Lo que su novio nunca supo aquella madrugada
Era sábado, pasaban las once de la noche y estaba completamente solo en el departamento. Llevaba dos cervezas y una calentura que no me iba a dejar dormir si no hacía algo al respecto. Bajé la persiana, me serví una tercera y abrí el cajón de la mesita donde tengo el celular viejo, ese que uso solo para una cosa. Reinstalé la app. Filtro: hombres, pasivos, a menos de un kilómetro.
Subí dos fotos sin cara y empecé a deslizar perfiles.
A esa hora la oferta era poca. Algún tipo casado escribiendo desde el baño, dos pibes muy lejos, un par que pedía trío y al que aclaré desde el primer mensaje que yo solo buscaba pasivo. La pareja insistió. Mucha foto, mucha promesa, mucho «vení que te tratamos bien». Les dije que gracias, que no era lo que tenía en la cabeza esa noche, y los descarté.
El reloj marcaba la una y diez cuando ya estaba por mandar todo al carajo. Iba a hacer lo de siempre: terminar la cerveza, hacerme una paja pensando en cualquier cosa y dormir. Apagué la pantalla, dejé el celular sobre la cómoda y me metí en la cama solo en bóxer.
Justo cuando estaba por cerrar los ojos, la app vibró.
Era la pareja. Pero esta vez escribía solo uno de ellos.
—¿Seguís despierto? —decía el mensaje—. ¿Tenés lugar?
Le contesté que sí, que estaba en casa. Me preguntó la ubicación y, cuando le pasé la dirección, tardó un minuto entero en responder. Después llegó otro mensaje.
—Vivo a dos cuadras. ¿Te molesta si paso yo solo? Mi novio se quedó dormido.
Eso me asustó un poco. Dos cuadras. Demasiado cerca para que las cosas se complicaran si después se ponían feas. Lo pensé un segundo y le pregunté qué proponía. La respuesta vino rápido.
—Solo una mamada. Sin sexo. Mi novio no sabe que estoy yendo y no quiero traicionarlo del todo. Pero me re calentó verte. ¿Quince minutos y estoy?
Acepté. Algo era algo. Mejor que se me arrodillara un desconocido y me vaciara los huevos a terminar solo otra vez.
Me cepillé los dientes, me pasé desodorante, dejé una toalla limpia en el baño y bajé el termostato un par de grados porque ya estaba transpirando antes de tiempo. A los doce minutos sonó el portero. Le abrí sin preguntar nada.
Cuando se bajó del ascensor me di cuenta de que en las fotos se veía más bajo. Era un centímetro más alto que yo, flaco, con una campera de jean encima de una remera blanca. Pelo oscuro, ojos claros, una barba de tres días que le quedaba bien. Me dijo hola en voz baja, casi un susurro, y entró sin sacarse las zapatillas. Cerré la puerta con traba.
—Soy Damián —dijo, y me extendió la mano como si fuera una entrevista de trabajo.
Le di la mía. Le mentí el nombre. Eso lo hacía siempre.
—¿Querés tomar algo?
—No. Solo vine para lo que dije. No me puedo quedar mucho.
Asentí. Lo guié hasta el cuarto sin más vueltas. La luz del velador estaba en mínima y las sábanas seguían revueltas de la siesta. Damián se sacó la campera, la dejó doblada sobre la silla con una prolijidad que me pareció tierna y casi se quedó parado al lado de la cama como esperando una orden.
—Vení —le dije, y me senté en el borde.
Se arrodilló entre mis piernas sin que yo se lo pidiera.
Empezó por encima del bóxer. Pasaba la cara contra la tela, respiraba hondo, dejaba que el aliento caliente atravesara el algodón y me golpeara la pija ya dura. Yo la tenía parada desde antes de abrirle la puerta y sentí enseguida cómo la punta empezaba a manchar la tela con el líquido pre. Damián se rio bajito cuando lo notó y sacó la lengua para lamer la mancha por encima del bóxer, chupándome a través del algodón mojado.
—Te tenía ganas —dijo—. Se te nota lo dura que la tenés.
Le agarré la cabeza con una mano, sin apretar, solo para guiarlo. Bajó el elástico del bóxer con los dientes y me la liberó de un tirón. La verga me saltó contra su cara y le dio un golpe húmedo en la mejilla. Damián soltó un gemido bajo, como si eso solo le hubiera gustado más que cualquier otra cosa. La agarró con la mano por la base, se la acomodó y se quedó mirándola de cerca, casi bizco, con los labios entreabiertos.
—Qué rica polla tenés —murmuró—. Gruesa. Me encanta.
Cuando la tuvo enfrente, no la chupó enseguida. Se tomó su tiempo. Me la rozó con los labios cerrados, primero la base, después subió hasta la punta, me dio un beso corto en la cabeza y recién ahí sacó la lengua y me la pasó desde los huevos hasta el glande, lento, dejándome un rastro de saliva que brilló bajo la luz del velador. Me lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca, los chupó suave mientras me manoseaba la verga con la mano. Después subió por el tronco lamiendo la vena de abajo y recién ahí abrió la boca del todo y me tragó la punta.
Era de los buenos.
No la tragaba toda de entrada como hacen los que quieren impresionar. Iba de a poco, profundizaba, retrocedía, jugaba con la lengua justo donde se tenía que jugar. Me la sacaba de la boca con un pop mojado, escupía un poco de saliva sobre la cabeza y la volvía a meter, y cada vez llegaba un poco más adentro. Cuando ya me sentí la punta contra su garganta, me clavó la mirada desde abajo, con los ojos húmedos, y se quedó ahí clavado, tragando alrededor mío, apretándome con la garganta. Después de un par de minutos lo solté y le dije al oído lo que quería oír.
—Pasame la lengua por la punta. Despacio. Así. Ahora abajo, en los huevos. Metételos en la boca, los dos juntos.
Obedeció sin chistar. Cualquier instrucción que le diera la cumplía como si llevara años entrenándose para eso. Me chupaba los huevos con la boca llena, se los sacaba, volvía a la verga, me la mamaba con las dos manos, escupía saliva encima y la usaba para pajearme mientras me lamía la punta.
—Así, puto, mamámela como sabés —le dije bajito—. Chupame toda la verga.
Él respondió cerrando los ojos y gimiendo alrededor de mi pija. La vibración de ese gemido me subió por toda la columna. Se la metió hasta el fondo otra vez y esta vez no la sacó. Se quedó tragando, con los ojos llorosos y la nariz apoyada contra mi pubis. Cuando por fin la sacó, un hilo largo de saliva y baba le colgaba del mentón hasta la punta de mi verga.
Eso me terminó de prender.
Lo paré con suavidad y le pedí que se sacara el jean. Lo hizo sin protestar. Abajo tenía un slip ajustado, gris, que le marcaba la cola con bastante decencia. No era una cola enorme, pero era apetecible. Redonda donde tenía que serlo, firme. Me incliné desde la cama y le bajé el slip hasta las rodillas mientras él seguía arrodillado con la cara apoyada contra mi muslo. Le manoseé las nalgas con las dos manos, se las abrí, y le vi el ojete apretado, rosa, depilado prolijo.
—Subí. Acá, conmigo —le dije, palmeando la cama.
Se acomodó arriba mío en sesenta y nueve sin que tuviera que explicarle nada. Su cola me quedó a la altura de la cara, el agujerito apretado, depilado, limpio. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pegué un lengüetazo largo desde los huevos hasta la parte de arriba de la raya. Todo el cuerpo se le tensó. Soltó la pija un segundo, gimió contra mi pierna, volvió a tragarme.
Le comí el culo con hambre. Le clavé la lengua en el agujerito, se la metí bien adentro, se la moví en círculos, escupí saliva ahí y la usé para lubricarle el ojete mientras jugaba con la lengua. Damián empezó a temblar arriba mío. Se movía apenas contra mi cara, buscando más lengua, más contacto, y mientras tanto se ahogaba mamándome más fuerte, más rápido, sin parar de gemir.
—Mmm, así, comeme el culo —murmuró soltándome la verga un segundo—. Metémela toda.
Le trabajé la cola con calma. Con la lengua primero, después con un dedo ensalivado que apenas hacía presión. El agujerito le cedió al primer empuje, se lo tragó todo, y Damián soltó un gemido largo con la boca llena. Le metí el dedo hasta el fondo y se lo empecé a mover en círculos, buscándole la próstata. Cuando la encontré, todo el culo se le apretó alrededor de mi dedo y arqueó la espalda.
—Ahí, ahí —dijo con la voz rota—. No pares.
Le metí un segundo dedo, después un tercero. Se los movía adentro mientras le seguía chupando el ojete alrededor, alternando entre la lengua y los dedos, abriéndoselo de a poco. Damián gemía con la boca llena y eso, en la oscuridad del cuarto, era una de las cosas más calientes que había escuchado en mucho tiempo.
Cuando el tercer dedo entró sin resistencia, supe que lo del pacto se iba a romper.
Lo dejé jugando un rato más, lo torturé con la lengua, le clavé los tres dedos hasta los nudillos y se los moví despacio mientras seguía mamándome. Le tocaba la próstata con la yema y él se sacudía entero, pegaba pequeñas embestidas hacia atrás contra mi mano, buscando más. Después le agarré la cintura, me lo bajé del cuerpo y lo acomodé boca abajo en el medio de la cama.
—Solo vine para esto —dijo, pero no muy convencido.
—Ya sé —respondí, y empecé a besarle la espalda desde la cintura hacia arriba.
Le pasé la lengua por los omóplatos, le mordí suave un costado del cuello, le rocé los dientes por la nuca. Me acosté encima suyo con todo mi peso, la pija dura apoyada contra la raya de la cola, moviéndose despacio arriba y abajo, restregándole la punta contra el ojete abierto. Los brazos a los costados de su cabeza. Le hablé al oído.
—Si te digo que me dejes entrar, ¿me decís que no?
Tardó.
Tardó lo suficiente para que yo supiera la respuesta antes de que la dijera.
—Tiene que ser rápido —murmuró—. Y con goma. Metémela.
—Obvio.
Me estiré hasta la mesita, abrí el cajón y saqué un preservativo y el pomo de lubricante que tenía guardado desde la última vez. Me senté en los talones, abrí el sobre con los dientes, me puse el forro y dejé caer una buena cantidad de gel sobre la punta. Me pasé la mano por la verga varias veces para repartirlo, y después le tiré un chorro directamente en la raya del culo a Damián. Él soltó un gemido cuando sintió el gel frío. Seguía boca abajo, con la cara hundida en la almohada y la cola levantada, ofreciéndose. Le pasé los dedos lubricados por el agujerito, abriéndoselo con calma, metiéndoselos y sacándoselos para untárselo bien por dentro.
—Ya está. Ya pasé eso —dijo, casi impaciente—. Metémela de una.
Apoyé la punta contra el ojete. La tengo gruesa, y eso lo sabía aunque no se lo dijera. Empujé despacio, milímetro a milímetro, atento a cada cambio de respiración. La cabeza le entró con un pequeño chasquido húmedo y Damián abrió la boca contra la almohada, soltó un sonido entre dolor y placer, y se quedó quieto. No me apuré. Cuando entré hasta la mitad me detuve un rato largo, le besé la espalda, le susurré que respirara hondo, que se relajara, que se abriera para mí. Volví a empujar. Me quedé quieto otra vez. Así hasta que la base quedó contra su piel y mis huevos le tocaron los suyos.
—Toda adentro —le dije al oído—. Sentíme.
—Ay, la puta madre —gimió—. Qué grande la tenés.
Lo dejé acostumbrarse.
Al principio fui yo el que se movió, apenas, en un balanceo mínimo. La sacaba dos centímetros y la volvía a hundir, dejando que se fuera abriendo a mi ritmo. Después él empezó a moverse solo, a ir contra mí buscando más profundidad, a levantar la cola cada vez que yo bajaba. Cuando vi que ya estaba para más, le agarré la nuca con una mano y le marqué el ritmo desde arriba. Lo empecé a coger fuerte, sin pausa, escuchando cómo se desarmaba debajo mío. El ruido de mis huevos golpeándole el culo llenaba el cuarto. Cada embestida le sacaba un gemido corto y agudo contra la almohada.
—Más —dijo entre gemidos—. No pares. Más fuerte.
Tanto pacto, tanto «solo una mamada».
Lo puse en cuatro y desde ahí lo cogí como quise. Una mano en la cintura, la otra de vez en cuando bajando una palmada seca contra una nalga que le dejaba la piel roja. Damián se entregó por completo. Cada palmada le sacaba un gemido más agudo y apretaba el culo alrededor de mi verga, ordeñándomela. Le metí un dedo en la boca y él lo chupó como si fuera otra pija, tragándoselo hasta los nudillos, babeándose entero. Le saqué la verga de un tirón, la puse en su boca para que se la limpiara —él la tragó con hambre, saboreándose el propio culo en el forro— y después volví a metérsela por atrás de una sola estocada larga que le arrancó un grito ahogado.
—Puto sos, no una mamada ni un carajo —le dije al oído mientras lo cogía—. Viniste a que te reviente el culo.
—Sí, sí —jadeaba—. Reventámelo. Cogeme, dale.
Después lo giré de costado, le levanté una pierna hasta apoyarla en mi hombro y entré de nuevo desde ese ángulo, más profundo. Desde ahí lo miraba a la cara mientras se la clavaba. Damián tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta, un hilo de saliva en la comisura. Se estaba pajeando mientras yo lo cogía, con la mano rápida sobre su propia verga chorreante. En algún momento perdí la cuenta del tiempo. Habrán pasado quince minutos, veinte, no sé. Sentía el sudor cayéndome por la frente, cayendo sobre su pecho, y la cama crujiendo abajo con cada embestida.
Lo cambié de posición una vez más. Lo puse boca arriba, con las piernas abiertas y dobladas contra el pecho, y me hundí en él de frente. Ahora podía verle la cara mientras lo destrozaba. Le agarré la verga y se la empecé a pajear al ritmo de mis embestidas. Damián arqueó la espalda, se llevó las manos a las tetillas y se las pellizcó él mismo, retorciéndoselas mientras le entraba y salía.
—Estoy por venir —le avisé, sintiendo cómo el orgasmo me subía desde los huevos.
—Cogeme un poco más así. Un poco más.
Me volvió a calentar que dijera eso. Lo serruché un par de minutos más en esa misma posición, hasta que sentí que ya no aguantaba. Le pregunté al oído dónde quería la leche.
—Donde vos quieras —contestó.
—Decímelo. Decílo bien claro.
Demoró un segundo en hacerlo. Después abrió los ojos y me miró desde la almohada, con las mejillas rojas y el pelo pegado a la frente.
—En la boca. Quiero tragarte la leche. Toda.
Salí de un tirón, me arranqué el forro y lo dejé caer al lado de la cama. Damián se dio vuelta, se incorporó hasta quedar sentado en el borde y me la chupó otra vez, esta vez con hambre pura, mamándomela con las dos manos, la boca abierta, la lengua trabajando la cabeza. Le agarré la cabeza con las dos manos. No la empujé fuerte; solo la guié, marcándole el ritmo, follándole la boca de a poco. Sentí los huevos apretándose, la corrida subiendo por el tronco. Cuando sentí que ya no podía aguantar, le avisé.
—Ahora. Abrí la boca, puto. Tomá.
Acabé con todo el cuerpo tensado, sin soltarle la cabeza. El primer chorro le pegó contra el paladar y él lo dejó ahí, con la lengua afuera, esperando el siguiente. El segundo, el tercero, el cuarto, uno atrás del otro, llenándole la boca de semen. Damián recibió todo, sin chistar, sin soltar una gota. Cuando terminé y empecé a aflojar, abrió la boca apenas para mostrarme el charco blanco que se le había juntado sobre la lengua, y después cerró los labios y tragó todo de una, con un gemido largo, como si esa leche fuera lo mejor que había probado en la vida.
—Limpiame —le pedí.
Volvió a metérsela en la boca y me la dejó como nueva. Hasta la última gota. Pasó la lengua por la base, por los huevos uno por uno, por todo lo que se había escapado durante la cogida, chupando cada rastro de semen y de lubricante que le hubiera quedado en la piel. Cuando terminó, levantó la cara y me sonrió por primera vez en toda la noche, con los labios todavía brillantes.
—Me encantó. Quiero repetir.
No le contesté.
Le señalé el baño y le dije que se podía bañar si quería. Me dijo que no, que prefería irse así, que mejor no llegar a casa oliendo a recién duchado a las tres de la mañana. Tenía sentido. Mientras se vestía, yo me puse el bóxer y le alcancé una botellita de agua. La tomó de un trago, me dio un beso corto en la comisura de la boca y se fue.
Cerré la puerta. Trabé. Apoyé la espalda contra la madera y respiré hondo.
Recién ahí me di cuenta de lo cerca que estaba el departamento de él. Dos cuadras. Lo mismo cualquier almacén, cualquier verdulería, cualquier farmacia. Si me lo cruzaba al día siguiente con el novio del lado, no iba a saber adónde mirar.
Saqué el celular y lo bloqueé en la app. Después desinstalé directamente. Que se quedara con la curiosidad si quería repetir.
Esa noche dormí como hacía meses que no dormía.
***
Lo crucé una sola vez, semanas después.
Fue en el supermercado del barrio, en la cola de la fiambrería. Estaba con su novio, agarrado del brazo, riéndose de algo que no llegué a escuchar. El novio era más bajo, más pelado, le pasaba la mano por la cintura con la confianza tranquila de los que llevan años juntos.
Damián no me vio.
O hizo como que no me veía.
Me corrí dos pasillos para no quedar en la misma fila de la caja. Saqué los productos del changuito que ya no quería, los volví a poner en las góndolas, y me fui sin comprar nada. Caminé hasta casa con las manos en los bolsillos, todavía con el corazón yendo un poco más rápido de lo normal.
Esa noche, cuando me metí en la cama, pensé en él un rato. En la primera vez que se arrodilló entre mis piernas, en cómo se la había tragado hasta la garganta, en cómo había roto el pacto y me había abierto el culo sin oponer resistencia, en la sonrisa con la que había dicho que quería repetir con los labios todavía manchados de mi leche.
Y pensé en su novio, que esa madrugada dormía a dos cuadras sin saber nada.
Me dije que era mejor así.
Pero igual, cuando apagué la luz, me la agarré pensando en su boca, en su culo apretado, y me sorprendí pensando que ojalá algún sábado a la una de la madrugada me volviera a llegar un mensaje suyo.
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