Mi primera noche con el viejo contramaestre del barco
A medianoche terminé mi guardia. Estaba agotado, más cansado de lo que recordaba haber estado nunca, con la sal pegada a la piel y los brazos pesados de tanto tirar de cabos. Antes de bajar a la cubierta inferior, donde dormía amontonado con el resto de la marinería, decidí pasar por el camarote del contramaestre. Había sido él mismo quien me había invitado unas horas antes, con esa voz baja que usaba solo conmigo, y yo no pensaba dejar pasar la ocasión.
Llevábamos casi un mes embarcados en la Centella, una goleta de tres palos que avanzaba pesada hacia las Antillas. En todo ese tiempo, el viejo Mendiola me había estado mirando distinto. No era un desprecio, ni la indiferencia con que trataba a los demás. Era algo más paciente, como quien espera a que una fruta madure en la rama.
Di unos golpes suaves con los nudillos sobre la madera. Un adelante ahogado me llegó desde el otro lado.
Empujé la puerta. El contramaestre estaba tumbado en su camastro, con la espalda apoyada contra el mamparo. Una lámpara de aceite colgaba del techo y se balanceaba con el vaivén del casco, de modo que la luz le recorría el cuerpo de costado, apareciendo y desapareciendo. Cuando la vista se me acostumbró a la penumbra, lo entendí todo de golpe. El corazón me dio un vuelco y me quedé clavado en el umbral.
—Entra y cierra, muchacho —dijo el viejo.
No sabría explicar por qué, y me venía pasando desde el día en que nos presentaron, pero aquel hombre me dominaba con una sola palabra. Así que hice lo que pidió. Eché el pestillo y me apoyé contra la puerta.
Mendiola estaba desnudo de cintura para abajo. Su vientre ancho y poblado de vello gris brillaba de sudor, y una erección a medio despertar descansaba sujeta entre los dedos de su mano derecha. Se tocaba despacio, casi con pereza, como si temiera que un movimiento brusco rompiera el equilibrio del barco.
—No te quedes ahí plantado. Acércate.
Vacilé. No podía apartar los ojos de su sexo. Era algo más grueso que el mío, cosa que tampoco era difícil. La piel se le tensaba con cada caricia y el aire del camarote estaba cargado: olor a sudor de semanas, a aceite quemado de la lámpara, a madera húmeda y a esa intimidad densa de los cuerpos que llevan demasiado tiempo encerrados sin agua dulce para lavarse. En las semanas que llevaba a bordo había descubierto que aquel olor a hombre me volvía torpe y manejable.
Avancé los pocos pasos que me separaban del catre y me detuve frente a él.
—Así me haces compañía —dijo, y sonrió enseñando una dentadura mellada—. Me había acostumbrado a estar solo, al menos hasta que subiste tú a esta goleta. Y he de reconocer que hacer esto en buena compañía es infinitamente mejor. ¿No te parece?
Noté cómo se me endurecía el sexo dentro del pantalón. Y creo que él también lo notó, porque su sonrisa se ensanchó.
—¿Eres virgen, chico?
Tragué saliva y bajé la mirada. No era cierto, pero supe que esa era la respuesta que él quería oír, así que asentí despacio. A él la verdad le importaba bien poco; lo que buscaba era el juego.
—No me cabe duda —dijo, soltando una risa ronca—. Se te nota a la legua. Yo perdí la inocencia en mi primer viaje a las Américas. Era algo mayor que tú, no mucho más.
—¿Y… le gustó? —pregunté, y la voz me salió más fina de lo que esperaba.
El hombre me observó, sin dejar de mover la mano sobre su sexo, y volvió a reírse.
—¡Fue un desastre! La mujer estaba más vieja y arrugada que un olivo de mil años. Tardé en darme cuenta de que había otras cosas que me gustaban mucho más. —Hizo una pausa y me miró de arriba abajo, sin pudor—. Cosas como tú.
Su mano libre, la que no se ocupaba de él mismo, se alzó y se posó sobre mi cadera. Tiró de mí con una firmeza tranquila, sin prisa, sabiendo que yo no iba a resistirme. Mi erección ya era evidente bajo la tela tiesa de salitre, y los latidos del corazón se me desbocaban en los oídos.
—Ven aquí —murmuró.
Sus dedos se colaron por la cinturilla de mis pantalones. Eran dedos gruesos, callosos de años de jarcias y maromas, y me arañaban la piel a su paso. Bajaron por la curva de la nalga hasta el surco, y allí se detuvieron. Separó la carne lo justo para que la yema áspera del índice rozara la entrada de mi cuerpo.
Y apretó. Un gemido se me escapó antes de que pudiera contenerlo. Aquel viejo me tenía entre las manos y yo deseaba que hiciera conmigo todo lo que se le antojara. El calor me subió a la cara y me encendió las mejillas. Alcé un poco las caderas, acomodándome para facilitarle el camino.
—Buen chico —dijo en voz baja—. Quítate eso.
Obedecí. Me bajé los calzones húmedos y los dejé caer hasta los tobillos. Mi sexo quedó libre, duro como una cabilla, apuntando casi a su cara. El viejo dejó de tocarse el tiempo justo para inclinarse hacia delante, y entonces me lo metió entero en la boca.
Tuve que agarrarme al borde del camastro para no perder el equilibrio. La goleta cabeceaba y él aprovechaba ese vaivén, dejando que el balanceo del barco marcara el ritmo. Su boca subía y bajaba, ansiosa, mientras la lengua me trabajaba la parte de abajo del glande. Cada ola que golpeaba el casco lo empujaba más adentro, y yo apretaba los dientes para no gritar y despertar a media tripulación.
—Espera —jadeé—. Si sigues así, no voy a aguantar.
Me soltó con un sonido húmedo y levantó la vista. Le brillaban los ojos en la penumbra.
—Entonces date la vuelta —dijo—. Apóyate en el mamparo.
Hice lo que me ordenó. Me giré y planté las dos manos contra la pared de madera, separando los pies en la postura abierta que él esperaba. Oí el crujido del catre cuando se incorporó a mi espalda, y luego el frío inesperado de un aceite. Había mojado los dedos en el aceite de la lámpara, y el primero entró sin demasiada resistencia, despacio, abriéndose paso.
—Ahhh… —se me escapó.
—Respira, muchacho. No tengas prisa. El mar tampoco la tiene.
Lo sacó apenas, lo justo para sumar un segundo dedo. Las piernas empezaron a temblarme. Los movía despacio, separándolos dentro de mí, preparándome con una paciencia que me resultaba más enloquecedora que cualquier brusquedad. Yo empujaba las caderas hacia atrás, buscándolo, suplicándole en silencio que dejara los dedos y pasara a lo que de verdad quería.
—Por favor —dije al fin, sin reconocer mi propia voz.
—¿Por favor, qué? —La risa le retumbaba en el pecho—. Dilo.
—Hágalo ya. Quiero sentirlo.
Retiró los dedos. Sentí su cuerpo pesado pegándose al mío, el vientre cálido contra mi espalda, su sexo abriéndose paso entre mis nalgas. Empujó con una lentitud deliberada, deteniéndose cada poco para que yo me acostumbrara, hasta que lo tuve entero dentro. Me mordí el antebrazo para ahogar el grito. Dolía y ardía y, al mismo tiempo, era exactamente lo que llevaba semanas deseando sin atreverme a nombrarlo.
—Eso es —gruñó contra mi oído—. Aguanta.
Empezó a moverse. Al principio con embestidas cortas, mesuradas, y después al compás del barco, dejando que cada ola lo hundiera más en mí. Una mano me sujetaba la cadera con fuerza y la otra me rodeó el pecho, manteniéndome pegado a él. Yo apoyaba la frente contra la madera fría mientras el placer me subía en oleadas, igual que el agua que golpeaba el casco al otro lado del tablazón.
El camastro crujía, la lámpara se balanceaba dibujando sombras que iban y venían, y nuestras respiraciones se confundían con el rumor constante del océano. El viejo no decía gran cosa; solo de cuando en cuando soltaba un gruñido de satisfacción, o un «buen chico» que me recorría la espalda como una corriente.
Llevó la mano hasta mi sexo y empezó a acariciarme al mismo ritmo de sus embestidas. Fue demasiado. Sentí el clímax acumulándose en la base del vientre, tensándome entero, y cuando por fin estalló tuve que clavar los dientes otra vez en mi brazo para no despertar a la goleta entera. Me vacié contra el mamparo, con las piernas temblando, mientras él seguía moviéndose dentro de mí.
—Así, muchacho, así —jadeó.
Unas pocas embestidas más y lo noté tensarse a mi espalda. Me sujetó las caderas con las dos manos, se hundió hasta el fondo y dejó escapar un gemido largo y grave que contuvo apretando la frente contra mi nuca. Permanecimos así un instante, los dos jadeando, unidos, mientras el barco seguía meciéndonos como si nada de aquello le importara.
Después se apartó despacio y se dejó caer otra vez sobre el catre, satisfecho, con el pecho subiendo y bajando.
—Vístete antes de que cambie la guardia —dijo, pero sonreía—. Y vuelve mañana. Aún tengo mucho que enseñarte.
Me subí los calzones con las manos torpes. Tenía las piernas flojas y la cara me ardía todavía. En el umbral me detuve un momento y lo miré: el viejo contramaestre, ancho y canoso, tumbado en su camastro con los ojos ya entornados.
—Buenas noches, señor —dije.
—Buenas noches, chico.
Salí al pasillo estrecho y cerré la puerta a mi espalda. La cubierta inferior dormía, ajena a todo, y desde lo alto llegaba el chasquido de las velas y la voz del timonel cantando el rumbo. Me dejé caer en mi coy con el cuerpo dolorido y una sonrisa que no podía borrarme. Aún faltaban muchas semanas de travesía antes de avistar tierra, y por primera vez desde que zarpamos, deseé que el viaje fuera largo.