Lo que pasó en las duchas del gimnasio esa noche
Bruno iba al centro deportivo siempre que el trabajo se lo permitía. Algunas semanas conseguía ir tres veces, otras apenas dos entre semana y una el sábado. Dependía de las ganas y, sobre todo, del tiempo libre que le quedaba después de las jornadas largas. Le gustaba alternar: correr en la pista exterior cuando el clima acompañaba, nadar un rato en la piscina cubierta o quedarse con las máquinas de fuerza hasta que los brazos le temblaban.
Aquel viernes llegó tarde, casi a la hora de cierre. Los dos vestuarios masculinos principales estaban abarrotados de gente que salía, así que tuvo que conformarse con el del fondo del pasillo, el más apartado y silencioso. Terminó su rutina con los hombros cargados y el cuerpo pidiendo agua caliente. Llevaba semanas sin tocarse, encerrado entre el trabajo y el cansancio, y notaba esa tensión acumulada presionándole por dentro.
Cuando entró en el vestuario vio un par de bolsas de deporte apoyadas en un banco, cerca de su taquilla, pero no había nadie a la vista. Cogió el gel y el champú y caminó descalzo hacia las duchas. Era un pasillo largo, con una decena de alcachofas pegadas a la pared y sin separación alguna entre ellas. Abrió un grifo del medio y dejó que el agua le corriera por la espalda.
Con la calentura encima y la sensación de estar solo, mientras se enjabonaba el vientre notó que se le endurecía. No estaba del todo erecto, pero sí lo bastante despierto como para que se le marcara. Un ruido al otro extremo lo sobresaltó. Giró la cabeza y vio a un hombre mayor, de espalda ancha y barba canosa, abriendo el grifo unas duchas más allá.
Bruno se volvió hacia la pared para esconder su excitación, pero ya era tarde. El hombre lo había visto, había reparado en cómo se le marcaba a media asta. Siguió jabonándose dándole la espalda, fingiendo no haberse dado cuenta. Por eso no advirtió el movimiento del desconocido, que cerró su grifo y se acercó por detrás sin hacer ruido sobre las baldosas mojadas.
Un antebrazo le rodeó el cuello, firme pero sin apretar de más. La boca del hombre le rozó la oreja.
—Veo que te pone estar en una ducha con otros hombres —le dijo en voz baja, mientras la otra mano descendía y le sujetaba los testículos.
El susto le encogió la erección por un instante. Pero al sentir contra su espalda baja el peso de la polla del hombre, dura y caliente, su cuerpo respondió solo. Se le puso vertical, palpitando contra el aire.
—¿Te gusta usar esto —preguntó el desconocido, apretando un poco— o prefieres que te lo metan?
Lo dijo casi adivinando la respuesta, leyendo la postura rendida de Bruno, la forma en que no se apartaba.
—Solo soy pasivo —respondió él, con la voz tomada.
No hubo más palabras. Ramón —así se llamaba, lo sabría después— lo empujó contra la pared con la palma abierta entre los omóplatos. Le mordió el lóbulo de la oreja y le lamió el cuello despacio, de abajo arriba. Cogió un poco de gel del bote que Bruno había dejado en el suelo y se untó la polla, y luego pasó los dedos resbaladizos por la raja del culo del joven, abriéndose paso entre las nalgas.
Colocó el glande en la entrada y empujó. Lento, pero con una fuerza constante que no admitía retroceso. El cuerpo de Bruno fue cediendo, el ardor abriéndose camino centímetro a centímetro hasta que el glande superó el anillo y entró del todo.
Ramón se detuvo. Esperó unos segundos, dejando que el cuerpo se acostumbrara. Y entonces, agarrándolo de la nuca, dio un empellón seco y se hundió hasta el fondo de una sola vez. El grito de Bruno habría retumbado en todo el pasillo si el hombre no le hubiera tapado la boca con la mano libre. Empezó a follarlo sin pausa, sujetándolo de los hombros, del pecho, de las caderas, con una brutalidad pausada que iba subiendo de ritmo.
—Conozco a media familia tuya y no tenía ni idea de que te gustara tanto —le gruñó al oído.
Bruno no podía responder. El agua seguía cayendo sobre los dos cuerpos, mezclándose con el vapor y con los gemidos que se le escapaban a pesar de la mano que le tapaba la boca.
***
Cuando Ramón empujaba con más saña, otro hombre entró en las duchas. Era alto, de piel oscura y un cuerpo trabajado en el gimnasio, y traía entre las piernas una polla que parecía imposible. Se quedó mirando la escena un momento y luego sonrió.
—Joder, vaya culito te has buscado —le dijo a Ramón—. Me lo tienes que prestar.
Bruno escuchó la conversación con un escalofrío de excitación recorriéndole la espalda. Ramón lo obligó a ponerse a cuatro patas sobre las baldosas. Volvió a metérsela desde atrás mientras el recién llegado, que se presentó como Omar, se acercaba por delante con la verga en la mano. Era tan descomunal que ni siquiera podía abarcarla con las dos manos; le sobraba carne o le faltaban dedos. Se la acercó a la cara y Bruno sacó la lengua, lamiendo lo que alcanzaba, recorriendo desde la base hasta la punta con lametones lentos.
Cuando Ramón sintió que estaba a punto de correrse, se la sacó y le hizo una seña a Omar para que ocupara su lugar. Este se colocó detrás. El otro lo había dejado bien abierto, así que Omar no tuvo que esforzarse demasiado. No la tenía especialmente larga, pero sí gruesa como pocas. Se la fue metiendo despacio, milímetro a milímetro, hasta que faltaban apenas unos centímetros, y entonces la clavó de golpe.
No le dolió. Al contrario: el grosor le rozó la próstata y el placer se le disparó hasta un punto que no había sentido nunca. De largo le molestaba, pero de ancho lo volvía loco. Cuando Omar se la sacó casi del todo y la volvió a hundir, le tocó otra vez ese punto, y a Bruno le bastó con eso. Se corrió en varios chorros sobre las baldosas, temblando, mientras Ramón, masturbándose frente a su cara, empezaba a vaciarse y le llenaba las mejillas de semen. Omar hizo lo mismo poco después, retirándose para terminar sobre su rostro.
Después los tres se ducharon como si nada, se secaron y se vistieron en silencio. Al salir, Ramón caminó junto a Bruno hasta la puerta del centro deportivo.
—¿Qué haces el fin de semana? —le preguntó—. Yo estoy solo todo el finde. Si te apetece, repetimos. Te llevo en coche ahora mismo si quieres. Me has encantado, chaval. Te conozco de toda la vida y no tenía ni idea.
—Pues a mí también me ha gustado —admitió Bruno—. Estoy solo todo el fin de semana, así que por mí no hay problema. Pero antes tengo que pasar por casa a por ropa.
—La ropa no creo que la vayas a necesitar —dijo Ramón, abriendo la puerta del coche y lanzando su bolsa al asiento trasero.
***
Bruno hizo lo mismo y subió. Ramón condujo en dirección a su casa, pero antes le propuso pasar por una zona de cruising que conocía a las afueras, y Bruno aceptó sin pensarlo. Aparcaron lejos del comienzo del sendero, por precaución. Entre los árboles había un camión estacionado. Ramón conocía al conductor: un tipo activo que solía aparecer por allí en verano y algún que otro fin de semana.
—Quiero que subas a su camión y dejes que Andrés te folle —propuso.
A Bruno se le encendió todo por dentro. Llamó a la puerta de la cabina y el hombre abrió. El interior era amplio, con una pequeña cama al fondo. Andrés lo ayudó a subir y, abajo, Ramón le hacía gestos al camionero indicándole que el chico era suyo si lo quería.
Bruno se sentó en el asiento del copiloto, pero Andrés le ordenó que pasara a la cama mientras él se quitaba la ropa. Cuando estuvo desnudo se fue atrás, lo agarró del brazo y lo hizo tumbarse boca abajo. Se echó encima de él y cogió un tubo de lubricante de una repisa. Se untó la polla con generosidad y deslizó los dedos cargados de crema por el agujero del joven, ya dilatado de antes.
Le separó las nalgas y, casi con su propio peso, fue entrando hasta clavársela entera. Lo follaba tirándole del pelo, con un ritmo violento que hacía crujir el somier de la cabina, hasta que se tensó y se corrió dentro, llenándolo.
Bruno bajó del camión con el semen resbalándole por la cara interna de los muslos. Entre la vegetación distinguió a Ramón follándose a otro chico, tan joven como él, casi un universitario. Se acercó justo cuando terminaba. Ramón le hizo un gesto para que lo siguiera y se internaron entre los muros de una antigua construcción medio derruida.
Dentro había más gente de la que esperaba. A Ramón lo conocían varios, que se le acercaron, pero él los fue rechazando hasta quedarse con uno que vestía un chándal gris. Se lo bajó de un tirón y se la metió allí mismo. Bruno miraba la escena ensimismado.
—Chicos, este es de los que no se cansan —anunció Ramón señalándolo.
Un hombre corpulento se colocó detrás de Bruno, que ya estaba desnudo, y lo hizo inclinarse hacia delante. Él se sujetó a uno de los muros de piedra. El tipo, al notarlo tan abierto, se la metió de una sola embestida. Por delante, otro hombre enorme, rubio y de hombros anchos como un vikingo, le presentó la polla en la boca.
No lo dejaban mamar con calma: directamente le follaban la garganta con golpes secos. A su espalda, el primer hombre lo penetraba cada vez con menos contención. El rubio no pudo aguantarse y, hundiéndose hasta el fondo, lo hizo atragantarse mientras se corría; el semen le caía a Bruno por las comisuras de los labios. El de atrás alternaba entre embestidas suaves y arremetidas brutales, jugando con él, hasta que se tensó por completo y estalló en un orgasmo largo y ronco.
Cuando todos terminaron, Ramón y Bruno se acercaron a una fuente cercana y se limpiaron como pudieron, a oscuras, antes de volver al coche. Se vistieron en silencio, con el cuerpo agotado y la piel aún caliente, y arrancaron rumbo a casa.
Es un relato completamente imaginario y fantasioso, pero espero que te haya excitado tanto como a sus protagonistas.