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Relatos Ardientes

Lo que pasó la noche que cumplí 18 con mi mejor amigo

Cumplí dieciocho años un viernes de febrero, con el pelo todavía mojado por la ducha del vestuario del club. Mateo me lo dijo apenas salimos del partido, con la mano transpirada apoyada en mi hombro: «Feliz cumple, hermano». No fue gran cosa, pero esas tres palabras se me quedaron grabadas como si supiera, en alguna parte, lo que iba a pasar esa noche.

—¿Te quedás a dormir? —me preguntó su madre cuando llegamos a la casa, mientras me revolvía el pelo como si todavía tuviera doce años.

—Si puedo, sí.

—Avisale a tu mamá.

Mi vieja andaba de viaje en Córdoba esa semana, así que llamarla fue puro trámite. Le dije que dormía en lo de Mateo (solo el nombre cambia, el resto pasó tal cual) y colgué antes de que se le ocurriera preguntar algo más.

***

La noche cayó rápido. Estábamos los dos tirados en su habitación, mirando un partido de básquet en la tele vieja que tenía sobre la cómoda. La luz azulada de la pantalla era lo único que iluminaba el cuarto. En eso, el padre de Mateo asomó la cabeza por la puerta entreabierta. Traía dos revistas dobladas en la mano y una sonrisa torcida.

—Acá tienen, ganadores —dijo, y nos las tiró sobre la cama—. Disfruten.

Eran revistas viejas, de esas que se vendían en los kioscos, con tetas enormes y títulos en letras gigantes. Le agradecimos murmurando, casi sin mirarlo a la cara. Cuando escuchamos la puerta cerrarse, nos miramos y nos largamos a reír como dos pavos.

Los dos éramos vírgenes. Ya cumplidos los dieciocho, sin haber tocado a una mujer, una mezcla de timidez y mala suerte. Pasamos un rato hojeando las revistas en silencio, los dos con la pija dura debajo del short, sin animarnos a decir nada. Lo notaba en él porque yo lo notaba en mí.

—Basta, tirémonos a dormir —dije al rato, más por nervios que por sueño.

—Esperá. Mirá lo que conseguí.

Sacó del cajón de la mesa de luz dos latas de cerveza calientes, las había chorreado a su hermano más grande. Las abrimos y brindamos.

—Por dejar de ser vírgenes este año.

—Por dejar de ser vírgenes este año.

La cerveza tibia me subió a la cabeza más rápido de lo que esperaba. No era un mareo agradable, era una cosa pesada, con dolor de cabeza incluido. Aun así, brindamos otra vez y nos acostamos.

***

Dormíamos los dos en su cama, una de plaza y media. Era cómodo, decíamos, no hacía falta armar otra. Pero esa noche se nos ocurrió hacerlo cabeza con pies: yo de un lado, él del otro. Mis pies a la altura de su cabeza, los suyos a la altura de la mía, los muslos rozándonos en el medio. No era la primera vez que dormíamos así, pero esa noche sentí cada centímetro de su pierna contra la mía.

La casa estaba en silencio. Solo se escuchaba al padre de Mateo riéndose solo en el comedor, viendo no sé qué partido grabado de la madrugada. Nosotros habíamos dejado de hablar, pero seguíamos vivos: alguno tosía, otro se movía, una sábana se acomodaba. Ninguno de los dos dormía y los dos lo sabíamos.

No me pregunten por qué lo hice. La cerveza ayudó, sí, pero no fue solo eso. Había ganas, las venía juntando hacía meses sin reconocérmelas, y esa noche me animé.

Empecé a subir la mano derecha por su pierna, despacio. Sentí el vello de su muslo, la piel caliente, la respiración que se le aceleraba en la oscuridad. No me frenó. Avancé un poco más, el filo de la rodilla, el interior del muslo, hasta llegar al bulto debajo del calzoncillo. La agarré entera con la mano, por encima de la tela. Estaba dura como un palo y tenía una forma que no era la mía. Le di unos apretones suaves, después un poco más fuerte.

Él se bajó solo el calzón, sin decir una palabra. Me dio paso. Le hice una paja en silencio, primero lenta, después al ritmo que él me había contado, alguna vez en broma, que le gustaba. Era más gorda que la mía y más larga. Más torcida hacia la izquierda. Me concentré en el detalle como si estuviera reconociendo a un animal nuevo.

Mateo no se quedó atrás. Su mano subió por mi pierna con menos vergüenza, casi con apuro. Me agarró la pija y me la empezó a tocar al mismo tiempo que yo a él. Estábamos los dos paralelos pero invertidos, las manos cruzadas en el medio del colchón, cada uno trabajando en silencio. Lo único que se escuchaba era la respiración, los crujidos del colchón viejo y, lejos, el televisor del padre.

Mateo se vino primero. Sentí la leche caliente, viscosa, sobre el dorso de mi mano y la sábana. No dijo nada, ni un gemido, ni un suspiro. Solo el cuerpo que se contrae y después se relaja.

—Seguí —le pedí en un susurro—. No me dejes a la mitad.

Apretó los dientes y me siguió haciendo la paja hasta que yo también acabé. Su mano quedó pegoteada, igual que la mía. Nos quedamos así, en silencio, mirando el techo cada uno desde su lado. Yo tenía la cara colorada y agradecía que él no pudiera vérmela.

***

Pensé que se terminaba ahí. Cerré los ojos y fingí dormir, aunque era tan poco creíble que daba pena. De golpe lo escuché moverse, levantarse, salir del cuarto. Lo seguí con la oreja: la cisterna del baño, la canilla, los pies descalzos volviendo por el pasillo.

Cuando entró otra vez al cuarto fue distinto. Cerró la puerta con traba, algo que nunca habíamos hecho. Se sacó la remera por la cabeza y el calzón se lo bajó de un tirón. Se acostó sobre mí, pero esta vez en la misma dirección que mi cara. Cabeza contra cabeza. Los pies juntos. La pija contra la mía.

—Esta noche es para nosotros —me dijo, con una voz que no le había escuchado nunca—. Basta de vírgenes.

Y se tiró sobre mi boca.

El beso fue exagerado, casi cómico de tan torpe. La saliva pasaba de una boca a la otra, su lengua entera me invadía, el aliento a cerveza tibia se mezclaba con el mío. Era el primer beso que yo daba en mi vida y era con un tipo. Con mi mejor amigo. Y no me podía parar de besarlo.

—Esto es secreto —pregunté cuando me dejó respirar.

—Secreto —contestó.

Con eso me alcanzó. Volví a besarlo, esta vez yo más activo, agarrándolo de la nuca, pasándole la lengua por los dientes. Me sentía un animal recién soltado.

***

Los roles se acomodaron solos sin que habláramos del tema. Él arriba, yo abajo. Él dominante, yo entregado. Me chupaba el cuello, mordía la oreja, bajaba a las clavículas. Yo le abrazaba la espalda y descubría con los dedos unos lunares que no le conocía, repartidos en línea desde el omóplato hasta la cintura. Era un mapa que solo se veía en la oscuridad.

Nos sacamos los calzones del todo, lo que quedaba puesto. Nos agarramos las pijas mutuamente y nos las tocamos durante un rato largo, los dos transpirados, el vello pegoteado de leche y sudor. A veces escondía la cara contra su cuello, a veces él me metía la lengua tan adentro que me parecía irreal.

—Bajá un poco —le pedí, sin saber bien qué quería—. Quiero probar algo.

Lo empujé hacia abajo, me incliné hacia el otro lado, y se la metí en la boca. No tenía idea de lo que estaba haciendo. Me iba guiando por instinto, por lo que había visto en algún video escondido, por lo que me hubiera gustado que me hicieran a mí. Empecé despacio, mojándola con saliva, después agarré ritmo. No podía parar.

Mientras se la chupaba, lo miraba de reojo. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, una mano enganchada en mi pelo sin tirar, pero marcándome la dirección. ¿Cómo puede ser que hayamos tardado tanto en hacer esto? Qué delicia.

Al rato sentí la corriente caliente en el fondo de la garganta. Decidí tragar, no sé por qué, me pareció la única respuesta correcta a lo que estaba pasando. Levanté la cabeza, nos miramos y nos reímos los dos al mismo tiempo, una risa nerviosa pero feliz.

Subí a su lado. Le di un beso largo, lento. Me acosté con la cabeza sobre su pecho y la oreja contra el latido. Su mano en mi pija, la mía en la de él. Las dos se fueron desinflando juntas, despacio, mientras el sueño nos ganaba.

***

Me desperté solo. Por la ventana entraba un sol blanco de sábado. Tardé unos segundos en acordarme de la noche anterior y, cuando me acordé, se me cerró el estómago. Me puse el calzón y bajé a la cocina con el pelo revuelto y la culpa pegada a la frente.

La madre de Mateo estaba sirviendo café con leche. El padre, sentado a la cabecera, leía el diario y me apuró:

—Apurate que después nos vamos a jugar al parque.

Mateo estaba a su derecha. Me sonrió como si nada, masticando una tostada. Le devolví la sonrisa con la boca seca. Desayuné en silencio, contestando con monosílabos todo lo que me preguntaban. Después me fui a bañar.

Estaba debajo del chorro, con el agua hirviendo, repasando minuto a minuto lo de anoche. La culpa y la excitación se me peleaban en el pecho. Sentí la puerta del baño abrirse.

—Te traigo la toalla —dijo Mateo del otro lado de la cortina.

Se quedó. Buscó algo en el cesto, después en el botiquín, después en cualquier excusa. Y de repente cerró la canilla del agua desde afuera. Yo me asomé por el costado de la cortina.

Estaba desnudo. Volvía a estar dura.

—¿Cerraste la llave? —pregunté con la voz fina.

—Sí —dijo. Corrió la cortina y se metió. Había trabado la puerta antes—. Date vuelta, hermoso.

Me apoyó la pija entre los cachetes del culo. Una mano subía por la espalda, la otra me sostenía la cintura. Sentí su aliento en la nuca y un dedo escarbando en lugares donde nadie había escarbado nunca.

—Acá no, Ale, basta —murmuré, usándole el apodo de toda la vida—. Acá no.

El placer me iba comiendo, pero también la culpa religiosa de los dieciocho años, esa culpa heterosexual fabricada a fuerza de escuela, de padres, de misa los domingos. Quería que entrara. No me animaba.

Me puse de espaldas igual. La intentó meter pero no entró. No por falta de ganas, sino por miedo de mi parte, por tensión, por inexperiencia. Sus huevos me golpeaban contra el muslo y yo cerraba los ojos.

—Basta, Ale —le dije nervioso—. Te lo pido en serio.

Entendió enseguida. Salió de la ducha sin enojarse, se secó rápido y me dijo:

—Andá directo al parque cuando estés listo. Mis viejos ya están allá.

***

Fui al parque, jugamos, nos divertimos. Esa misma tarde me hice el sota con todos como si la noche anterior no hubiera existido. Al poco tiempo conocí a una chica en la facultad, me puse de novio, me casé, tuve dos hijos. Vida normal. Vida heterosexual.

A Mateo lo vi poco después de terminar el secundario. Cuando lo cruzaba, siempre era en lugares con gente: bodas, asados de exalumnos, un velorio. Nunca solos. Nunca con la posibilidad real de hablar.

Hoy estoy en una mesa en uno de esos eventos. No importa cuál. Tomo una copa de champagne tibio mientras una orquesta hace ruido al fondo. Mateo está parado en una ronda al otro lado del salón, conversando con tipos de saco y corbata. Le brillan las canas y la sonrisa.

De vez en cuando levanta la mirada hacia mí. Yo se la sostengo más de la cuenta. Y por dentro, mientras mi mujer me cuenta algo del trabajo de su hermana, me muero de ganas de que terminemos lo que empezamos hace veinte años en aquella cama de plaza y media.

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