Aquella noche descubrí el placer entre hombres
Aquella tarde de febrero el sol no daba tregua. Yo estaba en una ciudad pequeña del interior, terminando unos asuntos de trabajo, y Hernán me había acompañado todo el día. Lo conocía desde hacía cuatro años, desde que coincidimos en una feria de proveedores en la capital. Tenía cuarenta y nueve, era alto, de espalda ancha y unas manos enormes que siempre llamaban la atención cuando contaba algo. Hablaba pausado, con esa seguridad de los hombres que ya no necesitan demostrar nada.
—Vamos a tomar algo lejos del centro —me dijo, aflojándose el cuello de la camisa—. Conozco un sitio cerca del mirador.
Acepté sin pensarlo. La conversación con él siempre era cómoda: negocios, política, alguna anécdota familiar. Nada que me incomodara. Subimos a su camioneta, me abroché el cinturón, y enseguida la carretera empezó a treparse por la serranía. Las ventanas bajadas, el aire caliente entrando con olor a tierra mojada por el riego de la mañana. Hernán manejaba con una mano y con la otra cambiaba la emisora.
—¿Te molesta si bajo el aire? Prefiero el viento real.
—Para nada —respondí, mirando cómo el sol caía detrás de los cerros y pintaba todo de un naranja sucio.
Ni por un segundo se me cruzó por la cabeza lo que ese trayecto iba a desencadenar. Llevaba toda mi vida con mujeres. Estaba en pareja desde hacía tres años. Pensar en otro hombre, ni en sueños.
El sitio resultó ser una hostería al borde de un acantilado, con mesas de madera y una vista que cortaba la respiración. Nos atendió una chica jovencita, no llegaría a los veintidós, con una sonrisa fácil y un cuerpo de esos que detienen las conversaciones. Pedimos dos jugos de maracuyá con hielo.
—Esta sí que está buena —murmuró Hernán cuando ella se alejó, sin dejar de mirar.
—Una belleza —contesté, riéndome bajito—. Y lo sabe.
Hablamos un rato largo de tonterías. De fútbol, de un viaje que él había hecho a la costa el verano anterior, de una sobrina suya que se iba a casar. Cuando pagamos y nos paramos para irnos, ya era casi de noche. La luna se asomaba entre las nubes y el aire empezaba a refrescar de a poco.
—Antes de bajar, pasemos por la obra —me dijo—. Quiero ver cómo va el techo.
Hernán estaba construyendo una casa de fin de semana a unos diez minutos de la hostería. Una excusa razonable. Le dije que sí. Tomamos un camino de tierra, cada vez más estrecho, hasta que las luces de la camioneta iluminaron las paredes de bloque sin revocar y un techo a medio armar. No había un alma en kilómetros.
Apagó el motor. Apagó los faros. Y entonces ocurrió algo extraño: el silencio se hizo espeso, casi pesado, y ninguno de los dos dijo nada durante un minuto entero. Lo miré, no sé por qué. Él me miró de vuelta. Sus ojos, en la penumbra, parecían más oscuros de lo que eran.
Algo no está bien aquí, pensé. O algo está demasiado bien.
—Hace mucho calor todavía —dijo en voz baja.
—Sí —respondí, pero mi voz salió rara, como si fuera la de otro.
Entonces su mano derecha se posó sobre mi muslo izquierdo. No fue un roce accidental. Fue una mano firme, abierta, que se quedó ahí esperando una reacción. Yo no me moví. No pude. La otra mano subió hasta mi nuca y empezó a masajearme con los dedos, despacio, en círculos pequeños. El cuello se me aflojó solo. Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, su cara estaba a cinco centímetros de la mía.
Me besó.
Fue un beso suave al principio, casi un roce, como si me estuviera dando tiempo a apartarme. No me aparté. La barba de tres días me raspó el labio superior y ese detalle, esa aspereza masculina que nunca había sentido, me erizó la piel desde la nuca hasta los tobillos. Él lo notó. Profundizó el beso. Su lengua entró en mi boca con una calma de animal viejo, sin urgencia, midiendo cada movimiento.
Yo no respondía. Pero tampoco me iba.
Se separó un momento, me miró y volvió a besarme, esta vez en la línea del mentón y bajando por el cuello. Su respiración cerca de mi oído tenía un sonido que no había escuchado nunca: era pesada, grave, distinta a la de una mujer. Sentí cómo mi cuerpo se rendía de a poco, cómo los músculos del abdomen se aflojaban y cómo, sin quererlo, mis caderas se movían apenas un milímetro contra el cinturón.
—Tranquilo —me susurró—. No tenés que hacer nada.
Sus dedos empezaron a desabotonar mi camisa, uno por uno, sin apurarse. Cuando llegó al último, abrió las dos solapas y me pasó la palma abierta por el pecho. La piel le ardía. Encontró mis tetillas con el pulgar y las acarició en círculos lentos. Yo no sabía que algo así pudiera sentirse de esa manera. Solté un gemido bajo, casi un suspiro, y me tapé la boca enseguida, avergonzado.
—No te tapes —dijo, sacándome la mano con cuidado.
Estiré el brazo, busqué la palanca del asiento y lo reclinè hasta donde dio. Quedé casi acostado, mirando el techo de la camioneta. Él se inclinó sobre mí y siguió con los pezones, ahora con la boca. Su lengua, su saliva tibia, los dientes que apenas mordían. Yo respiraba por la nariz, fuerte, como si no me alcanzara el aire. Mis manos se aferraron al volante, al apoyabrazos, a cualquier cosa que me anclara.
De pronto se detuvo. Se enderezó en su asiento, jadeando un poco, y se pasó el dorso de la mano por la frente.
Acá termina, pensé. Recuperó la cordura.
Pero no era eso. Soltó la hebilla del cinturón, abrió el botón del pantalón y bajó el cierre con una sola mano. Levantó la cadera apenas y deslizó la tela hasta las rodillas. Llevaba un bóxer negro tirante. Por encima de la tela se notaba claramente la forma de un pene grueso, ya hinchado, que pulsaba contra el algodón. Empezó a frotárselo por encima, mirándome.
—¿Querés? —preguntó, con una voz baja que no admitía juegos.
Yo no dije nada. No podía. Tenía mi propio sexo durísimo contra la tela del pantalón, mojado en la punta, marcando una mancha tibia que yo mismo sentía. Asentí con la cabeza, una sola vez, casi imperceptible.
Bajó el bóxer. Saltó hacia afuera un pene erecto, más grande de lo que había imaginado, con la base rodeada de vello oscuro y los testículos pesados, recogidos por el calor. Era la primera vez en mi vida que veía un pene ajeno con deseo. Y, contra toda lógica, lo deseaba.
Su mano me tomó la nuca y me empujó suavemente hacia abajo. No fue brusco, fue una invitación firme. Yo dejé que mi cabeza bajara. La piel de su muslo me rozó la mejilla, caliente, dura, cubierta de un vello áspero. Y entonces ese olor: una mezcla de jabón, de sudor del día, de algo más íntimo y profundamente masculino, me llegó a la nariz y, lejos de echarme atrás, me terminó de desarmar.
Saqué la lengua. Primero lo recorrí desde la base hasta la punta, con la boca apenas abierta, midiendo. Una gota transparente brillaba en la corona. Probé. Tenía un sabor salado, denso, distinto a todo lo que había probado antes. No me dio asco. Me dio ganas de más.
Abrí la boca y lo metí. Primero solo la cabeza, sintiendo la textura lisa contra el paladar. Después bajé un poco más, despacio, hasta que sentí el primer reflejo de arcada y me detuve. Subí. Bajé. Encontré un ritmo. Hernán soltó un suspiro largo y aflojó la mano de mi nuca; ahora me dejaba a mí, confiando en lo que estaba haciendo.
¿Cómo es que sé hacer esto?, pensé. ¿Cómo es que me gusta tanto?
Sus dedos volvieron a mis pezones, jugando con ellos al ritmo de mi boca. Yo me concentré en eso, en darle placer, en escucharlo respirar más fuerte. Cuando su pelvis empezó a moverse contra mi cara y oí el primer gruñido seco saliéndole del pecho, supe que estaba cerca. Quise alejarme por instinto, pero su mano volvió a la nuca y me sostuvo. No con violencia. Con firmeza.
—Quedate —dijo entre dientes.
Y se vino.
El primer chorro fue caliente y abundante, golpeó contra el fondo de mi boca y me llenó la garganta. Tragué por reflejo. El segundo, menos. El tercero, apenas un hilo. Sentí su sabor espeso, mineral, casi dulce en el centro y amargo en los bordes, llenarme la lengua y las paredes de los carrillos. Me quedé quieto unos segundos, con él aún en la boca, respirando por la nariz.
Mientras tanto, sin haberme tocado yo mismo, sin haber bajado siquiera el cierre, exploté dentro del pantalón. Sentí cómo la tela se mojaba en pulsos, uno, dos, tres, y los muslos se me tensaron contra el asiento. Solté su pene de la boca y dejé caer la cabeza contra su muslo, sin fuerzas.
—Carajo —murmuró él, acariciándome el pelo—. Vos también.
—Sin tocarme —dije, con la voz rota.
—Eso es lo que más me prende de todo esto.
Nos quedamos así unos minutos largos, en silencio, escuchando los grillos afuera y un perro lejano. Después él se subió el bóxer, se acomodó el pantalón, encendió el motor y bajamos por el mismo camino de tierra como si nada hubiera ocurrido. Pero los dos sabíamos que algo había ocurrido. Y los dos sabíamos que iba a volver a ocurrir.
***
Pasaron tres meses desde aquella noche. Hernán y yo nos seguimos viendo. A veces por trabajo, a veces sin la excusa del trabajo. He aprendido cosas de mí que no sabía. He descubierto que el deseo no entiende de planes, de etiquetas ni de identidades fijas. Que se puede amar a una mujer y, al mismo tiempo, perder la cabeza por las manos grandes y la barba rasposa de un amigo de cuarenta y nueve años en la cabina de una camioneta, frente a una obra a medio construir, una noche cualquiera de febrero. Y que, contra lo que me habían enseñado, no hay nada de qué arrepentirse.