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Relatos Ardientes

Acompañé a mi amigo a su primera vez con otro hombre

Conozco a Ramiro desde hace más de quince años. Entramos casi juntos a la misma empresa, compartimos escritorios pegados, almuerzos eternos y suficientes confidencias como para considerarnos algo más que compañeros de trabajo. Por eso, cuando una tarde se quedó callado más de la cuenta y me dijo que tenía que contarme algo, supe que era serio.

—Me gustan los hombres —soltó, sin rodeos, mirando el café que se enfriaba entre sus manos.

Lo primero que sentí fue un nudo en el estómago. Tengo cincuenta y tres años, soy viudo y nunca me consideré nada que no fuera lo que siempre fui. Por un segundo absurdo pensé que aquella confesión venía con una intención hacia mí, y se me debió notar en la cara, porque Ramiro soltó una risa nerviosa.

—No es por vos, tranquilo —aclaró enseguida—. Hay alguien. Alguien de acá, de la oficina.

Alguien de acá. Eso me descolocó todavía más.

Me contó el resto de a poco, como quien va sacando piedras de un bolsillo. El chico se llamaba Bruno, tenía veinticuatro años y trabajaba en el área del director, dos pisos más arriba. Llevaban meses en algo que ninguno de los dos nombraba: charlas que se estiraban, mensajes a deshoras, un par de encuentros a escondidas en los que las cosas habían pasado de las palabras a las manos. Besos en el estacionamiento. Caricias apuradas dentro del auto. Nada más, hasta entonces.

—Pero Bruno quiere ir por más —dijo Ramiro, y bajó la voz aunque no había nadie cerca—. Y yo también.

Ramiro tiene cuarenta y siete años, está casado y se cuida. No es ningún galán, pero va al gimnasio tres veces por semana y mantiene el cuerpo firme. Yo, en cambio, soy todo lo contrario: grande, lampiño, con los kilos que dejan los años y las cenas solo. Cuento esto porque después va a tener sentido.

—¿Y yo qué tengo que ver? —pregunté, porque seguía sin entender por qué me lo contaba a mí.

Entonces llegó el verdadero motivo de la charla. Bruno lo había invitado a su casa el viernes. Una noche entera. Y Ramiro necesitaba una coartada para su mujer, que me conoce desde siempre y jamás sospecharía de mí. Si decía que salía conmigo, podía quedarse afuera sin que nadie hiciera preguntas.

—Solo necesito que me lleves y que estés ahí —dijo—. Por si Laura llama, por si tengo que justificar dónde estoy. Vos sos mi historia perfecta.

Le dije que no pensaba meterme en nada, que aquello no era lo mío. Él me prometió que no me pedía eso, solo compañía y respaldo. No sé bien por qué acepté. Tal vez porque era mi amigo. Tal vez porque, en el fondo, había algo en todo aquello que me intrigaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

***

El viernes lo pasé a buscar a unas cuadras de su casa, como habíamos quedado. Subió al auto perfumado, con una camisa que no le había visto nunca, y noté que las manos le temblaban apenas sobre las rodillas.

—¿Desde cuándo te pasaste de bando? —le pregunté, medio en broma, mientras arrancaba.

—No me pasé de ningún lado —respondió, mirando la calle—. Simplemente un día empecé a desearlo y no pude parar.

Durante el viaje me contó más de lo que yo quería saber, y al mismo tiempo no pude dejar de escuchar. Que hacía más de cinco meses que se buscaban. Que ya se la había chupado un par de veces en lugares imposibles —una vez en el baño del piso doce, otra en el asiento trasero de su propio auto, con los vidrios empañados y la camisa manchada de semen—. Que esa noche, por fin, iba a dejar que Bruno se lo cogiera del todo, porque el pibe era el que llevaba las riendas. El activo, dijo, con una mezcla de pudor y orgullo que no le conocía. Y agregó, más bajo, que hacía semanas que se preparaba con los dedos en la ducha para poder aguantarle la verga entera sin cagarla.

Asentí sin decir nada. No sabía qué cara poner. Una parte de mí quería dar la vuelta y volver a casa. Otra parte, una que no reconocía del todo, apretaba el volante con curiosidad.

***

La casa de Bruno era un departamento en un tercer piso, ordenado y con poca luz. Nos abrió en jeans y una remera ajustada, descalzo. Era más alto de lo que imaginaba, de cuerpo trabajado y una sonrisa que sabía exactamente lo que provocaba.

A mí me dio la mano con una cortesía justa. A Ramiro lo recibió distinto: lo tomó de la cintura, lo pegó contra el marco de la puerta y le comió la boca sin pudor, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras le apretaba el culo con las dos manos por encima del pantalón. Ramiro se dejó, con un gemido apagado, y a mí se me secó la boca ahí mismo, parado en el pasillo con la mochila colgando estúpidamente del hombro.

—Pasen —dijo, soltándolo apenas.

El living tenía un sillón de dos cuerpos y, enfrente, un sillón individual donde me dejé caer mientras ellos se acomodaban. Bruno encendió el televisor casi como un gesto de cortesía hacia mí, para darme algo en qué fijar la vista, y después se olvidó por completo de que existía.

Empezaron despacio. Bruno empujó a Ramiro contra el respaldo y lo besó en el cuello, mientras le desabrochaba la camisa botón por botón y le pasaba la lengua por el pecho, bajando sin apuro. Le mordió una tetilla y Ramiro arqueó la espalda con un gemido corto que trató de tragarse. Yo miraba la pantalla sin entender una palabra de lo que daban, girando los ojos cada tanto hacia el sillón de al lado como quien no quiere y a la vez no puede evitarlo.

Vi cómo Bruno le apretaba las nalgas por encima del pantalón, cómo le metía la mano por dentro de la cintura, cómo le buscaba el pozo del culo con los dedos y a Ramiro se le escapaba un temblor en las piernas. Vi a mi amigo buscarle el bulto que se marcaba en el short de algodón y acariciarlo en círculos lentos, sentir cómo se ponía duro debajo de la tela, cómo iba creciendo, cómo Bruno le agarraba la muñeca y se la apretaba contra la verga para que sintiera lo grueso que ya la tenía.

—Dale, sacámela —le dijo Bruno, en un susurro ronco que me llegó clarito—. Sacámela y comémela como te gusta.

Ramiro le bajó el short con las dos manos y la polla de Bruno saltó afuera, dura, pesada, de un tamaño que me obligó a apretar los dientes en mi sillón. La habitación se llenó de un silencio espeso, roto apenas por la respiración entrecortada de mi amigo y algún gemido bajo que se le escapaba contra la piel del otro.

En algún momento dejé de fingir que miraba la televisión.

***

Bruno terminó de sacarse el short de un tirón, se sacó también la remera y volvió a sentarse abierto de piernas, completamente desnudo, con la verga parada apuntando al techo. Ahí, de cerca, sin nada que la disimulara, era una barbaridad: gruesa como una muñeca en la base, larga, con las venas marcadas y el glande brilloso, ya con una gota de líquido pre asomando en la punta. Me removí en el sillón sin saber qué hacer con mis propias manos y sentí, con vergüenza, que a mí también se me empezaba a marcar algo en el pantalón.

Tomó a Ramiro de la nuca con suavidad firme y lo guió hacia abajo.

—Chupámela toda, papi —le dijo, sin dejar de mirarme a mí—. Mostrale a tu amigo cómo mamás.

Mi amigo no opuso resistencia. Se arrodilló entre sus piernas como si lo hubiera hecho toda la vida, le agarró la verga con las dos manos y empezó a lamerlo primero, despacio, de la base al glande, recorriéndosela entera con la lengua plana. Le chupó los huevos uno por uno, se los metió en la boca, y volvió a subir hasta el capullo, donde se demoró jugando con la punta, lamiéndole la ranurita hasta que a Bruno se le escapó el primer gruñido serio.

Después se la metió. De una. Se la tragó hasta la mitad y volvió a sacarla con un hilo de saliva colgándole del mentón. La volvió a meter, más adentro, y ahí sí se ahogó un poco, tosió, respiró por la nariz y siguió. Empezó a subir y bajar la cabeza con un ritmo obsceno, chapoteando, haciendo unos ruidos húmedos que llenaban todo el living y que no había manera de fingir que no se escuchaban.

Y mientras lo hacía, Bruno me miraba a mí.

No con disimulo. Me sostenía la mirada por encima de la cabeza de Ramiro, con una media sonrisa, levantando una ceja como si me invitara a algo que ninguno de los dos pensaba decir en voz alta. Se mordía el labio cuando mi amigo se la tragaba entera, entrecerraba los ojos, y volvía a clavarme la vista. Yo desviaba la vista hacia la pantalla y volvía. Una y otra vez. Hasta que dejé de pelear contra eso.

—Así, así, comela toda —le decía Bruno, con la voz cada vez más agitada, agarrándole el pelo de la nuca con las dos manos—. Qué bien la mamás, hijo de puta. Mirá cómo te tengo la garganta.

Los sonidos que hacía mi amigo eran lo más perturbador de todo. Guturales, húmedos, completamente entregados. Gemía con la boca llena, se le caía la baba por los costados, se pegaba la verga a la mejilla y volvía a metérsela. Lo vi ahogarse otra vez cuando Bruno le empujó la cabeza hasta el fondo, quedarse ahí unos segundos con la nariz aplastada contra el vientre del pibe, y después zafarse tomando aire como un buzo. Se limpió la saliva con el dorso de la mano y volvió a empalarse en la polla con una dedicación que no le hubiera imaginado nunca al hombre con el que comía milanesas todos los mediodías. Tenía los ojos cerrados, la boca desbordada, y por primera vez entendí del todo lo que me había dicho en el auto. Eso no era curiosidad. Era hambre. Era deseo puro.

Bruno empezó a mover las caderas. Le sostuvo la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo él, cada vez más rápido, cogiéndole la boca sin ninguna delicadeza, entrando y saliendo como si fuera un culo. Las pelotas le golpeaban el mentón a Ramiro con cada embestida. Los ruidos eran obscenos: chapoteo, arcadas breves, la respiración entrecortada del pibe que cada tanto se soltaba en un insulto ronco.

—Me vas a hacer acabar en la boca —le avisó, tirándole del pelo—. Me la vas a tomar toda, ¿me escuchás? Toda.

Ramiro dijo que sí con un gemido ahogado, sin sacársela, y aceleró él mismo. Bruno se tensó entero, arqueó la espalda contra el respaldo, y un gruñido largo le subió desde el pecho hasta salírsele por la boca abierta. Vi cómo se le contraía la panza, cómo Ramiro se quedaba quieto con la verga hundida hasta la garganta, tragando, tragando, con la nuez de la garganta subiendo y bajando. Vi caer un hilito blanco por la comisura, que mi amigo se recogió con el dedo y volvió a lamer sin pensarlo dos veces.

Cuando por fin la soltó, la verga de Bruno seguía medio dura, brillosa de saliva y de semen, apoyada de costado sobre su muslo. Y vi a Bruno mirarme otra vez, todavía agitado, respirando por la boca, con esa misma media sonrisa, como diciendo sin palabras que ahí había de sobra para los dos.

***

Se levantó desnudo, sin la menor vergüenza, y caminó hacia el baño pasando justo por delante de mi sillón. Se detuvo un segundo, me miró desde arriba con esa misma sonrisa, con la polla colgando pesada y todavía húmeda a la altura de mi cara, y siguió de largo, balanceándose, dejándome la imagen clavada en la retina.

Ramiro se incorporó del piso. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y una mancha blanca en el cuello de la camisa que no llegó a limpiarse. Se sentó un momento en el borde del sillón, recuperando el aire, y recién entonces pareció acordarse de que yo estaba ahí.

—¿Estás bien? —me preguntó, y casi me reí de lo absurdo de la pregunta.

—Eso debería preguntártelo yo —contesté, con la voz más ronca de lo que esperaba.

Sonrió, todavía perdido en lo suyo, pasándose la lengua por el labio inferior como si le quedara algún resto por recoger.

—Ahora te vamos a dejar solo un rato —dijo, acomodándose la camisa abierta—. Quiere cogerme en el dormitorio. Cualquier cosa, me llamás.

—¿Y vos estás bien? —insistí, porque era lo único que se me ocurría preguntar.

—No soy el mismo de antes —respondió, y por la forma en que lo dijo supe que era verdad—. ¿La viste la verga que tiene? Está riquísima. Me va a partir en dos y no me importa nada.

No le contesté. No supe qué decir. Solo lo había escuchado, le dije al final, y él se rió bajito antes de levantarse.

Bruno volvió del baño, lo tomó de la mano y se lo llevó por el pasillo. Antes de cerrar la puerta del dormitorio, giró la cabeza y me dedicó una última mirada, larga, deliberada, una que decía con total claridad que la puerta no quedaba entornada por casualidad.

Me quedé solo en el living, frente a un televisor que seguía hablando para nadie, escuchando los primeros sonidos que empezaban a colarse desde el otro lado del pasillo: el crujido del colchón, un gemido largo de mi amigo, la voz áspera de Bruno diciéndole que abriera bien las piernas, que se dejara, que ya era suyo. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve idea de qué iba a hacer con todo lo que estaba sintiendo.

***

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Comentarios(9)

MartinCba91

Tremendo relato!!! de esos que se leen de corrido sin poder parar. Muy bueno

CuriosaMax

Por favor una segunda parte, quede con mil preguntas en la cabeza jajaja

noctambulo_r

excelente, sigue escribiendo asi

Facundo_BA

Me recordo a una situacion similar con un amigo mio. Esas cosas que pasan y uno no sabe bien como procesarlas despues. Muy bien contado, de verdad.

ElectraNoche

Lo que mas me gusto fue como describiste esa confusion interna, se siente muy autentico. Me engancho desde el primer parrafo.

Rodrigo_Mdq

tremendo final, no me lo esperaba para nada jajaja

ValentinaR

Que bien escrito esta, la tension que se va armando desde el principio es increible. Espero que hayas escrito mas!

CelesteNocturna

Y despues? Como quedo la relacion con tu amigo luego de eso? Eso es lo que me dejo pensando mas que cualquier otra cosa

Juan_Nocturno

Buenisimo. Esa situacion de estar ahi y no saber para donde mirar... la captaste perfecto. Saludos desde Mendoza

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