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Relatos Ardientes

Lo que hicimos en el rancho cuando su familia no miraba

Aquel verano de mis veinte años todavía se me viene a la cabeza cuando alguien menciona los ranchos del norte. Llevaba casi un año saliendo con Iván cuando me invitó a conocer a su familia, y desde el momento en que aceptamos los pasajes supe que el viaje no iba a ser sencillo.

Hicimos el trayecto en uno de esos camiones viejos que aún cruzan los caminos polvorientos del interior. Cuando nos bajaron en la entrada del pueblo, todavía quedaba un kilómetro a pie hasta la propiedad. Aproveché esa caminata para confirmar lo que ya sospechaba.

—Te voy a presentar como un amigo de la facultad —me dijo sin mirarme—. No estoy listo para que sepan.

—Me lo imaginaba.

—¿Te molesta?

Sí, me molestaba. Pero también lo entendía.

Le apreté la mano por última vez antes de que apareciera el portón de madera y bajé la mochila al suelo. A partir de ese instante éramos compañeros de carrera, dos chicos veinteañeros que se habían escapado de la ciudad por unas vacaciones cortas.

La familia nos recibió con esa generosidad ruidosa de la gente de campo: abrazos demasiado largos, palmadas en la espalda, una mesa preparada con guisos que aún humeaban. Su madre, una mujer pequeña de manos enormes, me tomó la cara entre las palmas y dijo que tenía pinta de buen muchacho. Su padre me sirvió una copa de vino tinto sin preguntar. Sus tíos hicieron bromas sobre la ciudad. Yo intenté reírme en los momentos correctos.

Esa misma noche, mientras todos cenaban en el comedor grande, Iván me hizo una seña con la cabeza desde la puerta del patio. Lo seguí sin pensarlo. Cruzamos el corral en silencio y entramos en el establo, que olía a paja seca y a animal. Nadie nos había visto salir.

Me empujó contra una de las vigas y me besó como si llevara meses sin hacerlo, cuando solo habían pasado dos horas. Tenía la respiración acelerada, las manos en mi cinturón antes de que yo pudiera reaccionar. Me abrió la bragueta de un tirón, me metió la mano dentro del calzoncillo y me agarró la polla ya medio dura, apretándomela con esa desesperación que le conocía.

—¿Aquí, en serio? —murmuré.

—Aquí, en serio. Date vuelta.

Me escupió en los dedos y se los llevó al culo. Sentí primero uno, después dos, empujando hasta el fondo con una brusquedad que no le había visto nunca. Me apoyé contra la viga con las palmas abiertas, el pantalón caído hasta las rodillas, el aire frío del establo pegándome en las nalgas. Escuché el ruido de su cinturón cediendo, el roce de la tela, y después el calor de su verga rozándome entre las nalgas antes de acomodarse en la entrada.

Su verga era pequeña, eso ya lo sabía desde hacía tiempo, pero esa noche entró de un solo empujón, sin aviso, sin la paciencia habitual. Me arrancó un gruñido que ahogué contra el brazo. Empezó a follarme con un ritmo frenético, completamente desbocado, la pelvis chocándome contra el culo con un golpeteo húmedo que en aquel silencio sonaba escandaloso. Cada embestida me subía de puntas, me hacía apretar los dientes contra la manga.

—Callate, callate —me susurraba pegado al oído, aunque era él quien resoplaba como un animal.

Me agarró de las caderas con las dos manos y me abrió más las piernas de una patada. Metió la mano por delante y me empezó a pajear al mismo ritmo que me cogía. Yo tenía la polla mojada de puro pre, chorreándole entre los dedos, y con cada tirón sentía las piernas más flojas. El olor a paja se mezclaba con el olor a sudor y a semen que ya se anticipaba. Mordí mi propia mano para no gritar cuando me tocó un punto que me hizo ver blanco.

—Me voy a correr —le avisé jadeando—. Me voy a correr, Iván.

—Correte, correte conmigo.

Sentí cómo se le hinchaba adentro un segundo antes. Me acabé sobre la paja seca con un espasmo largo que casi me tira al suelo, chorros gruesos que le pintaron los dedos y le siguieron saliendo entre los nudillos. Él se vino dentro de mí en silencio, con el cuerpo temblando contra mi espalda, la verga latiéndome adentro con cada descarga. Me la dejó adentro hasta que se le ablandó del todo. Cuando por fin salió, sentí el reguero caliente bajarme por la cara interna del muslo.

Tardamos casi un minuto en separarnos. Me limpió con un trapo de establo que olía a grasa vieja.

—¿Por qué tanta prisa? —le pregunté después, ya vestidos y caminando de vuelta a la casa.

—Por hacerlo aquí. Con ellos del otro lado de la pared. No sé. Me prende algo que no entiendo.

No supe qué responder. Pero esa frase quedó dándome vueltas en la cabeza durante las dos semanas enteras, porque marcó el tono de todo lo que vino después.

***

La primera travesura fue en el establo, pero la segunda fue al cuarto día. Habíamos subido a la habitación del segundo piso con la excusa de buscar una cosa, y de pronto Iván cerró la puerta y empezó a desabrocharse el pantalón. Se sacó la verga por encima del elástico del calzoncillo, ya erecta, con la punta rosada asomando entre el prepucio. Yo me arrodillé delante de él sin que tuviera que pedírmelo.

Justo en ese instante, su madre gritó algo desde el patio. Una pregunta sobre dónde había dejado la llave del depósito. Iván maldijo entre dientes, abrió la ventana de par en par y se asomó para contestarle, con la polla tiesa saliéndole del pantalón a la altura de mi boca.

—¡En el cajón de la cocina, mamá! —gritó hacia abajo.

Yo seguía arrodillado. Y se me ocurrió.

Le agarré la base con la mano, se la sostuve firme y pasé la lengua por la punta despacio, sin avisar. Iván dio un respingo y se quedó mudo por un segundo. Le lamí el frenillo con la punta de la lengua, di una vuelta entera al glande, chupé la gota salada que le brotaba del agujerito. Lo miré desde abajo, viéndolo intentar mantener la compostura mientras su madre seguía hablándole desde el patio sobre no sé qué asunto del granero.

—Sí... mamá... no, no me había fijado... —decía, y entre frase y frase yo le tragaba la verga entera hasta la garganta y me la sacaba despacio, dejándole toda la saliva colgando en hilos.

Su voz se quebraba. Carraspeaba para disimular. Le mamé con calma, chupando fuerte al subir, apretando los labios contra la corona de la punta. Le agarré los huevos con la mano libre y se los masajeé mientras le hundía la polla en la boca hasta rozarme las amígdalas. En un momento se le escapó un pequeño gemido, muy bajo, casi imperceptible, pero suficiente para que su madre preguntara desde abajo si estaba bien.

—Sí, sí, estoy bien... es que me pegué con el marco.

Yo no paré. Le metí toda la verga hasta la garganta y empecé a chuparlo con un ritmo constante, la cara apretada contra su pubis, las lágrimas asomándome en las pestañas por las arcadas contenidas. Le acaricié el culo por debajo del pantalón caído y le hundí un dedo entre las nalgas, buscándole el ojete apenas para hacerle presión. Iván apretó la mano contra el marco de la ventana con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos. Despachó a su madre con dos frases más y, en cuanto cerró la ventana, me agarró del pelo con las dos manos y me empezó a coger la boca.

Me la metió a fondo, sin dejarme respirar entre embestidas, cogiéndome la garganta como si fuera un coño. Sentí cómo se le hinchaba en la lengua, cómo se le tensaban los muslos contra mis hombros. Se vino en mi boca con una intensidad que me obligó a tragar chorro a chorro para no manchar el piso de madera. Le tragué cada gota, le seguí chupando la punta hasta que se le escapó la última perla espesa y me la lamí de los labios.

Cuando se sentó en la cama, sin aliento, con la polla todavía brillante fuera del pantalón, soltó una risa nerviosa que parecía a punto de convertirse en otra cosa.

—Estás loco —me dijo.

—Empezaste tú.

***

La tercera fue al octavo día, y fue más corta pero más rara. Su tío Ramón nos pidió que lo acompañáramos al galpón a buscar unas herramientas viejas. Era un hombre grandote, de bigote espeso, que casi no hablaba pero observaba todo. Estuvo media hora revolviendo cajones mientras nosotros esperábamos sentados sobre unas bolsas de maíz.

Iván me miró. Yo le devolví la mirada.

Sin decir una palabra, su mano se deslizó por debajo del elástico de mi pantalón y me buscó entre las nalgas. Mi dedo encontró el camino al mismo tiempo, por detrás del suyo, colándome por el cinto flojo hasta encontrarle el ojete tibio. Nos quedamos así, en un silencio absoluto, los dos con un dedo metido en el ano del otro, escupiéndonos disimuladamente en los dedos para mojarlos, mientras su tío seguía revolviendo cajones a tres metros de distancia.

Yo le apretaba la próstata con la yema, un movimiento mínimo de vaivén, y sentía la suya bajo mi dedo, el anillo caliente cerrándose y aflojándose en el mismo compás. Iván tenía la verga marcada bajo la tela del pantalón, una línea gruesa que no había manera de disimular. La mía estaba igual, mojando el calzoncillo con una gota tras otra.

El placer era difícil de describir. No era tanto el contacto físico como la imposibilidad de movernos, de respirar fuerte, de hacer cualquier gesto. Yo sentía el pulso en las sienes y en el ano al mismo tiempo. Iván tenía los ojos fijos en su tío, sin parpadear, pero le hundía el dedo más profundo cada tanto, buscándome el punto que me hacía apretar las bolsas de maíz con las dos manos.

En un momento Ramón se dio vuelta y nos miró. Tuvimos las manos quietas a tiempo, los dedos aún dentro pero inmóviles, pero su expresión era extraña. No dijo nada. Sacó las herramientas que buscaba, nos hizo cargar dos cajones cada uno y caminamos de vuelta a la casa en silencio, con las vergas todavía duras y los dedos oliéndonos a culo bajo las uñas.

Esa noche, mientras me lavaba los dientes, Iván entró al baño y cerró la puerta tras él.

—¿Tú crees que se dio cuenta? —le pregunté.

—No sé.

—Yo creo que sí.

—Yo también.

Pero ninguno de los dos dijo nada al día siguiente. Y Ramón tampoco.

***

La cuarta y última fue el viernes anterior a nuestra vuelta. La familia entera estaba en la sala viendo un partido importante, uno de esos clásicos que les calientan la sangre. Iván es fanático. Yo no. Aproveché para retirarme a la cocina con la excusa de buscar algo dulce, y a los tres minutos él apareció con esa cara que ya le conocía.

Cerró la puerta de la cocina sin trabarla. No había forma de trabarla.

—Iván, no —le dije por lo bajo—. Aquí no.

—Solo un rato.

—Hay un montón de gente del otro lado.

—Por eso.

Me dio vuelta contra la mesada, me bajó los pantalones de un tirón junto al fregadero y me dejó el culo al aire. Se escupió en la mano y me embadurnó el ojete con dos dedos, metiéndolos hasta el nudillo para abrirme. Yo me agarré al borde de la mesada con las dos manos, la mejilla pegada al azulejo frío. Escuché el ruido de su cinturón caer al piso de baldosa. Solo nos separaba una pared del resto de su familia. La televisión estaba alta. Se escuchaban los gritos del partido, las risas, los comentarios del padre y los tíos. Bastaba con que alguien se levantara a buscar agua o cerveza o un vaso.

Me la metió de un solo empujón, hasta los huevos, tapándome la boca con la mano libre para ahogarme el gemido. Empezó a cogerme rápido, sin darme tiempo a acostumbrarme, la pelvis chocándome contra las nalgas con un ruido de piel contra piel que en aquella cocina parecía un cañonazo. Cada vez que me embestía, sentía la presión subir y la mesada temblar bajo el peso de los dos. La adrenalina mezclada con el miedo era una cosa pesada y eléctrica al mismo tiempo, y me tenía la polla goteando sobre la puerta del mueble bajo.

Iván se vino rápido, como casi siempre. Sentí la primera descarga caliente adentro, la segunda, la tercera, y el resoplido ahogado contra mi nuca. Pero no se detuvo. Siguió cogiéndome con la misma intensidad, con la verga aún dura mojada de su propio semen, cada embestida haciendo un ruido húmedo obsceno que se le escapaba de entre mis nalgas. Me mordió el hombro para no gemir, tan fuerte que al día siguiente me quedó la marca de los dientes. Me agarraba la cadera con las dos manos y tiraba de mí hacia atrás para encajarse más adentro.

Metió la mano por delante y me agarró la polla resbaladiza. Me pajeó a contratiempo con las embestidas, con el pulgar untándome el pre en la corona. Yo apreté los dientes contra el brazo. Sentí las piernas empezar a temblar, el ano contrayéndose por reflejo alrededor de su verga cada vez que me acariciaba la punta. Me iba a correr sobre las puertas del mueble en cualquier momento.

Yo escuchaba pasos. Escuché a alguien levantarse del sillón. Le susurré que se detuviera. Él no me oyó, o no quiso oírme, y me dio dos embestidas más, brutales, la mano apretándome más fuerte la polla.

La puerta de la cocina se abrió.

Su madre se quedó congelada en el umbral. No gritó. No dijo nada durante unos segundos. Solo nos miró, primero a él con la verga todavía metida hasta el fondo en mi culo, después a mí con la cara apretada contra el azulejo y el semen de mi hijo chorreándome por los muslos, después al pantalón en el suelo. Su cara se transformó en algo que nunca había visto en ella, una mezcla de espanto y dureza y algo más que no supe leer.

—Vístanse —dijo en voz baja—. Los espero arriba, en mi cuarto. Los dos.

Cerró la puerta detrás de ella.

***

Lo que pasó en aquel cuarto del primer piso no vale la pena contarlo con detalle. Hubo gritos contenidos para que no escuchara el resto de la familia. Hubo lágrimas de Iván, que era la primera vez que lo veía llorar. Hubo un silencio mío, largo, porque yo sabía que no me correspondía decir nada en ese momento.

Su madre le hizo una sola pregunta, al final.

—¿Lo eliges a él o a nosotros?

Iván tardó mucho en responder. Yo lo miraba, esperando. Y cuando contestó, lo hizo con un hilo de voz que casi no llegué a entender.

—A ustedes.

No me dolió en ese instante. Eso vino después, semanas después, cuando empecé a entender la dimensión real de la palabra. Esa noche solo asentí, agarré mi mochila y me fui caminando hasta el cruce a esperar el primer camión de la madrugada.

Tardó dos horas en pasar. Hacía frío. No lloré.

***

No volví a verlo. Lo bloquearon de todo: del teléfono, de las redes, incluso le hicieron dejar la carrera y cambiarse a una universidad cerca del pueblo. Intenté escribirle un par de veces con números nuevos. Nada.

Tres meses después me llegó una carta a casa de mis padres. Sobre blanco, sin remitente, con la letra inclinada que reconocí de inmediato. Eran apenas dos páginas. Me pedía perdón por todo. Decía que no había sido valiente, que esperaba que algún día yo entendiera, que no se iba a olvidar de mí. No prometía nada. No me pedía nada.

La leí una vez y la guardé en el cajón de mi escritorio, donde sigue.

No lo culpo. Iván fue un buen novio mientras pudo serlo. Lo que pasó en aquel rancho no fue culpa suya ni mía, ni siquiera de su madre. Fue de un mundo que todavía obliga a algunos chicos a elegir entre la familia que les tocó y la persona que les toca.

A veces, cuando paso por una vidriera y veo una camisa de cuadros parecida a las que él usaba, vuelve todo de golpe: el olor del establo, el calor de la cocina, la voz de su madre en el patio. Y me digo que ojalá, en algún rancho lejano, ya haya aprendido a elegirse también un poco a sí mismo.

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Comentarios(7)

ElChuscoLector

Tremendo relato, no pude parar de leerlo. La tension que se siente en cada parrafo es increible!!!

RodrigoBCN

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas!!!

GustiRossi

Muy bien escrito, se siente la adrenalina del momento. Sigue publicando!

RuralBoy_ok

jajaja lo del establo me mato, que escenario mas inesperado pero tan logico a la vez

Patricio_88

De los mejores que lei en esta categoria. La tension, el miedo de que entren en cualquier momento... magistral. Espero mas relatos tuyos.

LuisViajero

Me recordo a unas vacaciones en el campo hace años, esas situaciones de adrenalina no se olvidan mas. Excelente.

ElCurioso_Uy

Cuantas partes tiene esta historia? quiero saber si hay mas capitulos

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