Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó en la ducha el último día de vacaciones

Iván se quedó dormido otra vez entre mis brazos. Su cara tenía algo de niño tranquilo, esa paz que solo aparece cuando alguien se siente seguro. Era guapísimo, y yo podría haberme pasado horas mirándolo, acariciándole el pelo, sintiendo su cuerpo tibio y la fina capa de sudor que el calor de la isla le dejaba en la piel. No tenía ninguna prisa por levantarme.

Entonces un ruido en el pasillo me alertó. Sonaba a la puerta del baño, y supuse que Carla ya se había despertado. Me solté con cuidado para no romperle el sueño a Iván, me puse en pie y caminé descalzo por el apartamento.

Empujé la puerta del baño y no era Carla.

Era Omar, completamente desnudo, una mano apoyada en la pared y la otra sujetando su polla mientras meaba largo y tranquilo. Se giró al oírme, con la cara a medio despertar, pero ni así perdía nada. Ese culo ancho, los pectorales marcados, el vientre firme, todo aderezado con su tono moreno de piel y unos labios gruesos que no terminaban nunca de borrar la sonrisa.

—Buenos días, hermano —dijo sin moverse—. No aguantaba más. ¿Qué tal vas?

—Bien, bien… —contesté—. Creía que eras Carla.

—Está durmiendo. La dejé cansada.

—Me lo imagino. Os oí hace un rato.

—¿Te molestó? —preguntó, levantando una ceja.

—Para nada. Si la has hecho feliz, encantado.

—Supongo que tú e Iván también, ¿no?

—Es una maravilla de chico. Tienes suerte de conocerlo.

—Tú también con Carla. —Cerró el grifo del lavabo y me miró de arriba abajo—. Iba a meterme a la ducha. ¿Te apetece?

—Sí, claro. No me va a venir mal.

Omar abrió el agua y se metió. Yo me quité el calzoncillo, agarré una toalla limpia del estante y entré detrás de él. El chorro ya caía sobre su cuerpo oscuro, y verlo masajearse la cabeza mientras el agua fresca le resbalaba por los hombros era un espectáculo. Me quedé un segundo en el umbral, mirando, antes de dar el paso.

—Pasa, Pablo. Ven, mójate —dijo, haciéndome sitio.

—Voy.

El roce fue inevitable, y a mí me encantaba sentirlo cerca. Me puse bajo la alcachofa y el agua me terminó de despertar. De pronto noté las manos enjabonadas de Omar recorriéndome la espalda, bajando con una suavidad que no encajaba con el tamaño de aquellas manos. Me acarició el cuello, los hombros, el pecho, el vientre, y siguió hasta el culo sin ninguna prisa.

—Uf, gracias, tío —murmuré.

—Te toca a ti.

Me puso gel en las manos y se dio la vuelta para ofrecerme la espalda. Era mi turno, y lo viví como un premio. Le recorrí todo el cuerpo enjabonándolo, demorándome a propósito en la polla y en los huevos. Se la dejé dura en cuestión de segundos, la masturbé despacio con la mano resbaladiza, le amasé el culo con las dos manos, hasta que noté que ya no aguantaba más. Había jugado con fuego, y Omar era un hombre demasiado caliente para quedarse quieto.

Sus manos me agarraron y me voltearon contra los azulejos. Apoyé las palmas en la pared, como si fueran a cachearme. Con un pie me separó las piernas, y después me sujetó las nalgas, apretándolas y dándome un par de palmadas que sonaron por encima del agua. Su cuerpo se pegó al mío. Sentí su boca en mi cuello, su lengua, y su polla dura como una piedra restregándose entre mis nalgas. Empecé a jadear sin poder evitarlo.

—Estás cerdo esta mañana, ¿eh, Pablete? —me susurró mordiéndome la oreja.

—Es que me has puesto tú, al verte meando ahí desnudo.

Metió los dedos entre mis nalgas y buscó la entrada. La acarició, la masajeó, jugó con ella mientras yo gemía y empujaba las caderas hacia atrás pidiéndole más. Cuando me metió dos dedos de golpe me retorcí buscando su boca, gozoso, mientras me los movía dentro una y otra vez. Pero yo no quería los dedos. Quería sentirlo entero, su polla partiéndome en dos y su cuerpo aplastándome contra la pared.

—¿Quieres polla? —preguntó—. ¿Quieres que te dé la última follada del verano?

—Sí, tío. Por favor.

Apenas terminé la frase. Sentí una punzada intensa que me subió por la columna y casi me hizo gritar. Omar me había entrado del tirón, sin avisar, y se quedó quieto un instante para que me acostumbrara. Enseguida el dolor se volvió otra cosa. Me sujetó la cabeza contra los azulejos con una mano y empezó a follarme con fuerza.

Su cuerpo me empotraba contra la pared con cada embestida. El placer y el morbo me invadieron por completo. El agua caliente seguía cayendo sobre los dos, resbalando entre nuestras pieles, y el vapor empañaba los azulejos hasta convertir el baño en un sitio sin tiempo ni horario. Empecé a gemir sin vergüenza, le pedía más, y él me lo daba. A veces sacaba la polla del todo, la agarraba y volvía a clavarla de golpe, y yo notaba cómo me temblaban las piernas. Lo oía suspirar pegado a mi oreja, jadear, bufar, mientras sus embestidas no aflojaban ni un segundo.

Cada vez que entraba hasta el fondo me arrancaba un gemido distinto, más ronco, más rendido. Yo solo podía sostenerme contra la pared y dejar que me usara, sintiendo cómo el placer me subía desde el centro del cuerpo hasta la nuca. No quedaba nada de aquel pudor del primer día. Ya no había vergüenza, solo ganas, y las ganas no entendían de despedidas ni de aviones.

—Así, así… dame, dame más —jadeaba yo.

—¿Te gusta? —preguntaba él sin parar—. Con lo que me costó follarte el primer día, y mírate ahora, cómo pides.

—No pares, no pares…

—Te voy a llenar el culo, igual que dejé a tu chica esta noche.

No pude más. Mi polla estalló sin que nadie la tocara, solo con el roce contra la pared y el vaivén de Omar dentro de mí. Me corrí gimiendo como loco, retorciéndome atrapado entre los azulejos y aquel cuerpo. Omar jadeaba cada vez más fuerte, me embestía con potencia, hasta que lo sentí temblar. Soltó un gruñido largo y se vació dentro de mí en varios espasmos calientes que me llenaron por completo.

Nos quedamos quietos un buen rato, pegados, recuperando el aliento. Notaba su pecho subir y bajar contra mi espalda, su polla todavía dentro de mí perdiendo dureza poco a poco. Él me besaba el cuello despacio, todavía con la respiración agitada. Volvió a abrir el agua y nos enjuagamos entre caricias y tonterías, riéndonos como dos críos, antes de salir y liarnos cada uno con su toalla.

—Te voy a echar de menos —dijo.

—Y yo a ti, moreno —contesté riéndome.

—Ha sido un placer todo esto. Estoy feliz de haberos conocido a ti y a Carla, y me gustaría que esto no se acabara aquí.

—No se va a acabar. Lo nuestro va más allá de un calentón de verano. Ya verás como nos seguimos viendo.

Omar me abrazó y nos comimos la boca durante un par de minutos largos. Lo noté emocionado, y yo también lo estaba. Después salimos del baño. Carla ya estaba en la cocina, desayunando.

—Buenos días, amor —me dijo.

—Buenos días, cariño.

—Menudo polvo te ha dado Omar, ¿no? —soltó con una sonrisa.

—Bueno, supongo que nos has oído.

Omar se acercó, la besó con ternura y los tres nos pusimos a desayunar. Al rato apareció Iván, despeinado y sonriente, repartiendo besos y sumándose a la mesa. Eran casi la una y no quedaba mucho tiempo, así que empezamos a hacer las maletas y a recoger el apartamento. Aun así nos dio para un último baño en las aguas templadas del mediterráneo, una despedida en condiciones de aquellas vacaciones inolvidables.

***

El vuelo de Omar e Iván salía una hora antes que el nuestro, pero fuimos juntos al aeropuerto. Los despedimos con la emoción a flor de piel, y después Carla y yo volamos de vuelta a casa, a Málaga. Durante unos años todo funcionó de maravilla. Nuestro sexo se había vuelto mucho más abierto y morboso: tríos, parejas que iban y venían, pero siempre con respeto y cariño entre nosotros, y sin perder nunca el contacto con su hermano ni con Omar.

Aun así, la vida es caprichosa. Carla encontró a alguien que la llenaba más que yo, y decidimos romper como pareja de la forma más amistosa posible. Como amigos no nos separamos jamás, ni siquiera del sexo esporádico cuando surgía. Por su parte, Iván y Omar también terminaron tomando caminos distintos, sin dramas, y Iván se vino a vivir a Málaga, cerca de su hermana. El feeling entre nosotros seguía intacto, y cada vez que coincidíamos saltaban las chispas.

Iván y yo somos pareja ahora. De hecho, nos vamos a casar. Nos va de fábula: nos queremos, nos respetamos, y seguimos teniendo nuestras noches calientes con quien apetezca, porque somos abiertos pero tenemos clarísimo dónde está el amor.

Os preguntaréis por el resto. Pues todos los años pasamos una semana juntos en Sitges. Omar con Sara, su nueva pareja; Carla con Rubén, el suyo; e Iván y yo. ¿Que qué nos une todavía? Pues que Rubén, el novio de mi ex, está cachas y buenísimo, y era de lo más hetero… hasta que me conoció. Con Omar es aquí te pillo, aquí te mato, y mi vida con Iván es una delicia. Así que, al final, todos contentos y la historia sigue donde tenga que seguir.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (4)

JulianCba

Que relato!!! me dejo sin palabras de verdad

Ignacio_Cba

Por favor escribi una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo con Ivan

MarcosCordoba

Me encanto la tension que le fuiste dando, se siente real sin ser burdo. Muy buen trabajo

SantiRdz

Los ultimos dias de vacaciones siempre guardan las mejores sorpresas jaja. Excelente!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.