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Relatos Ardientes

Le confesé a mi mujer con quién la había engañado

La lluvia golpeaba los cristales del salón cuando Andrés me sirvió el segundo vodka de la noche. Llevábamos casi dos horas hablando y yo todavía no había llegado a la parte más cruda de mi historia. Él me escuchaba apoyado contra el respaldo del sillón, con la pipa apagada entre los dedos, ahogando su propio drama mientras yo intentaba traducirle el mío.

—¿Y entonces qué le dijo a su esposa? —preguntó, después de un silencio largo.

—Le dije la verdad, hombre. Toda. Esa noche, en nuestra alcoba, Lorena se dio cuenta de que llevaba años engañándola y, al principio, no quiso preguntar el detalle. Pero hay detalles que se cuelan solos, aunque uno no los nombre. —Tragué el vodka de un sorbo largo—. Me preguntó desde cuándo estaba con «ese fulano», y yo, en lugar de seguir mintiendo, le confirmé que llevábamos juntos poco más de dos años.

Andrés inclinó la cabeza y no dijo nada. Yo continué.

—Le conté lo que necesitaba escuchar para entenderlo todo. Que la había engañado desde el final del embarazo, cuando ella estaba más vulnerable y yo me sentía más asfixiado. Que al principio fueron encuentros pagados, muchachos jóvenes a los que les daba unos billetes para que se acostaran conmigo. Sin sentimientos, sin nombres que recordar, sin caras con las que tropezarme en el supermercado. Solo cuerpos, solo necesidad. Le aclaré que durante años había temido que dejara de quererme si lo sabía, y que por eso me lo había callado.

—¿Y ella? —preguntó Andrés con una voz que ya no era curiosa, sino apenas humana.

—Se llevó las manos a la cara, después al pecho, como si tratara de sostenerse a sí misma para no romperse delante de mí. Me dijo: «Eres un hijo de puta». No la corregí. Tenía razón. Solo le respondí, en un hilo de voz, que no había querido lastimar al bebé causándole estrés en el embarazo, ni después al niño chiquito viéndonos pelear. Y entonces sí, ella se rió. Una risa breve, sin nada de alegría, solo amargura y mucho enojo.

—Y la mandó a la mierda. —Andrés lo dijo casi para sí mismo.

—Me pidió que me fuera de la casa. No con gritos. Con ese tono frío que las mujeres usan cuando ya hicieron la suma y entendieron que sobran restos. Me dijo que durante años ella había rechazado halagos e insinuaciones por respeto a un matrimonio donde, por lo visto, la única que amaba era ella. Y ahí, mientras la oía, se me hizo un nudo en la garganta que no era pena ni vergüenza. Era miedo.

—¿Miedo? ¿Miedo a qué, hombre?

—A lo que me esperaba al otro lado. A un nuevo compromiso, a un bienestar utópico. Demasiada suerte para alguien como yo.

***

Bebí lento esa vez. El hielo se había derretido casi por completo en el vaso y el vodka me sabía dulce. Andrés se levantó, fue hasta la cocina, volvió con un puñado de cubos nuevos y me sirvió sin preguntar.

—Pero hubo un momento, antes de todo eso —continué—, que lo cambió absolutamente todo. Y es el que más me cuesta contar, porque fue cuando entendí que mi doble vida no era una doble vida: era la única vida que me quedaba si quería seguir respirando.

—Cuente, hombre. Para eso le abrí la puerta.

—Una mañana de domingo, hace casi tres años, me desperté agitado por un sueño. Soñé con un seminarista que conocí en mi adolescencia, Ignacio. Él fue el primer hombre que me tocó, allá cuando los dos teníamos quince años y todavía no sabíamos ponerle nombre a lo que nos hacíamos. En el sueño aparecía él, desabrochándose la sotana en el patio del seminario, intentando seducir a una chica del barrio en la que yo había estado enamorado. Después aparecíamos los tres juntos, desnudos, abrazados, sudando como animales. Me desperté con una erección que no me cabía en el piyama y con la certeza, por primera vez clara, de que llevaba toda mi vida adulta fingiendo.

—Mierda.

—Esa misma mañana le dije a Lorena que iba a hacer un mandado y salí. Hacía meses que no veía a Ignacio en persona, aunque seguíamos escribiéndonos cartas y, de vez en cuando, llamándonos por teléfono. Subí al auto, manejé hasta el centro y trepé las escalinatas de la iglesia de San Bernardo, donde él ya era párroco. Lo vi entrar al confesionario antes de que pudiera saludarlo. Esperé a que terminara la eucaristía, pero se me adelantaron los feligreses: ancianas con velos, madres con niños prendidos de la mano, el alcalde del barrio. Lo vi acariciar cabezas, sonreír con esa serenidad de quien ya escogió su camino y no piensa traicionarlo. No tuve el valor de acercarme. Para Ignacio yo era un fantasma del pasado, y él para mí, una puerta cerrada con llave.

No vine a buscarlo a él, pensé al bajar las escalinatas. Vine a buscar lo que él fue para mí.

***

—Salí de la iglesia más vacío que cuando entré. Empecé a caminar sin rumbo por las callecitas adoquinadas del barrio histórico, esquivando turistas y artesanos. El centro tenía esa mezcla de paredes coloniales encaladas y restaurantes con accesos angostos, atestados de gente que se reía con la facilidad que a mí me faltaba esa mañana. Y entonces, en una esquina, escuché la guitarra.

Andrés cargó la pipa otra vez, despacio, sin interrumpirme.

—Era una melodía nostálgica, pero tocada con rabia. En la plazoleta del Carmen, contra una pared blanca, un muchacho de piel canela y rulos despeinados tocaba las seis cuerdas como si le debieran algo. Lo rodeaba un grupo de espectadores con vasos de chicha artesanal en las manos. Me acerqué sin pensarlo. Y me quedé clavado en el sitio.

—Tendría unos veintidós, calculé después. Cejas pobladas, una cicatriz vertical que le partía la izquierda en dos. Los ojos delineados de negro, las ojeras más oscuras todavía. La boca chica, los labios delgados y brillantes de saliva por la concentración del canto. Un candado de barba descuidado entre el bigote y el mentón. Llevaba una camiseta blanca pegada al pecho por el sudor, y un pie marcando el compás contra el adoquín.

—Cuando terminó la canción, aplaudí más fuerte que los demás. Él levantó la cabeza y nuestros ojos se encontraron. Sostuvo la mirada más segundos de los que un desconocido tiene derecho a sostenerla. Me extendió la mano y me dijo, con una voz ronca que no se parecía nada a la que cantaba: «¡Gracias, flaco!». Yo, como un idiota, le dejé la mano colgando en el aire mientras buscaba en el bolsillo un billete para la propina.

—Le respondió como cliente —comentó Andrés, sin juicio.

—Exacto. Y él se rió, sin ofensa. Me dijo: «¿Tienes tiempo pa' un café o prefieres una chicha bien fría para la sed?». Acepté el café. Caminamos hasta un puesto ambulante a media plaza, pedimos lo nuestro y empezó a contarme su vida en cinco minutos: que había desertado de la guerrilla años atrás, que tocaba la guitarra en la calle desde entonces, que dormía en una azotea prestada a pocas cuadras. Después se inclinó sobre la mesa, me miró con una sonrisita ladeada y me dijo: «A ver, flaco, ¿andas buscando cositas raras pa' pegarte una buena elevada? ¿O un poco de compañía pa' llenar ese vacío que se te ve en los ojos? Pa' cualquiera de las dos, me vas a tener que tirar una liga».

***

—No me hice el ofendido. Puse la mano sobre la suya, sobre la mesa, y le confirmé sin palabras que era lo segundo. Él me sonrió con la mitad de la boca, se pasó la mano libre por la melena, se acomodó los mechones decolorados detrás de la oreja y me dejó ver un arete pequeño y negro en el lóbulo. Esa imagen no la voy a borrar nunca. Me había seducido un guerrillero desertor en una plaza llena de turistas, y yo, casado y con un hijo de seis años en casa, dije que sí sin pensarlo dos veces.

—Insistió en llevarme a su «guarida», así la llamó. Una pieza prestada en la azotea de una casona vieja, con paredes encaladas y un corredor largo que terminaba en una escalera de caracol. Yo, que jamás había hecho algo tan imprudente, lo seguí escaleras arriba sin pensar siquiera en quién podía verme entrar.

—La pieza era diminuta. Una cama individual con dos cobijas y una almohada plana. Un cactus en una maceta de plástico amenazando con caerse del antepecho de la ventana. Nada en las paredes, nada sobre la mesa. Apenas el espacio justo para dos cuerpos parados.

—«Flaco, ¿ya sabés a qué jugamos?» —me dijo, con una calma que no le creí—. «¿Sos mi hombre o mi mujer?». Le respondí, antes de besarlo en la boca, que íbamos a jugar a las dos cosas. Lo vi estremecerse como una hoja, y entendí en ese instante que él se hacía el experimentado, pero no lo era tanto. Se preparaba a ser lo que nunca había sido. Por necesidad de plata al principio. Por gusto al final, cuando lo besé despacio una segunda vez y noté que se aferraba a mis hombros como si tuviera miedo de caerse de la cama.

—Lo desvestí yo. Le levanté la camiseta sin afán, le desabroché el botón del jean y le bajé la cremallera mientras seguía buscándole la lengua. Después él me desvistió a mí, y yo me puse de pie para que me mirara. Apreciar la congestión en sus ojos desde arriba, la indecisión cortísima entre apartarse o inclinarse a recibirme en la boca, me dijo más de lo que él iba a decirme con palabras en toda la tarde. Se inclinó. Lo hizo. Lo hicimos mejor de lo que ambos esperábamos.

—Lo que pasó después en esa cama, Andrés, no se lo voy a relatar al detalle, porque tampoco soy un puerco. Pero le digo lo que entendí. Entendí por qué nunca había gozado en la cama con Lorena de la manera en que él me hacía gozar a mí. Entendí que llevaba treinta y tantos años actuando un papel, y que en esas cuatro paredes diminutas, por primera vez en mi vida, no estaba actuando.

***

—Estuvimos hasta el atardecer. Cigarrillos míos, marihuana suya, vino tinto barato bebido a pico de botella. Él agarró la guitarra y me tocó dos canciones desnudo, sentado al borde de la cama, mientras yo me vestía sin apuro. Antes de irme, le dejé en un cuaderno mi nombre y un número telefónico privado. Le puse en la mano todo el efectivo que llevaba encima. Bajé la escalera de caracol, salí a la calle adoquinada y caminé hasta el auto con la sensación de que el aire de afuera me sabía distinto.

—¿Llegó a su casa con cara de culpa? —preguntó Andrés.

—Para nada. Llegué contento. Más cariñoso con Lorena que en años. Le hice mimos en el cuello mientras cocinaba, le pregunté por el día del nene, me ofrecí a bañarlo yo. Esa noche dormí pegado a mi mujer como no dormía hacía meses. Y ella, pobre, lo interpretó como un regreso, como si yo hubiera vuelto. No le dije que en realidad acababa de irme por primera vez de verdad.

Andrés bajó la pipa. Tenía los ojos brillosos. No sabría decir si por el humo o por todo lo demás. Afuera la lluvia seguía cayendo, monótona, sin promesas.

—Y dos años después —concluí—, esa noche en la alcoba, Lorena me preguntó por el fulano. Por uno solo. Nunca le confesé que en realidad eran dos. Que al guitarrista lo seguí viendo todos los meses, en la misma pieza diminuta, hasta que se fue a buscar trabajo a otra ciudad. Y que al segundo lo conocí seis meses después, en un viaje, y que ese sí se me quedó pegado al pecho, y todavía hoy me espera en otra parte.

—¿Dos? —Andrés levantó las cejas, sinceramente sorprendido.

—Dos, hombre. Y a ella no le dije la otra mitad de la verdad porque a esas alturas ya no servía de nada. Una infidelidad se perdona o no se perdona. Dos, en cambio, ya son una vida entera vivida en otra parte. Y yo, en ese momento, lo único que necesitaba era cerrar la puerta de la casa sin tirarla.

Andrés se quedó callado un rato largo. Después se levantó del sillón, fue hasta el reloj antiguo donde antes había puesto unas páginas arrugadas del diario de su mujer, y las miró sin atreverse a tocarlas. Yo bebí lo último del vaso. La lluvia no daba tregua. El relato, por esa noche, había terminado.

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Comentarios (1)

Fer_BsAs

que titulo!! me engancho de entrada, no pude parar de leer. muy bueno

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