El hombre del vestuario volvió a buscarlo
El piso de Andrés era pequeño, pero tenía algo que lo hacía sentir como un escondite del resto del mundo. Una lámpara de pie en la esquina dejaba la sala en penumbra, y una vela de sándalo que había encendido sin pensarlo demasiado llenaba el aire de un olor tibio y dulzón. Llevaba dos días con la tarjeta dentro del bolsillo del pantalón, gastada de tanto sacarla y volver a guardarla. Dos días desde aquel encuentro en el vestuario del gimnasio, cuando un desconocido lo había mirado de un modo que no dejaba lugar a dudas.
Un mensaje breve. Un número intercambiado. Y ahora ese mismo hombre estaba de pie en el umbral, con una botella de vino en la mano y una sonrisa que prometía complicaciones.
—Buen refugio —dijo Marcos, entrando con la naturalidad de quien se siente dueño de cualquier sitio que pisa.
Llevaba una camisa oscura ajustada, con los primeros botones sueltos, y un pantalón que marcaba cada línea de sus piernas. Andrés, descalzo, con una camiseta gris que se le pegaba a los hombros, cerró la puerta a su espalda. Notó de inmediato el pulso golpeándole en el cuello.
—Gracias. No es gran cosa, pero es mío —respondió, y tomó la botella rozándole los dedos a propósito.
Ese contacto mínimo bastó. Fue como reabrir algo que en el vestuario había quedado a medias, una corriente que les recorría a los dos y que ninguno se molestó en disimular. Las miradas se encontraron y el aire se volvió denso, casi sólido.
Durante un instante ninguno dijo nada. Andrés había imaginado esa escena demasiadas veces en los últimos dos días: la había repasado en la ducha, en el trabajo, tumbado en la cama incapaz de dormir. Y ahora que el hombre estaba de verdad en su salón, descubría que la realidad pesaba mucho más que cualquier fantasía. Marcos olía a colonia limpia y a algo más, a piel y a anticipación, y Andrés tuvo que contenerse para no acercarse antes de tiempo.
No llegaron a abrir el vino. Andrés apenas había dejado la botella sobre la mesa de la cocina cuando Marcos dio un paso y borró la distancia entre ellos.
—He estado pensando en ti —murmuró Marcos, con la voz baja, raspada.
Sus manos encontraron las caderas de Andrés y tiraron de él hasta que los dos cuerpos quedaron pegados, sin aire de por medio.
—¿Ah, sí? ¿Y en qué pensabas exactamente? —preguntó Andrés.
El tono quería sonar burlón, pero le salió cargado de algo más urgente. Subió las palmas por el pecho de Marcos, sintiendo la firmeza bajo la tela, el calor que despedía la piel.
No debería estar haciendo esto con alguien a quien apenas conozco, pensó. Y aun así no apartó las manos.
Marcos no contestó con palabras. Inclinó la cabeza y le atrapó la boca en un beso lento, hondo, que sabía a hambre contenida durante dos días. Las lenguas se buscaron con una urgencia que crecía a cada segundo. Andrés deslizó las manos bajo la camisa, recorrió la espalda cálida, y Marcos respondió apretándolo todavía más, dejando que sintiera la dureza que empezaba a marcarse en el pantalón.
Avanzaron hacia el sofá sin separar los labios, tropezando con una mesa baja en el camino. Andrés empujó a Marcos hasta sentarlo y se acomodó a horcajadas sobre él. La fricción de los dos cuerpos todavía vestidos era una tortura deliciosa. Marcos gruñó, subió las manos por sus muslos y apretó con fuerza.
—Joder, eres una tentación —susurró, y le mordió el labio inferior antes de tirar de la camiseta para quitársela de un solo movimiento.
***
La piel de Andrés quedó al descubierto y Marcos no perdió un segundo. Su boca encontró el cuello, bajó trazando un camino de besos húmedos y mordiscos suaves que le arrancaron un gemido sordo desde el fondo de la garganta. Andrés respondió desabrochándole la camisa, botón a botón, con una lentitud calculada que hacía que Marcos se removiera debajo de él.
Cuando la tela cayó al suelo, Andrés recorrió con los dedos el pecho descubierto, se detuvo en los músculos marcados, en los pezones endurecidos que pedían atención. Le gustaba ese poder pequeño, el de hacerlo esperar.
—¿Quieres ir despacio? —preguntó Marcos con una sonrisa torcida.
Sin aguardar respuesta, metió una mano entre los dos y le abrió el pantalón con una facilidad que delataba experiencia. Andrés contuvo el aliento cuando los dedos lo encontraron por encima de la ropa interior, un roce ligero y exacto que lo hizo arquearse.
—Tan despacio no —jadeó.
Sus propias manos fueron al pantalón de Marcos y lo liberaron de un tirón. Verlo así, duro y listo, le secó la boca. Se inclinó, besó el pecho, bajó por el abdomen hasta que sus labios rozaron la piel sensible justo encima de la cintura. Marcos soltó un gemido profundo y enredó los dedos en su pelo, sin empujar, solo sosteniéndolo ahí, en el borde de lo inevitable.
—Ven aquí —ordenó al cabo de unos segundos, y tiró de Andrés para volver a besarlo, esta vez con una intensidad que rozaba la desesperación.
Se deshicieron del resto de la ropa con movimientos torpes, las prendas amontonándose en el suelo sin orden. Desnudos por fin, los dos cuerpos se encontraron piel contra piel, el calor de uno alimentando al del otro. Andrés sentía cada centímetro de Marcos contra él, la dureza de su deseo presionando, y el suyo respondiendo con la misma falta de paciencia.
***
Se trasladaron al dormitorio apenas conscientes del trayecto, demasiado perdidos en el roce. La cama de Andrés, de sábanas oscuras y revueltas desde la mañana, los recibió. Marcos lo empujó sobre el colchón y se colocó encima, los ojos brillando con una mezcla de deseo y algo más hondo que Andrés prefirió no examinar todavía.
—Voy a hacer que pierdas la cabeza —prometió Marcos.
Andrés solo alcanzó a soltar una risa entrecortada antes de que esa boca empezara a recorrerle el cuerpo.
Marcos era meticuloso, casi solemne. Las manos y los labios pasaron por cada rincón: el hueco de la clavícula, la curva de las costillas, la línea de vello que descendía desde el ombligo. Cuando llegó al final de ese camino, Andrés ya temblaba y se aferraba a las sábanas con los dos puños. La lengua trazó un recorrido lento, demoledor, antes de tomarlo por completo y arrancarle un gemido que retumbó en la habitación. Las caderas se le movieron solas, buscando más, pidiendo sin palabras.
—No tan rápido —susurró Marcos, levantando la mirada con una sonrisa diabólica.
Se incorporó y alcanzó el preservativo y el lubricante que Andrés había dejado en la mesilla esa misma tarde, como si una parte de él hubiera sabido cómo terminaría la noche. Lo preparó con una paciencia que contrastaba con la urgencia de todo lo anterior, los dedos abriéndose paso con una mezcla de firmeza y cuidado que hizo que Andrés jadeara su nombre por primera vez.
Cuando por fin Marcos se deslizó dentro de él, lento pero sin tregua, el mundo de Andrés se redujo a esa sola sensación: la tensión, el calor, la plenitud que lo dejaba sin respiración. Se movieron juntos, primero con calma, buscando un ritmo común, después con una intensidad que hacía crujir la cama contra la pared. Los gemidos de uno se mezclaban con los gruñidos del otro, los cuerpos sudorosos chocando en una cadencia cruda, animal.
Andrés le clavó las uñas en la espalda y dejó marcas que solo avivaron el fuego. Marcos respondió embistiendo más hondo, con la frente apoyada en su hombro, repitiendo su nombre como si fuera lo único que recordaba decir.
El final llegó en oleadas. Primero para Andrés, que se deshizo con un grito ahogado, el cuerpo entero sacudiéndose bajo el peso del otro. Marcos lo siguió poco después, la cara enterrada en su cuello, un gemido ronco escapándose de los labios mientras se dejaba ir del todo. Se quedaron así, enredados, respirando con dificultad, mientras la habitación volvía despacio a su sitio.
***
Horas más tarde seguían en la cama, con las sábanas hechas un nudo y el aire cargado del olor de los dos. Hablaban en voz baja, casi en susurros, como si subir el tono pudiera romper algo. Marcos trazaba círculos perezosos sobre el pecho de Andrés, y Andrés jugaba con los mechones de pelo oscuro que le caían sobre la frente.
No había sido solo sexo, y los dos lo sabían. Había algo más, una corriente difícil de nombrar, esa clase de cosa que dos desconocidos no esperan encontrar y que, cuando aparece, asusta un poco. Ninguno se atrevió a ponerle palabra. Bastaba con sentirla flotando entre ellos, igual que el humo de la vela ya casi consumida.
—¿Otra ronda? —preguntó Marcos con una sonrisa floja.
Andrés rió y se giró para mirarlo de frente.
—Dame diez minutos —respondió, aunque sabía que con tenerlo cerca le bastarían menos.
Y así la noche se estiró, larga y sin prisa, llena de caricias, de gemidos cada vez más bajos y de promesas que ninguno pronunció en voz alta. El amanecer terminó por filtrarse entre las cortinas y los encontró agotados, todavía enredados, todavía sin querer hablar de lo que aquello significaba. Por la mañana ya habría tiempo para las preguntas. Esa noche, en cambio, había sido solo de los dos.