El desconocido del estacionamiento me esperaba en su auto
Antes de meterme en lo que pasó, conviene que sepan quién les habla. Tengo veintiún años, soy de piel morena, peludo en el pecho y la espalda como mi viejo, y mido un metro setenta y dos. Vivo en una ciudad mediana, de esas donde uno se cruza tres veces a la semana con el mismo cajero del banco.
Esa tarde estaba con un calentón que no me dejaba pensar. Llevaba días dándole vueltas a la idea de que alguien me la chupara como Dios manda, y desde la mañana había estado paseándome por los baños públicos del centro, los de la estación de buses y los del parque grande, sin pescar nada. Solo miradas esquivas, hombres mayores que entraban con el periódico bajo el brazo y se encerraban en sus cosas, y un tipo flaco que me hizo una seña dudosa al que terminé esquivando porque me dio mala espina.
Volví a mi cuarto a media tarde, abrí dos o tres aplicaciones de citas y empecé a escribir. Conversaciones de tres mensajes que se enfriaban solas, fotos que no llegaban a ningún lado, ubicaciones que estaban siempre «un poco lejos». Resignado, ya me había sacado los pantalones y me preparaba para terminar la tarea por mi cuenta, cuando vibró el celular.
—Hola, ¿andas cerca? ¿Estás libre? —decía el mensaje.
Era un perfil que ni recordaba haber abierto. Le contesté enseguida.
—Sí, ando por el centro. ¿Tienes dónde?
—Tengo el auto en el estacionamiento del híper de la avenida. Es tranquilo a esta hora.
—Dale, voy para allá.
—Espérame en la entrada del estacionamiento. Llego en quince.
Mientras me vestía, le revisé el perfil con calma. Treinta y seis años, blanco, una barba bien recortada y un pecho cubierto de pelo oscuro que se asomaba por el escote de la camisa. Sin foto de cara, lo cual era casi una buena señal: significaba que tenía algo que perder, que no era un cuento ni alguien con tiempo para hacerme perder el mío. Me eché agua fría en la nuca, me cambié los bóxers por unos limpios y salí.
***
El híper queda a doce cuadras de mi casa. Las hice caminando, con esa mezcla rara de nervios y excitación que se siente cuando uno va a hacer algo que en frío no haría. A esa hora —ocho y media, casi nueve— la avenida ya se vaciaba. Los empleados de las oficinas habían cerrado las persianas, y solo quedaban los del supermercado y algún taxi esperando turno.
Llegué a la entrada del estacionamiento techado y le mandé un mensaje. «Estoy en la rampa de entrada». Me respondió que esperara diez minutos, que se estaba lavando los dientes. El detalle me hizo reír por dentro: alguien que se cepilla los dientes antes de venir a hacer algo así, o es muy considerado, o es un viejo lobo que sabe exactamente cómo se hacen estas cosas.
Esos diez minutos los pasé apoyado en una columna, con la capucha del buzo a medio subir. Vi pasar a una madre con tres hijos cargando bolsas, a un guardia que me miró un segundo más de lo necesario, a una pareja discutiendo en voz baja dentro de su auto. Cada vez que alguien se acercaba, se me apretaba el estómago. Pensé en irme. Lo pensé en serio. Pero el calentón seguía ahí, intacto, golpeando contra la idea de volver a casa con las manos vacías.
A los doce minutos exactos vibró el celular.
—Ya estoy entrando. SUV gris, fila del fondo a la derecha.
Levanté la vista y lo vi al volante. Era un poco más alto de lo que había imaginado, con la barba prolija, una camiseta blanca debajo de una camisa abierta y unos lentes que se quitó al verme. Bajé hasta el fondo del estacionamiento siguiéndolo con la mirada, mientras él maniobraba para meterse en una plaza alejada, casi pegada a una columna, donde la luz del techo no llegaba bien.
Me hizo una seña con la cabeza. Abrí la puerta del copiloto.
—Hola, qué tal —dijo, tendiéndome la mano como si nos conociéramos del trabajo.
—Bien, bien. Más tranquilo en persona —respondí.
—¿Querés que pasemos atrás? Hay más espacio.
Me bajé y rodeé el auto. Él hizo lo mismo. Subimos a la fila de asientos traseros casi al mismo tiempo, y cerró las puertas con el control. Las ventanillas tenían un polarizado oscuro: desde afuera no se veía nada, salvo dos siluetas borrosas si alguien pegaba la cara al vidrio.
—Ponete cómodo —dijo, apoyando una mano en mi rodilla.
***
No hubo conversación previa. No hacía falta. Su mano subió desde la rodilla hasta la entrepierna por encima del short corto que llevaba, despacio, midiéndome. Yo bajé un poco el respaldo y dejé caer la cabeza hacia atrás.
Con la otra mano me levantó la remera y me la dejó arrugada bajo las axilas. Tenía los pezones duros desde antes de subir al auto. Se inclinó y me pasó la lengua por uno, primero como tanteando, después con más fuerza, mordiéndolo apenas. Solté el aire de a poco. Su barba me raspaba la piel y eso lo volvía todo más real, más físico, más imposible de confundir con una de mis fantasías de antes de dormir.
Mientras me chupaba un pezón, su mano libre se metió bajo la cintura del short y empezó a masajearme los testículos. Sin prisa. Con la palma abierta, como si estuviera midiendo el peso. Levanté las caderas casi sin querer, y él aprovechó para bajarme el short y los bóxers de un solo tirón hasta las rodillas.
Mi pene estaba a medio camino. Lo agarró con la mano, lo estudió un segundo y se lo metió entero en la boca de una sola pasada. Sentí el calor de su garganta, la presión justa, la lengua moviéndose por debajo. Tuve que aferrarme al apoyabrazos para no levantar las caderas demasiado rápido.
—La chupás muy bien —murmuré, con la voz medio rota.
No me respondió. Siguió en lo suyo, subiendo y bajando con una técnica que solo se aprende con años. El dedo medio de la mano que tenía libre lo había mojado con su propia saliva, y empezó a deslizarlo entre mis nalgas, sin entrar, solo rozando, dibujando círculos lentos alrededor de la entrada. Cada vez que volvía a pasar por ahí, yo soltaba el aire entre los dientes.
Cerré los ojos. Por un momento me olvidé de dónde estaba. Me olvidé del híper, del guardia, de la pareja del auto de al lado. Solo existían su boca, su barba, su dedo presionando justo en el lugar correcto, y mi propia respiración entrecortada llenando el habitáculo.
***
Después de un rato largo, paró. Se enderezó en el asiento, se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón hasta los muslos. Lo que apareció era más grande que el mío, más grueso, y rodeado de una mata de pelo oscuro que combinaba con el del pecho.
—¿Te animás? —preguntó, sin tocarse.
No hizo falta que se lo pensara. Me incliné sobre él, apoyé una mano en su muslo y bajé la cabeza. Empecé por la cabeza, despacio, sintiendo el peso en la lengua, midiendo el ancho con los labios. Él suspiró por primera vez en toda la noche, y ese sonido —un suspiro corto, casi sorprendido— me dio más confianza que cualquier elogio.
Bajé un poco más. Otro poco. Me apoyé con la mano en su abdomen y fui hasta donde mi garganta me dejó. Su mano se posó en mi nuca, sin empujar, solo acompañando el movimiento, midiendo si yo aguantaba más. Cuando subí para tomar aire, me lamí los labios y volví a bajar, esta vez hasta sentir el roce áspero de su pelo contra la nariz.
—Despacio, despacio —murmuró—. Disfrutalo.
Me quedé un momento ahí, con todo dentro, respirando por la nariz, sintiéndolo pulsar contra el paladar. Después empecé un ritmo lento, profundo, soltando saliva, dejando que se acumulara y resbalara por sus testículos. Con la mano libre lo masturbaba en lo que la boca no alcanzaba, y de vez en cuando subía hasta la punta para chuparla solo a ella, en círculos cortos, como había leído en algún foro hacía años y nunca había podido practicar.
—Qué bien lo hacés —dijo, con la cabeza apoyada en el respaldo.
***
Paré un momento para tomar aire. Él aprovechó para incorporarse y reacomodarse. Me empujó suavemente para que volviera a apoyar la espalda en el asiento. Después se inclinó y se montó en parte sobre mí, con una pierna entre las mías. Me quedé un poco descolocado, sin entender qué quería, hasta que tomó mi pene en una mano y el suyo en la otra y los juntó.
La fricción fue inmediata. Piel contra piel, sus dos manos envolviéndonos a los dos a la vez, su pecho peludo rozándome el mío cada vez que se movía. El calor, la presión, el ruido húmedo de la saliva que todavía quedaba en su pene, todo eso junto me llevó al límite mucho más rápido de lo que hubiera querido.
—Voy a acabar —dijo de pronto, con la voz tensa.
—Hacelo —le respondí—. Encima mío.
Apretó más fuerte, aceleró tres o cuatro veces y se vino en chorros cortos sobre mi vientre, sobre mi pene, sobre el suyo. Estaba caliente y abundante. Sin esperar a que terminara del todo, le saqué la mano de encima, la cambié por la mía y empecé a masturbarme con su propio semen como lubricante. Él seguía encima, jadeando, recuperándose, y mientras tanto bajó la otra mano y volvió a presionar con el dedo en mi entrada, esta vez introduciéndolo apenas hasta la primera falange.
Esa combinación me terminó. La presión del dedo, el calor pegajoso en la mano, su barba contra mi cuello, todo se cerró en un solo punto y exploté con un quejido que tuve que tragarme para no asustar al medio estacionamiento. Me vine sobre mi propio abdomen, sumando mi semen al suyo, dejando todo hecho un desastre.
***
Nos quedamos así un minuto largo, callados, respirando. Él se incorporó primero. Sacó del compartimento del asiento delantero un paquete de pañuelos de papel y me alcanzó la mitad, sin decir nada. Me limpié como pude. Él hizo lo mismo, se acomodó la ropa, se pasó la mano por la barba para chequear que no hubiera quedado nada visible.
—¿Te dejo en alguna parte? —preguntó.
—No, gracias. Bájame en la entrada del estacionamiento. Camino a casa.
Pasamos a los asientos delanteros, arrancó el motor y avanzó hasta la rampa de salida. Antes de que bajara, me miró un segundo de más.
—Si alguna vez querés repetir, ya sabés dónde encontrarme.
—Lo voy a pensar —le dije, sonriendo.
Bajé del auto. Lo vi alejarse por la avenida, perderse en el primer semáforo. Me quedé un momento ahí parado, todavía con el cuerpo flojo, todavía con el olor de su barba pegado a la piel del cuello. Después emprendí el camino a casa, despacio, sintiendo cómo el aire fresco de la noche me iba devolviendo a la realidad.
Llegué satisfecho. Más que satisfecho. Esa misma noche, antes de dormir, archivé la conversación, borré el perfil de la aplicación y me prometí que no iba a volver a buscar nada por ahí en una buena temporada. Una mentira que me duró exactamente tres días.