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Relatos Ardientes

Mi primera vez con un hombre empezó en el tren

Siempre pensé que mi cabeza estaba clara con respecto a lo que me gustaba. Las mujeres. La curva de una cadera, el peso de un pecho en la palma, el sabor de una boca pintada. Eso era lo que me hacía dormir mal y despertar con la mano metida en los calzoncillos. Eso era lo mío.

Pero también, en algún rincón más oscuro, estaba lo otro. La fantasía que no le contaba a nadie. La idea de sentir una verga ajena empujando contra mí, abriéndome paso, dejándome quieto. Lo había imaginado mil veces en la ducha, solo, con los dedos buscando torpemente lo que nunca me había atrevido a buscar de verdad.

Hetero, sí. Pero no del todo.

Llevaba años tomando el mismo tren de las siete y media para ir al estudio donde trabajaba. En esa línea siempre se viajaba apretado, sobre todo los martes y los jueves, no sé por qué. Esa mañana de octubre fue una de esas. Subí en la tercera estación y ya tuve que pelear por un lugar cerca de la puerta, agarrado del caño con las dos manos para que el balanceo no me tirara encima de la chica de adelante.

A la altura del centro, el vagón estaba lleno de un modo que no se puede explicar a quien nunca lo vivió. Cuerpo contra cuerpo, abrigo contra abrigo, aliento contra nuca. El olor a perfume mezclado con cuero y humedad. Y nadie hablaba, porque hablar era admitir que estabas ahí.

Sentí primero el muslo. Un muslo firme apoyado contra el mío, separado apenas por la tela del pantalón. No le presté atención. Había seis personas más pegadas a mí y cualquier movimiento del tren las hacía rebotar. Era normal.

Después vino la mano. No fue una mano que tocara, fue una mano que se quedó. Apoyada con cuidado en la parte baja de mi espalda, justo donde termina la camisa. Podía ser un descuido, alguien que se sostenía como podía. Pero la mano no se movió cuando el tren paró en la siguiente estación. Tampoco cuando arrancó.

Giré la cabeza apenas, fingiendo mirar el plano de la línea. Y lo vi.

Era un hombre alto, treinta y muchos, vestido con un sobretodo gris y una camisa blanca abierta en el primer botón. Tenía la mandíbula marcada, una barba de tres días bien recortada y los ojos clavados en algún punto fijo de la ventana, como si estuviera concentrado en cualquier cosa menos en mí. Pero la mano seguía donde estaba.

Volví a mirar al frente. El corazón me golpeaba la garganta.

Tenía dos opciones. Una era moverme. Bastaba con dar medio paso, pedir permiso, cambiar de lugar. Cualquiera lo hubiera hecho. La otra era no hacer nada.

No hice nada.

Esperé. Pasaron tres estaciones más y la mano siguió ahí, ahora un poco más abajo. Me presionaba apenas, lo justo para que yo supiera que no era casual. No respiraba normal. El caño donde me agarraba estaba mojado de mi propio sudor.

Entonces sentí su pija.

Estaba dura. No tenía dudas de lo dura que estaba, porque se me apoyó contra el cachete de la cola con la firmeza de algo que tiene una intención. La tela de su pantalón y la del mío eran lo único que nos separaba. Pude calcularle el grosor, el largo. Pude imaginar cómo sería sin ropa.

Y en lugar de moverme, me apoyé yo también.

Fue un movimiento minúsculo, apenas un milímetro. Pero fue suficiente. Sentí cómo él entendía la respuesta. La mano se cerró un poco más en mi espalda y su pija buscó acomodarse mejor entre mis nalgas, separada por las dos capas de tela que en ese momento me parecían un insulto.

Cerré los ojos. Tenía la boca seca.

Empecé a moverme también, con cuidado. Cada balanceo del tren era una excusa. Si alguien nos miraba, no podía probar nada. Pero yo sabía lo que estaba haciendo y él sabía lo que yo estaba haciendo. Y eso era lo único que importaba.

Su mano subió de la espalda baja a la cintura. Después bajó, lenta, hasta posarse encima de mi cadera, casi tocándome el frente del pantalón. Yo también estaba duro. La tenía pegada contra el caño, escondida por mi propia mano y por la espalda de la chica que tenía adelante.

Tres estaciones más. El vagón ya no aguantaba más gente. Yo estaba como una puta, separando apenas las piernas, empujando hacia atrás cada vez que el tren se sacudía. Él respiraba ahora cerca de mi oído. Podía sentirle el calor del aliento en la oreja, podía oler la mezcla de café y menta de su pasta de dientes.

—Bajo en la próxima —dijo, tan bajo que casi no lo escuché.

No me preguntó. No me invitó. Lo dijo como si fuera información, como si me estuviera dando un dato y yo pudiera hacer con eso lo que quisiera.

Mi estación era cuatro paradas más adelante.

Asentí con la cabeza apenas.

***

Bajé detrás de él. El andén estaba lleno, así que durante unos cien metros caminamos como si no nos conociéramos, él adelante y yo dos pasos atrás. Salimos a la calle. Era un barrio de oficinas y edificios viejos. Caminó tres cuadras sin mirar para atrás. Yo lo seguía como un perro, sintiendo todavía la verga dura aplastada contra el pantalón.

Se detuvo delante de un edificio antiguo, de los que tienen la entrada de mármol gastado y un ascensor de reja. Sacó las llaves, abrió la puerta y entró. Dejó la puerta entornada.

Me quedé tres segundos en la vereda preguntándome qué estaba haciendo. Tenía una reunión a las nueve. Tenía una novia que esa noche me iba a esperar para cenar. Tenía toda una vida que cabía en el otro lado de esa puerta.

Empujé y entré.

Subimos seis pisos en silencio. El ascensor era tan chico que tuvimos que ponernos uno frente al otro. Me miró por primera vez de verdad. Tenía ojos verdes, oscuros, y una sonrisa cansada en los labios. Olía bien. Olía a hombre que se cuida, a colonia con notas a madera, a algo limpio que se mezclaba con el sudor.

—¿Es la primera vez? —preguntó.

Me lo había leído, supongo. La forma en que respiraba. La torpeza con la que lo había seguido.

—Sí —dije.

Asintió. No me dijo nada más. Cuando se abrió la puerta, salió primero y abrió el departamento. Era un monoambiente grande, con la cama deshecha en una esquina y libros amontonados en el piso. Las cortinas estaban a medio cerrar. Una taza de café a la mitad sobre la mesa.

Me sacó el abrigo. Me lo bajó por los hombros con una calma que no esperaba, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Después me sacó el pulóver. La camisa la dejó. Me empujó suave contra la pared y se quedó ahí, mirándome, con las palmas apoyadas a cada lado de mi cabeza.

—Si en algún momento te querés ir, te vas —dijo.

Asentí.

Y entonces me besó.

Nunca había besado a un hombre. Pensé que me iba a chocar la barba, que iba a sentir asco, que mi cuerpo iba a recordar de golpe que se suponía que esto no era para mí. No pasó nada de eso. Lo único que sentí fue el peso de su boca, la presión exacta, una lengua que se metía con la seguridad de saber lo que hacía. Le agarré la cintura sin pensarlo.

Me sacó la camisa botón por botón. Cuando llegó al último, se arrodilló y me bajó el cierre del pantalón con los dientes. Tenía la verga tan dura que se me escapó casi sin ayuda. Y entonces, de frente, sin pedirme permiso, sin ceremonias, se la metió toda en la boca.

Cerré los ojos y solté el aire que llevaba aguantado desde la estación.

***

Lo que pasó después no sé contarlo bien. Recuerdo flashes. Recuerdo que me hizo arrodillarme. Recuerdo que probé el sabor de la suya por primera vez, salado y caliente, más gruesa de lo que parecía sobre la tela. Recuerdo que me costó al principio, que él no me apuró, que me dejó ir a mi propio ritmo. Recuerdo que cuando entendí cómo, no quise parar.

Recuerdo que después me llevó a la cama. Que me hizo ponerme en cuatro sin decir nada, solo con la mano en el medio de mi espalda. Que me preparó con paciencia, con saliva y con un gel que sacó del cajón, con los dedos primero, uno y después dos, mientras yo enterraba la cara en la almohada y me mordía el labio para no hacer ruido.

Cuando entró, lo hice. Hice ruido. No pude evitarlo.

Fue una mezcla de dolor y de algo que no supe nombrar en el momento. Algo parecido a la primera vez que probás una bebida fuerte y arde, y al mismo tiempo querés más. Me agarró de la cintura con las dos manos y se quedó quieto. Esperó a que mi cuerpo se acostumbrara, a que yo empezara a empujar hacia atrás. Y cuando empecé, empezó él.

No fue rápido. No fue brutal. Fue como si supiera exactamente lo que yo necesitaba, como si me hubiera estudiado durante años en lugar de minutos. Cada empuje me sacaba un sonido nuevo de la garganta. La cama crujía. Las cortinas filtraban una luz amarilla que se movía con el viento.

Acabé yo primero, sin tocarme, con la cara contra la almohada y la mano de él agarrada a mi cadera. Acabó él poco después, con un gruñido bajo, abrazándome la espalda, dejándose caer encima de mí con todo el peso.

Nos quedamos así un rato largo. No sé cuánto. Después se levantó, me trajo agua, me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Era verdad.

Mientras me vestía, me preguntó si tomaba el tren a esa misma hora todos los días.

—Casi todos —dije.

Sonrió de costado. No me pidió el teléfono. No me dio el suyo. Salió a la cocina mientras yo me ataba los cordones y me preparó un café. Lo tomé parado, mirando por la ventana.

Cuando me iba, en la puerta, me agarró la nuca con una mano y me besó otra vez. Despacio. Como si no fuera la última vez.

—Si volvés a subirte al vagón equivocado —me dijo—, ya sabés dónde encontrarme.

Salí a la calle. Eran las nueve y veinte. Tenía la reunión perdida y un mensaje de mi novia preguntándome dónde estaba. Caminé hasta la estación con las piernas todavía temblando.

Esa noche cené con ella. Le conté que había tenido una mañana complicada en la oficina. Me creyó. La besé en la frente cuando se durmió y me quedé mirando el techo hasta tarde.

Sigo siendo hetero. Sigo deseando a las mujeres, a la mía sobre todo. Pero ahora, cuando subo al tren de las siete y media los martes y los jueves, miro distinto. Miro las manos, los abrigos grises, las mandíbulas marcadas. Miro hasta el fondo del vagón, esperando.

Nadie sabe lo que busca un hombre en hora pico. A veces, ni él mismo.

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Comentarios (5)

RuloBA

Increible!!! Me atrapo desde la primera linea.

Santi_Rosario

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino la noche para ellos dos...

Fede1985

Me recordo a una vez que algo parecido casi me pasa en el subte de Buenos Aires jaja, aunque yo no tuve el coraje del protagonista. Muy buena historia.

Lisandro_Cba

Lo mejor es la tension que se construye antes de que pase todo. Se nota que sabe escribir.

Enzo_Baires

buen relato, sigue asi!

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