El chat gay me trajo un activo a la habitación
Llevaba dos días en la capital por un viaje de trabajo, hospedado en un hotel de paso por la zona de Reforma, a pocas cuadras de una avenida grande y ruidosa. El cuarto era pequeño y oscuro, con una cama doble y un escritorio de madera mal barnizado, pero a mí me daba lo mismo: solo necesitaba un lugar donde caer al final de la jornada y, si me sobraba tiempo, distraerme con la minilaptop que cargaba en la mochila.
Esa tarde terminé las reuniones antes de lo previsto. Volví al hotel, dejé la chaqueta sobre la silla, me quité la ropa formal y me puse un pants viejo de tela delgada, sin calzoncillos. Abrí apenas la ventana para que entrara algo del ruido de la calle, me serví un vaso de agua y me senté en la cama con la laptop sobre las piernas.
Empecé a navegar sin rumbo, pasando de una pestaña a otra. Después de un rato terminé donde siempre termino cuando viajo solo: en una sala de chat de temática gay. Elegí un nick neutro, algo así como Solo_en_la_capital, y me quedé mirando la lista de usuarios mientras, en otra pestaña, dejaba corriendo videos sin sonido para ir entrando en ambiente.
La mayoría de las conversaciones empezaban igual y terminaban igual. Saludos, edades, ubicaciones, y después el silencio o el típico «otro día será». Algunos estaban en otras ciudades, otros decían vivir lejos, otros simplemente no me interesaban. Yo seguía con las pestañas abiertas, una mano en la laptop y la otra metida dentro del pants, sin demasiada prisa.
Habría pasado media hora cuando se abrió una ventana privada. El nick era Buscandocercas. Escribió primero.
—Hola. ¿Qué tal? ¿De dónde eres?
—Hola. Estoy bien. De paso por la capital, hospedado en hotel.
—Yo vivo aquí, por la zona del centro. ¿Tú por dónde andas?
—Cerca de la avenida grande, a unas cuadras del parque. ¿Qué buscas?
Esperé sin moverme demasiado. La respuesta llegó rápido.
—Tengo treinta y cuatro. Hace tiempo que no concreto nada. Me metí al chat a ver si hoy había suerte. ¿Y tú?
Esa frase me cambió el ánimo. No era ni demasiado joven ni demasiado mayor, vivía cerca, y por la forma de escribir no parecía ni desesperado ni tramposo. Le contesté.
—Treinta y dos. No estaba buscando nada en serio, pero si se da, se da. ¿Qué rol juegas?
—Activo. ¿Tú?
—Pasivo.
Hubo una pausa breve. Después escribió que estaba libre esa tarde, que si quería podíamos vernos. Le pregunté si tenía dónde y me dijo que no, que su casa estaba complicada. Lo pensé tres segundos. La habitación era mía, estaba pagada hasta el viernes, y nadie iba a tocar la puerta hasta el día siguiente. Tecleé.
—Si quieres, te invito al hotel. Estoy solo. Compramos algo para tomar y ya vemos cómo se da.
Tardó un poco en responder.
—¿En serio? ¿No hay bronca?
—En serio. Yo te paso el número de cuarto.
Le di la dirección y el número de habitación, le dije que llevara cervezas. Cerró el chat con un «llego en media hora». Yo me quedé mirando la pantalla unos segundos, sin saber si reírme o asustarme. Después cerré la laptop, recogí lo poco que había tirado por el cuarto, me lavé los dientes y me senté en la cama a esperar.
***
Treinta y cinco minutos después tocaron la puerta. Me acerqué a la mirilla. Era él: sin barba ni bigote, el pelo castaño un poco largo, complexión media, un par de centímetros más bajo que yo. Cargaba dos bolsas de plástico. Abrí.
—Pasa, pasa —le dije, haciéndome a un lado.
Entró sin titubear, me dio un beso rápido en la mejilla y dejó las bolsas sobre la mesa. Sacó dos cervezas frías, abrió ambas con un encendedor y me tendió una.
—Me gustaste más en persona que en la foto —dijo, y chocó su lata con la mía.
Hablamos de cosas tontas un buen rato. Del tráfico, de su trabajo, del mío, de lo aburridos que eran los hoteles del centro. Fuimos abriendo cervezas con calma, sin prisa. A la cuarta lata yo ya estaba más suelto, riendo cosas que no daban tanta risa, y él me miraba con una insistencia que no era casual.
A la sexta dejó la lata sobre la mesa y me preguntó.
—¿De verdad eres pasivo?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque no lo pareces. Eres más alto de lo que pensé, y la espalda te ocupa todo el sillón.
Me reí, medio incómodo, medio halagado. Él no esperó respuesta. Se levantó de su silla, se sentó a mi lado en la cama y me puso la mano en la cara. Me besó sin preguntar, con la lengua dentro de mi boca casi de inmediato, y me apretó la nuca para que no me apartara.
No me aparté.
Su otra mano bajó por mi espalda, por encima de la playera, hasta encontrar la cintura. Tiró de la tela hacia arriba y me sacó la playera de un movimiento limpio. Antes de que pudiera reaccionar ya me estaba lamiendo un pezón, después el otro, alternando, mordiendo apenas, mientras la mano libre me apretaba el muslo por encima del pants.
—Levántate —murmuró.
Me puse de pie. Él también. Me agarró por los hombros, me dio la vuelta y se pegó a mi espalda. Sentí el bulto de su pantalón contra las nalgas, todavía vestidos los dos, y empezó a frotarse despacio. Iba apretándose más con cada movimiento, hasta que su erección quedó marcada con tanta claridad que me bajó un escalofrío por la nuca.
—Qué rico estás, cabrón —me dijo al oído—. Voy a disfrutar mucho cogiéndote.
***
Me inclinó sobre la cama. Las palmas en el colchón, las piernas firmes en el piso, el culo apuntando hacia él. Su mano me bajó el pants y el bóxer de un solo tirón, hasta los tobillos. Dejó la tela ahí, en mis pies, sin terminar de quitármela, como si tuviera prisa por verme.
Sentí las dos manos abrirme las nalgas. La habitación era pequeña y el aire acondicionado estaba bajo; el frío me pegó directo y me hizo apretar.
—Vaya culo que escondías —dijo, casi para sí mismo—. Ya me hacía falta algo así.
No supe qué responder. Sentí su saliva caer entre mis nalgas, un escupitajo grueso, y después el dedo recorriendo el contorno con presión justa. Empujó un poco. No entró. Volvió a escupir, volvió a empujar, paciente, sin lastimar pero sin retroceder, hasta que el dedo cedió y se hundió completo. Solté un gemido sordo que ni yo esperaba.
—Ya casi estás listo —susurró.
Sacó el dedo, escupió otra vez, metió dos. Los movió en círculos lentos dentro de mí, abriendo, calibrando. Yo tenía la cara hundida en la colcha y la respiración entrecortada. Cuando los sacó, me sentí vacío durante un segundo eterno.
—Date la vuelta. Boca arriba.
Obedecí. Me dejé caer sobre la cama, con la cabeza casi al borde, y él me levantó las piernas hasta apoyarlas en sus hombros. Se bajó el pantalón y el bóxer de una sola maniobra. Su verga ya estaba completamente dura, morena, de un grosor que se notaba más de cerca de lo que había imaginado por encima de la tela. Tenía una gota brillante en la punta.
La agarró con la mano y la acomodó contra mi entrada. Sentí la presión de la cabeza, redonda, caliente, y me tensé sin querer.
—Tranquilo. Llegó la hora —dijo.
Empujó. Despacio, pero sin detenerse. Sentí cómo se abría paso, milímetro a milímetro, y cómo mi cuerpo cedía a un ritmo que él dictaba. Cuando entró del todo se quedó quieto unos segundos, dejándome respirar, y soltó un gemido largo, satisfecho.
—Qué rico aprietas.
***
Empezó despacio. Salía casi entero y volvía a meterla con presión, mirándome a la cara, observando cómo me cambiaba el gesto cada vez que llegaba al fondo. Después aceleró. Me tenía bien sujeto de las piernas, las rodillas casi pegadas a mi pecho, y bombeaba con un ritmo que no me dejaba pensar.
En algún momento sacó la verga, me dio la vuelta y me arrastró fuera de la cama. Me llevó hasta la mesa donde habíamos dejado las cervezas, apartó las latas con el codo y me inclinó sobre la madera.
—Qué espectáculo —dijo, agarrándose la verga y acomodándola otra vez contra mí—. Tu culo comiéndose mi verga es lo más rico que he visto en meses.
La metió de un solo empujón. Las latas vibraron sobre la mesa. Yo me agarré del borde con las dos manos y dejé escapar un gemido largo, ronco, sin medirme. Él me sujetaba la cintura con las dos manos y bombeaba rápido, sin descanso, con la pelvis golpeándome las nalgas en un sonido seco y húmedo a la vez.
Se inclinó sobre mi espalda, sin parar de moverse, y me habló al oído.
—¿Dónde quieres mi leche?
—Donde tú quieras —contesté, sin pensar, con la cabeza dando vueltas por el calor y la cerveza.
Aceleró todavía más durante un minuto largo. Después salió, me jaló del hombro y me obligó a ponerme de rodillas frente a él. Se masturbó rápido, con la mano firme, mirándome desde arriba.
—Siempre quise hacer esto. Ábrela.
Abrí la boca. Apoyó la punta de la verga sobre mi labio inferior, gimió fuerte, y un chorro espeso y caliente me cayó dentro. Cerré los labios alrededor de la cabeza por instinto, sin dejar que se escapara nada. Él soltó un último gemido, grave, y se quedó quieto, con la respiración pesada y la mano todavía apretándose la verga.
Cuando se apartó, tragué. Era la primera vez en mi vida que me tragaba el semen de alguien. Era espeso, salado, caliente, y me dejó un sabor extraño y reconocible al fondo de la garganta. No me dio asco. Me dio una sensación rara de orgullo, de haber cerrado algo.
***
Me tomó del brazo, me hizo levantarme y me volvió a inclinar sobre la mesa. Me dio dos nalgadas con la palma abierta, sonoras, y metió dos dedos en mi culo todavía dilatado.
—Gracias por cumplirme la fantasía —dijo, moviéndolos lentos—. Estuvo riquísimo.
Sacó los dedos, metió la verga por última vez hasta el fondo —ya blanda pero todavía gruesa—, la sacó y me dio otras dos nalgadas. Después se separó, agarró su ropa del piso y se vistió en silencio, sin mirarme.
Cuando estuvo listo se acercó a la puerta. Antes de abrirla se giró.
—Gracias por darme tu culo. Está delicioso.
Abrió, salió, cerró. Me dejó las cervezas que sobraron.
Me quedé sentado en el borde de la cama, desnudo, oliendo a sudor y a cerveza barata. Me llevé dos dedos al culo, casi por curiosidad, y entraron sin esfuerzo. Sí, esta vez me habían dejado bien abierto.
Pero qué cogida me dieron.
Hubo una segunda, días después, con otra persona y en otra ciudad. Pero esa quedará para otra noche.