El heterazo del congreso me la dejó chupar en el baño
Todo empezó en Valencia. Esa ciudad me pone, no sé qué tiene. Voy cada tanto por trabajo y esta vez tuve la suerte de que la empresa montaba un congreso de un fin de semana entero. Ya sabéis cómo son esas cosas: gente nueva, copas hasta tarde y cada uno buscando lo suyo, aunque ninguno lo diga en voz alta.
El viernes fue tranquilo. Fuimos llegando por la tarde, las presentaciones de rigor, una cena larga y después a tomar cervezas a un bar cercano. Ahí ya empecé a leer el ambiente. A algunos se les notaba que buscaban algo sin saber muy bien el qué; otros venían directamente con ganas de soltarse.
Por cierto, que no me he presentado. Me llamo Bruno, veinticuatro años, moreno, pelo rizado y corto, ni flaco ni gordo, ojos marrones. Dicen que caigo bien a la primera, y creo que eso fue justo lo que me salvó la noche siguiente. Ya veréis por qué.
Esa primera noche no pasó de risas y birras. Me lo pasé en grande mirando al personal: bajitos, altos, delgados, fornidos, tímidos, estatuas con cara de palo. De todo un poco.
Y cómo no, me pasó lo de siempre. ¿Adivináis en quién me fijé? Eso es. En el más hetero de la sala.
Se llamaba Marcos. Alto, ancho de hombros, el pelo largo recogido en un moño, barba corta y unos ojos verdes que cortaban el aire. Masculino hasta decir basta, pero con una nobleza que se le notaba en cómo trataba a la gente. De esos que, si pueden, te echan una mano sin que se lo pidas. Claro que lo primero que pensé fue: ni de broma me lío yo con este.
Me pasé media noche observándolo desde mi rincón. Cómo se reía echando la cabeza hacia atrás, cómo se remangaba la camisa hasta el codo dejando ver unos antebrazos que daban ganas de morder, cómo le hablaba a la gente mirándola a los ojos. Cada gesto suyo era una invitación que él ni sabía que estaba lanzando, y yo me la guardaba toda, una por una, para repasarla luego a solas.
La noche se fue rápida. Me retiré pronto a la habitación pensando en él, aunque no pude hacer nada porque compartía cuarto con otro compañero. Madre mía, si hubiese dormido con Marcos esa pared no la cuenta nadie.
***
El sábado fue puro trajín. Reuniones por la mañana, pausa para comer, más charlas por la tarde y, por fin, lo que de verdad me espabiló: nos dieron la tarde libre. Mientras unos se duchaban, los demás esperábamos para cenar. Yo me junté con el grupito de la noche anterior y, de repente, Hugo, uno de los amigos de Marcos, me soltó a bocajarro.
—Oye, Bruno, ¿tú con quién te liarías? Que, conociéndote, fijo que ya le has echado el ojo a alguien.
—Buah, con Marcos, sin pensarlo. ¿Has visto cómo está el tío?
—Buena percha tiene, ¿eh?
—Y la que me podría dar a mí…
—¿Ah, sí? Pues mira, él ha dicho que esta noche la tiene libre.
—¿Qué dices? ¿No tenía novia?
—Sí, pero ya ves cómo está la cosa.
De lo que hablamos después no me enteré. Mi cabeza se había ido a otro sitio. Me lo imaginaba: cómo lo besaría, cómo le recorrería el cuerpo entero con la lengua, su polla, su culo. Quién se concentra con eso rondándole. Y es que tenía justo el cuerpo que me vuelve loco. Altos pero anchos, con carne. No me van nada los tíos a los que les puedes contar las costillas.
Cenamos y Marcos se puso pesado para salir otra vez. Yo seguía dándole vueltas a lo de Hugo. Total, ¿qué podía salir mal? Sobre todo después de lo que pasó cuando subimos a su habitación para que se cambiara. De broma empezamos a forcejear, lo tiré en la cama y caí encima de él. Nuestras caras quedaron muy, muy cerca. Y lo de más abajo, ya ni os cuento.
Salimos. Un par de cervezas en un sitio, otro bar, y Marcos pasó de las birras a la ginebra. No sé cómo acabamos cerrando aquel local, pero claro, él quería seguir. Éramos tres amigos suyos, él y yo. Fue entonces cuando yo cambié la cerveza por el vodka.
Y de bar en bar, Marcos empezó. Me echaba la mano al culo, me sobaba sin disimulo, abrazos que duraban de más. Cosas que no son muy de un hetero, y menos con sus colegas delante.
***
El vodka hizo su trabajo y me entraron unas ganas de mear como si no hubiera mañana. Marcos me vio levantarme.
—Eh, ¿dónde vas tú?
—Al baño, que me estoy meando vivo.
—Espera, que voy contigo.
—¿Me la quieres sujetar o qué?
—Si te portas bien…
De camino al baño me iba sobando el culo. No un manotazo ni un pellizco rápido, no. Me lo amasaba con la mano abierta, despacio, como quien se toma su tiempo.
El baño era estrecho, de esos en los que dos tíos apenas caben. Una sola bombilla amarillenta, azulejos fríos y un grifo que goteaba. Yo meé primero, con él a un palmo, fingiendo que mirábamos cada uno a su pared. Cuando le tocó a él, no nos quedó otra que juntarnos y pegarnos bastante. Y ahí saltó todo. Imaginaos la escena: yo con la bragueta abierta, abrazado a él, y sus manos otra vez en mi culo, esta vez sin ninguna excusa.
Noté su respiración cambiar. Ya no era el tío relajado de la mesa; estaba tenso, alerta, como si por fin admitiera para qué había entrado conmigo. Me apretó contra su cuerpo y sentí su pecho subir y bajar deprisa. El corazón me iba a mil. Llevaba todo el fin de semana imaginándome este momento y, ahora que lo tenía pegado, casi no me lo creía.
Empezamos a besarnos. Primero unos roces en el cuello, despacito, casi tímidos. Pero enseguida se convirtió en uno de esos morreos que solo das cuando estás muy caliente. Sabía a ginebra y a tabaco, y me encantó cada segundo.
De repente se me cayó el paquete de cigarros al suelo y pensé: esta es la mía. Sin pensármelo dos veces, me arrodillé frente a él. Empecé a chuparle por encima del pantalón, notando cómo se le marcaba todo. No era exagerado, era justo del tamaño que te permite disfrutarlo sin ahogarte. Creedme, eso se agradece.
Marcos aguantó poco.
—Para, para, para. Si vas a chupar, chúpamela bien.
Dicho y hecho. Se la sacó. Madre mía: depilada, recta, dura como una piedra y con ese olor a hombre que lleva todo el día encima. Empecé a comérsela como sé hacerlo. Me la metía entera, le pasaba la lengua por la punta, dejaba que me follara la boca a su ritmo. Y él, además de sujetarme la cabeza con una mano y marcar el compás, gemía. Bajito, conteniéndose, pero gemía.
Y había algo que me ponía aún más: la polla le lubricaba sola. Le caía un hilo fino y brillante que dejaba claro lo caliente que estaba y lo mucho que le gustaba lo que le hacía. Eso, y oírlo respirar entrecortado, es lo que más me dispara. Necesito saber que el otro está disfrutando de verdad.
El suelo me clavaba las rodillas y me daba igual. Tenía toda mi atención puesta en él, en cada temblor que le recorría los muslos, en cómo apretaba la mandíbula para no hacer ruido y se le escapaba igualmente. Por encima, entre la bruma del alcohol, llegaba la música del bar y las voces de sus amigos, que seguían en la mesa sin sospechar nada. Eso lo hacía mil veces mejor: lo prohibido, lo que podía descubrirse en cualquier momento.
Estuve un rato así, de rodillas, hasta que me apeteció guarrear un poco más. Me puse de pie, junté en la boca todo lo que pude y lo besé. Otro morreo largo, de mucha saliva y mucha lengua, compartiendo lo suyo entre los dos. Entonces se giró, se colocó a mi lado y me empezó a masturbar mientras él se la meneaba a la vez. Para que luego digan del heterazo.
***
Cuando mejor lo estábamos pasando, la puerta del cubículo se abrió de golpe. Se cerró al instante, así que dudo que llegaran a ver gran cosa. Aun así, nos separamos de un salto, nos subimos los pantalones a toda prisa y Marcos respiró hondo.
—Venga, salimos a fumar un piti, que se nos pase la tontería.
—Lo podemos seguir luego, ¿no?
—Ya veremos.
Volvimos a la mesa con sus amigos y no sé si fue el alcohol, que siempre nos empuja a más de lo que admitiríamos sobrios, pero Marcos me cogió la mano por debajo y se la llevó a la entrepierna. Allí mismo, delante de todos. Cuanto más lo tocaba con disimulo, más se le ponía dura. Yo no me lo podía creer.
Por desgracia, justo entonces avisaron del cierre y nos echaron del bar. Lo que pudo terminar en una noche redonda se quedó en aquel «ya veremos» que todavía me da rabia recordar.
Lo he vuelto a cruzar en otro congreso, pero coincidimos poco rato. Apenas un saludo, una sonrisa cómplice y esa mirada que dice más de lo que ninguno se atreve a soltar en voz alta. A lo mejor la próxima vez consigo arrastrarlo del todo a mi terreno. Ojalá, porque tiene una pinta de cerdo que no veas, y yo me quedé con las ganas de comprobar hasta dónde llega.