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Relatos Ardientes

Aquella noche en el bar cambió mi forma de desear

No soy gay. Lo aclaro de entrada porque la frase suena defensiva, pero es la única manera honesta que tengo de empezar esta historia. Tenía veintisiete años cuando ocurrió y hoy tengo cuarenta y ocho, así que estoy hablando de algo que pasó hace más de dos décadas y que, sin embargo, sigo recordando con una nitidez que ninguna otra noche de mi vida ha conseguido borrar.

Estaba en Sevilla por trabajo, una semana entera lejos de mi novia de entonces y de la rutina. Aquel jueves cené tarde, mal y solo, y a eso de las once me quedé sin ganas de volver al hotel. Entré al primer bar que vi abierto en una callejuela cerca de la Plaza de la Trinidad. Era un local pequeño, con la luz justa para no tropezar y una música que sonaba lo suficientemente bajo como para poder pensar.

Había ocho o nueve personas, ya no estoy seguro. Una pareja en la barra, un grupo de tres al fondo y un chico solo, en una mesa pegada al ventanal. Le calculé treinta años, quizás un poco menos. Vestía una camisa azul con el cuello abierto y tenía esa manera de estar sentado que algunos hombres dominan sin esfuerzo, como si la silla les perteneciera desde siempre.

Pedí un gin tonic y me senté en la barra. No miré hacia su mesa. No tenía motivos para mirar. Y, sin embargo, cuando levanté la vista hacia el espejo del fondo, él ya me estaba observando.

—Salud —dijo desde lejos, sin sonreír.

Levanté el vaso por compromiso y volví a girar la cabeza. El corazón me hizo algo raro, una especie de tropezón, pero no le di importancia. Pensé que era el cansancio. Pensé que era la ginebra. Pensé cualquier cosa menos lo que estaba empezando a pensar.

Veinte minutos después fui al baño. Era un cubículo estrecho, con dos urinarios pegados y un espejo mal iluminado. Entré, me bajé la cremallera y saqué la polla para mear. Antes de terminar, la puerta se abrió detrás de mí. No miré. Sabía perfectamente quién era.

Se colocó en el urinario de al lado. No tenía por qué hacerlo, había sitio de sobra para esperar fuera. Yo seguí mirando los azulejos, intentando que la mano no me temblara. Y entonces, sin poder evitarlo, los ojos se me fueron hacia un costado.

Fue medio segundo. Una mirada lateral, rápida, supuestamente disimulada. Pero lo que vi se me quedó grabado: la tenía fuera, gorda, gruesa, con el prepucio recogido y el glande brillante bajo la luz sucia del baño. No estaba meando. La estaba sujetando con la mano, medio dura, como si me la estuviera enseñando a propósito. Él atrapó mi mirada al vuelo. Cuando volví a fijar la vista al frente, vi en el espejo que sonreía. Una sonrisa lenta, sin sorpresa, como si llevara veinte minutos esperando exactamente eso.

Me ardía la cara. Y me ardía otra cosa, más abajo, algo que empezó a hincharse dentro del pantalón sin permiso. Terminé sin levantar la cabeza, me la guardé como pude, me lavé las manos demasiado rápido y salí casi corriendo. Pagué la cuenta sin sentarme y empujé la puerta de la calle. El aire de la madrugada me dio en la cara como un cubo de agua fría.

—Eh —escuché detrás de mí.

Me di la vuelta. Estaba apoyado en el marco del bar, encendiendo un cigarrillo. Las llamas del mechero le iluminaron la barbilla y los pómulos.

—Vivo a tres calles —dijo, exhalando humo—. Tengo un whisky decente. Si te apetece otra copa, sin prisa.

Tuve que apretar las llaves del hotel dentro del bolsillo para que la mano no se me notara. Mi cabeza decía no. Mi boca dijo otra cosa.

—Vale.

***

Se llamaba Adrián. Lo supe en el portal, mientras buscaba las llaves entre un manojo lleno. Vivía en un segundo sin ascensor, en un piso pequeño que olía a libros y a colonia de hombre. Encendió una lámpara de pie, puso música a un volumen casi inaudible y sacó dos vasos del aparador.

Hablamos. Hablamos de verdad, durante una hora larga. Yo le conté que trabajaba en una empresa de logística, que estaba en Sevilla por una auditoría, que tenía novia desde hacía tres años. Él me dijo que era profesor de matemáticas en un instituto, que había crecido en Cádiz y que la cicatriz que tenía en el dorso de la mano se la hizo a los doce años saltando una valla del colegio.

Nada de lo que dijo era una insinuación directa. Nada de lo que dije era una excusa para irme. Bebimos despacio, fuimos por la tercera copa y, en algún momento, dejé de mirar la puerta de salida.

—Estás muy nervioso —dijo, sin reproche.

—Es que nunca… —empecé, y me callé.

—Lo sé —contestó—. Por eso te lo digo.

Posó el vaso en la mesa, se levantó y se sentó a mi lado en el sofá. Sin tocarme. Solo cerca, lo suficiente como para que sintiera el calor de su muslo contra el mío.

—No vamos a hacer nada que no quieras —dijo—. Y si en cualquier momento dices que pare, paramos. ¿Vale?

Asentí. Tenía la boca seca y los oídos me zumbaban.

Su mano se posó en mi rodilla y subió muy despacio, sin urgencia, hasta detenerse a medio muslo. Yo no respiré. Él tampoco se movió.

—Mírame —dijo.

Le miré. Tenía los ojos oscuros y muy quietos.

—Si quieres irte, te vas. No pasa nada. Pero si te quedas, voy a follarte.

No me fui.

***

Me besó primero en el cuello, debajo de la oreja. Fue una sensación extraña, no porque me desagradara, sino porque era nueva. Una barba de tres días raspando donde nunca había sentido una barba. Un olor a tabaco mezclado con loción de afeitar. Cerré los ojos y dejé que pasara.

Me desabrochó la camisa botón a botón, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su mano abierta recorrió mi pecho, mi estómago, y se detuvo en el cinturón. Esperó. Esperaba un permiso. Cuando se lo di con un gesto de cabeza, lo desabrochó, me bajó la cremallera y me sacó la polla del calzoncillo de un solo tirón. Estaba durísima, empapada de líquido preseminal, tanto que se me pegaba a la piel del vientre.

—Coño, cómo la tienes —murmuró, cerrando el puño alrededor y apretando despacio, con la muñeca girando en la punta—. Llevas toda la noche empalmado, ¿verdad?

No pude contestar. Me hizo un par de pajas lentas, sin prisa, y en la tercera se agachó y se la metió entera en la boca. No la lamió, no la tanteó: se la tragó de golpe, hasta el fondo, hasta que noté la punta chocando contra su garganta y sus labios apretados contra el vello del pubis. Solté un jadeo ronco que me sorprendió a mí mismo. Ninguna mujer me la había chupado así en la vida. Ninguna se había atrevido a tragarla entera sin arcadas, sin pausa, con esa técnica de alguien que sabe exactamente qué hace con una polla dentro.

Me la mamó lento, subiendo y bajando con la lengua enroscada, ahuecando los carrillos, sacándola de vez en cuando para escupir sobre el glande y volver a metérsela. Me lamió los huevos uno a uno, se los metió en la boca, tiró suavemente. Cuando sentí que iba a correrme, me apartó la cadera con la mano.

—No —dijo, limpiándose la barbilla con el dorso de la muñeca—. Todavía no. Esa corrida es para dentro.

—Relájate —murmuró, incorporándose—. No tengas prisa por sentir nada concreto. Limítate a sentir lo que te llegue.

Se quitó la camisa él también. Tenía el cuerpo de un hombre que va al gimnasio sin obsesionarse, con un poco de vello en el centro del pecho y una marca clara donde había llevado un colgante. Cogió mi mano, la guió por sus hombros, por su pecho, y la fue bajando hasta meterla por debajo del pantalón.

Estaba dura. Mucho. Sentirla en mi palma fue lo más raro y, al mismo tiempo, lo más lógico que había sentido nunca. Le desabroché el pantalón con la otra mano y se la saqué. Era grande, gorda, con una vena gruesa recorriéndola por debajo y el glande morado, tirante, brillante de líquido. No era una novia, no era una mujer, no era nada de lo que yo conocía. Y aun así, mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza supiera qué pensar. Se la meneé torpemente, sin saber el ritmo, y él puso su mano sobre la mía para enseñarme cómo la quería.

—Así, más apretado, girando arriba —murmuró contra mi oreja—. Vas a aprender a hacérmela.

Me empujó suavemente por los hombros hacia abajo. Caí de rodillas en la alfombra. La tenía delante, a la altura de mi cara, apuntándome. Nunca había tenido una polla tan cerca. Me sudaban las manos.

—Sácala la lengua —dijo, muy tranquilo—. Solo la punta. Lámela.

Le hice caso. Fue un contacto mínimo, tímido, y ese primer sabor —salado, un poco áspero— me desorientó y me encendió al mismo tiempo. Él me puso la mano en la nuca sin apretar.

—Abre la boca. Chúpala como te la han chupado a ti.

Me la metí. Al principio solo la mitad, atragantándome un poco cuando probé a bajar más. Aprendí rápido. Aprendí a respirar por la nariz, a controlar la arcada, a ir marcando el ritmo con la lengua enroscada por debajo. Le oí gemir por primera vez cuando encontré el punto justo, ese que hacía que le temblaran los muslos. Me la sacó de la boca un momento y me la restregó por los labios, por la barbilla, por la mejilla.

—Muy bien —dijo, con la voz más ronca—. Vas a ser un cerdo cuando quieras serlo.

Le bajé del todo el pantalón. Él terminó de bajarme el mío. Quedamos los dos de pie, en mitad del salón, con la lámpara dándonos solo de costado, las dos pollas erectas apuntándose la una a la otra.

—Ven —dijo, tomándome de la mano.

***

El dormitorio estaba en penumbra. Me hizo tumbarme boca abajo y se acomodó detrás de mí, apoyado sobre un codo. Pasó la mano por mi espalda, lenta, dibujando círculos cada vez más bajos. No tenía prisa. No tenía la urgencia ansiosa que yo recordaba de otras veces, con otras personas. Solo paciencia.

Sacó del cajón de la mesilla un tubo de lubricante y un preservativo y los dejó al alcance. Me abrió las nalgas con las dos manos y sentí el aire fresco sobre el culo, expuesto por primera vez en mi vida a la mirada de otro hombre. Se agachó y me sopló despacio sobre el ojete.

—Es la primera polla que va a entrar aquí, ¿verdad? —dijo—. Lo voy a hacer bien. Vas a acordarte de esta noche cuando estés viejo.

Y entonces sentí la lengua. Se me escapó un grito ahogado contra la almohada. Me lamió el culo despacio, en círculos, apretando la punta contra el agujero, empujando hacia dentro. Nunca había imaginado que eso pudiera hacerse, y menos que pudiera gustar tanto. Me relamió durante minutos enteros, hasta dejarme empapado, mordiéndome de vez en cuando las nalgas y volviendo al centro. Cuando empezó a tocarme entre las nalgas con el dedo, me tensé entero.

—Respira —dijo.

Respiré.

—Otra vez.

Respiré de nuevo, más hondo, y noté cómo el cuerpo se me iba aflojando bajo sus dedos. Se echó lubricante frío en la mano y empezó con uno, despacio. El dedo entró resbaladizo hasta el nudillo y se quedó ahí, moviéndose en círculos pequeños, abriendo por dentro. Después con dos, sin prisa, hablándome bajito al oído mientras me preguntaba si estaba bien, si me molestaba, si quería que parase. Los curvó hacia arriba y tocó algo por dentro que me hizo dar un respingo y gemir sin querer.

—Ahí —dijo, sonriendo contra mi hombro—. Ahí lo tienes. Ese es tu punto. Vas a aprender a correrte solo con eso.

Metió un tercer dedo. Ardía un poco, pero el ardor iba mezclado con una sensación densa, pesada, que me subía por la columna. No quería que parase. Era una sensación a la que mi cuerpo todavía no sabía ponerle nombre, pero que reclamaba más. Empujé hacia atrás contra su mano casi sin darme cuenta, y él soltó una risa baja.

—Mira al puto principiante —murmuró—. Ya me está pidiendo la polla con el culo.

—La primera vez vamos a ir muy despacio —dijo, separándose un momento para ponerse el preservativo y untárselo bien de lubricante—. Si en algún punto te duele, me lo dices y paro. No hay nada que demostrar.

Se colocó detrás de mí, de rodillas entre mis piernas abiertas, y me subió la cadera con un cojín debajo. Noté la punta apoyada, gruesa, empujando contra el anillo. Apreté los dientes por puro reflejo.

—No empujes contra mí —susurró—. Déjate. Yo hago el trabajo.

Empujó un par de milímetros y se quedó quieto. La cabeza entró de golpe con un pinchazo que me hizo morder la almohada. Esperó. Después un poco más. Otro paréntesis. Sentía cómo me abría por dentro centímetro a centímetro, cómo mi cuerpo, que al principio se resistía, iba aprendiendo a recibirlo, a rendirse a él. No fue indoloro. Pero el dolor era pequeño y la curiosidad era enorme, y entre las dos cosas se abrió un espacio nuevo, algo que no había sentido nunca y que no sabía que pudiera sentirse.

Cuando estuvo dentro del todo, con los huevos apoyados contra los míos, se inclinó sobre mi espalda y me besó la nuca.

—Ya está —dijo—. Lo difícil ya pasó. La tienes toda dentro. Ahora la vas a disfrutar.

Empezó a moverse con un ritmo suave, casi perezoso, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo. Cada embestida completa me arrancaba un gemido que no reconocía como mío. Su mano libre se deslizó por debajo de mi cuerpo y me sujetó la polla con una firmeza extraña, ni demasiado fuerte ni demasiado tímida, marcándome el mismo ritmo con la muñeca que llevaba con la cadera. Follar y ser follado a la vez, todo en compás.

—Así —jadeaba contra mi oreja—. Aprieta el culo cuando salgo. Mírame cómo te la meto entera.

Aceleró. Las embestidas se hicieron más profundas, más secas, más obscenas. El sonido de sus muslos chocando contra mis nalgas llenaba la habitación, y encima el ruido húmedo del lubricante, y encima los dos jadeando como animales. La cama crujía. Me agarró del pelo con la mano libre y tiró hacia atrás, arqueándome, y en ese ángulo la punta empezó a rozarme por dentro exactamente el mismo punto que antes había encontrado con los dedos. Vi luces detrás de los párpados.

—Me voy a correr —conseguí balbucear—. Joder, me voy a correr sin tocarme.

—Córrete —gruñó, sin bajar el ritmo—. Córrete con mi polla dentro. Quiero notarte cómo aprietas.

Me corrí en muy pocos minutos, casi sin avisar, con un temblor que me sacudió de los pies a la cabeza. Fue una corrida larga, gruesa, que me manchó el vientre, el cojín y su mano. Mi culo se cerró en espasmos alrededor de su polla y él soltó un gemido gutural, empujando más fuerte, más rápido, buscando el fondo. Tres o cuatro embestidas más y se hundió hasta el tope y se quedó ahí, apretado contra mí, con toda la polla dentro, corriéndose dentro del preservativo con unos gruñidos roncos que le salían del pecho. Sentí perfectamente cómo se le sacudía dentro de mí, cómo se vaciaba a chorros que iban llenando el látex.

Se quedó quieto encima un rato largo, respirando pegado a mi espalda, sin salir. Cuando por fin la sacó, muy despacio, sentí un vacío raro, casi decepcionante. Se dejó caer a mi lado, se quitó el condón anudado y lo tiró a la papelera de un capirotazo perezoso.

Tardé un rato en abrir los ojos. Cuando lo hice, me estaba mirando.

—Bienvenido —dijo, sin ironía.

***

Nos duchamos juntos en un baño minúsculo, riéndonos del codo que se me clavaba en su costado cada vez que intentaba alcanzar el champú. Bajo el agua caliente, me enjabonó la espalda, las nalgas, se me pegó por detrás con la polla otra vez medio dura contra mi culo. Le sentí gruñir bajito, pero no insistió: solo me mordió el hombro, me dio una palmada en la nalga que resonó contra los azulejos y siguió aclarándose el pelo. Aquella ducha fue casi tan excitante como lo anterior, no por lo que hicimos —apenas nos besamos bajo el agua—, sino por la sensación de naturalidad, de no tener que fingir nada.

Dormí en su sofá unas horas y al día siguiente, ya en el hotel, me senté en el borde de la cama y me quedé media hora mirando el techo. Me dolía el culo con una molestia sorda, agradable, un recordatorio físico de lo que había pasado. Estaba intentando decidir si me arrepentía. No me arrepentía. Lo único que sentía era una calma rara, como cuando se confirma algo que llevabas años sospechando sin atreverte.

Volví a Sevilla cada vez que pude durante casi un año, con cualquier excusa de trabajo que pude inventar. Adrián me presentó a un amigo suyo, Mateo, y alguna de aquellas noches fuimos tres: aprendí a tener una polla en la boca mientras otra me follaba por detrás, a que se corrieran los dos encima de mí, a pedirlo yo cuando el cuerpo lo pedía. Aprendí cosas que no sabía que necesitaba aprender, sobre los demás y sobre mí mismo, y también descubrí que no era el deseo lo que me asustaba, sino lo poco que mi vida diaria dejaba espacio para él.

Después Adrián aceptó un puesto en una universidad de Lisboa y la distancia hizo lo que suele hacer la distancia. Nos escribimos durante unos meses, nos prometimos vernos, nunca nos vimos.

Me casé con mi novia, tuvimos dos hijas, llevo una vida que cualquiera describiría como heterosexual y feliz. Y lo es. Pero a veces, cuando voy a Sevilla por trabajo, paso por aquella calle de la Plaza de la Trinidad y me quedo unos segundos mirando el portal del segundo sin ascensor.

Adrián seguramente ya no vive allí. Mateo no sé dónde estará. Pero algo de mí sigue subiendo esas escaleras cada vez que paso, y bajándolas al amanecer con la camisa mal abrochada y la sensación de haber descubierto, demasiado tarde y demasiado pronto, una puerta que no sabía que existía.

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Comentarios(9)

AndresCba

Buenisimo relato, me atrapó desde la primera linea. Ojalá haya segunda parte!

EnzoLector

Muy bien narrado, se siente autentico. Me quedé con ganas de saber que paso despues

CachoMdq

Algo parecido me paso hace unos años jaja, esa sensacion de no saber que hacer con las manos... demasiado real. Lo escribiste genial

PabloZB

excelente!!!

Marco_SC

La descripcion del bar te mete en la historia sin darte cuenta. Muy bien escrito, sigue así!

SoldeNorte

Se hizo corto, queremos mas :)

LucianoBA

Me gustó que no es burdo ni explícito pero igual te engancha. Buen morbo sin pasarse de la raya

HectorBaires

Tremendo relato. Esperando el proximo

PatriLectora

Qué historia tan bien contada. Me recordó a esas noches donde todo cambia de golpe y uno no termina de entender cómo llegó ahí. Muy buena

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