El desconocido que nos llevó a su apartamento
Era viernes y la liga universitaria nos había programado un partido esa tarde, en una cancha bastante conocida del otro extremo de la ciudad. Por eso tuve que salir más temprano de la facultad. Para colmo, ese día le tocaba restricción a la placa de mi moto, así que me tocó moverme en transporte público como cualquier otro día de mala suerte.
Perdimos el partido. Después nos quedamos un rato en la cafetería del complejo deportivo, charlando y matando el tiempo. Cuando ya empezaba a oscurecer, salí con mi compañero Andrés, que vive cerca de mi casa, a buscar el bus que nos dejara en el metro. Caminábamos por la avenida sin apuro, todavía con los bolsos al hombro, cuando un automóvil de alta gama frenó a nuestro lado.
El hombre al volante bajó la ventanilla y nos saludó con confianza, como si nos conociera de toda la vida. Nos preguntó hacia dónde íbamos. Le respondí que al metro, sin mencionar que primero teníamos que tomar el bus. Era un señor elegante, bien vestido, de unos cuarenta y pico, con esa seguridad que da el dinero.
—Yo los acerco, me queda de paso —dijo, y abrió el seguro de las puertas.
Acepté de inmediato. Andrés, en cambio, dudó y dijo que mejor tomábamos el bus, que no quería molestar. Le insistí hasta convencerlo, como siempre hago, y subimos. Yo me senté adelante; él, atrás.
Nos presentamos. Dijo que se llamaba Ernesto, que había estado en la cancha viendo el partido porque los viernes salía temprano de la oficina. Tenía una voz pausada, de las que no necesitan levantar el tono para que uno escuche. A las pocas cuadras, cuando ya habíamos pasado de largo el desvío hacia el metro, soltó la invitación.
—¿Por qué no suben un rato a mi apartamento? Comemos algo, charlamos. Es temprano todavía.
Sabía perfectamente cuáles eran sus intenciones. Yo ya las había leído en la forma en que me miraba de reojo en cada semáforo. El único problema era Andrés. Compartíamos equipo, sí, pero él no sabía nada de mis gustos, y no quería que se enterara así, de golpe. Aun así acepté, y de nuevo lo convencí a él.
El edificio quedaba en un sector exclusivo, de esos con portero y plantas en la entrada. El apartamento era amplio, bien decorado, con dos habitaciones y ventanales que daban a la ciudad encendida. Ernesto nos dijo que nos pusiéramos cómodos, que estábamos en nuestra casa.
Ahí empecé mi estrategia.
—Hace un calor tremendo. ¿Le molesta si me quito la camiseta? —pregunté, ya con los dedos en el borde de la tela.
—Para nada, ponte cómodo —respondió, y noté cómo se le iban los ojos cuando me la saqué.
Me quedé con el torso desnudo, sentado en el sofá. Ernesto trajo unas cervezas y empezamos una charla cordial. Andrés se limitaba a escuchar y a contestar lo justo, observándonos como quien no termina de entender qué está pasando.
***
Ya más relajado, Ernesto contó que era dueño de una distribuidora, que llevaba dos años separado y que sus dos hijos vivían con la madre. Por eso vivía solo. Hablaba con amabilidad, pero lo notaba inquieto, casi nervioso. Me miraba con un deseo que no se molestaba en disimular, y yo le devolvía la mirada igual. Cada tanto, como por descuido, su mano me rozaba el muslo.
Estaba clarísimo lo que buscaba. Lo supe desde que frenó el auto. Y creo que Andrés también empezaba a sospecharlo. Pero él era justamente el obstáculo, lo que me frenaba para avanzar. Teníamos buena relación de equipo, no la confianza suficiente para arriesgarme a tanto. Tenía que ser inteligente y paciente.
Andrés tiene mi edad, cara agradable, piel clara, buena estatura, el abdomen y el pecho marcados de tanto entrenar, piernas fuertes. Se la había visto en el vestuario más de una vez, sin querer y queriendo: la tiene generosa. Pero, para mi sorpresa, fue Ernesto quien empezó a llevar la batuta. Soltó una serie de preguntas que iban tanteando el terreno de nuestra intimidad.
—¿Y novia? ¿Alguno tiene? —preguntó, repartiendo la mirada entre los dos.
—La verdad, no —contesté—. Prefiero disfrutar de lo que aparezca en el momento.
—Yo sí tengo una por ahí —dijo Andrés—, pero tampoco me cierro a nada. Uno joven anda siempre con ganas.
—Así me gusta, que disfruten de la vida —dijo Ernesto—. Me imagino que solo les llaman la atención las chicas.
—A mí me gusta más la gente con experiencia —respondí, midiendo cada palabra—. No le hacen asco a nada. Y usted, con su buen auto, su apartamento, ¿cómo las prefiere?
—No todo es lo que parece —sonrió—. Pero sí, me doy mis gustos. Y, la verdad, los prefiero bien jóvenes.
Noté que Andrés iba en la misma dirección, que en cada respuesta colaba un doble sentido. La cosa no iba a ser tan difícil después de todo. En algún momento Ernesto mencionó, casi al pasar, lo bien que sabía recompensar a quien le hacía un favor. Ahí vi la oportunidad de sacar algo de dinero, y dejé caer el comentario perfecto.
—Uno joven, así quiera, no tiene con qué. Andamos siempre cortos.
—Y eso se puede arreglar —dijo, sosteniéndome la mirada—. De pronto les resulta algo por hacer esta misma noche. Algo placentero, incluso.
—¿Y eso cómo sería? Suéltelo de una vez —se animó Andrés, ya sin rodeos.
—Me gustan los muchachos, y ustedes dos están demasiado buenos —dijo por fin—. Me encantaría chupárselos a los dos. Lo demás, lo que ustedes quieran. Y yo, claro, los recompenso bien.
—Por mí está perfecto —respondí.
—Por mí igual —agregó Andrés—. Una mamada nunca cae mal.
***
Andrés, todavía sentado, se bajó el pantalón deportivo y el bóxer de un tirón, dejando a la vista la verga ya dura. Yo hice lo mismo. Ernesto se arrodilló en el piso, frente a él, y se la metió en la boca con una soltura que no dejaba dudas: no era la primera vez que se la chupaba a otro hombre.
Esperé un poco en mi silla. Andrés me hizo una seña con la cabeza para que me acercara. Le obedecí, me puse de pie a su lado y le ofrecí mi verga a Ernesto, que sacó la de mi amigo y se metió la mía, alternando entre las dos con una avidez que me puso al límite enseguida.
En eso, mi mirada se cruzó con la de Andrés. Le acaricié la cabeza con la mano izquierda. Él, en respuesta, llevó la mano a mis nalgas y empezó a apretarlas despacio. No dijimos nada. No hacía falta.
Mientras Ernesto seguía concentrado en mi amigo, Andrés tiró de mí hacia él y, para mi sorpresa, se metió mi verga en la boca y empezó a chuparla. Al mismo tiempo, Ernesto se ubicó de rodillas detrás de mí, me abrió las nalgas y empezó a lamerme con la lengua. Esa sensación es de las más intensas que conozco, esa mezcla de humedad y abandono que te recorre la espalda entera.
Andrés definitivamente no estaba estrenándose. Y, por la forma en que me miraba, llevaba tiempo deseando esto conmigo. Ernesto, por su parte, ponía toda su experiencia al servicio del momento. Me tenían los dos al borde, así que tuve que despegarme de sus bocas antes de terminar demasiado pronto.
Entonces le tocó a Andrés. Ernesto se prendió de su verga, le levantó bien las piernas y le lamió el culo sin prisa. Aproveché el momento, me puse detrás de Ernesto, le abrí las nalgas y se la metí, follándolo con fuerza mientras él me pedía, con la voz quebrada, que le diera más duro.
Andrés se levantó, se paró frente a mí y me metió la verga en la boca. Se la mamé con ganas, sintiendo cómo le temblaban las piernas.
Saqué mi verga del culo de Ernesto para que Andrés metiera la suya. Él lo embistió hasta que avisó que estaba por terminar. Yo aceleré con la mano, y justo cuando iba a correrme le metí la verga en la boca a Ernesto, que se tragó todo sin perder una gota. Al mismo tiempo, Andrés le llenaba el culo y se vaciaba con un gruñido largo.
Nos quedamos un rato recuperando el aliento. Antes de salir, Ernesto nos dio una buena cantidad de dinero a cada uno, como había prometido, y nos acompañó hasta la puerta con la misma elegancia con la que nos había recibido.
***
En el auto que pedimos para volver, Andrés y yo guardamos un silencio largo. Los dos estábamos sorprendidos por lo que había pasado. En mi caso, nunca había sentido nada por él, y tampoco había notado nada de su parte. Hasta esa noche. Cuando ya estábamos cerca, fue él quien habló primero.
—¿Y quién hay en tu casa ahora?
—Capaz mi hermano. Mis viejos llegan tarde del trabajo —respondí—. ¿Vamos un rato?
—Dale, no quiero llegar todavía.
Sin tocar el tema de lo sucedido, fuimos a mi apartamento. Estaba Tomás, mi hermano. Compartimos un rato con él, charlamos de cualquier cosa. En un momento le mandé un mensaje al teléfono, disimulando.
—Hermano, déjanos solos, que tengo plan con Andrés —le escribí.
—Tranquilo, agarro mis cosas y me voy a entrenar. Después me cuentas todo —respondió, con una sonrisa que no levantó de la pantalla.
Y así fue. Armó su bolso y salió, dejándonos solos. Yo rompí el hielo, porque tampoco tenía mucho tiempo antes de que llegaran mis padres.
—Qué locura con ese tipo, ¿no?
—Una locura, pero estuvo buenísimo —dijo Andrés—. ¿Ya habías estado con otros hombres?
—Sí. He chupado y he metido. ¿Y vos?
—También. Me gustan las mujeres, pero los hombres la chupan demasiado bien. Y, para qué negarlo, también me gusta cogerlos. Más a tipos como vos.
—¿Cómo es eso de tipos como yo?
—Así, varoniles, con buen culo —dijo riéndose.
—¿Te gusta mi culo?
—Mucho.
***
Me acerqué y le toqué la verga. Él me tocó el culo, bajándome el pantalón corto y el bóxer. Me arrodillé y me la metí entera en la boca, sintiendo cómo me sujetaba la cabeza con la mano. Le quité a él la ropa y terminé de quitarme la mía, quedando los dos solo con las camisetas del equipo puestas.
Al rato me puso en cuatro para metérmela, pero yo sabía que tenía que negociar algo a mi favor.
—No, papi. Si quieres cogerme, primero me lo tienes que estimular bien.
—¿Y cómo?
—Chúpamelo. Dame lengua.
—Nunca he hecho eso —dijo, dudando.
—Eso o nada.
—Está bien, dale.
Me puse en cuatro sobre el sofá. Él se arrodilló en el piso, me abrió las nalgas y, con cierto recelo al principio, empezó a darme lengua. Se notaba que no tenía mucha práctica, pero igual lo disfruté, sobre todo por las ganas que le ponía. Al rato se levantó, apoyó la punta en mi entrada y empezó a meterla despacio, hasta que estuvo dentro y arrancó a follarme en serio.
—Qué rico culo tienes —dijo, agarrándome de la cintura.
—Dame duro, mételo bien adentro.
—Te gusta, ¿verdad?
—Mucho. Dámelo todo.
Después de un rato lo llevé a mi habitación. Me acosté boca arriba, levanté bien las piernas y le ofrecí el culo. Volvió a lamérmelo un momento y luego me penetró de nuevo, esta vez de frente, mirándome a los ojos. Estuvimos un buen rato así, él dándome verga sin parar, hasta que lo sentí terminar dentro de mí. Eso bastó para que yo también me corriera sobre mi propio pecho.
—Qué tremenda cogida, papi —dijo, dejándose caer a mi lado.
—Tremenda —respondí, todavía agitado.
—Esto queda entre nosotros, ¿no?
—Obvio. Serios en el equipo. Pero cuando quieras, ya sabes.
—Claro —dijo, y después agregó con una media sonrisa—: ¿Y Tomás? Tu hermano también está muy bueno.
—Con él, quieto. Mejor que no se entere de nada.
Le mentí, aunque eso ya dependía de mi hermano. Andrés se vistió y salió para su casa. Me quedé dormido hasta que llegaron mis padres y, más tarde, Tomás, a quien le conté todo con lujo de detalles. Quedamos en que, un día de estos, volveríamos a visitar a Ernesto. Y, por qué no, a Andrés.