme esta tarde sobre las ocho.

Me fue bien. Le di la dirección y volví a casa, aprovechando el camino para comprar algo en el supermercado de la esquina.

***

No fue hasta el ascensor, con la bolsa de la compra en la mano, cuando caí en la cuenta de algo que había ignorado por completo mientras hablaba con él del cable suelto y la placa base.

Ese hombre estaba muy bueno.

No era el tipo de atractivo que se impone desde el primer segundo. Era más discreto, más físico. Las manos grandes. La mandíbula sin afeitar desde hacía un día o dos. Esa manera de escuchar inclinando levemente la cabeza que hace sentir que lo que uno dice importa de verdad. Y el cuerpo. Ese cuerpo que llenaba la camiseta gris sin ningún esfuerzo aparente.

Me di una ducha. Busqué ropa limpia entre las cajas sin desembalar. Me pregunté si era normal dedicar tanto tiempo a pensar en el técnico que iba a venir a revisar un cable.

Probablemente no.

A las ocho y tres minutos sonó el telefonillo. Abrí sin preguntar. Sus pasos en la escalera eran lentos, seguros. Llamó a la puerta con tres golpes precisos.

Cuando abrí, lo vi de nuevo. Más cerca. Sin el mostrador de por medio.

—Andrés —dijo, tendiéndome la mano.

—Emilio.

Pasó al salón. Fue directo al ordenador, sin mirar el resto del piso. Siguió los cables con el dedo, comprobó la regleta, revisó el enchufe de la pared. Probó a encender el equipo.

Nada. Igual que antes.

—Voy a abrir la caja —dijo.

Sacó un destornillador del bolsillo trasero del pantalón y aflojó los tornillos del panel lateral con tres movimientos. Lo apartó con cuidado, lo apoyó contra la pared, y se inclinó sobre el interior de la torre con una mano apoyada en la mesa para no perder el equilibrio.

Yo estaba de pie, un poco detrás y a su derecha. No sé exactamente cuándo me había acercado tanto. Pero estaba cerca. Lo suficiente para oler su colonia, algo fresco y discreto que no reconocí.

—Aquí está el problema —dijo—. Un cable de la placa base. Se debió soltar con el movimiento de la mudanza. —Señaló algo en el interior—. ¿Lo ves?

Me incliné para mirar. Para verlo tuve que asomar la cabeza por encima de su hombro, y al hacerlo nuestros cuerpos se rozaron. No me aparté. Él tampoco.

Nos quedamos así un momento más del necesario.

—Hueles bien —dije. Salió solo, sin que lo hubiera planeado.

Él se quedó quieto un segundo antes de responder.

—La colonia me la compra mi novia.

Me incorporé. Di un paso atrás. Ahí acababa todo.

—Aunque tengas novia —dijo despacio, girándose hacia mí—, puedes quedarte donde estabas.

Se había erguido del todo. Estaba frente a mí, con los brazos cruzados y una expresión que no era agresiva sino directa. Segura. La misma calma que tenía para todo lo demás.

—Llevaba un rato notando cómo me mirabas —añadió—. Y no me molesta en absoluto.

Dos pasos. Los suyos. Y entonces sus labios estaban sobre los míos.

***

El primer beso fue breve, casi una pregunta. Sus labios apenas presionando los míos, esperando respuesta. La respuesta vino sola.

Lo que siguió no fue suave. Sus manos me tomaron por la cintura y me acercaron hacia él con firmeza, y el beso se volvió más profundo, más directo. Sentí su lengua, la calidez de su boca, el sabor a café de hacía un rato. Mis manos encontraron su espalda y recorrieron los músculos bajo la camiseta.

Me apretó más hacia él y pude sentirlo: ya estaba duro contra mí.

Nos movimos hacia el sofá sin separarnos. Cuando la parte trasera de mis rodillas encontró el borde, me senté y lo miré desde abajo. Él se quedó de pie un momento, tomándose su tiempo, y luego se quitó la camiseta de un solo movimiento.

El pecho que apareció era lo que había imaginado detrás de la tela gris: ancho, bronceado, cubierto de vello oscuro y espeso. Me puse de pie solo para tocarlo. Bajé las manos por su torso, sentí los latidos acelerados bajo las costillas, y me incliné para lamer su pezón izquierdo. Primero despacio, luego con más presión. El sonido que hizo fue grave y directo, sin afectación.

Me empujó suavemente de vuelta al sofá. Me quitó la camiseta. Me miró un segundo con esa misma calma que tenía para todo antes de bajar las manos a mi cinturón.

Cuando terminé de desabrocharle el suyo, su pantalón y la ropa interior cayeron juntos. Lo que apareció me detuvo un instante. Grande, tenso, circuncidado. Apuntaba hacia arriba con una seguridad que no pedía nada.

Me senté en el borde del sofá y lo tomé en la mano. Lo acaricié de arriba abajo, sintiendo el peso, el calor. Besé la punta despacio, con los ojos cerrados, y luego lo tomé en la boca.

Colocó una mano en mi cabello sin presionar, solo apoyada. Yo marqué el ritmo: lento al principio, lengua recorriendo cada contorno, sintiendo sus respuestas en el movimiento sutil de sus caderas. Luego más profundo, más constante. Su respiración fue cambiando de ritmo. Sus dedos apretaron levemente.

—Espera —dijo con la voz ronca—. Para un momento.

Se arrodilló delante de mí. Me bajó el pantalón y la ropa interior juntos y me miró con una media sonrisa antes de inclinar la cabeza.

Cuando su boca me rodeó, tuve que apretar la mandíbula para no hacer demasiado ruido. Sabía exactamente lo que hacía. Alternaba presión y suavidad con una precisión que no parecía casual, que parecía aprendida con paciencia. Cada vez que creía adaptarme a su ritmo, lo cambiaba.

Cuando sentí que el límite estaba demasiado cerca, lo detuve tirando de su hombro.

—Te voy a necesitar aquí —dije.

Sonrió. Buscó en el bolsillo del pantalón tirado en el suelo y sacó un condón.

—¿Siempre llevas uno encima?

—Hoy me alegra haberlo hecho —respondió.

Se puso el condón con la misma calma con la que había abierto el panel del ordenador. Escupió en la palma, se humedeció, y se situó entre mis piernas. Levanté las rodillas y las puse sobre sus hombros.

Presionó despacio. Esperó. Presionó un poco más.

No era mi primera vez. Aun así tuve que respirar hondo para abrirme a su tamaño. Entró centímetro a centímetro, sin apresurarse, y cuando estuvo completamente dentro se quedó quieto un momento. Los dos inmóviles. Solo la respiración entre nosotros.

Luego comenzó a moverse.

Al principio con embestidas largas y lentas, midiendo el terreno. Luego con más ritmo, más fuerza. Sus caderas golpeaban con un sonido sordo contra mis piernas, y yo podía verlo entero desde abajo: los músculos del pecho tensándose con cada movimiento, la expresión concentrada, el sudor que empezaba a brillar en su frente.

Con una mano en mi cadera para mantener el ángulo, con la otra me tomó y empezó a masturbarme al mismo ritmo de sus embestidas. El doble estímulo fue demasiado para controlarlo durante mucho tiempo.

Me corrí sobre mi propio pecho con un jadeo que no intenté suprimir. La tensión que se liberó fue larga, intensa, completa.

Él continuó tres o cuatro embestidas más y luego se detuvo de golpe. Todo su cuerpo se tensó. Soltó el aire de una vez, largo y lento, con los ojos cerrados. Permaneció quieto varios segundos, luego dejó caer parte de su peso sobre mí.

***

Ninguno de los dos habló durante un rato.

El salón estaba casi a oscuras. No había encendido la luz cuando llegó y no la habíamos encendido después. La única claridad venía de la calle, desde la ventana sin cortinas todavía.

—El cable de la placa —dije al final.

—¿Qué?

—¿Lo has arreglado o solo has venido a hacer esto?

Soltó una carcajada. Una carcajada real, de las que salen sin permiso. Se incorporó, recogió la ropa del suelo y desapareció en el cuarto de baño. Oí el agua del grifo durante un minuto. Luego silencio.

Cuando salió estaba completamente vestido, con el pelo húmedo peinado hacia atrás. Se acercó al ordenador, conectó el cable que había encontrado suelto, cerró el panel con los mismos tornillos y pulsó el botón de encendido.

El ventilador arrancó de inmediato. El monitor se iluminó. El sistema operativo cargó despacio, con ese zumbido familiar que no había escuchado en todo el día.

—Ya funciona —dijo.

—Ya lo veo.

Me miró. Esa sonrisa pequeña y segura en la comisura de los labios.

—Si vuelve a fallar, ya sabes dónde estoy.

Guardó el destornillador en el bolsillo y fue hacia la puerta. La abrió. Se detuvo un segundo en el umbral sin girarse.

—Bienvenido al barrio.

Cerró. Sus pasos bajaron las escaleras lentos y seguros, exactamente igual que cuando había subido.

Me quedé en el sofá sin moverme durante un buen rato, mirando el ordenador encendido en el rincón, el ventilador girando en silencio.

Bienvenido al barrio.

Era, sin ninguna duda, la mejor bienvenida que había recibido en mi vida. Y no iba a tardar mucho en encontrar el modo de que el ordenador volviese a fallar.

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Comentarios (2)

Lucas_mza

Que relato!!! me enganche desde el principio, muy bueno

Rodrigo_noc

Por favor continuá esto, quedé con ganas de saber qué pasó después con el técnico jaja

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